Capítulo 1
Genevieve creció en las calles y luego en un orfanato, pero con suerte pudo ser adoptada por una pareja de ricos mercaderes.
Su vida transcurrió con normalidad hasta que la familia Richmond llegó a París junto con el conde Coventry
Las calles principales de un pequeño pueblo eran testigo de la cantidad de ladroncillos escondidos entre las mesas de los mercaderes, y en las ranuras de los ladrillo que separaban las grandes casas señoriales.
Ella creció en las calles de Rocamadour, llena de mugre, sangre y pobreza. Su vida no tenía otro sentido más que sobrevivir cada día y para ello recurría al robo. Robaba pan, agua o alguna otra chuchería que se le antojase.
La vida en las calles no era fácil. Había mucha competencia, muchos otros niños en su condición; huérfanos y hambrientos.
Un día dichas calles temblaron cuando una guarnición entró causando alboroto. El estado de Francia había ordenado una limpieza de las calles; los niños huérfanos también estaban incluidos.
Aquel día muchos hombres vestidos con uniformes del ejército allanaron las calles en busca de niños huérfanos y ladroncillos. Ella llegó a uno de los tantos orfanatos o casas de caridad como también las hacían llamar.
Los hicieron formar filas antes de entrar al orfanato, apuntaron sus nombres y edades.
Esa niña no sabía su nombre. Miró a la expectativa al soldado de en frente y dijo lo primero que se le ocurrió, era un nombre que había escuchado muchas veces cada vez que un carruaje con blasón de oso y ruedas gigantes de hierro pasaba por la plaza central del pueblo.
—Genevieve —musitó débilmente
Desde ese día pasó a llamarse Genevieve.
En aquel lugar, tenía una cama para ella sola, un lujo que en sus nueve años de vida nunca había tenido. También, llegó a tener amigas, muchas amigas.
Ese lugar que pronto empezó a llamar hogar fue lo más reconfortante que alcanzó a tener en su corta vida, lo más cercano a una familia.
Los encargados de esa casa eran el matrimonio Parkins.
La señora Ellie Parkins, una anciana canosa que siempre vestía de verde era la encargada de del pabellón de las niñas.
El señor Leonard Parkins era el encargado del pabellón de niños. Él era el terror de todas las niñas del orfanato. Pues, su apariencia podía asustar incluso al más valiente de los hombres.
Él era un veterano de guerra. Usaba una pata de palo en el lugar de uno de sus pies y un parche en uno de sus ojos.
Para cualquier otra de sus compañeras, el era un monstruo. Sin embargo, ella lo veía como un pirata aventurero.
En su primer día de estar en el orfanato, la señora Ellie tuvo una larga batalla contra la mugre de su cuerpo. Ambas pudieron apreciar su verdadera apariencia. Era la primera vez que Genevieve se veía en un espejo, y también la primera vez que estaba limpia.
La señora Ellie le había dicho que era una niña muy bonita, y que el color de su cabello era aún más hermoso. Ese día se cuenta que era pelirroja.
De ahí en adelante su infancia no tuvo más acontecimientos relevantes. Pero años después, como cosa rara fue adoptada por una familia de acomodados mercaderes nativos de París, la capital, la señora y señor Dubois.
Sus padres adoptivos eran dueños de una pequeña, pero productiva hacienda agrícola. Y cuando creció le fue asignada la tarea de cuidar a los lechones.
Cada mañana Genevieve se levantaba muy temprano y hacía labores generales en la granja para ayudar al matrimonio Dubois. Ella limpiaba el establo, iba al gallinero y recogía los huevos de las gallinas, y por último, bañaba y alimentaba a los lechoncitos.
Esa mañana Genevieve ingresó a la hacienda tras haber terminado su jornada.
Eran las diez de la mañana y su padre ya tomaba el desayuno en la mesa.
—Cariño, quítate los zapatos —gritó su madre.
Genevieve asintió en silencio y dejó sus botas enlodadas a un lado de la entrada.
—Madre, los lechones ya están limpios.
—Está bien. Ve a ayudarme a servir la mesa.
—Madre, ¿Por qué no contrata a una criada?
—Genevieve, soy lo suficiente competente para hacerlo.
La muchacha no dijo nada más. Recibió los platos llenos de comida y los puso en el comedor, frente a su padre.
—Buenos días, papá
—Hola, cariño —saludó aún con su atención en el periódico que leía.
—Padre, Agnes me ha dicho que la familia Richmond ha regresado a la ciudad —nombró a su mejor amiga—. Padre, ¿Has escuchado algo al respecto?
—Sí, esta mañana recibí una invitación a una fiesta mañana en la noche.
—Los Richmond son una familia muy prejuiciosa, ¿Cómo nos han invitado?
—Tal vez han cambiado —respondió la pelirroja.
—Eso es imposible —reprochó la señora Dubois mientras chocaba la tetera contra la mesa—. Esa familia no es de fiar, mi querida Genevieve.
Genevieve escuchó cada una de las razones por las que esa familia no era de fiar, y que por tal razón no debía acercarse a ninguno de sus integrantes. A pesar de las advertencias de su madre, Gene pensaba que su familia estaba siendo muy suspicaz, no todo el mundo era lo que aparentaba.
El señor Dubois terminó su desayuno con premura, tiró las servilletas sobre la mesa y se acercó hasta su esposa para darle un beso en la mejilla
—Nos vemos, querida —se puso un sombrero y salió de la hacienda.
Marie Dubois esperó impaciente hasta que su esposo saliera de la hacienda. Luego, miró a su hija con emoción.
—Vamos, querida. Debemos ver qué te vas a poner mañana en esa fiesta —empujó a Genevieve por toda la casa hasta llegar a la habitación de la muchacha.
—¿Por qué estás tan emocionada, madre? —interrogó confundida.
—Es una nueva temporada, querida. Y no cualquiera, serás presentada como señorita a la sociedad… No me imagino cuántos jóvenes guapos habrá en la fiesta —suspiró emocionada—. De seguro alguien sacará a bailar a mi hermosa hija.
Genevieve asintió poco segura las palabras de su madre, no solo era el nerviosismo por ser presentada en la sociedad. También, era desconfianza en si misma, ella no se consideraba bonita… Su cabello rojo era lo que más odiaba.
—Trataré de dar mi mayor esfuerzo, madre —tragó nerviosa—. No la defraudaré —completó.