Antonio entró y cerró la puerta con un golpe seco. Se acercó a la mujer con una mirada intensa y desafiante.
—Quiero que me digas ahora mismo qué le han estado haciendo a Sofía —exigió con voz firme.
La mujer ni siquiera parpadeó.
—Le hemos estado salvando la vida.
Antonio frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
La mujer inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con una calma casi perturbadora.
—Sofía necesita un medicamento específico para mantenerse estable. Durante los años que estuvo cautiva, recibió dosis regulares. Su cuerpo se ha acostumbrado a ellas. Si deja de recibirlas… su estado puede deteriorarse rápidamente.
Antonio apretó los puños.
—¿Deteriorarse cómo?
—Podría empezar con dolores de cabeza, mareos, pérdida de memoria… Y si pasa demasiado tiempo sin la medicación, podría ser irreversible.
Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué diablos le han hecho?
La mujer sonrió apenas, con una serenidad que lo enfureció aún más.
—No soy yo quien debe responderte eso. Solo vengo a advertirte. Está en tus manos decidir si quieres ayudarla… o verla sufrir.
Antonio sintió un impulso de ira, pero se obligó a controlarse.
—¿Qué es exactamente lo que necesita?
La mujer sacó un pequeño frasco de su bolso y lo colocó sobre la mesa.
—Esta dosis la mantendrá estable por un tiempo. Pero necesitará más.
Antonio miró el frasco con desconfianza.
—¿Cómo sé que no es veneno?
—Si quisiera matarla, no estaría aquí hablando contigo —respondió ella con tranquilidad—. Al contrario, quiero que siga con vida. Pero dependerá de ti si ella recibe su tratamiento o no.
Antonio sintió su sangre hervir.
—Dime quién está detrás de esto.
La mujer lo miró fijamente, sin perder su postura elegante.
—No estás listo para esa respuesta.
Antonio golpeó la mesa con el puño.
—¡Dímelo!
La mujer ni se inmutó.
—Recuerda, Antonio… en tu mano está la vida de Sofía.
Dicho esto, se dio la vuelta con la misma calma con la que había llegado y caminó hacia la puerta.
—Nos veremos pronto.
Y sin esperar respuesta, salió de la habitación, dejando a Antonio con un millón de preguntas y una sensación de impotencia que lo carcomía por dentro.
Antonio tomó el frasco con cautela, observando el líquido traslúcido en su interior. No podía arriesgarse a darle algo a Sofía sin saber exactamente qué era.
—Martín, quiero que lleves esto a analizar de inmediato —ordenó, extendiéndole el frasco.
Martín asintió sin hacer preguntas y salió con rapidez. Antonio se quedó en su estudio, dándole vueltas a la conversación con aquella misteriosa mujer. Su calma, su seguridad… Era evidente que no le temía ni a él ni a las consecuencias de sus palabras. Eso solo significaba una cosa: tenía el control.
Pero Antonio odiaba no tenerlo él.
Suspiró y pasó una mano por su rostro. Miró la hora. Sofía seguía en su habitación, seguramente aún asimilando todo lo que había ocurrido. No podía decirle nada hasta tener respuestas concretas.
Horas después, Martín regresó con los resultados preliminares del análisis.
—No es veneno —dijo de inmediato, como si supiera que esa era la primera pregunta que Antonio iba a hacerle.
Antonio se cruzó de brazos.
—¿Y qué es?
Martín suspiró y negó con la cabeza.
—Aquí es donde se complica la cosa. No es un medicamento comercial. No hay registros en las bases de datos farmacéuticas que indiquen exactamente qué es. Tiene propiedades que parecen estabilizar ciertas funciones neurológicas, pero la composición no coincide con nada que podamos identificar con certeza.
Antonio frunció el ceño.
—¿Es alguna clase de droga experimental?
—Podría ser —admitió Martín—. Pero necesitaríamos más tiempo para hacer pruebas más avanzadas.
Antonio miró el frasco sobre la mesa, sintiendo una mezcla de alivio e incertidumbre. No era veneno, pero tampoco tenía idea de qué efectos podía tener en Sofía si dejaba de tomarlo.
—¿Cuánto tiempo crees que puede aguantar sin esto?
Martín se encogió de hombros.
—Depende de cuánto tiempo ha estado dependiendo de esta sustancia. Si ha sido durante años, su cuerpo podría colapsar en cuestión de días.
Antonio apretó la mandíbula. No podía arriesgarse a que Sofía sufriera. Pero tampoco podía darle algo sin saber qué consecuencias podría tener.
Se quedó en silencio por un momento, sopesando sus opciones.
Finalmente, tomó una decisión.
—Voy a hablar con Sofía. Necesito que me diga exactamente qué recuerda sobre esas inyecciones. Quizás haya alguna pista en lo que le hacían.
Martín asintió, pero antes de salir, lanzó una última advertencia:
—Antonio, si esta mujer vino hasta aquí es porque quiere que tomes ese frasco como la única opción. No sabemos qué intención tiene.
Antonio lo sabía. Y por eso, antes de hacer cualquier movimiento, tenía que descubrir quién estaba realmente detrás de todo esto.
Antonio observó la jeringa en su mano, el líquido transparente dentro de ella parecía inofensivo, pero él sabía que no podía confiarse. No tenía idea de cada cuánto debía aplicárselo a Sofía ni qué efectos tendría realmente. Solo tenía la advertencia de aquella mujer misteriosa resonando en su cabeza: "En sus manos está la vida de Sofía."
Respiró hondo y se dirigió a la habitación donde ella descansaba. Al abrir la puerta, la encontró sentada en la cama, abrazándose a sí misma. Su piel estaba pálida, y había un leve temblor en sus manos.
—Sofía… —murmuró con suavidad, mostrándole la jeringa—. Necesitas la inyección.
Ella alzó la mirada de golpe, sus ojos reflejaban miedo y desconfianza.
—No —negó rápidamente, apartándose un poco—. No sé qué es eso. No sé qué me han estado haciendo todo este tiempo, Antonio.
Antonio dejó escapar un suspiro, entendía su temor. Se acercó y se sentó a su lado, sin apresurarla.
—Sé que esto es difícil —dijo en voz baja—, pero esa mujer insistió en que necesitas esta sustancia. Si has recibido estas inyecciones durante años, suspenderlas de golpe podría ser más peligroso.
Sofía bajó la mirada y frotó su brazo instintivamente, recordando las veces que la habían inyectado en la oscuridad de su encierro.
—Nunca me dijeron qué era… Solo me dormía o me sentía extraña después. No sé si me curaban o me controlaban.
Antonio apretó la mandíbula. Martín había analizado el contenido del frasco, pero la información seguía incompleta. Solo sabían que no era veneno, pero eso no significaba que fuera seguro.
—Sofía, no voy a obligarte —aseguró, tratando de tranquilizarla—. Es tu decisión, pero si tu cuerpo depende de esto, quiero que estemos preparados para cualquier reacción.
Ella permaneció en silencio, mirando la jeringa con el rostro tenso. Podía sentir su propia respiración agitada, su corazón golpeando con fuerza en su pecho.
—Tengo miedo —susurró—. ¿Y si me hace daño?
Antonio sostuvo su mano con firmeza y miró sus ojos con determinación.
—No dejaré que nada te pase. Si hay algún problema, estaré aquí.
Sofía dudó un momento más, pero su cuerpo ya mostraba signos de agotamiento. Sentía un leve mareo, como si su energía se drenara lentamente. Finalmente, con un suspiro tembloroso, extendió el brazo con cautela.
—Hazlo… pero si algo sale mal, prométeme que no dejarás que me sigan usando.
Antonio sintió un nudo en el estómago ante esas palabras.
—Lo prometo —dijo con firmeza.
Con el mayor cuidado posible, tomó su brazo y encontró un punto donde las marcas de inyecciones pasadas apenas eran visibles. Introdujo la aguja con precisión y administró la sustancia lentamente.
Sofía cerró los ojos y contuvo la respiración.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Antonio, sin soltar su mano.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Extraña… —susurró—. Es como si… algo caliente recorriera mi cuerpo.
Antonio observó cada uno de sus movimientos con atención.
—¿Te duele? ¿Tienes mareos?
Sofía negó con la cabeza, aunque su expresión seguía reflejando incertidumbre.
—No lo sé… Me siento cansada, pero no sé si es por la inyección o porque ya me sentía así antes.
Antonio apretó los labios. No podía confiarse, no hasta estar seguro de que Sofía estaba bien.
—No voy a dejarte sola esta noche —le aseguró—. Quiero estar aquí para cualquier cosa que ocurra.
Sofía apoyó la cabeza en la almohada, sintiendo cómo la fatiga la envolvía poco a poco.
—Gracias, Antonio…
Él no respondió, pero su mirada lo decía todo. No iba a permitir que nada le pasara.
Sin embargo, mientras la noche avanzaba, Antonio no pudo dejar de preguntarse: ¿Qué era realmente esa sustancia? ¿Y qué le habían hecho a Sofía?