La Decisión de Antonio

1286 Palabras
Antonio observó cómo Sofía cerraba los ojos, su respiración volviéndose más lenta y pausada. Parecía dormida, pero él no podía confiarse. No sabía si la inyección estaba estabilizándola o si estaba teniendo un efecto que aún no comprendía. Se puso de pie con cautela, sin hacer ruido, y salió de la habitación. Apenas cruzó la puerta, encontró a Martín esperándolo en el pasillo. —¿Cómo está? —preguntó su amigo en voz baja. —Dormida —respondió Antonio, pasándose una mano por el rostro—. Pero no sé si es porque lo necesitaba o porque la sustancia la está afectando de otra manera. Martín asintió con gesto serio. —No tenemos toda la información sobre esa inyección —advirtió—. No sabemos si hay algún efecto secundario. Antonio lo sabía, y por eso había tomado una decisión. —Necesito que le tomen una muestra de sangre —ordenó—. Si esa sustancia ha estado en su organismo durante años, es posible que podamos encontrar rastros y analizar qué le han estado inyectando. Martín asintió sin dudar. —Voy a llamar a alguien de confianza. No podemos arriesgarnos a que esto llegue a oídos equivocados. —Hazlo rápido —dijo Antonio con firmeza—. Quiero respuestas cuanto antes. Mientras Martín se alejaba para hacer las llamadas necesarias, Antonio regresó a la habitación y se apoyó en el marco de la puerta. Observó a Sofía en la penumbra, su respiración tranquila, su rostro sereno a pesar de todo lo que había sufrido. Apretó los puños. Alguien le había hecho esto. Alguien la había convertido en una prisionera dentro de su propio cuerpo. Y él iba a descubrir quién era. Costara lo que costara. Antonio caminó de regreso a su estudio con pasos pesados, sintiendo cómo el peso de la incertidumbre se acumulaba sobre sus hombros. Su mente estaba atrapada en un torbellino de pensamientos que no le daban tregua. Sofía, su hija, su padre… todo se había convertido en un laberinto de preguntas sin respuesta. Se dejó caer en su silla y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos mientras dejaba escapar un suspiro frustrado. Nada de esto tenía sentido. Su esposa, la mujer que una vez amó con todo su ser, había sido convertida en una sombra de lo que era antes. Había pasado seis años encerrada, sometida a tratamientos de los que ni siquiera tenía conocimiento. ¿Qué le habían hecho? ¿Por qué? Y luego estaba su hija… su hija, a la que jamás había tenido la oportunidad de conocer. Creció creyendo que él no existía, que Sofía no era su madre. ¿Dónde estaba? ¿Con quién? Todo volvía a la misma raíz: su padre. Daniel Villanueva. Un hombre que había sido su modelo a seguir y su mayor enemigo. Un hombre que lo había forjado con disciplina, con dureza, y que al final había decidido desaparecer de la faz de la Tierra… o al menos hacer creer que lo había hecho. ¿Estaba muerto? ¿O seguía moviendo los hilos desde las sombras? Antonio cerró los ojos, intentando calmar su mente. Pero era imposible. Había demasiadas piezas fuera de lugar. Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. —Adelante —dijo, sin molestarse en levantar la vista. Martín entró con su expresión seria de siempre. —Ya están en camino para tomar la muestra de sangre de Sofía. Es gente de confianza. En cuanto tengamos los resultados, sabremos qué le han estado administrando. Antonio asintió, agradecido por la eficiencia de su amigo. —Bien. No quiero perder tiempo. Martín vaciló por un momento antes de hablar de nuevo. Martín se aclaró la garganta antes de continuar, manteniendo su postura firme frente a Antonio. —Señor, ¿y si su padre sigue vivo? Antonio alzó la mirada lentamente, clavando sus ojos en los de Martín. El silencio entre ellos se prolongó por unos segundos, hasta que Antonio habló con un tono gélido. —Entonces, Martín, lo voy a encontrar. Y esta vez, me aseguraré de que esté realmente muerto. Martín asintió, sin atreverse a cuestionar la determinación en la voz de su jefe. Sabía que Antonio no estaba lanzando una amenaza al aire… lo decía en serio. —Señor, también hemos descartado que la sustancia que le administraban a la señora Sofía sea un veneno —informó Martín, cambiando de tema. —Eso ya lo sé, Martín. Pero seguimos sin saber qué demonios le han estado inyectando y por qué. Quiero los resultados de esas pruebas lo antes posible. —Sí, señor. Me aseguraré de que los análisis se realicen con prioridad. Antonio asintió y se levantó de su silla, caminando hacia la ventana de su estudio. Desde allí, miró la ciudad iluminada en la noche. Todo lo que había construido, su imperio, su vida, se veía firme… pero por dentro, se estaba desmoronando. —Martín, quiero que intensifiques la búsqueda de mi hija —ordenó, sin apartar la vista del horizonte—. No voy a seguir esperando. —Sí, señor. Me encargaré de ello personalmente. Martín hizo una leve inclinación de cabeza antes de retirarse del estudio, dejando a Antonio solo con sus pensamientos. Antonio cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo la rabia y la impotencia se mezclaban dentro de él. Su esposa estaba en un estado desconocido, su hija seguía desaparecida, y el fantasma de su padre volvía a acecharlo. Pero si algo tenía claro era que no iba a permitir que esta historia terminara como su padre quería. No esta vez. Un leve golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. —Adelante. Martín entró con su semblante serio, sosteniendo unos papeles en la mano. —Señor, tengo un informe preliminar sobre la sustancia que le han estado administrando a la señora Sofía. Antonio giró de inmediato y se acercó a él. —Habla. —Aún no tenemos la fórmula completa, pero los laboratorios han detectado componentes que afectan el sistema nervioso y la memoria. Podría ser un sedante, un inhibidor o algo más complejo. Necesitamos más tiempo para identificar los efectos exactos. Antonio tomó el informe y lo hojeó con rapidez. —¿Esto significa que la han estado controlando? Martín asintió con gravedad. —Es posible, señor. Tal vez la medicación no era solo para mantenerla con vida, sino para evitar que recordara algo importante. Antonio apretó los dientes. Por supuesto. Su padre nunca hacía nada sin una razón. Si Sofía había estado bajo esa medicación durante años, significaba que había algo que no debía recordar. Se pasó la mano por el rostro con frustración. —¿Dónde está ella ahora? —Sigue dormida, señor. La inyección la dejó en un estado de descanso profundo. Antonio asintió. —Bien. No quiero que la despierten. Pero que alguien esté vigilándola todo el tiempo. Si su estado cambia, quiero saberlo de inmediato. —Sí, señor. Martín hizo una pausa antes de hablar nuevamente. —Señor… si realmente le han estado borrando la memoria, ¿cree que ella podría recordar algo con el tiempo? Antonio cerró el informe con un golpe seco. —Si hay algo que no quieren que recuerde, entonces voy a hacer que lo recuerde. Su voz era firme, determinada. No iba a dejar que su esposa siguiera atrapada en la manipulación de su padre. Martín asintió y se retiró, dejándolo nuevamente solo. Antonio exhaló y se dejó caer en su silla. La ira seguía hirviendo en su interior, pero también algo más… esperanza. Si Sofía había olvidado algo, significaba que la verdad estaba oculta en su mente. Y si lograba traer esos recuerdos de vuelta… Tal vez, finalmente, encontraría el camino hacia su hija.
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