Antonio recibió los resultados de la muestra de sangre con una mezcla de ansiedad y desesperación. Estaba en su oficina cuando Martín entró con el informe en la mano, su rostro serio, incluso más de lo habitual.
—Señor… tiene que ver esto —dijo, extendiéndole el documento.
Antonio lo tomó sin dudar y comenzó a leer. Con cada palabra que absorbía, su semblante se endurecía aún más.
La inyección que le administraban a Sofía no era opcional, sino una necesidad absoluta.
Su cuerpo dependía de esa sustancia para seguir funcionando correctamente, como si la hubieran convertido en una prisionera de su propia biología. No recibir la dosis en el tiempo indicado significaría una degeneración progresiva en su estado físico.
—Cada dos semanas —susurró Antonio, cerrando el informe con fuerza—. Sin esta dosis, su estado se deterioraría rápidamente.
Martín se aclaró la garganta, incómodo.
—Sí, señor —confirmó con un tono grave—. Pero eso no es todo.
Antonio alzó la vista con la mandíbula apretada, esperando lo peor.
—Han estado administrándole otro medicamento, uno que no está en la composición de la inyección. Es un inhibidor neurológico. Es lo que le impide recordar… lo que destruyó su memoria.
Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sofía no solo había sido secuestrada y torturada psicológicamente durante seis años, sino que la habían convertido en otra persona.
—Entonces… ¿ella no puede recuperar su memoria? —preguntó con la voz tensa.
Martín bajó la mirada.
—Lo más probable es que no. El daño parece permanente. No es que haya olvidado… es que han borrado su capacidad de recordar ciertas cosas de su pasado.
Antonio sintió una presión insoportable en el pecho. No se trataba solo del tiempo perdido, sino de la identidad de Sofía. La mujer que había amado, la madre de su hija, había sido destrozada de una manera que jamás imaginó posible.
Se dejó caer en su silla con las manos entrelazadas, tratando de controlar la rabia y la impotencia. No solo le habían quitado a su esposa… habían convertido su mente en un campo de batalla químico.
—Dime que hay algo que podamos hacer —pidió, casi en un susurro.
Martín respiró hondo, midiendo sus palabras.
—Podríamos intentar revertir los efectos con terapia y otros tratamientos, pero no hay garantía de que funcione. No sabemos cuánto daño le han hecho exactamente. Su cerebro ha sido condicionado a depender de estas sustancias, y cualquier intento por alterar el equilibrio podría afectarla aún más.
Antonio cerró los ojos con fuerza, sintiendo que su mundo se derrumbaba aún más.
Sofía nunca volvería a ser la misma.
Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Su padre no solo le había arrebatado seis años de su vida, sino que le había robado la posibilidad de recuperar su historia, sus recuerdos, su identidad.
—Si la dejamos sin la inyección, ¿qué pasaría? —preguntó de repente.
Martín lo miró con seriedad.
—No lo sabemos con certeza, pero los síntomas podrían ser catastróficos. Falla orgánica, pérdida del habla, espasmos musculares… en el peor de los casos, podría entrar en un coma irreversible.
Antonio sintió la furia hervir dentro de él. Daniel Villanueva era el culpable de todo.
Ese hombre no solo había destruido su vida y la de Sofía, sino que había jugado con ella como si fuera un experimento, una marioneta a la que podía manipular a su antojo.
No podía quedarse de brazos cruzados. No ahora.
Respiró hondo y se levantó de golpe.
—Vamos a encontrarlo. Ahora más que nunca.
Martín asintió sin preguntar. Sabía que la guerra apenas comenzaba.
Pero antes de salir, Antonio se giró y dijo con voz firme:
—Quiero a los mejores especialistas. Quiero saber si hay una forma de liberarla de esto. No descansaré hasta devolverle lo que le arrebataron.
Martín asintió y salió de inmediato para hacer las llamadas.
Antonio se quedó solo en su oficina, mirando la ciudad a través de la ventana. Su esposa estaba atrapada en un ciclo del que no podía escapar. Su hija estaba en algún lugar desconocido. Y todo por culpa de su padre, que ni siquiera sabía si estaba muerto o vivo.
Pero pronto lo descubriría. Y cuando lo hiciera, se aseguraría de que pagara por cada uno de sus pecados. Antonio pasó toda la noche frente a las pantallas, revisando meticulosamente cada segundo de las grabaciones de seguridad aledañas al almacén donde encontraron a Sofía. Había pedido a Martín que recopilara todas las grabaciones posibles: desde cámaras de tráfico, vigilancia privada y cualquier otro recurso que pudiera ofrecerle alguna pista sobre lo que realmente había sucedido.
Las horas pasaban lentamente. Nada.
Callejones oscuros, autos estacionados, sombras moviéndose con el viento, pero ningún indicio de cómo Sofía había terminado allí o quién había estado involucrado.
Martín, a su lado, revisaba otros archivos en una segunda pantalla. Ambos estaban exhaustos, pero Antonio no tenía intención de detenerse. Sabía que había algo oculto.
—Señor, hemos pasado ya más de diez horas revisando grabaciones y no hay nada fuera de lo común —comentó Martín con cautela—. No hay registros de entrada o salida del almacén.
Antonio entrecerró los ojos, sin apartar la mirada de la pantalla. Eso era lo más extraño. Sofía no podía haber aparecido allí de la nada. Si no la habían transportado recientemente, significaba que había estado encerrada durante mucho más tiempo del que pensaban.
Retrocedió algunas grabaciones, buscando cualquier movimiento sospechoso en los alrededores. Entonces, finalmente, encontró algo.
—Espera… —murmuró, deteniendo el video.
Martín se acercó para ver mejor.
En una de las grabaciones, captada dos noches antes del "rescate" de Sofía, una figura apareció en las sombras cerca del almacén. Era una mujer.
Vestía un abrigo oscuro y una bufanda que cubría parte de su rostro. Caminó con cautela hacia la entrada lateral del edificio, sacó una llave de su bolsillo y desapareció dentro.
Antonio avanzó el video. Treinta minutos después, la misma mujer salió del almacén. Pero esta vez, se veía distinta. Su postura era más rígida, como si estuviera nerviosa o apresurada. Antes de alejarse, miró rápidamente en ambas direcciones y se esfumó en la noche.
Antonio pausó la imagen y aumentó el zoom en el rostro de la mujer. No era una imagen clara, pero podía distinguir ciertos rasgos.
—Necesito que rastrees a esta mujer —ordenó con voz firme—. Quiero saber quién es y qué hacía allí.
Martín asintió y comenzó a trabajar de inmediato.
Antonio se quedó observando la imagen en la pantalla. ¿Quién era ella? ¿Qué relación tenía con Sofía? ¿Era alguien que la había cuidado o alguien que trabajaba para los mismos que la retuvieron?
Fuera quien fuera, ella era la clave para descubrir la verdad.