Sin escapatoria

1189 Palabras
Antonio sentía que su cabeza estaba a punto de explotar. No podía seguir en la mansión sin hacer nada. La incertidumbre lo consumía, y su instinto le decía que debía moverse, actuar antes de que fuera demasiado tarde. Sofía seguía dormida, agotada por la inyección, y Martín estaba ocupado rastreando a la misteriosa mujer de las grabaciones. Sin avisar a nadie, Antonio tomó las llaves de su auto y salió de la mansión. Su mente estaba fija en una sola cosa: encontrar respuestas. Encendió el motor y pisó el acelerador. La carretera estaba casi desierta, iluminada únicamente por las luces de su coche. El rugido del motor rompía el silencio de la noche, pero su mente estaba lejos de allí. Pensaba en su padre, en Sofía, en su hija perdida… en la mujer que entró a aquel almacén. De repente, a lo lejos, vio un vehículo cruzado en la carretera. Frenó en seco, su cuerpo tensándose de inmediato. Miró a su alrededor, pero el lugar estaba desolado. No había señales de vida. Su instinto le gritaba que no era una simple coincidencia. Llevó la mano a la guantera y sacó su arma, manteniéndola firme en su regazo. Algo no estaba bien. Salió del auto con precaución, escaneando la zona. Silencio absoluto. —¿Hay alguien ahí? —preguntó con voz firme, aunque sabía que no obtendría respuesta. Se acercó al vehículo cruzado. El capó estaba abierto, como si el auto hubiera sufrido una avería, pero no había rastro de nadie. Demasiado conveniente. Fue entonces cuando lo sintió. Un movimiento detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar, una sombra surgió de entre los arbustos y se abalanzó sobre él. Antonio giró en el último segundo, esquivando el ataque. Disparó una vez, pero el atacante se movió rápido, derribándolo con un golpe certero. El arma cayó al suelo. Antonio rodó y se puso de pie en un segundo. No estaba solo. Había más figuras emergiendo de la oscuridad. Una emboscada. Su corazón latía con fuerza. No tenía refuerzos, no llevaba seguridad, nadie sabía dónde estaba. Y entonces, una voz se alzó en la penumbra. —Qué imprudente, Antonio —dijo un hombre, caminando hacia él con calma—. Sabía que tarde o temprano caerías en la trampa. Antonio apretó los puños. Esa voz… la había escuchado antes. El hombre salió de las sombras, y Antonio sintió un escalofrío recorrer su espalda. —Es hora de que hablemos —dijo el desconocido, con una sonrisa fría. Antonio sabía que estaba en problemas. Pero no se rendiría sin pelear. Antonio mantuvo la mirada fija en el hombre que emergía de las sombras. Había algo en él, en su postura confiada, en el tono gélido de su voz, que le resultaba aterradoramente familiar. —¿Quién eres? —preguntó con voz firme, aunque su mente ya empezaba a conectar los hilos de un recuerdo difuso. —Si quieres que viva la niña se obediente Antonio sintió cómo la rabia se apoderaba de su cuerpo al escuchar esas palabras. La pequeña. —¿Qué dijiste? —preguntó con la mandíbula apretada. El hombre sonrió con calma. —Si no entregas a Sofía, no solo ella morirá… sino también la niña. Antonio sintió un nudo en el estómago. No podía estar hablando en serio. —No tienes idea de lo que estás diciendo —gruñó, sintiendo que su respiración se volvía pesada. El hombre lo miró con burla. —Oh, Antonio… sé más de lo que crees. He estado siguiendo cada uno de tus movimientos. Creíste que podías ocultar a Sofía, que podías salvarla, pero su destino está sellado. La inyección que le diste solo es un parche temporal. Si no la entregas, su cuerpo colapsará tarde o temprano. Antonio sintió la furia crecer dentro de él. —¿Quién eres? ¿Qué es lo que quieres? El hombre no respondió de inmediato. Dio unos pasos alrededor de él, como si estuviera disfrutando la tensión en el aire. —No importa quién soy. Lo que importa es que tienes una decisión que tomar. Sofía debe venir con nosotros. Si se queda contigo, morirá. Y no solo ella. Antonio sintió que el mundo a su alrededor se volvía borroso. —¿Dónde está la niña? —preguntó, con la voz contenida, como un animal acorralado. El hombre sonrió. —Está viva… por ahora. Pero si sigues entrometiéndote donde no debes, puede que eso cambie. La amenaza estaba clara. Antonio cerró los ojos un segundo. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando una salida. No podía perder a Sofía. No podía perder a su hija. Pero estaba atrapado. Y tenía que decidir. Antonio sintió un nudo en el estómago. Había escuchado esa voz antes. En algún momento de su vida, en algún rincón de su memoria, aquel hombre había estado presente. —No tengo tiempo para juegos —gruñó Antonio, tratando de disimular la inquietud que crecía dentro de él—. ¿Qué quieres? El hombre suspiró, fingiendo decepción. —Lo que siempre hemos querido, Antonio. Queremos a Sofía. Antonio sintió cómo la furia se encendía dentro de él. Otra vez esa amenaza. —¿Para qué la quieren? —exigió saber, su voz era un filo de acero. El hombre lo observó con detenimiento, como si estuviera analizando cada uno de sus movimientos. —Sabes que ella no puede estar contigo. Su cuerpo no resistirá sin el tratamiento adecuado. Y nosotros somos los únicos que podemos asegurarnos de que reciba lo que necesita. Antonio apretó los puños. Otra vez esa maldita inyección. —¿Y qué hay de mi hija? —preguntó con los dientes apretados—. Dijiste que también está en peligro. El hombre inclinó la cabeza y sonrió con frialdad. —Si Sofía no regresa con nosotros, la niña pagará el precio. Un silencio mortal cayó entre ellos. Antonio sintió su corazón latir con fuerza dentro de su pecho, cada golpe más violento que el anterior. No podía arriesgarse a perderlas a las dos. Pero tampoco podía confiar en ese hombre. —Déjame verla —exigió Antonio—. Quiero pruebas de que mi hija sigue con vida. El hombre lo miró con diversión, como si hubiera estado esperando esa respuesta. —Lo sabía… —murmuró, sacando un teléfono de su bolsillo. Antonio sintió cómo su respiración se aceleraba mientras el hombre marcaba un número. Después de unos segundos, la pantalla del teléfono se iluminó con una videollamada. Antonio contuvo el aliento cuando vio la imagen. Era una niña. No podía tener más de cinco o seis años. Su cabello era oscuro, sus ojos grandes y llenos de miedo. Y era igual a Sofía. —Papá… —susurró la pequeña, su voz temblorosa. Antonio sintió un golpe en el pecho. Su mundo se tambaleó. Era ella. Su hija. —¿Dónde estás? —preguntó, pero la llamada se cortó antes de que pudiera escuchar una respuesta. Antonio sintió cómo la rabia y la desesperación se mezclaban dentro de él. No podía dejar que se la llevaran. Pero ahora sabía que la amenaza era real. Y el tiempo se le estaba acabando.
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