Antonio sintió un vacío en el estómago. Estaba acorralado. No había una pista sólida, no tenía suficiente información para tomar una decisión, y cada segundo que pasaba significaba un riesgo mayor para Sofía y su hija.
El hombre frente a él lo observaba con la paciencia de un depredador. Su mirada fría, calculadora, le decía que tenía el control absoluto de la situación. Esperaba su rendición.
Pero Antonio nunca se rendía.
—No voy a entregar a Sofía sin más —dijo, manteniendo la voz firme, aunque su mente trabajaba a toda velocidad en una estrategia—. Si realmente la necesitan viva, entonces debo saber exactamente qué le han estado haciendo.
El hombre sonrió levemente, inclinando la cabeza como si estuviera considerando su petición.
—Eres más astuto de lo que pensaba —comentó—. Pero estás en una posición en la que no puedes negociar.
Antonio cruzó los brazos, escondiendo su frustración tras una máscara de calma. Sabía que estaba caminando sobre una línea muy delgada, pero no podía permitir que lo vieran titubear.
—¿Y qué ganan si ella muere antes de que puedan siquiera llevarla con ustedes? —preguntó, fijando su mirada en la del desconocido—. Sin la dosis exacta y sin saber qué han hecho con ella, su estado podría empeorar.
El hombre lo estudió con detenimiento, como si estuviera evaluando su valor.
—¿Qué propones? —preguntó finalmente, con un tono que denotaba un mínimo de interés.
Antonio supo que había logrado abrir una pequeña grieta en su control sobre la situación.
—Dame la información médica completa. Necesito saber qué tiene Sofía, qué medicamento le administraron para dañar su memoria y cómo revertirlo.
El hombre soltó una risa seca, como si le divirtiera su atrevimiento.
—Pides demasiado.
Antonio no bajó la guardia.
—Si ella muere, ustedes pierden. Y yo también. Lo mínimo que podemos hacer es asegurarnos de que sobreviva lo suficiente para lo que sea que están planeando.
El desconocido guardó silencio por un momento. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Antonio con intensidad.
—Tienes razón en algo —dijo finalmente—. Nosotros también la necesitamos viva.
Antonio sintió un ligero alivio, pero duró solo un segundo.
—Pero no mejor.
Aquellas palabras lo golpearon como un balde de agua fría.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con la mandíbula tensa.
El hombre sonrió de lado, con un brillo sádico en la mirada.
—Sofía ya no es la mujer que recuerdas. Y no lo será nunca más.
Un frío absoluto lo invadió.
Antonio sintió cómo su estómago se hundía. No lo será nunca más.
—¿Qué le hicieron? —exigió saber, su voz un poco más áspera, llena de ira contenida.
El hombre lo miró con una mezcla de diversión y desprecio, como si Antonio fuera un simple peón en un juego que él ya tenía ganado.
—Demuéstrame que estás listo para saberlo, Antonio —murmuró, con una calma perturbadora.
Se giró lentamente y comenzó a caminar hacia su auto.
Antonio sintió cómo la desesperación lo consumía. No podía dejarlo ir sin respuestas.
—¡Dímelo ahora! —rugió, dando un paso adelante.
Pero el motor del vehículo rugió y, en cuestión de segundos, desapareció en la oscuridad de la carretera.
Antonio se quedó allí, solo en medio de la noche, con la rabia ardiendo en su pecho y la certeza de que estaba perdiendo la batalla.
Respiró hondo, intentando calmar el torbellino de pensamientos en su cabeza. Necesitaba recuperar el control.
Si ese hombre decía la verdad, entonces Sofía había sido transformada en algo que él ya no conocía. Y no solo eso… si su hija también estaba en peligro, no podía permitirse cometer un solo error más.
Encendió su vehículo y giró en dirección a la mansión, pero su mente no estaba en el camino, sino en lo que haría a continuación.
Necesitaba encontrar la verdad.
Y estaba dispuesto a lo que fuera necesario para conseguirla.Antonio permaneció en silencio, con la mandíbula tensa, analizando cada palabra que el hombre había dicho. Sabía que estaba caminando sobre un terreno peligroso, pero no podía ceder sin obtener más información.
El desconocido, al ver que Antonio no tomaba una decisión inmediata, suspiró con evidente fastidio y chasqueó los dedos.
—Pierdo la paciencia, Villanueva —dijo con frialdad.
En cuestión de segundos, los hombres que lo acompañaban sacaron cuchillos y se dirigieron sin prisa hacia el auto de Antonio. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó el sonido del aire escapando rápidamente de las llantas. Habían ponchado las cuatro ruedas.
Antonio sintió cómo la ira lo invadía, pero mantuvo el control. Si perdía la calma, perdía la ventaja.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —espetó, con el ceño fruncido.
El hombre se encogió de hombros con una expresión de burla.
—Dándote una pequeña lección sobre las consecuencias de tu indecisión.
Antonio apretó los puños. Sabía que estaba probándolo, empujándolo al límite para ver cómo reaccionaba.
El hombre se giró lentamente hacia él, dándole una última mirada gélida antes de hablar con un tono calculador:
—Recuerda esto, Antonio… La muerte de Sofía estará en tu conciencia.
Y con esas palabras, se retiró.
Antonio se quedó allí, inmóvil, viendo cómo los vehículos de aquellos hombres desaparecían en la oscuridad de la carretera. El sonido de los motores alejándose resonaba en su mente como un eco macabro.
Respiró hondo. No podía permitirse perder el control.
No ahora.
Caminó hasta su auto y pasó la mano por el borde de una de las llantas ponchadas. Sabía que no lo habían hecho solo por diversión; era un mensaje. Un recordatorio de que ellos tenían el control.
O al menos eso creían.
Miró alrededor. Estaba solo. No había señales de ayuda en kilómetros a la redonda y nadie sabía dónde se encontraba. Si algo le pasaba, Sofía y su hija estarían realmente perdidas.
Sacó su teléfono con rapidez y marcó el número de Martín.
—Señor, ¿dónde está? —contestó de inmediato, con una mezcla de preocupación y urgencia en la voz.
—Mi auto está inutilizado. Necesito que vengas por mí, pero hazlo con discreción —ordenó Antonio, sin perder la calma—. Y prepárate. Tenemos problemas.
Martín no hizo preguntas.
—Voy en camino.
Antonio cortó la llamada y apoyó ambas manos sobre el capó del auto, cerrando los ojos por un momento. Intentaba calmar la tormenta que se estaba formando en su interior.
El tiempo corría en su contra.
Si quería salvar a Sofía y a su hija, necesitaba moverse rápido.