Laboratorio

1336 Palabras
Antonio sintió un nudo en el estómago mientras observaba cómo los vehículos desaparecían en la distancia. Sabía que habían cometido un error al dejarlo con vida, pero también sabía que no era por descuido. Lo estaban retando, dejándole claro que, sin importar lo que hiciera, ellos siempre estarían un paso adelante. —¡Señor, las cámaras de seguridad más adelante están fuera de línea! —informó Martín a través del altavoz del teléfono—. Todo el sistema fue alterado antes de que usted llegara. Antonio cerró los ojos por un segundo, sintiendo la furia crecer en su interior. No era casualidad. Lo estaban vigilando desde antes, controlando cada movimiento, anticipándose a sus acciones. —No puede ser una coincidencia —gruñó—. Si apagaron las cámaras, significa que tenían la ruta planeada. ¿Pudiste rastrear algo de los autos? —Los satélites detectaron movimiento en la zona, pero los autos desaparecieron en un túnel sin registros de salida. Es como si se hubieran desvanecido. Antonio golpeó el volante con frustración. No podía perder más tiempo. Sofía y su hija estaban en peligro. —Necesito opciones —ordenó—. Búsquenme cualquier otra pista, una estación de servicio, una gasolinera cercana, alguien debió ver algo. —Me pondré en contacto con algunos informantes —respondió Martín—. Pero, señor… esto no es un simple secuestro. Quieren que usted sufra antes de darle respuestas. Antonio lo sabía. Esto era personal. Aceleró el auto de vuelta a la mansión. Tenía que ver a Sofía, asegurarse de que seguía bien. Pero al llegar, su corazón se detuvo. La puerta principal estaba entreabierta. Antonio sintió cómo el aire se volvía pesado a su alrededor. La puerta de la mansión, siempre resguardada, abierta de par en par era una señal inconfundible: alguien había estado allí. Se bajó del auto de inmediato, con la pistola en mano, y avanzó con cautela. El silencio era abrumador. Empujó la puerta con el pie y entró con la respiración contenida. Todo estaba en orden… a simple vista. Los muebles, los cuadros, los objetos decorativos seguían en su lugar. Pero algo no encajaba. —¡Martín! —llamó en voz alta. Nadie respondió. Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la habitación de Sofía. Abrió la puerta con fuerza y encontró a dos de sus hombres de seguridad en el suelo, inconscientes. Uno de ellos tenía una herida en la cabeza, el otro aún respiraba, aunque con dificultad. Y en la cama… Sofía seguía allí. Antonio se acercó de inmediato, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho. La observó con detenimiento. Seguía dormida, pero algo no estaba bien. Su respiración era irregular, sus labios estaban más pálidos que antes. —¡Despierta! —dijo con urgencia, sacudiéndola levemente. Sofía no reaccionó. En ese momento, Martín entró corriendo a la habitación, con la pistola en mano. —¡Señor, hemos sido atacados! Los hombres en la entrada están fuera de combate. —Llama al médico, ahora mismo. Algo le hicieron. Martín sacó su teléfono y llamó de inmediato, mientras Antonio intentaba encontrar alguna señal de qué le habían hecho a Sofía. Sus manos temblaban de rabia y desesperación. No podía perderla, no ahora, no cuando estaba tan cerca de descubrir la verdad. —Se la iban a llevar —murmuró Martín, colgando la llamada—. Pero no lo hicieron. Antonio apretó la mandíbula. —¿Por qué? —No lo sé, señor. Pero esto no tiene sentido. Antonio miró a su alrededor y entonces lo vio. En la mesita de noche, había un pequeño frasco de vidrio con un líquido transparente. Se acercó y lo tomó en su mano. No tenía etiqueta, solo una nota a su lado: "Aún no es el momento. Pero pronto tendrás que elegir." Antonio sintió un escalofrío recorrer su espalda. —Quieren que sufra —murmuró—. Me están manipulando. Martín frunció el ceño. —¿Qué hacemos, señor? Antonio miró a Sofía. No podía permitir que siguiera siendo su marioneta. —Llévala al hospital privado de inmediato. Quiero que analicen su estado y encuentren qué le inyectaron esta vez. No podemos seguir actuando a ciegas. —Sí, señor. Martín comenzó a dar órdenes a los hombres que aún podían moverse, mientras Antonio se quedó observando a Sofía. La rabia ardía en su interior. Quien fuera que estaba detrás de esto, estaba jugando con él. Pero lo que no sabían era que Antonio nunca perdía un juego. Y esta vez, iba a asegurarse de que nadie más lo hiciera sufrir. El hospital privado donde llevaron a Sofía era uno de los mejores de la ciudad. Antonio tenía contactos ahí, por lo que no hicieron preguntas y la ingresaron de inmediato a cuidados intensivos. Un equipo de especialistas comenzó a trabajar en ella, extrayendo muestras de sangre, revisando su estado neurológico y analizando cualquier rastro de la sustancia que le habían administrado. Antonio caminaba de un lado a otro en la sala de espera, su rostro era una mezcla de preocupación y rabia contenida. Martín, quien se mantenía firme a su lado, recibió una llamada y después de escuchar en silencio unos segundos, colgó con el ceño fruncido. —Señor, revisamos las cámaras del hospital y encontramos algo. Alguien estuvo aquí antes de que llegáramos. No tenemos imágenes claras, pero sabemos que manipularon la seguridad hace unos minutos. Antonio cerró los ojos, conteniendo su furia. —Están un paso adelante. Pero no por mucho tiempo. En ese momento, el doctor salió de la sala de urgencias. Su expresión era grave. Antonio se acercó de inmediato. —Dígame que está bien. El doctor suspiró. —Señor, encontramos rastros de un compuesto muy inusual en su sistema. No es algo que se consiga en farmacias ni en hospitales comunes. La inyección que recibió era de una dosis extremadamente alta de un fármaco que, según nuestros análisis, ha sido modificado genéticamente. Martín frunció el ceño. —¿Modificado cómo? El doctor lo miró con preocupación. —Su función principal parece ser inhibir la memoria a largo plazo. No solo está evitando que recuerde el pasado, sino que podría estar destruyéndolo por completo. Es como si quisieran borrar su identidad poco a poco. Antonio sintió que el aire se le escapaba. Sabía que Sofía había sido drogada, pero esto iba más allá de lo que imaginaba. La estaban destruyendo desde adentro. —¿Hay alguna manera de revertirlo? El doctor negó con la cabeza. —Podemos estabilizarla y evitar que la sustancia siga avanzando, pero el daño ya hecho es complicado de reparar. Algunos recuerdos podrían ser permanentes. Antonio golpeó la pared con el puño. Estaban jugando con él, con su familia. Quien fuera que estaba detrás de esto, lo había planeado con una precisión escalofriante. Martín intervino con una pregunta. —Doctor, ¿esta droga podría estar relacionada con la inyección que hemos visto que le daban regularmente? El doctor asintió. —Es muy probable. Si le estaban administrando una dosis cada cierto tiempo, podría haber sido para controlar los efectos adversos o para mantenerla dependiente del compuesto. Pero la dosis que recibió hoy fue completamente distinta, mucho más alta. Alguien quería asegurarse de que no recupere su memoria. Antonio sintió que su sangre hervía. —Quiero los nombres de todos los doctores que hayan trabajado en este tipo de compuestos. Quiero saber quién lo fabricó y quién lo distribuyó. Rastreen los ingredientes, los laboratorios, lo que sea necesario. Martín asintió y salió de inmediato para hacer las llamadas necesarias. Antonio se giró hacia el doctor. —¿Cuándo podré verla? —En unas horas. Ahora mismo la estamos estabilizando. Antonio asintió. Se giró y salió del hospital, su mente era un torbellino de pensamientos. Tomó su teléfono y marcó un número. —Necesito información sobre un fármaco experimental. Ya sabes qué hacer. Colgó y miró la noche. Quien fuera que le había hecho esto a Sofía, iba a pagar. Y esta vez, no tendría piedad.
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