Las horas pasaron con una lentitud exasperante. Antonio no se había movido de la sala de espera del hospital. Martín regresó con la información que pudo conseguir.
—Señor, esto es más grande de lo que pensamos. El compuesto que le inyectaron a Sofía no es un simple medicamento experimental. Se trata de una sustancia utilizada en pruebas de control mental y deterioro cognitivo progresivo. Alguien quiere borrar sus recuerdos de manera definitiva.
Antonio apretó la mandíbula. Sintió cómo la ira volvía a recorrerle el cuerpo. No solo querían matarla, querían reducirla a la nada antes de hacerlo.
—¿Quién tiene acceso a ese tipo de fármacos?
—Laboratorios clandestinos, proyectos gubernamentales encubiertos… pero hay un nombre que aparece vinculado en varias ocasiones: el doctor Leonardo Rivas. Fue expulsado del gremio médico hace años por experimentos poco éticos.
Antonio tomó una decisión inmediata.
—Encuentra a ese hombre. Lo quiero aquí, no me importa cómo.
Martín asintió y se marchó de inmediato. Antonio respiró hondo, intentando calmar la furia que lo consumía.
En ese momento, el médico del hospital salió de la sala donde atendían a Sofía.
—Señor Villanueva, su esposa está estable, pero la sustancia que le inyectaron es peligrosa. Si no conseguimos un antídoto pronto, su sistema nervioso podría deteriorarse irreversiblemente.
Antonio sintió una opresión en el pecho. No podía permitir que eso sucediera.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No más de cuarenta y ocho horas antes de que el daño sea permanente.
Antonio asintió y sin decir más, salió del hospital. Si alguien tenía las respuestas, era el doctor Rivas.
Horas después, Martín lo llamó.
—Señor, tenemos a Rivas. Lo trajimos a uno de nuestros almacenes. Está custodiado.
—Voy para allá —respondió Antonio antes de colgar.
Condujo con rapidez y llegó al almacén, un lugar apartado y sin testigos. Al entrar, encontró a Rivas atado a una silla, con el rostro golpeado. Sus ojos reflejaban miedo, pero también arrogancia.
—Señor Villanueva, qué honor conocerlo —dijo el doctor con una sonrisa cínica.
Antonio no perdió tiempo. Se acercó y le sostuvo el rostro con fuerza.
—Le inyectaron a Sofía una sustancia que está destruyendo su mente. ¿Cómo la detengo?
Rivas sonrió aún más.
—No se detiene. Fue diseñada para borrar recuerdos irreversibles. Pero si tienes suerte, puedo darte un compuesto que ralentizará el proceso… por un precio, claro.
Antonio no dudó. Le dio un golpe en el rostro, haciendo que la silla se tambaleara.
—No juegues conmigo. Me darás la cura y lo harás ahora.
El doctor escupió sangre y se rió.
—La única cura es otra inyección con el compuesto original, pero en una dosis específica. Y si fallas… ella morirá.
Antonio miró a Martín.
—Llévalo al hospital. Lo quiero bajo vigilancia las veinticuatro horas. Si miente, se asegurará de que nunca vuelva a abrir la boca.
Martín asintió y sacó a Rivas del lugar. Antonio exhaló lentamente. El tiempo se agotaba y Sofía dependía de él.
No iba a fallar. No esta vez.
Y cuando todo esto terminara, iba a hacer que cada persona involucrada pagara con su vida.
Rivas caminaba custodiado por dos hombres de Antonio mientras ingresaban al hospital. Al llegar a una sala apartada, lo dejaron solo con Antonio.
El doctor suspiró y se acomodó en la silla.
—Mira, Villanueva, yo no soy el culpable de que tu esposa esté así. Yo solo diseñé la sustancia, pero no fui quien ordenó su uso en ella. Si realmente quieres ralentizar el daño, deberás pagarme bien. Y cualquier complicación que ocurra, no será mi responsabilidad.
Antonio lo fulminó con la mirada.
—¿Quieres que te pague para arreglar el desastre que tú creaste?
Rivas se encogió de hombros.
—El conocimiento cuesta. Y salvar a Sofía tiene un precio. Si te niegas, en menos de cuarenta y ocho horas, olvidarás hasta la última vez que ella te miró con amor. Tú decides.
Antonio sintió una furia helada recorrerle el cuerpo. No tenía tiempo para amenazas ni para perder más terreno.
—Dime qué necesitas. Ahora.
El doctor sonrió, satisfecho de haber logrado su punto.
—Voy a necesitar acceso al laboratorio más equipado que tengas, químicos específicos y a mis propias manos libres para trabajar. Y, por supuesto, una cantidad considerable de dinero.
Antonio cruzó los brazos, analizando cada palabra.
—Tendrás lo que necesitas. Pero si intentas jugar conmigo…
Se inclinó hasta quedar a la altura del doctor y le susurró:
—Me aseguraré de que sufras cada segundo de lo que le hiciste a Sofía.
Rivas tragó saliva, pero no perdió su sonrisa.
—Sabia elección, Villanueva. Ahora, pongámonos a trabajar.
Antonio se levantó y salió de la habitación. Martín lo esperaba afuera.
—¿Qué haremos, señor?
Antonio miró el pasillo que lo separaba de la habitación de Sofía. Su mandíbula estaba tensa, sus manos aún cerradas en puños.
—Montaremos un laboratorio aquí mismo. Dile a los hombres que traigan todo lo necesario. Y vigílalo. Si hace un solo movimiento en falso, acaba con él.
Martín asintió y se retiró a dar órdenes.
Antonio respiró hondo. Sofía dependía de él. Y esta vez, nadie se interpondría en su camino.
Porque si alguien más intentaba arrebatarle lo que amaba, no tendría piedad.
Antonio se quedó en silencio, su mirada fija en Rivas, quien, a pesar de la amenaza latente, mantenía la arrogancia de alguien que sabía que tenía la ventaja.
—¿A quién le vendiste la droga? —preguntó Antonio con voz controlada, pero con una furia latente en cada palabra.
Rivas rió entre dientes y sacudió la cabeza.
—No te hagas el que no sabe, Villanueva —dijo con burla—. Tu propio padre financió los últimos experimentos.
Antonio sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Un escalofrío recorrió su espalda, pero su rostro no mostró emoción alguna. No iba a darle a Rivas la satisfacción de verlo tambalearse.
—Eso es imposible —dijo con firmeza—. Mi padre murió hace años.
Rivas se encogió de hombros.
—Eso crees tú. Pero te aseguro que, cuando trabajé en este compuesto, el dinero no venía de laboratorios clandestinos ni de organizaciones criminales. Todo estaba financiado por cuentas que, cuando investigué un poco, llevaban de vuelta a un solo nombre: Daniel Villanueva.
Martín, que había permanecido en silencio hasta ese momento, tensó la mandíbula.
—Señor, sabemos que su padre manejaba muchas operaciones en la sombra antes de su muerte. Pero si esto es cierto, significa que alguien continuó con sus proyectos… o que nunca estuvo realmente muerto.
Antonio apretó los puños, su mente trabajaba frenéticamente. Si su padre estaba detrás de esto, entonces todo lo que había creído en los últimos años no era más que una mentira.
Se acercó aún más a Rivas, su rostro ahora a centímetros del suyo.
—Dame nombres. Quiero saber con quién trataste, quién recogió la droga, quién daba las órdenes.
Rivas sonrió, pero esta vez había un destello de temor en su mirada.
—Ya te dije lo que sé. Mi trabajo era fabricar, no hacer preguntas. Pero si quieres respuestas, tendrás que buscar en el lugar donde empezó todo: los viejos laboratorios de tu padre.
Antonio se irguió y miró a Martín.
—Organiza un equipo. Vamos a esos laboratorios.
Martín asintió y salió del cuarto. Antonio miró a Rivas una última vez.
—Si descubro que me estás mintiendo, desearás no haber nacido.
Rivas tragó saliva, pero mantuvo su sonrisa cínica.
Antonio salió sin mirar atrás.
Si su padre realmente estaba vivo, entonces tenía cuentas pendientes con él.
Y esta vez, no habría segundas oportunidades.