Antonio salió del almacén con el peso de la incertidumbre oprimiéndole el pecho. No podía permitirse el lujo de la duda, no cuando la vida de Sofía pendía de un hilo. Si su padre realmente había estado detrás de esto, entonces el enemigo no solo era desconocido… era alguien que conocía cada uno de sus movimientos, sus debilidades y sus límites.
Martín lo alcanzó en el estacionamiento.
—Señor, tenemos acceso a los viejos laboratorios. Ya están abandonados, pero si hubo actividad reciente, podremos rastrearla.
Antonio asintió, subiendo a su coche.
—Nos vamos ya. No quiero perder más tiempo.
Martín no discutió. Se subió al asiento del copiloto y, en cuanto el motor rugió, partieron en dirección a las antiguas instalaciones que alguna vez pertenecieron a Daniel Villanueva.
El trayecto fue silencioso. Antonio tenía la mirada fija en la carretera, pero su mente estaba en el pasado. Recordaba las últimas conversaciones que tuvo con su padre antes de su supuesta muerte. Nunca le confió detalles sobre su imperio, siempre mantuvo el control, ocultando secretos incluso a su propio hijo.
Cuando llegaron a los laboratorios, la fachada en ruinas evidenciaba el paso del tiempo. La estructura parecía abandonada, pero Antonio sabía que las apariencias engañaban.
—No bajes la guardia —ordenó mientras sacaba su arma.
Martín asintió, también armado.
Entraron con cautela. El lugar olía a humedad y productos químicos vencidos. Papeles esparcidos, muebles destruidos y monitores apagados llenaban el espacio, pero Antonio notó algo inusual: había huellas de zapatos recientes en el polvo acumulado en el suelo.
—No estamos solos —susurró Antonio.
Martín asintió y ambos avanzaron con precaución. Llegaron a una oficina en la parte trasera del laboratorio. Había un escritorio con documentos esparcidos y una computadora cubierta de polvo.
Antonio revisó los papeles mientras Martín encendía la computadora.
—Señor, hay archivos encriptados aquí —informó Martín—. Si logramos descifrarlos, podríamos obtener información clave.
Antonio siguió revisando los documentos. Su respiración se detuvo cuando encontró un expediente con el sello de su familia.
El título del archivo lo hizo sentir como si el mundo se derrumbara bajo sus pies:
"Proyecto Sofía"
Antonio sintió cómo su sangre se helaba.
—Martín… esto no es una coincidencia —susurró con la mandíbula apretada—. Sofía no era solo una víctima… era el objetivo.
Martín lo miró con preocupación.
—Señor, ¿cree que su padre…?
Antonio cerró los ojos por un segundo y los abrió con determinación.
—Si mi padre está detrás de esto, voy a encontrarlo. Y cuando lo haga… me aseguraré de que esta vez desaparezca para siempre.
Pero en el fondo, una pregunta seguía latente en su mente:
¿Hasta dónde había llegado Daniel Villanueva para seguir con vida?
Antonio escuchó el sonido de pasos apresurados y el crujido de vidrios rotos en el pasillo. Intercambió una mirada con Martín y ambos se movieron rápidamente hacia el origen del ruido.
—¡Alto ahí! —gritó Martín, sacando su arma.
Un hombre vestido con ropas oscuras intentaba escapar por una puerta trasera. Su respiración era agitada y sus movimientos torpes, como si el pánico lo hubiera consumido. Antonio no dudó. Se lanzó sobre él y lo derribó con un golpe certero, presionando su rodilla contra la espalda del sujeto para inmovilizarlo.
—¿Quién eres? —preguntó Antonio con frialdad.
El hombre jadeó, tratando de librarse, pero Martín ya lo tenía esposado con unas bridas de plástico.
—No soy nadie… solo hago lo que me piden… —balbuceó el hombre, con el rostro pegado al suelo.
Antonio apretó la mandíbula. Sabía que estaba mintiendo.
—¿Quién te envió?
El hombre negó con la cabeza.
—Si hablo… me matarán.
Antonio le dio la vuelta de un solo movimiento y le presionó el pecho con la rodilla.
—Si no hablas, seré yo quien te mate aquí mismo. Y te aseguro que haré que sufras antes de hacerlo.
El prisionero tragó saliva con dificultad.
—Villanueva… —murmuró con voz temblorosa.
Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿De cuál Villanueva hablas?
El hombre cerró los ojos, como si supiera que estaba firmando su sentencia de muerte.
—Tu padre.
El silencio en la habitación se hizo insoportable.
Antonio se puso de pie lentamente, sintiendo que la furia y la incredulidad lo devoraban por dentro. Su padre… el hombre al que había dado por muerto… seguía moviendo los hilos desde las sombras.
Miró a Martín.
—Llévalo a un lugar seguro. Quiero que lo interroguemos con más calma.
Martín asintió y se llevó al prisionero. Antonio se quedó en medio del viejo laboratorio, con los puños cerrados.
Si su padre estaba vivo y era el responsable de lo que le estaban haciendo a Sofía, entonces había algo que tenía claro:
La cacería acababa de comenzar.
Antonio miró fijamente al hombre que tenían reducido en el suelo. Su respiración era irregular, pero su mirada ya no reflejaba miedo, sino una extraña resignación.
—Dime lo que sabes —ordenó Antonio con frialdad.
El hombre no respondió.
Martín le dio un fuerte golpe en el rostro, haciéndolo escupir sangre.
—¡Responde!
El prisionero rió, con la boca ensangrentada.
—No importa lo que hagan… no diré nada. Prefiero morir antes que hablar.
Antonio se arrodilló a su lado y lo tomó del rostro con fuerza, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—No tienes idea de lo que prefieres.
El hombre escupió al suelo, sin temor.
—Es mejor morir por lealtad… que vivir con miedo.
Antes de que Antonio pudiera reaccionar, el prisionero movió su cabeza bruscamente contra el suelo, golpeando su sien contra un pedazo de vidrio roto. La sangre comenzó a brotar de inmediato.
—¡Maldición! —exclamó Martín, arrodillándose para intentar detener la hemorragia.
Antonio observó con rabia mientras el hombre convulsionaba y su vida se desvanecía en cuestión de segundos.
El silencio que quedó en la habitación era sofocante.
Martín se levantó con el rostro tenso.
—Se fue.
Antonio cerró los ojos por un momento, controlando su frustración. Habían perdido una oportunidad valiosa de obtener información. Pero si el hombre estaba dispuesto a morir antes de hablar, significaba que su enemigo era más peligroso de lo que pensaba.
Se puso de pie y caminó hacia la salida.
—Que limpien esto. Y asegúrate de que nadie más intente huir.
Martín asintió.
Antonio salió del lugar con una sola idea en mente: si su padre estaba detrás de esto, lo encontraría. Y cuando lo hiciera, no habría redención posible.