La Caza de Daniel

973 Palabras
Antonio salió del almacén con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. El cadáver del hombre que prefirió morir antes que hablar solo reforzó lo que ya sospechaba: su padre, Daniel Villanueva, estaba profundamente involucrado en todo esto. Sacó su teléfono y marcó el número de Martín. —Quiero que intensifiques la búsqueda de Daniel —ordenó con voz firme—. No quiero excusas. Si está escondido en cualquier rincón del mundo, lo quiero localizado. Usa todos los recursos necesarios. —Sí, señor —respondió Martín sin dudar. Antonio colgó y se quedó de pie junto a su auto, mirando la ciudad iluminada a lo lejos. Sentía una mezcla de rabia e incredulidad. Su propio padre… el hombre que lo había formado con disciplina y ambición, ahora era su enemigo. Subió al auto y aceleró. No podía perder más tiempo. Horas después… Martín entró en la oficina de Antonio con el rostro serio. —Hemos seguido varias pistas, señor. Daniel Villanueva ha borrado bien su rastro, pero logramos encontrar algo. Antonio levantó la vista. —Habla. —Hace semanas retiró una gran cantidad de dinero en efectivo de una cuenta offshore. Además, encontramos movimientos sospechosos en propiedades que antes pertenecían a la familia, pero que ahora están registradas a nombre de terceros. Uno de esos lugares es una finca en las afueras de la ciudad. Antonio se incorporó de inmediato. —¿Cuántos hombres podemos reunir? —Los suficientes, pero si Daniel está ahí, no estará solo. Antonio tomó su chaqueta y se dirigió a la puerta. —Entonces, iremos preparados. Martín asintió y salió detrás de él. Esta vez, Antonio no iba a dejar cabos sueltos. Si su padre estaba en esa finca, lo haría hablar. Y no habría escapatoria para él. Antonio llegó a la finca acompañado por varios de sus hombres. La propiedad era modesta, nada comparable con las antiguas residencias que su padre solía frecuentar. Desde la entrada, se notaba que el lugar había sido habitado durante años por las mismas personas. Martín bajó del auto primero y se acercó con cautela. Un perro comenzó a ladrar desde el porche de la casa, y poco después, una anciana salió a ver qué ocurría. —¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó con voz temblorosa, pero sin mostrar miedo. Antonio avanzó con paso firme. —Buscamos a Daniel Villanueva. La anciana frunció el ceño y miró a su esposo, que salió de la casa con una linterna en mano. —No conocemos a nadie con ese nombre, señor —respondió el anciano con calma—. Aquí solo vivimos mi esposa y yo desde hace más de treinta años. Antonio estudió sus rostros. No parecían mentir. Observó la casa y la tierra alrededor. No había señales de que alguien más hubiera estado ahí recientemente. Martín revisó unos documentos y se acercó a Antonio. —La propiedad fue adquirida hace dos años, pero está a nombre de un tercero. No hay registros que lo vinculen con su padre. Antonio sintió la frustración crecer dentro de él. Una pista más que lo llevaba a un callejón sin salida. Se giró hacia los ancianos y los observó por unos segundos. —Si recuerdan algo, cualquier detalle, cualquier persona que haya venido a preguntar por esta propiedad, necesito que me lo digan. El anciano asintió lentamente. —Si sabemos algo, se lo diremos. Antonio dio la orden de retirarse. Mientras regresaban a la ciudad, Martín rompió el silencio. —¿Qué hacemos ahora, señor? Antonio miró por la ventana, su mente calculando el siguiente movimiento. —Daniel está ocultando bien su rastro. Si esta finca no nos llevó a él, entonces alguien más lo hará. Miró a Martín con decisión. —Encuentra a los que le ayudaron a desaparecer. Alguien tuvo que haber facilitado los movimientos de dinero y propiedades. Busquemos entre sus antiguos socios. Martín asintió y comenzó a hacer llamadas. Antonio sabía que su padre no se escondería para siempre. Y cuando lo encontrara, no habría lugar en el mundo donde pudiera escapar. Mientras los autos de Antonio se alejaban de la finca, uno de los trabajadores del lugar se secó el sudor de la frente y entró a la casa principal con paso apresurado. Se aseguró de que los ancianos estuvieran ocupados antes de sacar un viejo teléfono celular de su bolsillo. Sus manos temblaban levemente mientras marcaba un número que había memorizado hacía tiempo. —¿Sí? —respondió una voz áspera al otro lado de la línea. El trabajador miró hacia la ventana, asegurándose de que nadie lo escuchara. —Alguien vino preguntando por Daniel. No parecían de la policía. Hubo un silencio en la línea, y luego la voz volvió a hablar con tono serio. —¿Quién era? —Un tal Antonio Villanueva. El silencio se alargó esta vez. —Escucha bien. No vuelvas a mencionar ese nombre. Y si vuelven, no sabes nada, ¿entendido? El trabajador tragó saliva y asintió, aunque sabía que no lo podían ver. —Sí, señor. La llamada se cortó de inmediato. El trabajador guardó el teléfono con rapidez y salió a continuar con sus labores, como si nada hubiera pasado. En otro lugar, a kilómetros de distancia, un hombre cerró su teléfono y lo dejó sobre la mesa. Su expresión era indescifrable, pero sus ojos reflejaban preocupación. —¿Problemas? —preguntó otro hombre a su lado, bebiendo un vaso de whisky. El primero suspiró y se pasó la mano por la cara. —Antonio ya está preguntando por Daniel. El segundo hombre dejó su vaso en la mesa con un golpe seco. —Eso no es bueno. Si sigue investigando, lo encontrará. —Lo sé. Se miraron en silencio, sabiendo que tenían que tomar una decisión pronto. Si Antonio seguía indagando, podría desenterrar secretos que debían permanecer ocultos.
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