Antonio recibió la llamada de uno de sus hombres justo cuando estaba a punto de salir del hospital. Su expresión se endureció al escuchar las palabras de su subordinado.
—Señor, alguien en la finca hizo una llamada después de que nos fuimos. Está claro que avisaron a alguien sobre nuestra presencia.
Antonio cerró los ojos un momento y exhaló con furia contenida.
—¿Pudieron rastrear la llamada?
—No por completo, pero sabemos que fue hecha desde un celular viejo, de esos que son difíciles de rastrear. Lo más seguro es que el dueño ya lo haya destruido.
Antonio pensó por un momento. Sabía que cada pista lo acercaba más a Daniel, pero también sabía que su enemigo estaba un paso adelante.
—Interroguen a los trabajadores de la finca. No quiero golpes innecesarios, pero si alguien sabe algo, lo dirá.
—Entendido, señor.
Antonio colgó y miró a Martín, quien lo observaba con atención.
—Van a intentar cubrir sus huellas —dijo Antonio con voz baja—, pero ya sabemos que Daniel sigue en movimiento.
Martín asintió.
—Si avisaron sobre nuestra presencia, significa que Daniel tiene aliados en todas partes. No podemos confiarnos.
Antonio miró por la ventana del hospital. La ciudad seguía su curso, ajena a la tormenta que estaba por desatarse.
—Encuentra a ese trabajador. No quiero que desaparezca antes de que tengamos respuestas.
Martín asintió de inmediato y salió a hacer las llamadas necesarias.
Mientras tanto, en una pequeña casa alejada de la ciudad, el hombre que había realizado la llamada en la finca terminaba de empacar sus cosas apresuradamente. Su respiración era agitada y su frente estaba cubierta de sudor.
Sabía que había cometido un error al hacer la llamada, pero no tenía otra opción. No podía permitir que Daniel fuera encontrado… al menos, no todavía.
Sin embargo, antes de que pudiera salir por la puerta trasera, un grupo de hombres vestidos de n***o irrumpió en la casa.
—¡Al suelo! —gritó uno de ellos.
El hombre no tuvo tiempo de reaccionar. Sintió un golpe en la nuca y todo se volvió oscuro.
Un par de horas después, Antonio llegó a una bodega abandonada donde sus hombres tenían al trabajador atado a una silla. El hombre tenía el rostro pálido y sudaba de miedo.
—Espero que entiendas por qué estás aquí —dijo Antonio, acercándose con calma.
El trabajador tragó saliva y asintió lentamente.
—Yo… yo no sé mucho. Solo me pidieron que avisara si alguien preguntaba por Daniel.
Antonio sacó su teléfono y reprodujo una grabación. Era la llamada que había hecho desde la finca.
—Tienes cinco segundos para decirme quién era el destinatario de esta llamada.
El hombre cerró los ojos con desesperación.
—No puedo… si hablo, me matarán.
Antonio se inclinó hacia él y sonrió sin humor.
—Si no hablas, el primero en morir serás tú.
El hombre tragó saliva, tembloroso, y finalmente murmuró un nombre.
Antonio se enderezó, sus ojos reflejando un brillo peligroso.
Finalmente, estaba más cerca de encontrar a Daniel.
Y cuando lo hiciera, no habría escapatoria.
El trabajador temblaba, con el rostro cubierto de sudor. Antonio lo miraba fijamente, esperando que hablara.
—Di el nombre otra vez —ordenó Antonio con frialdad.
El hombre respiró entrecortadamente, pero luego su expresión cambió. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—No lo entenderías, señor Villanueva —susurró con una voz que ya no temblaba.
Antonio entrecerró los ojos. Algo no estaba bien. Dio un paso hacia adelante, pero fue demasiado tarde.
El trabajador cerró los ojos y mordió algo que tenía oculto entre los dientes. De inmediato, su cuerpo se sacudió en violentas convulsiones.
—¡Mierda! —gritó Martín, lanzándose hacia él, pero no había nada que hacer.
El veneno hizo efecto en cuestión de segundos. El cuerpo del hombre quedó rígido, y una espuma blanquecina salió de su boca. Murió con una sonrisa en los labios.
Antonio cerró los puños. Otra pista que se esfumaba ante sus ojos.
—Nos están jugando sucio —dijo Martín, respirando hondo.
Antonio giró la cabeza, mirando fijamente el cadáver.
—No. Nos están enviando un mensaje. Prefieren morir antes que hablar. Eso significa que Daniel está más cerca de lo que pensamos.
Martín se pasó una mano por el cabello.
—¿Y ahora qué hacemos?
Antonio sacó su teléfono y marcó un número.
—Si estos hombres están dispuestos a morir por Daniel, significa que hay algo grande detrás. Quiero saber qué es. Contacta a nuestros infiltrados en los círculos clandestinos. Alguien debe saber algo.
Colgó y se quedó observando el cuerpo del trabajador.
Daniel no solo se escondía, sino que tenía seguidores leales. Y si alguien estaba dispuesto a morir antes de traicionarlo, significaba que tenía algo mucho más grande en juego.
Antonio estaba decidido.
No importaba cuántos cuerpos cayeran en el camino.
Iba a encontrar a Daniel. Y cuando lo hiciera, no habría piedad.
El silencio en la finca se hizo más pesado después de la muerte del trabajador. Antonio no se inmutó, pero dentro de él la furia crecía. Daniel no solo estaba oculto, sino que tenía fanáticos dispuestos a morir por él.
Martín limpió su cuchillo y miró a Antonio.
—Señor, si esta gente está tan comprometida con Daniel, significa que lo protegen como a un mesías.
Antonio no respondió de inmediato. Sus ojos fríos analizaban cada posibilidad.
—Si quieren protegerlo como a un dios, entonces vamos a hacer que su dios sangré.
Martín asintió, entendiendo lo que su jefe planeaba.
—Ordene, señor.
Antonio caminó hasta su vehículo, pero antes de subir miró a su alrededor.
—Quiero que investiguen cada cuenta, cada transacción, cada propiedad que Daniel pudo haber usado en los últimos años. Pero no solo eso… También quiero que comencemos a quebrar su red de apoyo. Si no hablan por lealtad, hablarán por desesperación.
Martín sonrió.
—Eso puedo hacerlo, señor.
Antonio entró al auto y encendió el motor.
—Nos dirigimos al lugar donde todo comenzó. Al laboratorio.
El edificio estaba abandonado. O al menos eso parecía. Antonio observó las paredes descascaradas y la maleza que crecía entre las grietas del concreto. Este era uno de los laboratorios donde Daniel había trabajado en sus experimentos.
Martín sacó su arma y revisó los alrededores.
—No hay movimiento.
Antonio avanzó sin vacilar. Abrió la puerta con facilidad, como si lo estuvieran esperando. Dentro, el olor a químicos y podredumbre lo golpeó. Pero algo le llamó la atención: había documentos en el suelo, como si alguien hubiera salido a toda prisa.
—Alguien estuvo aquí recientemente —murmuró Antonio.
Se agachó y tomó una carpeta. Al abrirla, su rostro se endureció.
—¿Qué es eso, señor?
Antonio le mostró la portada.
“Proyecto Omega”
Martín frunció el ceño.
—¿Qué demonios es eso?
Antonio hojeó rápidamente el contenido. Gráficos de actividad cerebral, informes médicos, análisis de deterioro cognitivo… y en una de las páginas, una fotografía.
Sofía.
Martín se acercó y vio la imagen.
—Dios…
Antonio sintió que su pulso se aceleraba. Había información sobre las pruebas que le habían hecho a Sofía, sobre los efectos del medicamento que la estaba destruyendo. Pero lo peor fue lo que encontró en la última página.
Una lista de sujetos de prueba.
Y entre los nombres, había uno que lo dejó sin aliento.
Daniel Villanueva.
Antonio cerró la carpeta con furia.
—Daniel no solo financió este proyecto. Él fue parte de él.
Martín miró a su jefe con incredulidad.
—¿Está diciendo que su propio padre fue una rata de laboratorio?
Antonio miró las paredes como si pudiera ver la verdad escondida tras ellas.
—No. Estoy diciendo que él fue quien lo creó.
De regreso en la mansión, Antonio estaba más decidido que nunca. Ahora sabía que Daniel no era solo un hombre huyendo. Era el arquitecto de todo este infierno.
Miró a Sofía, quien dormía en la habitación, su respiración tranquila pero frágil.
—Te prometo que esto terminará pronto —susurró.
Pero para eso, tenía que encontrar a Daniel.
Y esta vez, no habría escapatoria.