Antonio no había dormido en toda la noche. La información que había encontrado en el laboratorio lo atormentaba. Su propio padre no solo había financiado los experimentos que destruyeron la mente de Sofía, sino que había sido parte de ellos.
Se levantó de su escritorio y caminó hasta la ventana. Afuera, la noche aún cubría la ciudad con su manto oscuro. Sofía dormía, pero el tiempo seguía corriendo.
Martín entró en la habitación.
—Señor, hemos seguido los rastros financieros de Daniel. Ha movido grandes sumas de dinero a cuentas que se vacían casi al instante. Parece que financia operaciones en múltiples lugares al mismo tiempo.
Antonio entrecerró los ojos.
—Quiere mantenernos ocupados persiguiendo sombras.
Martín asintió.
—Pero hemos encontrado algo más. Hubo un vuelo privado que partió anoche desde una pista clandestina. No hay registro oficial, pero tenemos evidencia de que Daniel podría haber estado a bordo.
Antonio sintió que su pulso se aceleraba.
—¿Destino?
—Un complejo en las afueras de la ciudad. Un sitio aislado. No hay información sobre quién lo posee, pero sabemos que está fuertemente custodiado.
Antonio sonrió con frialdad.
—Entonces vamos a hacerle una visita.
El convoy se movió por la carretera a toda velocidad. Tres camionetas con hombres armados acompañaban a Antonio y Martín. Si Daniel estaba en ese lugar, no iba a salir caminando.
Cuando llegaron al complejo, lo encontraron rodeado de muros altos y cámaras de vigilancia. Antonio bajó del vehículo y sacó su arma.
—Vamos a entrar.
Los disparos comenzaron antes de que pudieran llegar a la puerta principal. Antonio y sus hombres se cubrieron, respondiendo con fuego.
—¡Martín, rodeen el edificio! ¡No dejen que nadie escape! —ordenó Antonio.
Los hombres se dispersaron, buscando flanquear a los enemigos. La intensidad del fuego disminuyó cuando uno de los guardias cayó al suelo, herido de gravedad. Antonio se acercó y lo apuntó con su pistola.
—¿Dónde está Daniel?
El hombre escupió sangre y sonrió.
—Nunca lo atraparás.
Antonio apretó el gatillo.
Siguió avanzando hasta la entrada principal y la derribó con una patada. El interior del edificio era un laberinto de pasillos y habitaciones cerradas. Martín revisaba cada sala, pero estaba vacía.
—No está aquí, señor.
Antonio sintió que su furia aumentaba. Daniel los había vuelto a engañar.
Pero entonces vio algo. En la pared del fondo había una pantalla encendida. Se acercó lentamente y la imagen se aclaró.
Era Daniel.
Su rostro apareció en la pantalla con una sonrisa tranquila.
—Hijo, qué gusto verte.
Antonio apretó los puños.
—¿Dónde estás?
Daniel rio.
—Siempre tan impaciente. Veo que has encontrado parte de la verdad… pero aún no toda.
Antonio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Por qué hiciste esto?
Daniel suspiró.
—Porque el poder tiene un precio, Antonio. Y tú aún no estás listo para pagarlo.
La pantalla se apagó.
Antonio sintió que su pecho se llenaba de rabia.
—Lo encontraré. Y esta vez, lo mataré.
Martín se acercó.
—¿Qué hacemos ahora, señor?
Antonio miró la pantalla apagada.
—Nos preparamos para la cacería final. Daniel ya no tiene a dónde correr.
Antonio se quedó mirando la pantalla apagada, con la respiración agitada y la mandíbula tensa. No había encontrado a Daniel, pero esto no era una derrota. Era solo un indicio de que su padre aún jugaba con él, creyéndose un paso adelante.
Martín se acercó con el teléfono en la mano.
—Señor, hemos interceptado otra comunicación. Parece que alguien en este complejo se puso en contacto con una ubicación desconocida justo antes de que llegáramos.
Antonio frunció el ceño.
—Dame detalles.
—La llamada fue breve, apenas unos segundos, pero la señal fue lo suficientemente fuerte como para rastrear el origen. Viene de un punto en la frontera, en una propiedad registrada a nombre de una empresa fantasma.
Antonio sonrió con frialdad.
—Sabía que encontraríamos algo. Reúne a los hombres. Nos movemos de inmediato.
Martín asintió y salió para organizarlo todo. Antonio se quedó unos segundos más, observando la sala vacía. Apretó los puños con frustración. Su padre no iba a seguir burlándose de él por mucho más tiempo.
El viaje hasta la nueva ubicación tomó varias horas. A medida que se acercaban al lugar, el terreno se volvía más inhóspito. Era una vieja hacienda abandonada, con muros desgastados y árboles secos rodeándola.
—Parece desierta —dijo uno de los hombres de Antonio.
—Nada es lo que parece —respondió Antonio, bajando del auto.
Martín sacó un visor térmico y escaneó la propiedad.
—Señor, hay movimiento en el interior. Al menos cuatro personas.
Antonio asintió.
—Vamos a hacerlo rápido.
Los hombres avanzaron en formación, rodeando la propiedad. Cuando estuvieron listos, Antonio levantó una mano y dieron la señal.
La puerta fue derribada de un golpe y los disparos comenzaron.
El enfrentamiento duró pocos minutos. Antonio y su equipo eran superiores en número y estrategia. Los guardias cayeron uno tras otro hasta que solo quedó uno con vida, un hombre que intentaba huir por la parte trasera de la propiedad.
Martín lo alcanzó y lo derribó al suelo.
—¡No me maten! —rogó el hombre, con las manos en alto.
Antonio se acercó lentamente, su sombra proyectándose sobre el prisionero.
—Háblame de Daniel.
El hombre tragó saliva, temblando.
—Yo… yo solo recibía órdenes… Nunca lo vi en persona, solo sabía que…
—Que qué —interrumpió Antonio con frialdad.
El hombre bajó la mirada.
—Que este lugar es solo una distracción. Daniel nunca estuvo aquí.
Antonio apretó los dientes.
—¿Dónde está entonces?
El hombre no respondió.
Antonio sacó su arma y sin dudarlo, disparó al suelo, a centímetros del prisionero.
—No tengo paciencia para mentiras.
El hombre respiró agitadamente.
—Se fue… Se fue hace días… La última vez que escuché algo, mencionaron un nuevo laboratorio… más al norte… cerca de la frontera…
Antonio intercambió una mirada con Martín.
—Amárrenlo. Si miente, se asegurará de que lo pague con su vida.
Martín asintió y ordenó a los hombres que se llevaran al prisionero.
Antonio miró la hacienda vacía.
Daniel estaba corriendo, pero no por mucho tiempo.
Él lo encontraría. Y cuando lo hiciera, todo terminaría.