Antonio salió de la hacienda con la vista fija en el horizonte oscuro. El viento seco agitaba su abrigo mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Daniel siempre había sido un hombre meticuloso, nunca dejaba rastros evidentes. Si había un nuevo laboratorio al norte, significaba que aún tenía recursos, contactos y, lo más importante, un propósito.
Martín se acercó con el teléfono en la mano.
—Señor, nuestros informantes están revisando los registros de actividad en la frontera. Si Daniel está operando cerca, no podrá mantenerse oculto por mucho tiempo.
Antonio asintió, sin apartar la vista del camino.
—No me importa cuánto cueste. Quiero cada punto de acceso vigilado. Si alguien mueve un solo dedo en esa zona, quiero saberlo antes de que terminen de hacerlo.
—Sí, señor —respondió Martín y se alejó para hacer las llamadas necesarias.
Antonio inhaló profundamente. Estaban cada vez más cerca.
El convoy de vehículos negros avanzaba por la carretera solitaria. La luna llena iluminaba el asfalto agrietado, dando al paisaje un aire fantasmal. Después de varias horas de viaje, llegaron a una zona cercana a la frontera. Se trataba de un viejo almacén de suministros abandonado, un lugar estratégico para operaciones clandestinas.
Martín detuvo el vehículo y revisó su equipo antes de mirar a Antonio.
—Hay movimiento dentro. Parece que no somos los únicos que venimos a buscar respuestas.
Antonio frunció el ceño.
—Prepárense para lo peor.
Con sigilo, el grupo se acercó al edificio. Las luces tenues de la estructura parpadeaban, como si la electricidad estuviera fallando. De pronto, un sonido metálico rompió el silencio.
Un disparo.
Antonio y sus hombres se cubrieron de inmediato.
—¡Nos estaban esperando! —gritó uno de sus hombres.
—¡No retrocedan! —ordenó Antonio, disparando hacia la fuente del ataque.
El enfrentamiento fue breve pero intenso. En pocos minutos, los hombres de Antonio lograron neutralizar a la mayoría de los hostiles. Al entrar al almacén, encontraron cajas de suministros médicos, equipos de laboratorio y documentos esparcidos por el suelo.
Martín revisó un archivo abierto sobre una mesa oxidada.
—Señor… esto no es un simple escondite. Parece que estaban realizando pruebas aquí.
Antonio se acercó y miró los documentos. Su expresión se endureció.
—Encuentren a alguien con vida. Quiero respuestas.
Uno de los hombres capturados temblaba mientras era arrojado contra la pared. Martín se colocó frente a él, con los brazos cruzados.
—Habla —ordenó.
El prisionero tragó saliva.
—Solo éramos un punto de transporte… No sé nada sobre experimentos… Solo traíamos suministros y nos ordenaban reubicarnos.
Antonio se inclinó hacia él.
—¿Reubicarse dónde?
El hombre dudó, pero al ver la mirada de Antonio, supo que no tenía otra opción.
—Hay… hay un complejo más grande… un búnker subterráneo… Ahí es donde llevan a las personas importantes…
Antonio se enderezó.
—Dame la ubicación exacta.
El hombre asintió con miedo y dio las coordenadas.
Antonio miró a Martín.
—Prepara todo. Nos movemos de inmediato.
Martín asintió.
La cacería aún no terminaba.
Pero esta vez, Antonio iba a asegurarse de que no quedaran más sombras en su camino.
El convoy llegó al búnker subterráneo en cuestión de horas. La entrada era un enorme portón metálico incrustado en la ladera de una montaña, protegido por cámaras y sistemas de seguridad avanzados. Antonio bajó del vehículo, con la mirada afilada. Sabía que Daniel no se dejaría atrapar fácilmente.
—Desactiven la seguridad. Entramos en cinco minutos —ordenó.
Los técnicos comenzaron a trabajar de inmediato, hackeando el sistema. En cuestión de minutos, el portón se abrió lentamente con un chirrido ensordecedor. La oscuridad en el interior era profunda, pero Antonio no dudó en avanzar.
El búnker era más grande de lo que imaginaba. Pasillos fríos y estériles se extendían en varias direcciones. Antonio y su equipo avanzaron con cautela, armas en mano.
De repente, las luces se encendieron, cegándolos por un instante. Una pantalla gigante se iluminó en la pared al fondo de la sala principal.
Y ahí estaba él.
Daniel Villanueva, su padre.
Antonio sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su padre se veía exactamente igual que la última vez que lo había visto… hace años.
—Antonio, hijo mío —dijo Daniel con una sonrisa calmada—. Qué gusto verte después de tanto tiempo.
Antonio apretó los puños.
—¿Dónde estás?
Daniel rió suavemente.
—Siempre tan directo. Me encantaría decirte que estoy en este mismo búnker, pero sabes que no sería tan descuidado.
Antonio respiró hondo, controlando su ira.
—¿Qué le hiciste a Sofía?
El rostro de Daniel se ensombreció un poco.
—No fui yo, Antonio. Pero eso no cambia la realidad… Su cuerpo está fallando. Su mente ya no es suya. Y lo peor de todo… le queda muy poco tiempo.
Antonio sintió que su corazón latía con fuerza.
—Dame el antídoto.
—¿Y por qué haría eso? —Daniel inclinó la cabeza—. Tú, mejor que nadie, sabes que en esta vida nada es gratis.
Antonio lo miró fijamente.
—¿Qué quieres?
Daniel sonrió.
—Quiero que entiendas lo que significa perder.
La pantalla se apagó abruptamente.
Un ruido mecánico se escuchó en el fondo del búnker. De pronto, los sistemas de seguridad se reactivaron y las compuertas comenzaron a cerrarse.
—¡Nos está encerrando! —gritó Martín.
Antonio sacó su arma y disparó a una de las cámaras.
—¡Salgan de aquí ahora! —ordenó.
Pero antes de que pudieran moverse, una voz metálica resonó por los altavoces del búnker.
—Buena suerte, hijo.
Y en ese momento, todo explotó.
El estruendo de la explosión sacudió el búnker. Antonio sintió cómo su cuerpo era lanzado hacia atrás con la fuerza del impacto. Un pitido ensordecedor invadió sus oídos mientras el polvo y los escombros llenaban la habitación.
Intentó moverse, pero una losa de concreto bloqueaba parcialmente su camino. Con un gruñido de esfuerzo, se impulsó hacia un lado y logró liberarse.
—¡Señor! —La voz de Martín se escuchó entre el caos.
Antonio miró a su alrededor. El equipo estaba disperso, algunos heridos, otros tratando de ponerse en pie.
—¿Todos vivos? —preguntó con dificultad.
—Algunos tienen heridas, pero seguimos en pie —respondió Martín, tosiendo por el polvo.
Las luces parpadeaban intermitentemente. La única salida que tenían estaba bloqueada por los escombros. Antonio miró la pantalla destrozada en la pared. Daniel no se encontraba ahí, pero había dejado su mensaje claro: esto no era solo una advertencia, era una prueba.
—Tiene un plan, y no va a detenerse —susurró Antonio para sí mismo.
Martín se acercó.
—Señor, tenemos que encontrar otra salida antes de que la ventilación colapse. Este lugar se llenará de humo en cuestión de minutos.
Antonio asintió.
—Busquen una vía de escape. Daniel construyó este lugar con salidas estratégicas, debe haber un túnel de emergencia en algún lado.
Los hombres comenzaron a buscar entre los escombros mientras Antonio trataba de pensar con claridad. Su padre había sido meticuloso. No lo quería muerto, no todavía. Pero cada segundo que pasaba, Sofía seguía en peligro.
—¡Aquí! —gritó uno de los soldados, señalando una compuerta en el suelo.
Martín y otro hombre corrieron a abrirla. Antonio se acercó, observando la oscura escalera que descendía en espiral.
—Vamos —ordenó sin dudar.
Uno por uno, comenzaron a bajar. Apenas el último hombre cruzó la compuerta, un segundo estallido sacudió el búnker y selló por completo la entrada.
Antonio apretó los dientes.
—Daniel realmente quiere que juguemos su juego.
Siguieron descendiendo hasta llegar a un pasillo subterráneo. Estaba iluminado con luces de emergencia, lo que significaba que no estaban completamente atrapados.
—¿A dónde lleva esto? —preguntó Martín.
—Si tengo razón, nos sacará a una instalación abandonada a unos kilómetros de aquí —respondió Antonio.
—¿Y si nos lleva a otra trampa?
Antonio esbozó una sonrisa fría.
—Entonces pelearemos.
El grupo avanzó con cautela. Cada paso que daban, Antonio sentía que el tiempo se les escapaba. Sofía no tenía mucho tiempo, y Daniel lo sabía.
Su padre no solo estaba jugando con él. Lo estaba desafiando.
Y Antonio nunca perdía un desafío.