ntonio clavó la mirada en la pantalla, su mandíbula tensa mientras procesaba cada palabra de su padre. Daniel sonreía con la seguridad de alguien que creía tener todas las cartas en la mano.
—¿Qué garantía tengo de que cumplirás con tu parte del trato? —preguntó Antonio con voz fría.
Daniel soltó una carcajada seca, como si la pregunta le divirtiera.
—No estás en posición de exigir garantías, hijo. Pero si te hace sentir mejor, puedo prometerte que no tengo interés en hacerle daño ni a Sofía ni a la niña… al menos, no si obtengo lo que quiero.
Antonio respiró hondo, su mente analizando cada posible escenario. Daniel siempre había sido meticuloso y cruel, pero también pragmático. No haría una jugada sin asegurarse de que tenía el control absoluto.
—Dame pruebas —exigió Antonio—. Quiero ver que Sofía sigue con vida.
Daniel suspiró con exagerada paciencia y chasqueó los dedos. La imagen de la pantalla cambió y mostró a Sofía acostada en una camilla, conectada a varios monitores. Su rostro estaba pálido, su respiración parecía débil, pero estaba viva.
—Como puedes ver, sigue con vida —dijo Daniel—. Pero el tiempo se agota. Tienes seis horas para decidir.
Antonio sintió un nudo en el estómago. Seis horas. No solo debía pensar en Sofía, sino también en la niña. Si su padre estaba involucrado en todo esto, significaba que el peligro era más grande de lo que imaginaba.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, con la mandíbula apretada.
Daniel entrecerró los ojos con diversión, como si disfrutara al ver a su hijo en esa posición.
—Quiero que dejes de interferir. Quiero que aceptes que esto es más grande que tú y que no puedes ganar.
Antonio no respondió de inmediato. Sabía que Daniel lo estaba poniendo a prueba. Quería ver cuánto podía doblarlo antes de que rompiera. Pero Antonio no era alguien que se doblegara fácilmente.
—Déjala ir. Si realmente no quieres hacerle daño, entrégamela ahora.
Daniel negó con la cabeza.
—No es tan sencillo. Hay cosas en juego que no entenderías. Pero te daré una oportunidad. Si realmente quieres salvarla, ve al punto que te indicaré en una hora. Ve solo.
La pantalla se apagó de golpe, dejando a Antonio con el eco de esas palabras resonando en su cabeza.
Martín, que había permanecido en silencio, finalmente habló.
—Señor, esto es una trampa. No podemos confiar en él.
Antonio asintió.
—Lo sé. Pero si hay una mínima posibilidad de salvar a Sofía, no puedo ignorarla.
Martín cruzó los brazos.
—Si va solo, lo matarán.
Antonio miró el reloj. El tiempo corría en su contra.
—No estaré solo. Encuentra el punto de encuentro y prepárate. Vamos a acabar con esto.
El juego de Daniel estaba llegando a su fin. Y Antonio estaba listo para hacer su última jugada.