Antonio no tenía otra opción. Su padre había orquestado todo con precisión quirúrgica, y ahora lo arrastraba a un escenario donde solo él dictaba las reglas. Pero si Daniel pensaba que tenía el control absoluto, estaba equivocado. —Martín, prepáralo todo. Nos vamos a Montverne. Montverne era una ciudad pequeña y apartada, rodeada de montañas y con carreteras angostas que hacían difícil cualquier persecución o maniobra de escape. Un lugar perfecto para una emboscada. —Señor, no podemos confiar en él. —No lo hago. Pero tampoco puedo dejar que Sofía muera. Martín asintió con rigidez y comenzó a dar órdenes. En menos de una hora, Antonio y su equipo estaban listos para partir. Viajaron en tres vehículos distintos para evitar cualquier emboscada, pero la tensión en el aire era innegable.

