Antonio no apartó la mirada de su padre. El tiempo y la distancia no habían cambiado a Daniel. Seguía siendo el mismo hombre frío y calculador de siempre, aquel que veía la vida como un tablero de ajedrez, donde cada persona era una pieza movible, prescindible si era necesario. Daniel dejó su copa de vino sobre la mesa y caminó lentamente por la habitación, como si saboreara cada momento de la conversación. —Fallaste, Antonio. —Su voz era calma, pero había una reprimenda oculta en ella—. Tenías una misión y en lugar de cumplirla, te aliastes con tu objetivo. Antonio no respondió de inmediato. Sabía que Daniel no esperaba excusas, ni justificaciones. —Sofía nunca fue un objetivo. Desde el principio supe que había algo más en todo esto. Y tú también lo sabías. Daniel sonrió con ironía.
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