El silencio que siguió a esas palabras fue ensordecedor. Antonio sintió que algo dentro de él se desgarraba mientras observaba a Sofía. Sus ojos, que antes reflejaban amor, rabia, dolor y determinación, ahora estaban vacíos. Perdidos. No había rastro de reconocimiento en ellos. —Sofía… soy Antonio. Ella frunció ligeramente el ceño, pero su expresión no cambió demasiado. —Lo siento… no sé quién eres. Antonio sintió que la furia en su interior se mezclaba con una tristeza profunda. Su padre le había arrebatado demasiado. Pero esto… esto era imperdonable. Martín entró en la habitación en ese momento, con una expresión tensa. Antonio se obligó a apartar la mirada de Sofía y se volvió hacia él. —¿Qué averiguaste? Martín dudó por un momento, pero luego habló con la voz firme. —El doctor

