Dickenson asintió en respuesta. Pasaron el resto del camino en relativo silencio. Cassya se preguntó cómo sería el historial laboral de Dickenson y cuál era su papel como m*****o del personal de Alaric. Cuando llegaron a la oficina de Alaric, sentía mucha curiosidad, pero sabía que era mejor no preguntar. Hizo lo de siempre y subió las escaleras hasta su despacho. Al abrir la puerta, lo encontró sepultado bajo una montaña de papeles. Él le dedicó la sonrisa habitual al verla.
—Hola —le saludó con una sonrisa—. ¿Te gustaría que te eligiera un libro?
—Me quitaste las palabras de la boca, va a pasar un tiempo, si es que llega a suceder —señaló todos los papeles que lo rodeaban.
Ella asintió y luego buscó en las estanterías material de lectura apropiado. Finalmente, eligió un libro sobre genealogías reales y nobiliarias, una edición bastante reciente, de tan solo tres años. Lo tomó y se retiró a su habitación, se puso el camisón y se metió bajo las sábanas. Comenzó a hojearlo, refrescando sus conocimientos sobre la nobleza. Buscó primero a la familia real. Vio a Félix, a su hermana Beatriz, a su hermano mayor Maximiliano, el príncipe heredero. Luego a la reina Astrid, una princesa extranjera. Finalmente, al rey Enrique, que había reinado durante los últimos siete años.
Luego buscó a los Marlberg y encontró a Claudette. Ella provenía de una familia de comerciantes y se casó a los veinte años con un hombre treinta años mayor que ella. Ocho años después enviudó, con dos hijos, pero heredó todo. Había una entrada más escandalosa que especulaba sobre la cantidad de hombres con los que se rumoreaba que había tenido amantes. Era una lista muy larga. También le sorprendió que Claudette tuviera treinta y ocho años; Cassya había supuesto que era más joven.
Encontró una pequeña entrada sobre la familia de comerciantes de la que provenía, Alchester. Sus padres habían fallecido y se mencionaba a una hermana menor, ocho años menor que Claudette. Pero no había más información, salvo que se había casado brevemente con un m*****o de la familia Carnaby y que había muerto poco después. No era particularmente esclarecedor. Cuando buscó información sobre los Carnaby, con la esperanza de encontrar algo más útil, no la mencionó en absoluto. Lo cual era extraño. Se trataba de un almanaque oficial; debería haber información sobre las familias emparentadas y los matrimonios entre parientes. En cambio, parecía casi como si se hubiera omitido deliberadamente.
Ya había oído hablar de casos similares. Cuando ciertas familias querían distanciarse de determinadas personas, se recurría a sobornos o presiones sobre los editores, así como sobre otros encargados de los registros, para evitar que esa información quedara plasmada en papel. Debió de ser un descuido que la entrada de los Alchester no hubiera sido manipulada para eliminar toda mención. Esto la hizo preguntarse por qué los Carnaby habían hecho eso y con quién se había casado. No recordaba que Aberforth hubiera mencionado jamás que era viudo. Eso se le habría quedado grabado. Pero, dada la diferencia de edad entre Claudette y su esposo, podría haber sido un m*****o mucho mayor de la familia.
Finalmente, buscó a Alaric y encontró a los Caeranote. Había una nota bastante mordaz que decía que eran originarios del país del sur, al otro lado del mar. «No es de extrañar», pensó Cassya, había mucho resentimiento hacia esa nación desde la guerra. La mención de sus abuelos en la cima del árbol genealógico, numerosas tías. Algunas casadas, otras no. Luego vio a su madre, casada con un m*****o de una familia noble del norte. Después, la línea que venía de ella directamente a él, sutilmente etiquetándolo como bastardo sin mencionar a su padre. Sin embargo, la decoración junto a su nombre lo identificaba como noble con su título de «vizconde» escrito debajo, junto con su fecha de nacimiento. Supo que tenía treinta y un años.
Intentó imaginar cómo habría sido aquello. Que todos supieran quién era su padre, pero fingieran ignorarlo, mientras lo trataban con desdén por haber nacido fuera del matrimonio. Al pensarlo, se dio cuenta de que era una contradicción andante.
Como si ella lo hubiera invocado, él entró. Ella cerró el libro de golpe y le dedicó una sonrisa. Él lo miró fijamente antes de dirigirle una mirada pensativa.
—¿Qué demonios te impulsó a querer leer eso? —preguntó con un bufido divertido.
—Como la fiesta de Claudette es la semana que viene, pensé que debería informarme sobre la gente adinerada antes de asistir —respondió.
Él arqueó las cejas.
—¿Cuánto tiempo te llevó buscarme?
Ella murmuró:
—Yo no… —Él arqueó las cejas con incredulidad—. …de inmediato. Busqué información sobre Claudette antes que tú. La lista de sus amantes en este libro era ridícula.
Se rió entre dientes.
—Mi entrada no dice mucho, ¿verdad? Pero déjame ver qué hay en la de Claudette.
Le quitó el libro y buscó la página correspondiente. Recorrió el papel con la mirada hasta que soltó una carcajada.
—Eh, faltan algunos nombres. Como esto tiene tres años, la lista es aún más larga.
Cerró el libro de golpe con una mano.
Cassya soltó una risita.
—¿Cómo es que tú y Claudette son amigas? O sea, ¿cuándo surgió eso?
Reflexionó un instante, recordando con claridad aquel momento.
—Lord Marlberg fue uno de los que me acogieron. Llegué después de que se casara con Claudette, poco antes de cumplir quince años. Con el paso de los años, ella se convirtió en parte de mi familia, junto con su hermana pequeña, Amandine.
Parecía casi feliz al recordarlo.
Sus cejas se arquearon.
—¡Oh! Supuse que eras uno de sus amantes. Por cómo se hablaban entre ustedes dos.
Se rió entre dientes.
—Muchos lo han supuesto. He oído muchos rumores desagradables sobre cómo me sedujo y me llevó a su alcoba cuando era adolescente. Los peores son los que intentan hacerme pasar por el padre de sus hijos. Tenemos una relación muy cercana. No voy a fingir lo contrario, y ella me ha dado muchos consejos sobre cómo tratar a una mujer, tanto en la intimidad como fuera de ella. Pero en realidad nunca hemos dormido juntos —aclaró.
Cassya entrecerró los ojos y sonrió al darse cuenta de algo.
—Tu libro sucio, ese es de Claudette, ¿verdad?
Se rió.
—Sí, su colección es asombrosa.
—¿Ustedes dos estaban comparando notas sobre eso? —lo miró con un tono juguetón y acusador.
—¿Comparando notas? —Tenía una expresión de desconcierto.
—Sí, hay anotaciones en algunas páginas. Algunas escritas por ti, el resto por otra persona —aclaró.
Alaric reflexionó un momento antes de soltar una risita.
—Era Amandine, no Claudette.
—¿Estabas hablando de cosas sucias y obscenas con su hermana pequeña? —Cassya arqueó una ceja.
Se indignó en tono de broma.
—Solo era un año menor que yo, no era tan raro. Además, no se acerca ni de lejos a lo obsceno de algunas de las cosas que hemos hecho juntos.
Sonrió con malicia.
Cassya hizo un puchero burlón; una parte de ella quería preguntar más sobre Amandine, pero recordó que había fallecido. Mencionar eso probablemente arruinaría el ambiente que se estaba creando, el cual deseaba que llegara a su final satisfactorio.
Su tono se tornó sensual pero distante.
—Es cierto que hemos hecho cosas muy sucias juntos.
Inclinó la cabeza con picardía.
—En tu opinión, ¿cuál fue la más sucia?
Dejó el libro a un lado, se levantó y empezó a desvestirse.
—Hay tantas veces, ¿por qué limitarme a una?
Se quitó la chaqueta.
—Esa primera noche que te golpeé y te di nalgadas…
Luego se quitó la camisa.
—…Esa vez que me provocaste para que te follara con fuerza…
Se arrancó las botas de los pies.
—…Cuando mecimos el carruaje en silencio…
Después se quitó los pantalones.
—…¿O prácticamente toda la noche de ayer?
Alaric apartó las sábanas y se subió encima de ella, levantándole el camisón. Ella rió entre dientes, acariciándole el pecho.
—Es un placer escuchar cuáles consideras que fueron tus mejores momentos.
—Oh, sin duda pienso añadir más cosas a esa lista —dijo con una sonrisa.
Se inclinó para besarla, entrelazando sus lenguas. Luego se separó para quitarle el camisón por encima de la cabeza.
—Hagamos algo nuevo. Voy a acostarme. Después quiero que te sientes a horcajadas sobre mi cara, mirando hacia mis pies.
Ella arqueó una ceja.
—¿Solo quieres que me siente en tu cara? ¿Eso es todo?
Respondió, aún con una sonrisa.
—Bueno… ¿recuerdas lo que te hice anoche cuando te pillé por primera vez?
Observó la expresión de comprensión en el rostro de Cassya.
—Si pudieras hacerlo, solo hasta donde puedas. No quiero que te den ganas de vomitar. Eso me haría muy feliz.
Cassya sonrió con picardía y asintió. Alaric se recostó en la cama y esperó a que ella se sentara sobre su rostro. Cassya intentó moverse lentamente, con cuidado pero de forma seductora. En parte para su placer visual, pero sobre todo porque si accidentalmente le daba una patada en la cara, probablemente no le resultaría excitante. Colocó sus rodillas a ambos lados de su cabeza. Sintió cómo él deslizaba sus manos por la parte posterior de sus muslos para apretarle las nalgas. Se bajó suavemente, apoyando su sexo sobre sus labios, inclinándose hacia adelante para apoyar sus manos en sus caderas. Sus labios comenzaron a besar sus pliegues con ternura, su lengua moviéndose lentamente de arriba abajo.
Saboreó su gusto, anticipando el momento en que ella se inclinaría más. Cuando ella le chupara el pene, él planeaba chuparle el clítoris de la misma manera. Manteniendo sus dedos envueltos alrededor de sus glúteos, ansioso por sentirlos temblar con sus caderas y piernas. Cassya acercó tentativamente su rostro a su m*****o. Apoyándose en su codo mientras acariciaba su longitud con una mano. Tocó la punta con sus labios, rozándola contra ellos antes de darle un beso. Dejó escapar un suspiro cuando ella abrió la boca y lo tomó dentro, moviendo la cabeza de arriba abajo.
Alaric rodeó su clítoris con sus labios. Empezó a succionar, preguntándose hasta qué punto se distraería, sobre todo cuando usara la lengua. La respuesta fue contundente. Las agradables sensaciones que le provocaba la distraían profundamente, dificultándole concentrarse en mantener un ritmo constante. Intentaba introducirlo lo más profundo posible en su boca; sus gemidos añadían una sutil vibración a sus esfuerzos. Lo oyó y sintió gemir bajo ella, pero su succión no parecía verse afectada por lo que ella le estaba haciendo.