Capítulo 19

1711 Palabras
Cassya se despertó cómoda y a gusto; el cálido pecho de Alaric se apoyaba en su espalda mientras él la abrazaba. Se acurrucó brevemente contra él antes de aceptar que probablemente debía levantarse. Debía de ser temprano y el día estaba gris, pues no entraba la luz del sol por las cortinas, ni tampoco había llegado la bandeja de café de Tessa. Al incorporarse, Alaric se movió detrás de ella, con los ojos entreabiertos, mirándola. —¿En qué cajón estaban las prendas interiores prometidas? —preguntó Cassya con voz soñolienta y una media sonrisa. Alaric sonrió con picardía, señalando una cómoda en particular. —El segundo cajón. Cassya se puso de pie y se dirigió al lugar indicado. Al abrirlo, encontró prendas nuevas, hechas de un algodón tan suave que se sentía delicada sobre su piel. Alaric la observó mientras se las ponía. —¿Tienes tantas ganas de irte de aquí después de anoche? —preguntó él, intentando sonar inofensivo mientras arqueaba una ceja. Cassya se sintió un poco desconcertada por la pregunta. Era más incisiva de lo que él aparentaba. —Yo… no es eso. Aunque preferiría que no me arrancaras la ropa interior en el futuro… disfruté mucho anoche… incluso si me engañaste descaradamente, y aún no he descubierto cómo. Hizo un ligero puchero y él se rió entre dientes. —Solo estoy despierta y quiero seguir con mi día. Él le dedicó una sonrisa maliciosa. —Entendido, intentaré resistir la tentación de arrancarte la ropa. Pero no olvidaré cuánto disfrutaste de que te persiguiera… Cassya resopló juguetonamente, mirándolo de reojo con cierta ironía mientras se dirigía a su estudio para vestirse. Después bajó a la cocina y encontró a Tessa preparando café. Se sirvió una taza, charló un rato con ella antes de ir a buscar a Bradford para que la llevara a casa. Al llegar, las gemelas la recibieron con entusiasmo, exigiendo el desayuno. Se puso a prepararlo y a hacer una cafetera para su madre. Poco después bajó a reunirse con ellas, con sus rizos rubios recogidos en un moño de aspecto profesional, luciendo animada, casi radiante esa mañana. —Buenos días —dijo, dejando escapar un pequeño bostezo—. Será mejor que pongas a cocer el rabo de buey pronto, si quieres que esté listo para la cena. Cassya estaba a punto de preguntar por qué, pero entonces recordó el motivo y dejó escapar un suspiro de frustración. El doctor Anselm se había invitado a sí mismo a pasar la noche allí. Sus intenciones eran bastante obvias, pero Cassya necesitaba encontrar la manera de desviar su atención sin parecer grosera ni hiriente. Un verdadero dilema para todos los tiempos: a nadie le gusta el rechazo. Aunque algunos lo sobrellevan mejor que otros, quién sabe en qué grupo se encontraba Anselm al respecto. En cuanto terminó el desayuno, se puso a preparar el guiso. Sus hermanos menores la ayudaron pelando las verduras con torpeza, pero como ninguno se cortó, ella lo consideró un éxito. Le dibujó una sonrisa en el rostro. Puede que su técnica no fuera elegante, pero cocinar sin lastimarse era, a sus ojos, una señal de competencia. Sobre todo para niños de nueve años. Para cuando su madre llegó a casa del trabajo ese día, el guiso ya estaba listo. Los gemelos pusieron la mesa poco antes de que llegara Anselmo, quien llamó a la puerta principal. Su madre le abrió. —Hola, doctor. Qué gusto que se una a nosotros —lo saludó con una sonrisa amable. —Llevo mucho tiempo esperando esto. Desde aquí huele de maravilla —le sonrió cálidamente a su madre, pero luego dirigió la mirada a Cassya. Entró y tomó asiento a la mesa. —¿Le apetece algo de beber, doctor? No tenemos mucho, pero seguro que hay algo que le guste —ofreció Cassya. —Oh, lo que sea que estés tomando estará bien. Por favor, llámame Anselmo —respondió con una sonrisa, dedicándole una mirada que se prolongó más de lo apropiado. —Entonces, agua —respondió ella con su habitual sonrisa educada. Todos estaban sentados alrededor de la mesa, en el caso de Cassya, su madre y los gemelos, disfrutando de comer carne por primera vez en quién sabe cuánto tiempo. —Señora Wainwright, entiendo que dejó sus puestos en la casa de apuestas y en la taberna cercana. ¿Puedo preguntarle el motivo? —preguntó Anselmo con curiosidad. Su madre hizo una pausa antes de responder: —Encontré un trabajo mejor pagado en el centro de la ciudad. Trabajo en una oficina para una empresa que gestiona fragatas. Me gusta, y mi jefe es mucho más amable que en mis trabajos anteriores. Él asintió. —¿Y tú, Cassya? Entiendo que trabajas de noche —le preguntó con tono inquisitivo. La madre de Cassya se puso visiblemente tensa, mientras Cassya intentaba disimular con la mayor naturalidad posible. —Trabajo en una taberna, también en el centro de la ciudad. Un sitio que abre hasta altas horas de la madrugada. Así que estoy fuera casi toda la noche. Pero nos viene bien, porque así puedo cuidar de Ash y Willow mientras mamá trabaja. —¿De verdad te cuesta tanto dormir? Eso no es bueno para tu salud a largo plazo —respondió él con preocupación. Su madre la interrumpió: —Desde que conseguí mi nuevo trabajo, ella duerme mucho más, así que no tiene por qué preocuparse, doctor. Además, sin ánimo de ofender, intentamos evitar situaciones que nos lleven a su consulta —dijo con una sonrisa. Anselmo soltó una risita. —Bueno, me alegra oír eso. Continuaron charlando un rato. A medida que se acercaba la hora de que Bradford o Dickinson fueran a buscar a Cassya, ella y su madre intentaban insinuar sutilmente que Anselm debía marcharse. Sin embargo, él no captaba sus indirectas, hasta que su madre se vio obligada a ser más directa. —Bueno, doctor, es un placer que nos haya podido acompañar, pero pronto será la hora de acostarse de los gemelos, así que… —Oh, ¿ya es tan tarde? Disculpe, si me permite traer un poco del guiso para llevar, me iré. Me ha complacido lo suficiente y ha sido una compañía encantadora —respondió Anselmo con una sonrisa. Su madre se levantó para llenarle un recipiente cuando llamaron a la puerta. Antes de que nadie pudiera decir nada, Ash se levantó de un salto y abrió. Se encontró con Dickenson, quien arqueó una ceja con curiosidad al ver al hombre sentado a la mesa. Anselmo miró a Dickenson con igual curiosidad. —¿Quién es este que llama a la puerta tan tarde? Mientras Cassya y su madre intentaban formular una respuesta, Willow respondió con entusiasmo por ellas. —Ese es Dickenson, trabaja de portero en la misma taberna que Cassya. A veces la acompaña porque vive cerca. Como los hombres malos les hacen daño a las chicas que caminan de noche, y Dickenson es grande y da miedo, pero en realidad no, eso significa que a Cassya no le pasa nada malo —respondió ella con una sonrisa. Cassya nunca se había alegrado tanto de mentirles a sus hermanos. La sonrisa inocente de Willow lo confirmaba. Mientras tanto, Dickenson tenía una expresión de desconcierto al oír que su presencia se explicaba con engaños. —Qué amable de su parte —reflexionó Anselmo—. Seguro que lo hace por las razones más nobles. Dirigiendo una mirada sospechosa a Dickenson. Dickenson resopló levemente. —Si mis razones no fueran del todo nobles… —levantó la mano mostrando su anillo de bodas— …mi esposa tendría algo que decir al respecto. Anselmo pareció un poco intimidado por esta respuesta. La madre de Cassya pareció aliviada de que toda la situación se explicara fácilmente mientras terminaba de llenar el recipiente para Anselmo. —¿Nos vamos, Cassya? Es hora de trabajar —declaró Dickenson, claramente entretenido por todo aquello. —Sí, ha sido un placer verte, Anselmo, pero tengo que irme. Nos vemos —respondió ella con una sonrisa forzada. Se levantó de la mesa y salió por la puerta con Dickenson. Mientras se dirigían a casa de Alaric, Dickenson soltó una risita. —¿Así que soy portero? —le preguntó con una sonrisa burlona. Ella suspiró en tono de broma y puso los ojos en blanco. —Parecía más fácil decirles eso a los gemelos que esperar que entendieran la verdad y por qué debían guardar silencio al respecto. Se rió entre dientes. —Lo entiendo, yo tampoco confiaría en que mis pequeños fueran discretos —adoptó un tono de advertencia suave—. Solo espero que ese hombre entienda que no estás disponible para él. Dudo que Alaric le permita que ande husmeando. —No es así, es un médico de la zona. El único que no intenta extorsionar a la gente con sus precios. Se invitó a sí mismo a mi casa, pero no me interesa. No sé cómo rechazarlo sin que se arme un lío —explicó con frustración—. Eres hombre, ¿tienes alguna idea de cómo puedo hacerlo? Lo pensó un minuto, resopló y se encogió de hombros. —No hay fórmula mágica. Simplemente recházalo con educación; si no es un imbécil, aceptará el no con deportividad. Si es un imbécil… dale un buen golpe en la nariz y luego un rodillazo en los testículos. La mayoría de los hombres instintivamente bajarán las manos para cubrirse los testículos en ese momento, luego le darán un puñetazo en la garganta y saldrán corriendo. No podrá perseguirte si le duelen los testículos, le lloran los ojos y le cuesta respirar. Cassya se detuvo un momento a reflexionar sobre su consejo, que era increíblemente violento. —¿Eso suele funcionar, no? —preguntó, mirando a Dickenson con curiosidad y reconsiderando su opinión de que era un gran oso de peluche. —Es raro encontrar a alguien que siga en condiciones de pelear después de eso. Ese doctor no me pareció un hombre duro, pero sí parecía tener una opinión muy alta de sí mismo. A esa clase de personas no les suele gustar un «no» —explicó Dickenson. —Gracias, lo tendré en cuenta —respondió Cassya.
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