Se sobresaltó y, al voltear, lo vio inclinado bajo la cama mirándola. Salió de un salto justo cuando él intentaba alcanzarla, pero no lo logró. Se levantó rápidamente, abrió la puerta de golpe y salió corriendo. Subió corriendo las escaleras, intentando pensar en qué habitación podría despistarlo, pero él acortó la distancia entre ellos en cuestión de segundos. La agarró por detrás y la atrajo hacia sí al llegar al rellano.
—Te pillé… Gané yo —gruñó en su oído.
Le ató las muñecas a la espalda con una cinta de seda. Luego la giró y la hizo arrodillarse. Cassya se arrodilló ante él, temblando de anticipación. Sintió humedad entre las piernas y sus pezones se endurecieron mientras él la miraba con una sonrisa victoriosa. Le acarició el labio inferior con el pulgar.
Con la otra mano se desabrochó los pantalones, bajándolos hasta los muslos, antes de sustituir su pulgar por la punta de su pene, completamente erecto, mientras la obligaba a besarlo, frotándolo contra sus labios.
—Abre la boca y chúpalo —ordenó, con un tono que oscilaba entre el ronroneo y el gruñido.
Cassya obedeció, ansiosa por hacer lo que él decía, entreabrió los labios y lo dejó entrar. Acarició con la lengua por debajo y lo succionó con ternura. Lo vio morderse el labio, con una expresión de éxtasis mientras ella movía la cabeza sobre él. Pasó ambas manos por su cabello, apartándolo de su rostro y guiándola hasta una profundidad que le satisfizo. Su boca estaba llena, pero no llegaba a su garganta, solo tragaba la mitad de su longitud. Movió suavemente las caderas contra ella, y ella podía sentirlo palpitar en su boca. Cuando comenzó a penetrar más profundamente, le provocó el reflejo nauseoso.
Él se retiró inmediatamente, al verla toser de rodillas debajo de él, tenía una mirada casi salvaje en el rostro. La levantó, empujándola contra la pared. Deslizó sus dedos dentro de sus bragas para encontrar sus pliegues goteando; le arrancó las bragas. Metió su rostro entre sus piernas, succionando y mordisqueando su clítoris. Los jadeos y jadeos incontrolables salieron de Cassya mientras se hundía en el placer. Él agarró sus muslos internos, manteniendo sus piernas separadas. Cuando sintió que su clítoris comenzaba a temblar, se detuvo, dándole un par de lamidas provocativas antes de retirar sus labios.
Al contemplar su expresión dichosa teñida de decepción, sonrió con picardía. Luego le bajó la capucha, sopló sobre su clítoris y la hizo estremecerse antes de volver a pasarle la lengua con picardía. Esperó hasta que empezó a temblar y repitió el proceso, observando cómo la frustración volvía a su rostro. Cuando la llevó al límite por tercera vez y se lo arrebató, temblaba de deseo, anhelándolo con todas sus fuerzas. A la cuarta vez, era un manojo de nervios.
—Parece que quieres algo, ¿por qué no me dices qué es? —preguntó con tono burlón, luciendo una sonrisa maliciosa.
—Por favor, déjame ir —suplicó, con el pecho agitado.
—¿Cómo? ¿Con la lengua, con los dedos o yo bien adentro?
Volvió a darle lamidas tortuosas en su clítoris mientras ella elegía.
Se retorcía y gemía; su tacto le dificultaba pensar. Por mucho que le gustara su lengua, quería más.
—Tú… muy… adentro —respondió temblorosamente entre respiraciones.
Se puso de pie y separó sus piernas con las rodillas. Las dobló mientras se colocaba en ángulo hacia su entrada, cubriendo su punta con su humedad mientras se frotaba contra ella. La provocó aún más antes de finalmente hundirse dentro. Agarró sus nalgas y la levantó mientras estiraba sus piernas, inmovilizándola contra la pared. Empujó, golpeando sus caderas contra ella; ella lo rodeó con las piernas, aferrándose a él con fuerza. Gemidos guturales escapaban de ella cada vez que él llenaba sus profundidades, aferrándose a él desesperadamente mientras él bombeaba éxtasis en ella. Observó su rostro jadeante mientras esos ojos azules le suplicaban liberación.
Cuando deslizó sus dedos hasta su clítoris, acariciándolo, ella vio blanco. Sus ojos se pusieron en blanco mientras se transformaba en una criatura que emitía gemidos y quejidos de necesidad mientras temblaba a su alrededor. Finalmente, dejó escapar un grito, sus dedos de los pies se curvaron mientras todo su cuerpo se tensaba. Sus entrañas palpitaban y se contraían a su alrededor, exigiendo su semilla. Él mordisqueó la base de su cuello, enterrándose hasta el fondo mientras se tensaba, permitiéndose romperse y dejar una huella de sí mismo. Gruñó con la gloriosa sensación de su parte inferior envuelta a su alrededor.
Ella se apoyó en él, aturdida. Él la apartó de la pared, separándola de él. Le soltó las piernas y la cargó sobre su hombro. Le dio una palmada juguetona en el trasero, haciéndola soltar un pequeño grito antes de agacharse para recoger los restos desgarrados de su ropa interior y llevarla escaleras arriba a su habitación. Al llegar, la arrojó sobre la cama y se quitó la ropa, pero no llevaba las botas. Finalmente, ella recuperó la consciencia para hablar.
—¿Hiciste trampa de alguna manera, verdad? —dijo ella en tono acusatorio, entrecerrando los ojos al mirarlo.
Él se rió, mirándola radiante.
—Usar una ventaja táctica de la que la otra persona no es consciente no es hacer trampa. Es simplemente sentido común, no había ninguna regla que lo prohibiera. Simplemente no se te ocurrió.
—Espera… ¿pero cómo? La puerta no se movió y te oí subir las escaleras —estaba desconcertada.
Le arrancó el corsé y empezó a jugar con sus pezones entre los dedos, con esa sonrisa lobuna.
—Quizás lo entiendas para la próxima vez que juguemos. Por ahora, acepta tu derrota y tu papel como mi presa capturada por esta noche.
Rozó sus labios con los de ella, abriéndolos para un beso, masajeando su lengua contra la de ella y provocándole un cosquilleo entre las piernas. Intensificó el beso mientras le pellizcaba los pezones, haciéndola retorcerse bajo él. Le mordisqueó el labio inferior antes de separarse. Le separó los muslos, usando las rodillas para mantenerlos apartados e impedir que los cerrara si lo intentaba. Luego deslizó las manos desde sus pechos, acariciando su clítoris y metiendo los dedos en su interior.
Rápidamente, esa placentera sensación penetró en ella. No tardó mucho en que sus hábiles dedos la empujaran hacia el límite, su clítoris se contraía, sus entrañas apretaban sus dedos y sus caderas se balanceaban, tratando de introducirlo más profundamente e intensificar la sensación.
Entonces se detuvo, dejándola frustrada y necesitada mientras le dedicaba una mirada de suficiencia.
—¿Estás jugando a este juego otra vez? —preguntó con irritación.
Se rió entre dientes y continuó con sus caricias, haciéndola gemir.
—Es tan divertido, no puedes hacer nada parecido. Estás completamente a mi merced, sé terca si quieres. Así es más entretenido cuando inevitablemente me ruegas que te deje llegar al clímax.
Su sonrisa lobuna se ensanchó.
Él siguió jugando con ella, irritado por la destrucción de su ropa interior y por cualquier método deshonesto que usara para ganar el juego. Ella consideró resistirse y mostrarse obstinada, pero pronto comenzó a ceder cuando él la acercó de nuevo. Su cuerpo le enviaba señales, haciéndole saber.
Una vez más se detuvo, mirándola con aire de suficiencia, esperando a que ella se alejara del borde antes de reanudar sus provocaciones. Su cuerpo se calentaba y se volvía más ansioso.
Sus caricias se intensificaron, haciéndola retorcerse bajo él. Sus caderas se sacudieron frenéticamente contra sus dedos, dejándola jadeando y gimiendo. Estuvo a punto de llegar al clímax de nuevo, solo para que él se detuviera sádicamente, con la misma sonrisa.
Ella gruñó con frustración, entrecerrando los ojos al mirarlo.
Su intento de mostrar enfado se desvaneció cuando él volvió a mover los dedos.
—Me encantaría hacerte venir, solo tienes que decirlo. ¿O tal vez te hace más feliz suplicar cuando estás caliente y mojada por haber sido perseguida? —se burló con esa sonrisa.
Esta vez, la empujó al límite en lugar de dejarla retroceder y la mantuvo allí, con un tacto tan provocativo y tentador. Era una tortura deliciosa; su cuerpo temblaba y se sentía como un hilo tensado al máximo, sin poder romperse ni relajarse. Creó en ella un deseo como nunca antes había sentido; quería llegar al clímax, sentirlo penetrando profundamente en su interior.
Ella cedió.
—Te lo ruego… Alaric, por favor… hazme venir.
—Con mucho gusto —ronroneó.
La volteó hasta que quedó de rodillas. La levantó y la sujetó por las muñecas para que quedara inclinada frente a él. Sintió cómo se frotaba contra sus pliegues y luego la penetraba, golpeando sus caderas contra sus nalgas, y ella dejó escapar un gemido de placer. La levantó aún más para que su cabeza descansara sobre su hombro, rodeándola con sus brazos para mantenerla allí. Entonces comenzó a embestirla sin piedad. Ella dejó escapar gemidos, quejidos y chillidos de placer.
—¡Sííí! —gimió.
Disfrutaba de la sensación que le inspiraba cada embestida, como si se sumergiera en un delicioso baño caliente donde el agua le producía un cosquilleo. Sentía su aliento en el cuello; él emitía pequeños gruñidos y gemidos junto a su oído. Su punto más sensible era estimulado con fuerza, provocándole intensas oleadas de placer. Sus profundidades lo abrazaban irresistiblemente mientras él la penetraba con fuerza. Con las manos atadas, podía sentir cómo se contraían los músculos de su abdomen mientras él movía las caderas, sintiéndolas moverse bajo las yemas de sus dedos.
Deslizó una mano hacia abajo, masajeando su clítoris con movimientos circulares. Su respiración se volvió agitada y temblorosa, sus ojos se nublaron antes de volver a ponerse en blanco. Lo necesitaba, estaba por llegar y no se lo negaría. Gritó cuando la tomó, una intensa explosión de euforia recorrió todo su cuerpo. La hizo temblar violentamente, sus músculos internos ordeñando con avidez el pene que le ofrecían.
Alaric gimió junto a su oído, su propio clímax lo envolvió mientras sus entrañas se contraían a su alrededor. Una maravillosa oleada recorrió su columna vertebral mientras dejaba escapar un torrente de calor en lo más profundo de ella.
Ambos se sentían agotados. Él le desató las muñecas y le besó el cuello y la mejilla. Ella sacó las manos de detrás de la espalda y acarició con los dedos los brazos que él la rodeaba. Él los recostó en la cama, abrazados en el éxtasis posterior.
—Me debes ropa interior nueva —dijo Cassya en voz baja, demasiado cansada para armar un escándalo.
Respondió con un nivel de energía similar:
—Hay repuestos en el cajón, puedes cogerlos mañana por la mañana.
Ella emitió un sonido afirmativo en señal de asentimiento. Se metieron bajo las sábanas, se acurrucaron y se durmieron.