La señora Fausto comenzó a explicar: —Recuerdas aquel edificio de la imprenta que estaba al lado de la sala de juegos? Cassya asintió. —El Daily Veritas, sí, ¿qué pasa con él? La señora Fausto continuó: —Bueno... todos los que trabajaban allí ya han fallecido, incluido el propietario. Así que compré el edificio a precio de ganga. Cassya se quedó boquiabierta. —Un momento, qué? ¡Esos periodistas están muertos! ¿Cómo? Ella suspiró. —Hicieron lo que suelen hacer: beber mucho. Tuvieron una fiesta, pero la caja de ginebra que consiguieron para ella provenía de una bañera. Cassya hizo una mueca de dolor. —Pobres desgraciados. No es una muerte rápida. La señora Fausto tenía una expresión triste. —Sí... Esos tipos eran clientes habituales del burdel del último piso, unos borrachos empedernid

