Prisioneros del Destino El despacho del capitán estaba iluminado por una lámpara de aceite que proyectaba sombras irregulares en las paredes de piedra. Valentina sintió el peso de la mirada del hombre que tenía frente a ella, un rostro que le resultaba inquietantemente familiar. Su parecido con su prometido del futuro era aterrador. Gabriel permanecía a su lado, con la espalda tensa y las manos cerradas en puños. La tensión en la habitación era sofocante. —Dime, mujer —dijo el capitán con voz calmada, aunque sus ojos tenían un brillo afilado—, ¿qué eres? Valentina tragó saliva, sintiendo el latido acelerado de su corazón. —No entiendo la pregunta. El capitán sonrió levemente. —No eres como los demás. Hay algo extraño en ti… Algo que mis hombres no logran explicar. Gabriel dio un pa

