La melodía del pasado
Uruguay, 2024
El sol de la tarde caía sobre las calles empedradas de Colonia del Sacramento. Las casas blancas, con tejas rojas y puertas de madera desgastada, parecían susurrar secretos del pasado. Valentina Serrano caminaba detrás de Martín, su esposo, mientras intentaba seguirle el paso entre los escombros de lo que alguna vez había sido una iglesia colonial.
—Es increíble, ¿verdad? —dijo Martín con entusiasmo, girándose hacia ella. Llevaba una cámara colgada al cuello y su libreta de notas en la mano. Era como un niño en una tienda de juguetes.
—Sí, es fascinante —respondió Valentina con una sonrisa automática.
La verdad era que no compartía su entusiasmo. Había accedido a acompañarlo porque sabía cuánto significaba este proyecto para él. Pero en ese momento, mientras el aire se volvía más frío dentro de la iglesia en ruinas, Valentina no podía evitar sentirse inquieta.
El lugar tenía algo extraño, casi opresivo. Las paredes estaban cubiertas de moho, y el techo, parcialmente derrumbado, dejaba pasar haces de luz que iluminaban un antiguo órgano en el altar. Valentina sintió un escalofrío al mirar el instrumento, como si la estuviera llamando.
—Dicen que esta iglesia fue construida por los jesuitas —comentó Martín mientras tomaba fotografías—. Pero lo interesante es el órgano. Según los registros, lo trajeron de Europa, y hay leyendas sobre él.
—¿Qué tipo de leyendas? —preguntó Valentina, acercándose al altar.
Martín se encogió de hombros. —Historias sobre personas que escucharon una melodía y desaparecieron. Supersticiones.
Valentina esbozó una sonrisa nerviosa, pero el órgano parecía susurrarle algo. Su cuerpo actuó antes de que su mente pudiera detenerlo. Subió los escalones del altar y extendió la mano hacia las teclas polvorientas.
—Valentina, cuidado. No sabemos cuán frágil es… —advirtió Martín desde el fondo de la iglesia.
Pero era como si el mundo se hubiera desvanecido. Al presionar una de las teclas, un sonido grave y profundo llenó el aire, reverberando en las paredes como un eco interminable. Valentina sintió que el suelo se deslizaba bajo sus pies. Su visión se volvió borrosa, y un frío glacial la envolvió.
—¡Valentina! —gritó Martín.
Fue lo último que escuchó antes de ser arrastrada por una fuerza invisible, como si el viento la estuviera arrancando del presente.
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Uruguay, 1738
El dolor la despertó. Estaba tumbada sobre la hierba húmeda, con el cuerpo entumecido y el rostro cubierto de tierra. Valentina abrió los ojos con esfuerzo y parpadeó contra la luz del sol. Algo estaba mal. El paisaje era diferente: el aire olía a humo de madera, y el cielo parecía más vasto y despejado.
Antes de que pudiera levantarse, escuchó voces. Hombres hablando en un tono grave, con un acento extraño, casi arcaico.
—¿Qué hacemos con ella? —preguntó uno de ellos.
—Podría ser una espía —respondió otro.
—No tiene pinta de espía —dijo una tercera voz, más grave y autoritaria.
Valentina giró la cabeza y vio a tres hombres armados observándola. Sus ropas eran toscas, como de campesinos, y llevaban mosquetes en las manos. Pero fue el hombre en el centro quien capturó su atención. Era alto, con cabello oscuro y ojos penetrantes. Había algo en su mirada que la hizo estremecerse, una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Quién eres? —le preguntó el hombre, dando un paso hacia ella.
Valentina intentó levantarse, pero sus piernas temblaban. —Yo… no sé…
El hombre frunció el ceño y la observó con atención. Luego hizo un gesto hacia los otros dos. —Bajen las armas. No parece peligrosa.
Los otros hombres obedecieron a regañadientes, pero no dejaron de observarla con cautela.
—¿De dónde vienes? —insistió el hombre, inclinándose hacia ella.
Valentina tragó saliva. ¿Qué podía decir? Todo esto parecía un sueño o una pesadilla. —Yo… vine con mi esposo… estábamos en una iglesia…
El hombre arqueó una ceja. —¿Iglesia? Aquí no hay ninguna iglesia cerca.
Valentina se quedó en silencio, mirando a su alrededor. El paisaje era completamente desconocido. No había rastro de los edificios modernos ni del sitio arqueológico. Solo campos abiertos, árboles y un camino de tierra que se extendía hacia el horizonte.
—Gabriel, ¿qué hacemos con ella? —preguntó uno de los hombres.
Gabriel, porque ese debía ser su nombre, se frotó la barbilla, pensativo.
—Nos la llevamos. Si alguien la encuentra sola, no vivirá para contarlo.
Valentina sintió un nudo en el estómago mientras Gabriel la levantaba del suelo con facilidad. Sus manos eran firmes, pero no bruscas.
—Escucha, no sé quién eres ni qué estás haciendo aquí, pero si quieres vivir, harás lo que yo diga. ¿Entendido? —dijo, mirándola fijamente.
Valentina asintió, incapaz de encontrar las palabras. Había algo en sus ojos oscuros que la aterrorizaba y la tranquilizaba al mismo tiempo.
Así, comenzó su viaje hacia un mundo desconocido, de la mano de un hombre que parecía tanto su salvador como su carcelero.