Capítulo 2

940 Palabras
Un mundo desconocido Uruguay, 1738 El traqueteo del carro era monótono, pero para Valentina cada movimiento parecía sacudir sus nervios aún más. Estaba sentada en la parte trasera de un carromato, rodeada de sacos de grano y barriles que despedían un olor agrio. Gabriel iba caminando al lado, con una postura rígida, como si estuviera alerta ante cualquier peligro. Los otros dos hombres, Ramón y Esteban, conversaban en susurros, lanzándole miradas furtivas de vez en cuando. Ella sabía que no confiaban en ella, y, para ser honesta, tampoco podía culparlos. No tenía una explicación lógica para su presencia allí, y cada vez que intentaba dar sentido a lo ocurrido, su cabeza dolía más. Gabriel, por su parte, parecía decidido a ignorarla, aunque su presencia se sentía abrumadora. Había algo en él que imponía, no solo por su físico —alto, de hombros anchos y con la piel curtida por el sol—, sino por la manera en que dominaba la situación. Era el tipo de hombre que no dejaba espacio para dudas ni preguntas innecesarias. —¿Dónde estamos? —se atrevió a preguntar, rompiendo el incómodo silencio. Gabriel apenas giró la cabeza hacia ella. —En el camino a la estancia de Don Manuel. Allí veremos qué hacer contigo. —¿Don Manuel? —preguntó, frunciendo el ceño. —El hombre que controla estas tierras —respondió Ramón, con un deje de burla en la voz—. Si no eres una espía, él lo decidirá. Espía. La palabra resonó en su mente. ¿Cómo podía convencerlos de que no representaba una amenaza? Ni siquiera sabía cómo había llegado allí. —No soy una espía. Solo quiero regresar a mi casa —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente. Gabriel se detuvo de golpe, obligando al carro a frenar también. La miró directamente a los ojos, y Valentina sintió como si pudiera ver a través de ella. —Escucha, señorita. No sé qué estás tramando, pero esto no es un juego. Si Don Manuel decide que mientes, no vivirás para ver otro amanecer. Así que, por tu bien, guarda silencio y sigue mi ejemplo. Valentina tragó saliva, incapaz de responder. Había algo en la forma en que él la miraba, un brillo oscuro en sus ojos, que la hacía dudar entre la obediencia y el desafío. Finalmente, optó por lo primero. El sol comenzaba a ponerse cuando llegaron a la estancia. La hacienda era imponente, rodeada de campos que parecían no tener fin. Los peones trabajaban en silencio, moviéndose con rapidez y eficiencia bajo la atenta mirada de los capataces. Gabriel la ayudó a bajar del carro, aunque su agarre fue más firme de lo necesario. Valentina sintió que todos los ojos estaban sobre ella mientras caminaba detrás de él hacia la casa principal. Dentro, un hombre mayor los esperaba. Era alto, con el cabello blanco y una expresión severa que hablaba de años de autoridad. Su ropa, aunque sencilla, era de mejor calidad que la del resto de los presentes, y su postura dejaba claro que estaba acostumbrado a dar órdenes. —Gabriel, ¿qué traes contigo? —preguntó, sin apartar la mirada de Valentina. —La encontramos en el camino, Don Manuel —respondió Gabriel—. No sabemos quién es ni de dónde viene, pero su historia no tiene sentido. Pensé que usted querría verla antes de tomar una decisión. Don Manuel caminó alrededor de Valentina, examinándola como si fuera un objeto. Ella sintió la sangre subirle al rostro, pero mantuvo la mirada en alto, decidida a no mostrar miedo. —Eres diferente —dijo finalmente, su tono más curioso que acusador—. Tu ropa, tu acento… no eres de aquí. —No, no lo soy —respondió ella, aprovechando la oportunidad para hablar—. Pero no soy una amenaza. Estoy perdida y solo quiero regresar a mi casa. Don Manuel la miró en silencio por un momento antes de volver su atención a Gabriel. —¿Qué piensas tú? Gabriel cruzó los brazos, evaluándola con una mirada que parecía capaz de arrancarle cada secreto. Finalmente, habló. —No es una campesina ni una espía, pero tampoco es alguien común. Podría ser útil… si decidimos confiar en ella. Las palabras de Gabriel la sorprendieron. ¿Útil? ¿En qué sentido? Antes de que pudiera preguntar, Don Manuel asintió. —De acuerdo. Se quedará bajo tu vigilancia. Si resulta ser un problema, será tu responsabilidad. Gabriel no pareció sorprendido por la decisión, pero su expresión se endureció. Asintió una vez y se giró hacia Valentina. —Ven conmigo. Ella dudó por un instante, pero no tenía otra opción. Lo siguió fuera de la casa principal y hacia una pequeña cabaña al borde de la estancia. —Dormirás aquí —dijo Gabriel, abriendo la puerta. El interior era sencillo, con una cama, una mesa y poco más—. Hasta que sepamos quién eres y qué haces aquí, no saldrás sin mi permiso. Valentina apretó los labios, conteniendo las ganas de protestar. Estaba cansada, hambrienta y asustada, pero sabía que necesitaba mantener la calma. —Gracias —murmuró, aunque la palabra le supo amarga. Gabriel la miró por un momento, como si intentara descifrar algo en ella. Luego, sin decir nada más, salió de la cabaña, cerrando la puerta tras de sí. Cuando finalmente estuvo sola, Valentina se dejó caer en la cama, sintiendo cómo las lágrimas que había contenido todo el día comenzaban a caer. No sabía dónde estaba ni cómo iba a regresar a su mundo, pero una cosa era clara: Gabriel Fernández sería tanto su mayor desafío como su única esperanza.
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