capítulo 3

978 Palabras
La amenaza en las sombras La noche en la cabaña fue un desafío. Valentina apenas pudo dormir. Los ruidos del campo, tan diferentes a los del mundo moderno, se entrelazaban con sus pensamientos caóticos. El leve crujir de la madera, los pasos de los peones y el lejano aullido de un perro la mantenían en constante alerta. Cada sonido le recordaba que estaba en un lugar extraño, en una época que no era la suya. Por la mañana, el sol se colaba por las rendijas de la ventana, iluminando el modesto espacio. Antes de que pudiera organizar sus pensamientos, alguien golpeó la puerta con fuerza. —Levántate, es hora de trabajar —dijo la voz áspera de Gabriel. Valentina abrió la puerta con cautela. Gabriel estaba ahí, vestido con una camisa de lino ajustada y un pantalón oscuro que destacaban su complexión atlética. Sus ojos oscuros la inspeccionaron con la misma intensidad del día anterior. —¿Trabajar? —preguntó Valentina, frunciendo el ceño. —Si no tienes una historia clara que contarnos, al menos serás útil. En esta estancia nadie se queda de brazos cruzados. Ella estuvo a punto de replicar, pero recordó la advertencia de Don Manuel. Decidió que lo mejor era obedecer… por ahora. La rutina del día Gabriel la llevó a los establos. El olor a heno y tierra húmeda era abrumador, pero también extrañamente reconfortante. Un anciano de rostro amable, al que Gabriel presentó como Mateo, le mostró cómo alimentar a los caballos y limpiar sus pesebres. —Es raro ver a una mujer aquí —comentó Mateo mientras trabajaban—. Pero si el patrón te aceptó, debes tener algo especial. Valentina no respondió. En cambio, concentró toda su atención en la tarea, ignorando las miradas ocasionales de Gabriel, quien parecía supervisarla desde la distancia. A pesar de las dificultades, la rutina ayudó a calmar su mente. Mientras limpiaba los establos, podía analizar lo poco que sabía de su situación. Estaba claro que había retrocedido en el tiempo, pero no entendía cómo ni por qué. La única certeza que tenía era que, de alguna forma, necesitaba encontrar una manera de regresar. La primera amenaza Cuando el sol comenzó a descender, Valentina pensó que el día había terminado, pero Gabriel apareció de nuevo, indicándole que lo siguiera. —¿Ahora qué? —preguntó, sintiendo que la fatiga empezaba a pesarle. —Necesito que me acompañes al río. Hay algo que debes aprender. Sin darle más explicaciones, él la condujo a través de un sendero que bordeaba los campos. Los colores cálidos del atardecer pintaban el cielo mientras caminaban, pero Valentina apenas podía disfrutar del paisaje, concentrada en mantenerse al ritmo de Gabriel. Cuando llegaron al río, Gabriel se detuvo y señaló una roca cercana. —Si vas a quedarte aquí, necesitas defenderte. Este lugar no es seguro, y no siempre estaré para protegerte. Valentina levantó una ceja, incrédula. —¿Defenderme? ¿De qué estás hablando? Antes de que él pudiera responder, un ruido en los arbustos llamó su atención. Gabriel reaccionó al instante, poniéndose frente a Valentina. Su mano se movió hacia el cuchillo que llevaba en el cinturón, y sus ojos recorrieron los alrededores con la precisión de un cazador. —¿Qué pasa? —susurró Valentina, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. —Silencio —ordenó él, con un tono bajo pero firme. Un grupo de hombres emergió de entre los árboles, todos armados con machetes y rifles antiguos. Sus ropas estaban sucias, y sus miradas eran hostiles. —Mira lo que tenemos aquí —dijo uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la mejilla—. Gabriel Fernández, el protegido de Don Manuel. Y parece que no estás solo. Gabriel no se inmutó. Su postura era tranquila, pero Valentina podía sentir la tensión en el aire. —No quiero problemas, Felipe. Déjanos pasar. —Eso depende —respondió Felipe, esbozando una sonrisa torcida—. Tal vez podamos llegar a un acuerdo… Sus ojos se dirigieron a Valentina, y ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Quién es la señorita? No parece del campo. Quizás podríamos… invitarla a compartir un poco de vino con nosotros. —Ni lo pienses —gruñó Gabriel, dando un paso adelante. Su voz era baja, pero cargada de amenaza—. Si tocas un solo cabello de su cabeza, será lo último que hagas. El grupo de hombres se rió, pero la risa no alcanzó sus ojos. La tensión creció, y Valentina sintió que la situación podía explotar en cualquier momento. —Gabriel… —susurró ella, aterrada. —Quédate detrás de mí —le ordenó, sin apartar la mirada de Felipe. En un movimiento rápido, Gabriel sacó su cuchillo y lo apuntó hacia el líder del grupo. Los hombres parecieron vacilar, pero Felipe mantuvo su sonrisa. —Eres valiente, Fernández. Pero no siempre tendrás suerte. Con un gesto, indicó a sus hombres que retrocedieran. Gabriel los observó desaparecer entre los árboles antes de guardar su cuchillo. —¿Estás bien? —preguntó, volviéndose hacia Valentina. Ella asintió, aunque su cuerpo temblaba. —¿Quiénes eran? —Bandidos —respondió, su tono seco—. Se aprovechan de los viajeros y atacan a los que no pueden defenderse. Por eso te traje aquí. Si vas a sobrevivir en este mundo, necesitas aprender a protegerte. Valentina lo miró, aún conmocionada por lo ocurrido. Pero en el fondo sabía que él tenía razón. Este lugar era peligroso, y si quería sobrevivir, tendría que adaptarse. Gabriel la estudió por un momento antes de hablar nuevamente. —Mañana empezaremos. Y esta vez, no habrá excusas. Aunque sus palabras eran duras, Valentina percibió algo diferente en su voz. Un atisbo de preocupación. Y por primera vez, se dio cuenta de que, aunque él la considerara una carga, no estaba dispuesto a dejarla caer.
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