Cercanías Peligrosas
El aire del amanecer era fresco, y las primeras luces del día bañaban el paisaje con tonos dorados y verdes. Valentina se despertó con el sonido de los pájaros, su cuerpo aún agotado por la tensión del día anterior. Al voltear la mirada, encontró a Gabriel de pie a unos metros, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte. Había algo en su postura que transmitía una mezcla de vigilancia y melancolía.
—¿Siempre estás tan alerta? —preguntó Valentina mientras se incorporaba.
Gabriel no giró del todo, pero su perfil se suavizó al escucharla.
—Cuando tu vida depende de ello, sí —respondió. Luego de un momento, agregó—: Necesitamos movernos pronto. No quiero quedarnos aquí cuando el sol esté alto.
La urgencia en sus palabras no era nueva, pero Valentina podía sentir que algo más lo inquietaba.
—¿Qué sucede? —insistió mientras se acercaba a él.
Gabriel finalmente la miró, con sus ojos oscuros llenos de sombras.
—Anoche escuché algo... pasos en la distancia. Podrían ser cazadores, o podrían ser ellos.
Valentina sintió que su corazón se aceleraba. Aunque Gabriel siempre parecía tener todo bajo control, este destello de preocupación en su rostro la puso en alerta.
—Entonces, vámonos ya.
Él asintió, y comenzaron a recoger sus pocas pertenencias. Pero mientras lo hacían, Valentina no podía sacudirse la sensación de que algo más estaba en juego. Había algo en la forma en que Gabriel la miraba, como si supiera que lo peor estaba aún por venir.
Una marcha forzada
El camino se volvió cada vez más empinado y rocoso mientras avanzaban hacia un bosque más denso. Gabriel lideraba, inspeccionando cada paso, cada sombra. Valentina trataba de seguirle el ritmo, pero el cansancio comenzaba a pasarle factura.
—¿Siempre caminas tan rápido? —bufó, tratando de mantener el humor a pesar de su fatiga.
Gabriel se detuvo y la miró con una leve sonrisa que apenas tocó sus labios.
—¿Siempre hablas tanto cuando estás cansada?
Valentina rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. A pesar de las circunstancias, esos pequeños intercambios aliviaban la tensión entre ellos.
Sin embargo, el momento de ligereza fue breve. Gabriel levantó una mano, indicándole que se detuviera. Se agachó, inspeccionando algo en el suelo: huellas frescas.
—Están cerca —dijo en voz baja, con el ceño fruncido—. Debemos movernos más rápido.
—¿Qué tan cerca?
Él no respondió de inmediato, pero la mirada que le lanzó fue suficiente para que Valentina entendiera que no tenían mucho tiempo.
Un encuentro inesperado
Al mediodía, el sol se filtraba débilmente entre las copas de los árboles, y Valentina sintió que sus fuerzas comenzaban a flaquear. Justo cuando pensaba que no podría dar un paso más, Gabriel se detuvo abruptamente.
—Escucha —murmuró.
Ella contuvo el aliento, esforzándose por escuchar lo que él había oído. Fue entonces cuando lo notó: el sonido de voces distantes.
—No son soldados —dijo Gabriel después de un momento—. Pero tampoco podemos arriesgarnos.
Se desviaron del sendero principal, adentrándose en un terreno más accidentado. Sin embargo, no lograron evitar el encuentro. Al cruzar un claro, un grupo de tres hombres armados apareció frente a ellos.
—¡Alto ahí! —gritó uno de ellos, apuntándoles con un mosquete.
Gabriel se colocó instintivamente frente a Valentina, con su mano descansando sobre la empuñadura de su daga.
—No queremos problemas —dijo, su voz firme y controlada—. Solo estamos de paso.
—¿De paso? —se burló otro de los hombres—. Aquí nadie está "de paso". ¿Quiénes son y qué hacen aquí?
Valentina sintió el sudor frío recorrer su espalda mientras los hombres los rodeaban. Gabriel mantenía la calma, pero ella podía notar cómo sus músculos estaban tensos, listo para actuar.
—Somos viajeros —respondió Gabriel finalmente—. No buscamos problemas, pero tampoco los evitamos.
El hombre que parecía ser el líder del grupo sonrió con malicia.
—¿Viajeros? ¿Y qué llevan consigo?
—Nada que te interese —replicó Gabriel.
El líder alzó una ceja y dio un paso más cerca.
—¿Y si decido que me interesa?
Fue entonces cuando Valentina, en un acto de audacia, decidió intervenir.
—Somos comerciantes —dijo rápidamente, su voz firme aunque su corazón latía con fuerza—. Mi esposo y yo solo estamos buscando llegar a Montevideo.
La palabra "esposo" hizo que Gabriel la mirara de reojo, pero no dijo nada. En cambio, usó la distracción para dar un paso hacia adelante, su presencia imponente dejando claro que no era alguien a quien se debía subestimar.
—No queremos problemas —repitió Gabriel, su voz baja pero amenazante—. Pero si decides buscarlos, no te gustará encontrarlos.
El líder del grupo pareció dudar por un momento, evaluando la situación. Finalmente, hizo un gesto con la mano, indicando a sus hombres que retrocedieran.
—Lárguense antes de que cambie de opinión.
Gabriel no necesitó más invitación. Tomó la mano de Valentina y la guio fuera del claro, sin mirar atrás.
Una conversación pendiente
Cuando estuvieron a una distancia segura, Valentina se detuvo, obligando a Gabriel a hacer lo mismo.
—¿Qué fue eso? —preguntó, todavía tratando de recuperar el aliento.
—Eso fue improvisación —respondió él, su tono más relajado de lo que ella esperaba.
—Dije que éramos esposos —murmuró Valentina, sintiéndose repentinamente cohibida—. Fue lo primero que se me ocurrió.
Gabriel la miró, y por un instante, una chispa de diversión cruzó por sus ojos.
—Te salió bastante convincente.
Ella sintió que sus mejillas se sonrojaban, pero antes de que pudiera responder, Gabriel se acercó más.
—Gracias por eso —dijo en voz baja—. Pero no vuelvas a ponerte en peligro por mi culpa.
Valentina lo miró a los ojos, viendo la mezcla de preocupación y algo más que no podía identificar.
—No estoy aquí por tu culpa, Gabriel. Estoy aquí porque quiero estarlo.
Él no respondió, pero la intensidad en su mirada le dijo más de lo que las palabras podían expresar.
El momento se rompió cuando un trueno retumbó en la distancia, anunciando una tormenta inminente.
—Tenemos que encontrar refugio —dijo Gabriel, volviendo a su tono práctico.
Mientras seguían su camino, Valentina no podía dejar de pensar en la conexión que había comenzado a formarse entre ellos. Sabía que el peligro seguía acechando, pero por primera vez, sintió que no estaba enfrentándolo sola.