Bienvenida al infierno
El aire olía distinto. A incienso, a especias… a peligro.
Selena Rosario bajó del avión con la maleta arrastrándose tras ella como una sombra cansada. A sus 19 años, no tenía padres, ni patria. Puerto Rico había quedado atrás, envuelto en luto y cenizas tras el accidente que le robó lo último que amaba.
—Respira hondo, nena —se dijo a sí misma, con la vista fija en la salida del aeropuerto Atatürk, como si fuese la frontera hacia una vida mejor.
Allí estaba. Su tío lejano, Harun, con una sonrisa más falsa que promesa de político.
—Selena, mi niña… cuánto has crecido —la abrazó como si realmente le importara.
Ella respondió al gesto, tensa. No lo veía desde los seis años, pero había sido el único que se ofreció a acogerla. Le prometió una beca en una universidad de prestigio, techo, comida… y un nuevo comienzo.
Selena soñaba con convertirse en masajista profesional, abrir su propio spa, sanar a otros con sus manos. Empezar de cero. Creer en algo. Olvidar lo que perdió.
Pero esa ciudad, con sus minaretes recortando el cielo rojo del atardecer, no prometía redención.
Prometía cadenas.
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El auto n***o que los esperaba era largo, elegante, con vidrios polarizados y olor a cuero nuevo. Un chófer de rostro inexpresivo abrió la puerta sin decir una palabra.
—Pensé que iríamos a tu casa —comentó Selena mientras se sentaba. Las calles se estrechaban y el lujo empezaba a parecerse demasiado al miedo.
Harun se aclaró la garganta.
—Vamos primero a ver a… un amigo. Tiene algo importante para ti.
—¿Qué amigo? ¿De qué estás hablando?
Pero él evitó su mirada. Y eso encendió todas las alarmas en su pecho.
Durante el trayecto, Selena intentó mirar su celular. Sin señal. Sin datos. Aislada. Como si ese vehículo fuera un ataúd con ruedas.
—¿Dónde estamos? —preguntó tras media hora de curvas y autopistas.
—Ya casi llegamos.
Silencio.
Y entonces, el auto se detuvo frente a una mansión de mármol blanco, con puertas negras y guardias armados. Las puertas se abrieron con un sonido que parecía anunciar desgracias.
Dentro, las paredes estaban adornadas con alfombras persas, columnas doradas y candelabros tan altos como sus sueños rotos. Pero el sonido que los recibió no fue música ni palabras de bienvenida.
Fue el grito de un hombre.
Selena se quedó paralizada cuando doblaron un pasillo y vieron la escena: un joven ensangrentado, de rodillas, recibiendo puñetazos de un hombre imponente, vestido de n***o, con los ojos encendidos como brasas en el infierno.
—¡Tú no me miras a los ojos sin permiso, insecto! —bramó el hombre, golpeando de nuevo.
—Baran, por favor... ya está —intentó calmarlo otro sujeto, claramente subordinado.
El chico en el suelo apenas podía respirar. Su camisa empapada de sangre, sus costillas visiblemente rotas.
Selena dio un paso atrás. Quería correr, pero su cuerpo no respondía.
—¿Dónde… dónde me trajiste? —susurró, mirando a Harun con los ojos llenos de terror.
—Selena, escúchame… —Harun sudaba. Su voz temblaba—. Todo estará bien. Solo tienes que obedecer.
—¿Obedecer qué? ¿Quién es ese hombre?
Baran se giró. Y el mundo se detuvo.
Alto, de complexión atlética, barba perfectamente recortada, ojos grises que parecían diseccionar el alma. Su presencia era un cuchillo. Su voz, una sentencia.
La miró. Sin sonreír. Sin parpadear.
—¿Ésta es la chica?
—Sí… Baran. Selena Rosario.
—Te dije que quería algo limpio, Harun. Sin cicatrices. Sin historias.
—Ella es perfecta. Virgen, joven. Nadie la reclamará.
—¿¡Qué?! —Selena dio un paso atrás, como si esa palabra le hubiera dado una bofetada—. ¿Estás loco? ¡Yo no soy un objeto!
Baran no se inmutó. Dio un paso hacia ella y habló con voz baja, lenta… como veneno derramado.
—A partir de hoy, serás mi esposa.
Selena soltó la maleta. Se le nubló la vista.
Estaba atrapada.
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—¡Esto tiene que ser una broma! —gritó cuando logró quedarse a solas con Harun en una habitación privada—. ¡Dime que es un malentendido!
—Lo siento, nena… No tenía otra opción. Le debo a Baran... mucho dinero. Me iba a matar.
—¡Me vendiste! ¡Soy tu sangre, maldito traidor!
Harun se encogió de hombros, avergonzado. Cobarde.
—No tienes a nadie, Selena. Nadie te buscará. Es mejor que aceptes tu destino.
—¡Nunca! ¡Jamás!
Baran entró en ese instante, como si hubiese olido la rebelión.
—A partir de ahora, vivirás bajo mis reglas. No necesito que me ames. Solo que me obedezcas.
—¡Prefiero morir antes que casarme contigo!
Una sombra cruzó el rostro de Baran. No era ira. Era algo peor: interés.
—Eres fiera. Me gustan las fieras. Son las más difíciles de domesticar. Pero las más hermosas… cuando lo hacen.
Ella lo escupió en la cara.
Silencio.
El cuarto se llenó de tensión, como gas esperando una chispa.
Baran se limpió sin perder la compostura.
—Tienes agallas, Selena Rosario. Y vas a necesitarlas todas.
Él salió sin mirar atrás.
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Esa noche, Selena no durmió. Desde la ventana de la habitación —ahora su "celda de lujo"— veía el Bósforo brillar bajo la luna, indiferente a su tragedia.
La cama era cómoda. Las sábanas olían a jazmín.
Pero ella solo sentía miedo. Y rabia. Mucha rabia.
—Tengo que salir de aquí —se dijo, acariciando la navaja de depilar que había escondido en su bolso.
En su mente, no era una esclava. Era una sobreviviente.
Y Baran Demir aún no sabía con quién se había metido.
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A la mañana siguiente, una criada de ojos tristes le llevó el desayuno. Cuando intentó entablar conversación, solo dijo:
—No luches. Nadie gana contra él.
Selena clavó la mirada en el espejo.
—Pues yo seré la primera.
Caminó por la habitación, examinando cada rincón. La ventana estaba sellada, el balcón era demasiado alto. Dos cámaras de seguridad en las esquinas. Una puerta con clave electrónica. El baño, lo único sin vigilancia. Por ahora.
A mediodía, un hombre con traje gris y sonrisa profesional le entregó un vestido blanco, de seda, y unos zapatos de tacón plateados.
—El jefe dijo que debías probártelo. La ceremonia será pronto.
—¿Ceremonia? ¿Cuál maldita ceremonia?
El hombre sonrió como si no entendiera el idioma. Pero entendía perfectamente.
Selena apretó los puños.
—Dile al jefe que puede meterse este vestido por donde no le da el sol.
La puerta se cerró. Quedó sola. El vestido colgaba del perchero como una amenaza elegante.
Horas después, escuchó un golpe. Alguien estaba tratando de forzar algo desde el otro lado.
Corrió hacia la puerta, pero no era un intento de escape. Era el seguro automático activándose.
Cerradura triple. Código. Silencio.
La estaban encerrando por completo.
Y justo entonces, lo oyó.
Una voz profunda, familiar. Que venía desde el pasillo.
—Prepárenla. Esta noche será presentada ante los hombres del consejo.
Selena retrocedió.
Los pasos se alejaron. Pero su mente ya estaba gritando.
Presentada. Como un trofeo.
Como una esclava.
Como una esposa que no eligió.
Se acurrucó en un rincón, la navaja entre los dedos. No lloró. No tembló.
Solo pensó en lo que vendría. En lo que debía hacer. En la sangre que tendría que derramarse… si quería sobrevivir.
Y se juró algo, con el alma helada:
—Baran Demir… Si no me dejas libre, te haré desear nunca haberme comprado.
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