La peor parte de las mañanas era tener que despertar, o al menos era así para Ángela que en cuanto abría los ojos a su realidad recordaba lo que había perdido y comenzaba a llorar. No era para menos, la culpa se la estaba comiendo viva. No dejaba de pensar que, quizá, si en su vida pasada lo hubiera sabido, se habría detectado a tiempo el cáncer de su madre y la tendría aún con ella, disfrutando de lo que ahora ni ella podía disfrutar. Era injusto, o al menos era así como lo sentía. Se sentía tan injusto disfrutar de todo lo que su madre ya no disfrutaba que había decidido no hacerlo, y eso le hacía sentir muy mal porque, aunque lo decidió, había cosas que le provocaban una sonrisa que le dolía demasiado. Todo el tiempo pensaba en ella, en lo que podrían estar haciendo si es que ella

