Seis meses han pasado desde mi ruptura amorosa, desde aquella mentira tan hermosa que me rompió de la manera más irreparable posible. Ya no lloro, dejé de hacerlo cuatro meses después de lo sucedido, pero el vacío en mi pecho sigue intacto, tanto como el día en que Gabriel me arrojó al abismo de la desolación sin ningún tipo de contemplación. El dolor sigue siendo tan crudo, pero lo apaciguo como puedo, la mayoría del tiempo me muestro reacia hacia él. Pese a que no me abandona he decidido hacer un pacto silencioso, entonces, por el día sonrío, finjo estar bien, no demuestro un ápice de tristeza, pero al llegar a casa recuerdo el amor inmarcesible que sigo sintiendo hacia él, ese que no desaparecerá— al parecer— por muchos años más, y me lamento por no tenerlo, me lamento porque él no me

