Capítulo 2

928 Palabras
Tenía trece años cuando vi por primera vez a Ryder Williams siendo humillado. Fue un viernes de otoño, de esos en los que el aire huele a hojas secas y el cielo parece demasiado grande para un partido de instituto. Era el día del gran enfrentamiento entre el colegio público y Prescott Academy, el evento social más importante de la temporada. Habíamos ido todos en el autobús escolar: yo sentada junto a mis amigas, fingiendo leer un libro que llevaba abierto sobre las piernas, aunque en realidad no había pasado de la misma página en todo el trayecto. Mis ojos estaban clavados en el campo incluso antes de que bajáramos del autobús. Ryder ya jugaba en el equipo de Prescott, aunque apenas llevaba un mes allí gracias a una beca deportiva. Se notaba que era nuevo. Corría más rápido que nadie, con una determinación casi salvaje, pero todavía no había aprendido a moverse con la arrogancia despreocupada de los chicos ricos. No celebraba mirando a las gradas, no sonreía para las fotos. Jugaba como si cada partido fuera una prueba que debía superar para merecer estar allí. El marcador estaba empatado en el último cuarto cuando interceptó el balón y salió disparado hacia la portería. Todo ocurrió en segundos, pero para mí el tiempo se estiró. La grada entera se puso de pie con un rugido ensordecedor. Yo también lo hice, sin darme cuenta, con el corazón golpeándome las costillas. Por un instante estuve convencida de que marcaría el gol ganador, de que ese sería su momento. Pero entonces apareció ella. Madison Carver. La reina indiscutible de Prescott en ese entonces. Rubia, alta, perfecta, con el uniforme de animadora ajustado como si hubiera sido diseñado solo para ella. Su sonrisa era blanca, afilada, peligrosa. Estaba en primera fila, apoyada con descuido sobre la barandilla, rodeada por su séquito habitual: tres chicas más, idénticas entre sí, como versiones ligeramente distintas del mismo molde. Cuando Ryder se acercó a la banda para celebrar con sus compañeros después de un pase exitoso, Madison se inclinó hacia delante y lanzó la bomba con una voz tan dulce que daba escalofríos. —Oye, Williams —dijo—. ¿Te prestaron esos zapatos o los sacaste del contenedor de caridad? Sus amigas estallaron en carcajadas, agudas y crueles. El comentario golpeó más fuerte porque todos sabíamos la verdad. Ryder venía de nuestro barrio. Su familia no tenía dinero. Sus zapatillas estaban gastadas en las puntas, opacas, muy lejos de las últimas Nike relucientes que lucían los demás chicos de Prescott como un símbolo de estatus. Ryder se detuvo en seco. Lo vi incluso desde lejos. La forma en que sus hombros se tensaron, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible. Cómo apretó el balón contra el pecho, no como un trofeo, sino como un escudo. Su cara se encendió de rojo, pero no era orgullo. Era vergüenza. Densa, paralizante. Intentó ignorarlas. Dio un paso más hacia sus compañeros, con la mirada fija al frente, como si no hubiera oído nada. Pero Madison no había terminado. —¿En serio crees que encajas aquí? —continuó, esta vez alzando la voz lo suficiente para que media grada la escuchara—. Este no es tu lugar, becado. Las risas se extendieron como fuego sobre gasolina. Algunos chicos de Prescott se unieron sin pensarlo. Otros desviaron la mirada, incómodos, culpables por su silencio. Yo sentí un nudo en el pecho, una presión que me dejó sin aire. Quería gritarle que se callara, que Ryder valía más que todas ellas juntas, que su dinero no las hacía mejores personas. Pero me quedé congelada en mi asiento, con las manos apretadas en el regazo, odiándome un poco por no ser más valiente. Ryder no respondió. Ni una palabra. Agachó la cabeza y siguió caminando hasta el banquillo. Antes de sentarse, alcancé a ver el brillo en sus ojos, ese destello traicionero que aparece justo antes de que las lágrimas caigan. Se cubrió la cara con la camiseta, como si pudiera desaparecer. Esa noche no pude dormir. Pensé en él todo el fin de semana. En cómo había corrido más rápido que nadie a pesar de llevar zapatos viejos. En cómo no había devuelto el golpe, aunque seguramente quería hacerlo. En cómo Madison y sus amigas lo habían reducido a una sola cosa: su falta de dinero, como si eso definiera todo lo que era. Desde ese día, mi enamoramiento dejó de ser superficial. Ya no era solo su sonrisa torcida o su forma de correr con el ceño fruncido. Se volvió algo más profundo, más serio, casi doloroso. Quería protegerlo. Quería que alguien le dijera que no necesitaba zapatos caros para ser increíble. Quería ser la persona que estuviera a su lado cuando el mundo intentara hacerlo pequeño. Años después, cuando Madison y su grupo siguen reinando en Prescott con la misma crueldad —ahora dirigida contra chicas como yo—, recuerdo ese momento con una claridad que duele. Y cada vez que veo a Ryder caminar por los pasillos con la cabeza alta, con esa calma firme que ha construido como una armadura, siento un pinchazo en el pecho. Porque sé que detrás de esa fuerza hay un chico de trece años que una vez agachó la cabeza para no llorar delante de todos. Y yo sigo aquí, enamorada de él desde entonces. No solo del Ryder que marca goles y sonríe con hoyuelos. También del Ryder que sobrevivió a las burlas de las chicas malas y decidió, aun así, seguir siendo bueno.
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