Llevo toda la vida peleando con mi cuerpo.
No recuerdo un solo año en el que no haya sentido que ocupo demasiado espacio, como si mi sola presencia fuera un inconveniente. Desde pequeña, en las fotos de cumpleaños siempre era la más alta, la más ancha, la que colocaban al fondo con una mano suave en el hombro y una sonrisa que decía “así está mejor”. Aprendí muy pronto a encogerme, a meter barriga, a cruzar los brazos para parecer más pequeña.
Mi madre, con su obsesión por la salud y su trabajo como profesora de educación física, empezó pronto a “ayudarme”. Contar calorías, pesarme cada semana, medir avances en una libreta. Clases de natación, ballet, atletismo… Todo con la mejor intención, claro. Ella quería que estuviera sana. Pero yo solo escuchaba una cosa, una y otra vez: que algo en mí estaba mal. Que mi cuerpo era un problema a corregir.
A los diez años ya sabía lo que era una dieta.
A los doce, lloré en un probador con la puerta cerrada porque ningún pantalón de mi talla me quedaba bien y la etiqueta parecía gritarme un número que odiaba.
A los catorce, dejé de comer delante de los demás porque sentía que cada bocado era observado, juzgado, contado.
He probado de todo. Batidos sustitutivos con sabor a culpa, ayunos intermitentes que me dejaban mareada en clase, aplicaciones que registraban cada paso y cada gramo como si mi vida fuera una estadística. Retos de treinta días vistos en r************* , promesas milagrosas, pastillas “naturales” compradas a escondidas por internet. Hubo épocas en las que bajaba cinco kilos y me sentía invencible, ligera, casi digna. Como si por fin el mundo fuera a mirarme sin desviar la vista.
Pero siempre llegaba el rebote. Siempre. Y con él, la culpa, pesada y cruel: “Si hubieras tenido más fuerza de voluntad…”.
Lo peor no es el número en la báscula.
Es cómo me miro.
Frente al espejo, mis ojos nunca buscan lo que funciona. Van directos a lo que sobra. Los brazos que se mueven al saludar, la barriga que asoma bajo el uniforme, las piernas que rozan al caminar y me recuerdan que estoy ahí. Elijo ropa oscura porque “adelgaza”. Evito las fotos de cuerpo entero. En las selfies con amigas, siempre soy la que se queda atrás, medio escondida, sonriendo con cuidado.
Y aunque nadie me diga nada directamente, lo sé. Lo noto en las miradas rápidas, en las bromas envueltas en falsa preocupación, en los comentarios de “tienes una cara tan bonita” que siempre llevan un pero invisible flotando en el aire.
En Prescott es aún peor.
Aquí todas parecen sacadas de un catálogo. Delgadas, bronceadas, perfectas sin esfuerzo. Caminan por los pasillos con la seguridad de quien nunca ha dudado de su cuerpo, de quien jamás ha pedido perdón por ocupar espacio. Y yo me encojo. Bajo la mirada. Cargo la mochila como si fuera un escudo y avanzo deseando no ser vista.
A veces me odio por ello.
Me odio por compararme constantemente, por dejar que mi peso decida cuánto valgo ese día. Me odio por envidiar a chicas que quizá también tengan sus propios demonios, pero que al menos no los llevan escritos en la piel, visibles para todos.
Pero también hay días en los que algo dentro de mí se rebela.
Días en los que me como el donut entero sin culpa.
En los que me pongo la falda que me gusta aunque me apriete un poco.
En los que me recuerdo que este cuerpo me ha traído hasta aquí: ha sobrevivido a noches sin dormir estudiando para la beca, ha corrido detrás del autobús con el corazón a punto de salirse, ha bailado sola en mi habitación hasta quedarme sin aliento de risa.
Y en los días más difíciles, pienso en Ryder.
Porque si él pudo soportar que lo humillaran por venir de un barrio pobre, por tener zapatos viejos, por no encajar… y aun así levantar la cabeza, seguir adelante y convertirse en el mejor jugador del equipo… quizá yo también pueda aprender a caminar por estos pasillos sin disculparme por existir.
No he ganado la guerra contra mi peso.
Probablemente nunca la gane del todo.
Pero estoy cansada de odiarme.
Quiero empezar a quererme, aunque sea despacio. Aunque sea torpemente. Aunque pese más de lo que las revistas dicen que debería. Aunque mi reflejo nunca sea perfecto.
Porque merezco sentirme bien en mi propia piel.
Y algún día —espero— creerlo de verdad.