Al salir de la escuela y caminar por la acera hacia el campo de fútbol, sentía que todas las miradas estaban sobre mí, como si supieran del plan a medio cocer que habíamos ideado en la sala de audiovisuales. Las chicas que iban rumbo a las gradas no eran como yo. Eran lindas, risueñas, divertidas.
No recordaba haber sido así nunca. Era como si hubiera nacido para no encajar. Mi mamá, mi papá, mi hermano… todos eran delgados, saludables, agradables. Tenían contactos, amigos, redes. Aiden siempre recibía mensajes en Sermo, la app que usaban los chicos de las privadas, mientras la mía permanecía tan silenciosa como un mimo profesional. La noticia sobre el SOP solo había sido la cereza del pastel.
—¡Leah Jane! —llamó mi mamá.
Me giré en el estacionamiento y la vi corriendo hacia mí en sus tacones.
—¿Qué pasa?
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a ver la práctica con unas amigas —respondí, ajustándome la mochila con un aire casual.
—¿Práctica de fútbol? —frunció el ceño—. ¿Con qué amigas?
—Unas chicas de clase —dije, y me di cuenta de que no se quedaría tranquila sin los nombres—. Kaitlyn, Audrey, Callie y Ginger.
Su expresión se iluminó.
—¿Como un grupo de apoyo? Excelente idea. Dicen que trabajar con otras personas para bajar de peso tiene el mayor éxito a largo plazo.
Sus palabras, aunque bien intencionadas, me atravesaron el corazón, recordándome lo poco que yo era suficiente a sus ojos.
Me acarició el hombro.
—Siento lo de esta mañana, pero el doctor Armstrong dice que no es tan grave. Muchas mujeres que bajan de peso ven una reversión en sus síntomas. Y las pastillas deberían ayudarte a equilibrar las hormonas. Apuesto a que hasta el acné va a mejorar.
—Gracias, mamá. —Sabía que pensaba que eso me animaría, pero lo único que lograba era deprimirme más. Mentalmente me anoté preguntarle a Audrey cuál era la mejor base para cubrir los granos quísticos que siempre me salían en la barbilla. Seguramente el maquillaje era parte de la transformación que estaban tramando.
Ella me rodeó con sus brazos delgados y me apretó suavemente.
—Va a mejorar, cariño, lo prometo.
Parpadeé para contener las lágrimas.
—Está bien. ¿Nos vemos en casa?
Asintió.
—La cena es a las siete. Nos vemos ahí.
Traducción: no iba a salir con mis amigas a comer comida chatarra.
—Nos vemos —dije, pero ya se iba a toda prisa hacia el estacionamiento de maestros.
Con un suspiro pesado, continué hacia el campo. Encontrar a mis “amigas” en las gradas fue fácil. Resaltaban demasiado entre el grupo de chicas menuditas que mandaban sonrisas coquetas a los jugadores.
En el césped donde usualmente se colocaban las porristas visitantes, Alba y el resto del equipo practicaban acrobacias mientras su mamá —la entrenadora de porristas— las guiaba en los ejercicios.
Mi mirada recorrió a los chicos con sus camisetas de práctica y las pesadas hombreras. Hacía siglos que no iba a un partido de fútbol, pero Ryder era inconfundible, de pie detrás de la línea, escaneando el campo con el balón en la mano. Su postura transmitía poder, fuerza, confianza.
Cuando lanzó el balón, alcancé a ver el soporte n***o en su muñeca izquierda. Debía de ser un esguince, porque si no, no estaría practicando. Ni de broma el entrenador Ripley arriesgaría a su mariscal estrella por un partido de temporada.
La jugada terminó y yo seguía ahí, junto a la baranda, mientras los jugadores trotaron hacia la mesa de agua.
Uno de los linieros, un muro de músculos, se levantó el casco y me miró.
—¿Viniste a ver el show? —Su sonrisa parecía más una mueca.
Casi sin poder moverme, negué rápido con la cabeza y bajé la vista.
Él señaló con la cabeza hacia mis nuevas “amigas”.
—Ve a unirte al rebaño.
Uno de sus compañeros le dio una palmada en las hombreras.
—¡Muuu!
Me giré y me alejé de ellos, con las mejillas ardiendo de rabia. Ellos iban a caer. Cada persona que creyera que podía tratar así a una chica solo por pesar un poco más merecía tragarse el cuervo más grande del mundo. Y yo quería ser la que se los hiciera comer.
Las otras cuatro estaban profundamente metidas en conversación cuando me acerqué, seguramente tramando ese plan imposible. Al menos estaban apartadas del resto, lo bastante lejos para que nadie las oyera.
—Hola —dije, con un saludo breve con la mano.
Todas respondieron, y me senté junto a Ginger. A la luz de la tarde, su cabello rojo parecía fuego sobre su cabeza.
Tomó un soplo de su inhalador, luego me dedicó una tímida sonrisa y señaló el campo.
—¿Qué opinas?
Que Ryder es el chico más guapo de ahí y soy una idiota por siquiera intentar salir con él.
—¿Sobre qué?
—Sobre Ryder —dijo—. Se ve bien.
—Sí, pero ¿qué pasa con ese soporte? —preguntó Callie—. Ayer no lo tenía.
—¿Lo ves practicar? —inquirió Kaitlyn.
—Sí. —Señaló a uno de los linieros—. Carson me lleva a casa después.
Ginger arqueó las cejas con picardía, pero Callie desechó la insinuación con un gesto.
—Solo somos amigos —aclaró—. Es como mi hermano.
Audrey sonrió.
—Eso suena a que tenemos una entrada.
Los ojos de Callie se abrieron.
—¿Una “entrada”? No creo que sea tan cercano a Ryder como para armarnos una cita justo después de que terminó con Alba.
Algo de esa mañana me hizo ruido.
—¿Qué pasa con ellos? No puedo creer que terminaran antes del baile de bienvenida.
Callie se encogió de hombros.
—Escuché que él le dijo que quería concentrarse en el fútbol, pero Carson cree que hay algo más.
Miré entre los dos, Ryder y Alba. Si existía una pareja predestinada, eran ellos. Los mariscales y las porristas eran como imanes en este mundo. Siempre se encontraban, por la razón que fuera. Quizás porque el trabajo principal de una porrista era inflar el ego del equipo de fútbol. Entre otras cosas.
Pero ¿cómo podía yo ser el reemplazo de Alba? Ella parecía una modelo adolescente con sus shorts blancos diminutos y su coleta alta y esponjosa. Probablemente ni sudaba debajo del busto en verano ni necesitaba saber hasta qué talla llegaba la tienda. Si Ryder podía tener todo eso, ¿por qué se interesaría en todo esto?
Suspiré.
—No sé, chicas.
—Es una oportunidad —dijo Audrey—. Lo importante es que muestres que eres diferente a ella.
Bufé.
—Eso debería ser fácil.
—Mírame —me cortó Audrey—. Si esto va a funcionar, tienes que dejar esa manía de menospreciarte. —Sus ojos negros brillaron con dureza—. Tienes todo lo necesario para que él se fije en ti. No hay nada malo en ti.
No le creía, ni tantito, pero asentí.
—Está bien.
—Bien. —Ella también asintió, luego se giró hacia Callie—. Tu chico nos va a dar la entrada. ¿Podemos confiar en que lo mantenga en secreto?
Callie asintió con seriedad.
—Con mi vida.
Audrey volvió a mí.
—Mientras tanto, ¿qué tanto sabes sobre coquetear?
Me cubrí la cara solo de pensarlo.
—Bueno, para que te hagas una idea, vi a Ryder en el consultorio esta mañana y dije más “eh” que palabras reales.
Se llevó la frente a la palma.
—Tenemos trabajo que hacer.
Asentí.
—Un trabajo colosal.
—Déjame pensar —dijo—. Mientras tanto, disfruta el show. Descubre lo que puedas de él, además de lo lindo que se ve su trasero.
Me ruboricé, pero mantuve los ojos en él. Había mucho que observar además de su trasero. En el campo, los jugadores corrían de un lado a otro, los músculos trabajando al unísono. Vi a Ryder agacharse para tocar una línea pintada en el césped, los gemelos y los brazos tensándose con el movimiento.
Fuera cual fuera el plan de Audrey, tenía que incluir magia. Mientras tanto, yo necesitaba hacer mi propia investigación.