Cuando era más pequeña, mucho antes de que Ryder Williams apareciera en mi radar y se convirtiera en el centro involuntario de todos mis suspiros, mi peso ya era la razón principal por la que estaba convencida de que ningún chico podría fijarse en mí de verdad.
Tenía unos once años cuando empecé a notar que mi cuerpo no seguía el mismo ritmo que el de las demás niñas de la clase. Mientras ellas hablaban de camisetas nuevas compradas en las tiendas del centro comercial, con colores alegres y tallas que empezaban por la S, yo aprendía demasiado pronto el significado de palabras como “corte diferente” o “talla especial”. A veces ni siquiera eso bastaba y terminábamos en la sección de adultos, rodeadas de ropa que no estaba hecha para una niña.
Recuerdo una tarde con una claridad incómoda. Mamá me llevó de compras para el inicio del nuevo curso. El probador era pequeño, con una luz blanca que no perdonaba nada. Me probé pantalón tras pantalón. Algunos no subían más allá de las caderas. Otros se quedaban atrapados en los muslos, inmóviles, como si se burlaran de mí. Yo me senté en el banco acolchado, con las mejillas ardiendo y los ojos llenos de lágrimas que no quería soltar. Desde fuera, mamá decía con su voz práctica y optimista:
—Prueba el siguiente, cariño. Seguro que este sí.
Al final salimos con dos pares que servían. No me quedaban bien, no me gustaban, pero cerraban. Yo me sentía pesada, torpe, como si mi cuerpo hubiera fallado una prueba básica. Como si yo misma fuera un error andante.
En el colegio, el recreo era el momento que más temía. Las otras niñas corrían sin pensar, saltaban a la comba, jugaban al elástico con una ligereza que yo observaba desde lejos. Yo lo intentaba, de verdad. Pero mis muslos se rozaban hasta arder, me quedaba sin aliento antes que ellas y siempre terminaba sentada en un banco, con un libro abierto que fingía leer. No porque prefiriera leer, sino porque era más fácil parecer solitaria que ser la lenta.
Las burlas no tardaron en llegar.
—Leah la ballena.
—No corras, que vas a provocar un terremoto.
Eran niños, sí. Pero sus palabras se quedaban. Se clavaban como astillas invisibles que nadie veía, pero que dolían cada vez que me movía.
El primer rechazo que realmente me rompió llegó en sexto grado.
Había un niño que me gustaba. Tenía el pelo rubio siempre revuelto, pecas en la nariz y una risa tan contagiosa que llenaba el aula. Me saludaba todas las mañanas en el pasillo. Una vez, cuando perdí mi goma, me prestó la suya, con forma de dinosaurio. Para mí, eso era suficiente. Una prueba diminuta, pero poderosa, de que quizá yo no era invisible para él.
Reuní valor durante semanas. Practiqué la pregunta frente al espejo, imaginando distintas respuestas. Un viernes, después de clase, con el corazón golpeándome la garganta, le pregunté si quería venir al cine con un grupo de amigos el sábado. Tartamudeé. Sonreí demasiado.
Su expresión cambió en segundos. Sonrisa incómoda. Mirada al suelo.
—Eh… lo siento. Ya quedé con mi primo.
Le creí. Necesitaba creerle.
Hasta el lunes siguiente.
Una compañera, sentada detrás de mí, se inclinó hacia mi oído durante el recreo y me contó, con esa mezcla cruel de lástima y chisme, lo que él había dicho:
—¿Salir con Leah? ¡Ni loco! Es demasiado gorda. Parece mi tía.
Se rió. Sus amigos también. Yo estaba a pocos metros, fingiendo buscar algo en mi mochila. Lo oí todo. Cada palabra. Cada carcajada. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me refugié en el baño, me encerré en un cubículo y lloré en silencio hasta que sonó el timbre. Esa tarde llegué a casa, me quité los zapatos y me metí en la cama sin cenar.
Después de eso, cada interacción con chicos se convirtió en un campo minado.
Si alguno me hablaba más de lo normal, mi mente entraba en alerta máxima. ¿Es por pena? ¿Es una broma? ¿Están grabando? Me volví experta en analizar miradas, risas, silencios. Si un chico me sonreía en el pasillo, buscaba automáticamente a sus amigos, esperando la burla. Si me pedían ayuda con los deberes —algo frecuente, porque siempre sacaba buenas notas—, me convencía de que solo estaban usando a “la lista gorda”, nunca de que alguien pudiera interesarse en mí de verdad.
En séptimo grado hubo un baile de primavera. Mis amigas hablaban sin parar de vestidos, peinados, invitaciones. Yo fingí un dolor de cabeza espectacular y me quedé en casa viendo películas sola. Nadie me había invitado. Y yo no habría soportado ir sola, quedarme pegada a la pared mientras los chicos pasaban de largo para sacar a bailar a las delgadas, a las que parecían no dudar nunca de su lugar.
Una semana después, una chica del grupo me contó —como si me hiciera un favor— que un chico alto del equipo de baloncesto había pensado en invitarme… hasta que sus amigos le dijeron:
—Mejor no. Parece tu mamá con ese cuerpo.
Él se rio. Y terminó invitando a una chica pequeña, rubia, que apenas le llegaba al hombro.
Ese comentario me persiguió durante meses.
Me miraba al espejo y solo veía lo que ellos veían. Dejé de comer en la cafetería. Dejé de levantar la mano si implicaba ponerme de pie. Usaba sudaderas enormes incluso en verano, con el pelo cayéndome sobre la cara como una cortina protectora.
Me convencí demasiado pronto de que los chicos solo querían a las niñas que parecían sacadas de una revista. Que mi cara “bonita” —porque eso sí me lo decían a veces, como consuelo— no servía de nada si venía acompañada de un cuerpo que no encajaba. Que nunca me mirarían como miraban a las demás.
Esos años me enseñaron a protegerme cerrándome.
Aprendí a rechazar antes de ser rechazada. A reírme de mí misma antes de que otros lo hicieran. A enamorarme solo de chicos imposibles, lejanos, seguros, para no tener que enfrentarme nunca a que alguien me mirara de cerca y decidiera que no valía la pena.
Por eso, cuando años después apareció Ryder Williams, yo ya llevaba esa armadura bien ajustada. Ya había aprendido que chicas como yo no se quedaban con el chico guapo, el popular, el que todas quieren.
Y aunque ahora, con diecisiete años, intento desmontar poco a poco esas creencias que me clavaron cuando era solo una niña vulnerable, una parte de mí todavía escucha las voces de aquellos chicos.
Pero estoy trabajando en callarlas.
En recordarme que eran niños crueles, no jueces de mi valor.
En creer, aunque sea un poco más cada día, que merezco que alguien me quiera sin que yo tenga que cambiar primero mi cuerpo.