La casa del alfa nunca había estado tan llena de ruido familiar. El olor a sofrito y pan recién hecho se mezclaba con las voces que venían de la cocina. Mamá se había puesto el delantal como si la casa fuera suya desde siempre, papá ayudaba a cortar verduras con la concentración de quien no sabe si la cebolla se pica fina o gruesa, y Jack ya se había adueñado del frigorífico como si no hubiera comido en una semana. Yo me movía entre todos, con el corazón apretado. Había invitado a mis padres para hablar, pero en cuanto crucé la puerta y los vi tan cómodos allí, me entraron ganas de aplazarlo. Era más fácil fingir que solo era una comida en familia. Thiago estaba apoyado en la pared, los brazos cruzados, vigilando como siempre, pero con los ojos más suaves. A ratos miraba a mamá, que le p

