La enfermería olía a desinfectante y a metal incluso cuando cerramos la puerta detrás. Saúl dormía bajo la fiebre, pero estaba vivo. Mara se quedó con él, y Thiago me guió de regreso a casa. Ninguno de los dos habló en todo el trayecto; el silencio no era incómodo, era denso, como si cualquier palabra pudiera romper la delgada barrera que nos mantenía cuerdos. Al llegar, me quité la mochila y la dejé caer sobre la mesa. —No puedo quedarme sentada —dije, antes de que Thiago intentara detenerme. Me quité el anillo y lo dejé en la mesa, al lado de la carpeta. El metal frío resonó en la madera. Thiago no se sorprendió. Solo se cruzó de brazos y esperó. —Necesito intentarlo —añadí, como si fuera una excusa. —Entonces vamos afuera. —Respondió Salimos al patio trasero. La hierba estaba húme

