La mañana me encontró de pie cuando aún no debía. Podía caminar, pero cada paso tenía ese cansancio pegado de ayer. Thiago no se había separado de mí desde anoche; cada vez que me enderezaba, su mano aparecía en mi codo sin pedir permiso. —No vas —dijo, en cuanto Mateo avisó que los prisioneros estaban listos. —Voy —respondí. La voz me salió firme, aunque por dentro todo me dolía. —No. —Si el asunto soy yo, voy. Se nos quedó un silencio espeso entre los dos, me sostuvo la mirada. —A mi lado. Si te tambaleas, te saco. —Hecho. Caminamos hasta el claro al oeste, el apartado, el que no pisa nadie salvo guerreros. No había niños, no había curiosos. Solo Mateo, Nora, Bruno y dos centinelas más formando una media luna. En el centro, los tres hombres que atraparon ayer: muñecas a la espald

