Capítulo 7

4970 Palabras
—Heaven, cariño, ¿volviste a teñirte el cabello? Eres la estudiante que más rompe la norma de "Mantener la uniformidad en la medida de lo posible". Le di una sonrisa apenada a la secretaria del director. Es un poco embarazoso que cada vez que vengo a este lugar traigo el pelo diferente, cuando se supone que no está permitido. —Por lo menos no me han atrapado en los baños con alguien ¿no?—arqueé una ceja, a lo que ella soltó una risita nerviosa. En uno de nuestros encuentros previos me contó que cuando era adolescente la pillaron compartiendo algo más que besos con un compañero en las duchas unisex. La puerta del despacho del directo se abrió, revelando al susodicho junto al profesor de arte. —Blom, buenos días. —Buenos días. Por el rabillo del ojo estudié a John, preguntándome qué ocurre y por qué él está involucrado. Me hallaba en medio de una clase cuando dijeron mi nombre a través del altavoz, solicitando mi presencia con carácter de urgencia en el despacho del director. Judith, la secretaria, también observaba la escena con curiosidad hasta que una chica pelirroja reclamó su atención. —Tengo entendido que usted participó en la elaboración de los afiches para la obra teatral de este año, ¿no?—retomó el director con su voz profundamente grave. —Sí. —Bien, ¿quién fue su compañero? El profesor John cree que se trató de Dervest, uno de los chicos nuevos. —Uh...—dudé, olvidando momentáneamente el apellido de Theo. Suerte que ayer se lo dijo a mi tía—Sí, fue él, ¿por qué? El director me sonrió con afabilidad. —Pronto lo sabrá. La pelirroja estaba por marcharse en cuanto John le pidió que se acercara, con su típica postura autoritaria. Desconcertada, ella obedeció. —Haz el favor de buscar a tu amigo y traerlo hasta aquí. —¿Mi amigo?—se señaló a sí misma, confusa. —Sí, Dervest. —¿Theo? Oh... Él no es mi amigo, estudiamos juntos pero... —Cómo sea. Tráelo. Tras cerrar la boca con brusquedad y lanzarme una mirada interrogativa, la chica se dispuso a cumplir con la orden que le dieron. Por mi parte, me senté en uno de los dos sofás frente al puesto de Judith como me indicaron e intenté oír lo que conversaban John y el director. Ya que no logré escuchar nada relevante preferí ver hacia la entrada del recinto a la espera de que Theo apareciera, mínimamente nerviosa.  Todavía me cuesta un poco asimilar que estuvo en mi casa hace menos de veinticuatro horas, después de haberme dicho "prefiero que sigas con tu vida como si jamás nos hubiésemos conocido". A decir verdad no entiendo su comportamiento. Tampoco sé si quiero hacerlo. La chica pelirroja regresó y, con ella, Theo. Traía el ceño fruncido y el cabello tan despeinado que parecía haber sido arrastrado hasta aquí por el viento. Ambos se detuvieron a pocos pasos de mí, pero ninguno miró ni un instante en mi dirección. Tanto el director como John se acercaron, uno más serio que el otro. —Excelente, Prime, gracias por tu cooperación. La chica inclinó ligeramente la cabeza y luego se marchó. —Dervest, por favor tome asiento. Theo resopló antes de ocupar el otro sofá disponible. Sólo mientras se sentaba reparó en mi presencia; una milésima de segundo en la que evitó saludarme. —Seré directo, chicos, para no quitarles demasiado tiempo—inició el director, elocuente—. El afiche que ustedes hicieron consiguió el primer lugar porque cumplió con todas nuestras expectativas. Tanto el segundo lugar como el tercero son merecedores de mérito y, como se prometió, serán exhibidos. No obstante, esperábamos que pudiesen realizar dos réplicas exactas de su maravilloso trabajo, de modo que su afiche sea la publicidad principal de la obra. Impresionada, planeaba preguntarle al hombre si hablaba en serio cuando, siempre oportuno, Theo me interrumpió. —¿Y... Qué ganamos con eso? Oh, Dios, no otra vez.  John frunció los labios, listo para dar pie a una nueva edición de la discusión que mantuvo con el chico en el gimnasio. Como si advirtiera la potencial catástrofe, el director hizo un ademan y le sonrió a Theo. —Está bien si se niegan. Recuerden que todo este asunto es opcional—alcé mis cejas. ¿Cómo que opcional?—. Lo único que puedo ofrecerles son asientos en primera fila el día del estreno, y puede que unos cinco puntos extra en la materia que decidan. Pensé en Física y en la cantidad insuficiente que tengo  de buenas notas acumuladas. —Estoy dentro—anuncié, si bien mi aporte fue mínimo en comparación con lo que Theo hizo. —Me alegra escucharlo, Blom. Tendrán a su disposición todos los materiales que pudiesen necesitar en la sala de arte, y personalmente hablaré con los profesores del resto del día para que puedan faltar a clases por hoy. Entonces, Dervest, ¿qué dice?, ¿se une o debo encontrar a otro candidato?  Theo pareció meditarlo muy seriamente. Al final, cuando todos comenzábamos a impacientarnos, asintió. —De acuerdo, pero que conste que lo haré sólo para poder faltar a clases. El director volvió a mostrarnos parte de sus dientes, en apariencia complacido. —No importa cuáles sean sus motivos, a mí me sirve. —Síganme. Nos levantamos para permitirle a John que nos guiara. El director nos despidió con un movimiento de su mano y Judith nos deseó suerte. Me puse a pensar que quizá era demasiado evidente el hecho de que Theo y yo no simpatizamos mucho. A las afueras de la habitación que nos destinaron para trabajar John se detuvo, bloqueándonos el paso y, en consecuencia, haciéndonos parar también. Introdujo una llave en la cerradura y la giró, empujando luego la puerta para que pudiésemos entrar. La primera en hacerlo fui yo, escaneando de inmediato el ambiente. —No se excedan con lo que vayan a incluir en el afiche; nada de esto es financiado por el gobierno, ni aparece por arte de magia. No quiero desórdenes de ningún tipo y, por el amor de Dios, ni se les ocurra besuquearse en mi santuario. Cuando me giré para encararlo noté que Theo ya lo miraba. El castaño le apuntó con un dedo al pecho en un gesto netamente acusatorio. —No olvide que no abrí la boca cuando el director mencionó que, de hecho, hacer los malditos afiches era opcional. Dicho esto, le lanzó la puerta en la cara. Mi boca se abrió de la sorpresa a la par que el sonido del choque seguía resonando en mis oídos. Aguardé a que John viniera a la carga, ningún estudiante lo ha irrespetado así nunca aunque suelen sobrar los motivos para ponerlo en su sitio, pero no ocurrió. Supuse que optó por zanjar el problema allí, siendo que, según he escuchado, no es la primera vez que modifica el reglamento de una actividad a su antojo. —Muy bien, Heaven, acabemos con esto. Me quedé de pie en el mismo sitio incluso cuando Theo pasó por mi lado.  Reunimos lo que creímos imprescindible sobre una mesa de madera y empezamos. Al principio yo no tenía mucho por hacer; ni el dibujo ni el diseño de las letras, pero permanecí sentada cerca de Theo, admirando nuevamente su talento. En esta ocasión le estaba costando trazar las líneas como debía. Nos dejaron el afiche original tendido en un espacio del suelo para que pudiésemos compararlo con la copia. Podía percibir la frustración de Theo en cada ocasión que algún detalle le salía distinto. —Jamás va a quedar igual—se quejó por quinta vez consecutiva, y entonces decidí intervenir. —Podrás hacerlo.  —Lo dudo.  —Debes mantenerte positivo. La mente influye mucho en... —Por favor, no conviertas la situación en una charla motivacional. Ocúpate de tu parte y ya está. —Por si no lo has notado, dulzura, primero tienes que terminar la tuya. —Entonces dale un recorrido a la habitación. Cuenta cuántos lienzos hay o, no lo sé, haz cualquier cosa. Pero no me molestes. El hecho de que no me haya observado ni una vez mientras hablaba fue la gota que rebosó el vaso. Efectivamente me alejé antes de que fuese imposible no obedecer al impulso que clamaba por clavarle un lápiz en la mano.  Caminé de un lado a otro durante diez minutos, fascinada por la cantidad de pinturas distribuidas aquí y allá, adornando cada centímetro de la estancia con diferentes estilos. Habían cuadros minimalistas y extravagantes; gatos, paisajes, cuerpos humanos, especies desconocidas, retratos y arte abstracto. Me descubrí a mí misma frente a un cielo nublado, dejándome traspasar por la melancolía que brotaba de esas nubes en forma de gotas, olvidando incluso que no me encontraba sola. Tanteé la superficie de los lienzos como si pudiese palpar las emociones que contenían, recorriendo el salón en medio de una reflexión apabullante hasta que, eventualmente, algo tuvo que explotar mi burbuja. Sin darme cuenta, el dobladillo de mi camiseta se enganchó a un caballete dañado, ubicado casi al fondo, y, cuando quise avanzar sin ser consciente de ello, se desató la fase uno del desastre. Lo primero que percibí fue el sonido de la tela al rasgarse. Lo segundo, el estruendo causado por la madera al chocar contra el piso. Y, lo tercero, un frío cosquilleo sobre mi pecho. Mi pie quedó atrapado entre el caballete tirado y uno cercano, de modo que, al dar otro paso involuntario, tropecé y caí. Puse las manos por auto reflejo al frente, evitando que el golpe se lo llevara mi cara, y al instante palpé un líquido viscoso y helado. Me levanté casi de un salto, aterrada, para descubrir que no había tocado más que pintura. De todas formas, chillé. —¿Qué fue...? Theo alzó la vista al escuchar la combinación de sonidos, pero se interrumpió apenas advirtió la gravedad de los daños. Yo volteé un instante para admirar superficialmente lo que por accidente tiré; encontrándome con los dos caballetes, un lienzo boca abajo, un pote metálico y un charco de pintura roja que segundo a segundo se extendía. Me observé el pecho cuando una corriente de aire me erizó la piel. ¡La camiseta se había roto a la mitad! Sin poder contenerme, chillé de nuevo. Llevé las manos con prisa hacia los trozos de tela que quedaron colgando de mis hombros, tratando de cubrirme. —¿Qué demonios, Heaven? ¿Se te rompió la blusa? —¡¿Tú qué crees?! —Que no deberías comprar otra vez en esa tienda. Lo observé, incrédula. Parecía excesivamente calmado en la misma posición mientras yo estaba experimentando un colapso nervioso. —¡No mires! —No exageres. No estás desnuda. Por fin se dignó a pararse. —¡Que no mires! Levantó los brazos en señal de rendición, dándose la vuelta para brindarme un poquito de privacidad. —Vale, dramática. —¿Ahora cómo se supone que salga de aquí? Presa de la desesperación, busqué alternativas funcionales a toda velocidad. Sabía que los chicos no me dejarían en paz si caminaba por los pasillos usando únicamente un brasier de encaje. En lo que empezaba a hiperventilar a causa del estrés advertí que Theo se estaba quitando el suéter que traía encima, permitiéndome ver la camiseta negra que ocultaba debajo. Volvió a girarse, mirándome con determinación. Caminó hacia mí, frenándose muy cerca, pero sin llegar a pisar la mancha roja que ya alcanzó mis zapatos. —¿Qué parte de «No mires» no entiendes? —Te estoy viendo a los ojos. No me interesa nada más—me extendió el suéter—. Ten, Cielo. —¿Cielo?—fruncí el ceño, sin aceptar la prenda que me ofrecía. —Ese es tu nombre, ¿no? —No, mi nombre es Heaven. —Significan lo mismo. —Los nombres propios no tienen traducción. —Te estás poniendo irritante. Toma el suéter antes de que me arrepienta, Cielo. Como no quería ensuciarlo con pintura me limpié los restos que quedaron sobre mis manos con la que antes fue mi camiseta favorita, ignorando el hecho de que el brasier y toda esa área quedaron expuestos ante Theo. Por consideración él desvió la mirada mientras me cubría el torso. —Gracias. Y entonces me volví hacia la peor parte. De los dos caballetes tirados uno, el más importante porque carga con su respectivo lienzo, está rodeado por la pintura. Me agaché para recogerlo y casi se me corta la respiración cuando descubrí que en realidad el lienzo derribado era un cuadro terminado, que ahora se encuentra totalmente cubierto por una densa capa roja imposible de quitar. —No... No, no, no, no...—lo sacudí en un vano intento por sacarle la pintura que no debería estar allí—. Por favor, no. Barrí con la mirada las cercanías, tratando de dar con algo que pudiera servirme para enmendarlo, pero no vi absolutamente nada que se me antojara útil. Sentí que las lágrimas acudieron a mis ojos, cristalizándolos, como siempre que me encuentro atrapada en una situación que considero difícil. En mi cabeza corrían a toda velocidad las consecuencias que este desastre me traería. No necesitaba ser especialmente inteligente para suponer que John se pondrá insoportable. Theo, probablemente percibiendo mi angustia, me sujetó por los hombros y de un ágil movimiento nos encaró. Yo tenía el rostro un tanto contraído por el esfuerzo de contener el llanto, así que no tardó mucho en darse cuenta de mis ganas de sollozar. —¿Vas a llorar? Su incredulidad aumentó la opresión en mi pecho. Sí, es tal vez la peor forma de lidiar con la circunstancia, ¿pero qué puedo hacer? Es la reacción más inteligente que se le ocurre a mi cuerpo. —No seas tonta—me arrebató el lienzo con suavidad para estudiar la pintura estropeada—. Son sólo puntos, ¿ves? Tres puntos negros alineados en diagonal como una especie de cadena. Puedo recrear un cuadro exactamente igual en media hora, y nadie notaría que no es el original. —¿Harías...?—mi voz sonó frágil, de modo que tuve que aclararme la garganta antes de proseguir—. ¿Harías eso? —Sí, pero sólo si me prometes que no llorarás. No sabría qué hacer en ese caso, y odio sentirme incómodo. Evítalo. —De acuerdo—asentí, sintiéndome más liviana. Me reconfortó de una manera impresionante no tener que enfrentarme yo sola a, bueno, lo que provoqué. Y agradecí con toda el alma que uno de los dos supiese utilizar un pincel, porque de lo contrario mi única opción habría sido reconocer que destruí una obra. Theo tomó uno de los lienzos en blanco apilados en una esquina, confiando en que nadie se percatara de que faltaba, pintura negra, dos pinceles de diferente tamaño y se encaminó hacia el sitio donde estaba haciendo los afiches. A este paso no vamos a terminar las réplicas hoy, pero para mi sorpresa el castaño no profirió ninguna queja referente. Yo entré al diminuto baño de la habitación en busca de agua y materiales de limpieza con los que pudiera deshacerme de la escena del crimen. Era necesario que no hubiese ni una gota roja por allí, en una baldosa o un ventanal. Durante lo que se me antojó una eternidad cada uno se dedicó de lleno a su tarea, sin hablar o interactuar de alguna manera. Cuando el estado del suelo y la sala en general, porque estudié minuciosamente incluso los rincones más alejados, me pareció el apropiado guardé cada objeto justo donde lo encontré. Theo batallaba todavía con los tres puntos, realizando cada trazo lentamente en pro de que ni una sola línea sobresaliera más de la cuenta. Se esforzaba más en ello que con los afiches, si es que eso es posible. Apenas terminó sujetó el lienzo y fue a colocarlo sobre el caballete. Retrocedió varios pasos para poder admirar el resultado detalladamente. Yo me situé a su lado, y francamente no hallé nada que desencajara. Era una copia exacta, perfecta. No soy especialista en estas cosas, pero no me cabe duda de que ni el mismísimo John podría alegar algo en contra de la pintura. Me volví hacia Theo sin poder controlar la sonrisa que tiraba de mis labios, lo hubiera abrazado si no luciera tan serio e irritable. —Gracias, de verdad. Sin despegar la mirada de su más reciente trabajo, respondió: —Sí, bueno, suerte para ti que no arruinaste aquel paisaje. Vi hacia donde apuntó, encontrándome con un retrato hiperrealista de la Torre Eiffel en medio de un colorido atardecer. Era hermoso, pero al mismo tiempo improbable que Theo recreara tal cosa, y menos en tan poco tiempo. De vuelta a los afiches ambos nos propusimos ser eficaces y veloces, ninguno quería pasar más días atrapados en esa actividad. El castaño no hizo ningún comentario con respecto al aspecto final de las réplicas, que era bastante bueno, pero algo en su expresión me indicó que se sentía satisfecho. Sólo me permití bajar la guardia en ese instante porque eso significaba que habíamos terminado definitivamente y que, gracias al cielo, Theo no iba a ponerse quisquilloso con los detalles. Organizamos el ambiente en completo silencio y luego, cuando ya no hubo nada que hacer, nos detuvimos en el centro de la sala. —Deberíamos buscar a John—dije. Theo hizo el amago de responder, no obstante, oímos que la puerta se abría. Nos giramos a la par, topándonos con el profesor. —Son las doce del mediodía, espero que hayan culminado—sus ávidos ojos repasaron la estancia con la esperanza de encontrar algo que reprochar. Pronto dio con mi camiseta arrugada sobre una silla de madera, visiblemente manchada y lanzada allí sin ningún cuidado—. Blom, ¿por qué está usando el suéter de Dervest en lugar de su camiseta? Dio un paso dentro de la habitación, encorvándose ligeramente para poder mirarnos con los ojos entrecerrados y que, por consiguiente, el efecto acusatorio se recalcara. Yo me apresuré a formular una respuesta, pero nada salió de mis labios. No sabía qué decirle. —¿Qué estuvieron haciendo? Otro paso. Supuse que, como no le diéramos una excusa coherente, nos acorralaría contra una pared. Pero, muy diferente a mí, Theo sólo parecía fastidiado por la presencia y el tono reprobatorio del hombre. —No tuvimos sexo, por si se lo pregunta. En cualquier caso, eso no es problema suyo—rodó los ojos, alejándose en dirección a la salida—. Espero mis cinco puntos extra, aunque por soportarlo a usted deberíamos exigir diez. Theo salió, dejando a John en medio de lo que lucía como una combustión inminente. El rostro se le enrojeció por la furia, apretaba los dientes y los puños con fuerza, tan fuera de sí que no logró contestarle al castaño antes de que éste desapareciera. Concluí que debía huir. Tomé mi camiseta y me marché, agradecida de que él estuviera demasiado ocupado en otros asuntos como para detenerme. Las clases del día finalizaron mientras seguíamos en el salón de arte, y tras enviarles varios mensajes a mis amigos para pedirles que se pasaran por mi casa más tarde fui al baño de chicas con el propósito de ponerme el horrible uniforme del trabajo. Shelby le hizo los arreglos pertinentes y ahora ninguna prenda se cae, pero mi aspecto sencillamente deja mucho que desear. —Por fin decides aparecer—disparó Richard apenas atravesé las puertas dobles de la entrada, respirando con dificultad debido a que prácticamente troté el último tramo, sospechando que se me había hecho tarde. Charlie apartó la mirada de la mesa que limpiaba con afincada concentración para enfocarme. Su ceño fruncido, que por lo general es una animada sonrisa entusiasta, contribuyó a que el nudo en mi estómago aumentara su tamaño. Yo sabía que era muy poco profesional presentarse tarde al trabajo luego de haber pedido un día libre sin dar explicaciones con antelación, pero, cuando mi supervisor desvió la vista hacia su nada simpático compañero, comprendí que el reproche no iba dirigido a mí. —Acordamos que me dejarías hablar a mí. —Aun no le he dicho nada. —Busca a Duncan. Richard no dio indicios de haber escuchado la orden. Cruzó los brazos sobre su pecho, obstinado. Charlie debió incorporarse y dedicarle un duro gesto con tintes de amenaza, una amenaza que yo no comprendí, para que el pelinegro obedeciera, arrastrando los pies y mascullando algo que tampoco logré entender. Cuando Charlie se giró para encararme seguía manteniendo una expresión férrea en el rostro, lo cual fue inusualmente aterrador. —Diez minutos tarde. Es un margen aceptable, una vez al año. Entre otras cosas, exigimos puntualidad. No quiero futuros retrasos.  —No habrán—prometí, demasiado rígida, y entonces él se relajó. Una sonrisa surcó su rostro. —Debes entender lo importante que es el compromiso para nosotros.  —Anotado—alcé un dedo para comenzar a enumerar lo que estaba por enunciar—. Sonrisas, compromiso y únicamente cinco dulces, no seis, de regalo los viernes. Ya memoricé las tres reglas de oro. Negó con la cabeza como si reprobara mi actitud, pero no varió su semblante animado, de modo que pronto yo también estuve sonriendo. Aunque Collin sólo quería conseguir que me dieran el empleo aquel día no se equivocó al decir que no encontraría un trabajo mejor. A pesar de los pequeños desafíos (como poner ciertas maquinarias en funcionamiento, o atender correctamente a un cliente bajo presión), los momentos de tensión e incomodidad (los ratos en los que me quedo a solas con Richard o Amelia, el tener que permanecer de pie con cara de tonta mientras no me asignan ninguna actividad, etc) y el espantoso uniforme, es un buen sitio para iniciarse en el mundo laboral. No me exigen demasiado, la paga es mucho más que aceptable, el trato que recibo es cordial incluso por parte de a quienes intuyo que no les agrado, las clases de repostería son forzosamente gratis y, hay que recalcarlo, puedo llevarme mis exquisitos brownies cada semana. —Ve con Duncan, les toca ordenar el almacén. Me instó a marcharme con un movimiento de su mano. Mientras me disponía a girarme el chico previamente mencionado entró como un torbellino, alzando los brazos en mi dirección de tal manera que parecía haberme extrañado toda una vida. Estancada en el sitio, pronto fui emboscada por un fuerte abrazo que me robó el aliento. Mi única reacción coherente fue abrir parcialmente la boca con la intención de pronunciar algo que no logré formular. —¡Duncan! ¿Qué te he dicho sobre respetar el espacio personal de los demás? Me soltó, pero sólo para poder rodearme los hombros con la mirada fija en Charlie. —Somos amigos, ¿acaso está mal saludar como es debido a mi amiga? ¿Somos amigos? Vale, él tiene mi número, y supongo que hemos sostenido conversaciones banales medianamente largas tanto en persona como por otros medios los últimos días, pero de todas formas no creí que me considerara de tal manera. Repasé su comportamiento a toda velocidad, cada cosa que sabía de su persona y la impresión que me da, y entonces llegué a la conclusión de que en verdad esto era bastante previsible. Duncan es aún más confiado e impulsivo que Ansel y yo juntos. —No aquí. A los clientes no les interesa admirar una bonita escena de reencuentro—opinó Richard con su típico tono monocorde, apareciendo de pronto—. Al almacén, ahora.  Ducan bufó sin perder el buen humor. Tras sujetarme por un brazo, ambos nos dispusimos a cumplir con la tarea del día. ~.~.~.~ —Qué frío. No pienso regresar a mi casa en estas condiciones. Lo siento, Blom, invadiré tu cuarto. —¿No era ese el plan inicial?—inquirió Xanthia, cambiando de canal sin siquiera darle un solo vistazo a lo que se proyectaba en la pantalla. Miraba a su teléfono cada tanto, a la expectativa. Sólo soltó el control remoto cuando el celular por fin sonó. —¿Tienes mantas extra?  Ansel se frota los brazos descubiertos con exageración. Él siempre ha sido especialmente sensible a las altas temperaturas, y devoto a lo teatral. No recuerdo un día en el que no haya armado un drama por cualquier asunto. —Sí. Apunté al closet y enseguida se acercó para abrirlo de par en par, manoseando mi colección de cobertores con Barbies sonrientes estampadas. Xanthia bloqueó el teléfono y lo arrojó al centro de la cama en medio de un resoplido. Cuando le di una mirada significativa encogió los hombros. —Zane. El principio y el fin de todos los problemas, o casi todos, que la aquejan; ese nombre. Alcé una ceja en plan «¿Quieres hablarlo?», a lo que recibí otro encogimiento desinteresado. «Honestamente, debería darme igual». Pero le importaba, y me pareció apropiado discutir al respecto un poco más, no obstante, Ansel se giró hacia nosotras con efusividad antes de que pudiera pronunciar la primera sílaba, cargando un montón de cobijas que en definitiva no usaremos por completo. —¡Noche de chicas!—elevó las mantas unos centímetros, haciendo un tonto ademan de celebración. —Eres consciente de que Collin va a sacarte de la habitación, ¿cierto? Mi hermano mantiene apoyada una mano sobre el hombro de Ansel en un gesto de complicidad cada vez que le pronuncia la misma frase: "Tengo que proteger a mi hermana por encima de todo. No es personal", antes de conducirlo a la sala. Y luego no le presta la más mínima atención al hecho de amanecemos los tres dentro del mismo cuarto, enmarañados sobre mi cama como una pelota de estambre humana. —Naturalmente. Pero regresaré. Ni de chiste dormiré en un sofá, yo también soy parte de esta familia. Soltó lo que sostenía sobre el colchón junto a las piernas de Xanthia, que lo miró irritada. Por algún motivo en ese instante me di cuenta de que yo también sentía algo de frío. Me estremecí ligeramente, quizá porque el conjunto que estoy utilizando cubre mucho menos que mi pijama de Freddie Mercury. Ahora fue mi turno de registrar el closet, en busca de un suéter que no apareció. Podría jurar que como mínimo he comprado tres el último año. No vislumbré ninguno, y mi habitación no era lo suficientemente desordenada como para encontrarlos debajo de un montón de cajas de pizza, o detrás de una pila de ropa sucia que nunca fue trasladada a su respectiva cesta. Estaba tratando de recordar si Collin o Shelby los habían tomado prestados, de pie frente al armario ahora revuelto, cuando mis amigos parecieron captar qué era lo que hacía. —¿Por qué no usas ese? Seguí el trayecto que Ansel señalaba con su dedo, dando con un objeto. Era el suéter de Theo, que descansa tranquilamente sobre la mesa del ordenador. Encaja en el entorno como si fuera común que el castaño deje aquí olvidadas ciertas prendas a menudo. Negué con la cabeza. —No, no es mío. —A Collin no le molestará que lo tomes. —No es de Collin. Xanthia y Ansel intercambiaron una mirada, preguntándose en silencio si el otro era el dueño. Por lo general nadie aparte de ellos y mi tía me ceden cosas.  —¿Ah, no?, ¿Entonces de quién? Les di la espalda.  —De Theo. Un denso silencio se extendió más de lo que hubiera preferido. Yo me entretuve rebuscando entre mis camisetas y faldas, fingiendo que no vivía un momento incómodo, casi con todo el cuerpo dentro del armario.  —¿Por qué tienes un suéter de Theo?—preguntó Ansel, en un tono vagamente acusador. —Porque me lo prestó. —¿Y por qué te lo prestó?—esta vez intervino Xanthia, curiosa. —Tuve un... Inconveniente. Mi camiseta se rompió y él me lo dio para que me cubriera. Volví a enfrentarlos. Ambos parecían genuinamente sorprendidos. Ya saben por qué me ausenté en las clases, pero supongo que no esperaban que hubiera ocurrido algo más allá de lo que fuimos a hacer en el salón de arte. —De modo que no es tan idiota—farfulló Ansel, quien adoptó la determinación de creer siempre lo peor de Theo desde que éste no le respondió con la misma emoción cuando se conocieron. —Supongo que no. —Uh, bueno, todavía puedes ponértelo.  —¿Qué? No. —¿Por qué no? Él es sólo un chico, y este es sólo un suéter, ¿verdad?—Xanthia torció los labios en una molesta sonrisa. Identifiqué cuál es su intención: Sacarme una confesión o dejarme en evidencia mediante algún gesto no premeditado que se me pudiera escapar. Pero me niego a ponerle la diversión tan fácil. En serio necesito hacerla comprender que mi relación con Theo es lo bastante insignificante como para que sus bromas resulten ser una pérdida de tiempo. —Obvio. Y justamente por eso les daré el gusto; lo usaré. Cuando mis amigos ya se habían quedado dormidos yo aún daba vueltas en el reducido espacio que poseía como propio entre sus dos cuerpos, tratando de concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera el olor de la prenda que vestía. Intenté fingir que era sencillamente un suéter cualquiera, pero fallé una y otra vez. Finalmente, cuando me rendí y me entregué al talento agobiante de mi imaginación, conseguí adormecerme paulatinamente. Acabé soñando con Theo y su sonrisa, envuelta en su olor y en la calidez que tal vez también reside en sus brazos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR