Capítulo 8

4929 Palabras
Hubo una época en mi vida, cuando era tan pequeña que quizá no debería ser capaz de recordarlo, en la que no conseguía disfrutar de nada. Vivía porque no estaba muerta, siempre dejándome llevar por quien quisiera conducirme, completamente aturdida y desconcertada, demasiado perdida como para poder encontrar el camino hacia la respuesta oculta tras la pregunta que constantemente me hacía: ¿Qué ocurre? Oía a todos hablarme, hablar entre sí, hablar solos, y no comprendía ni la mitad de lo que decían. Me hallaba absorta en una especie de limbo confuso en el cual transitaba a ciegas, tratando de entender cuál era mi nueva realidad y por qué la anterior, que tanto amaba, había sido bruscamente modificada. Me tomó alrededor de tres años y mucho apoyo por parte de mis familiares, además de especialistas, lograr asomar la cabeza en el mundo actual, en el presente que se supone debía vivir, pero cuando por fin lo hice pensé que, entre todo el sufrimiento que por causas desconocidas me tocó experimentar, sólo importaba una cosa: Hacer valer lo que estaba por venir. Respiraba, pensaba, estaba viva, y quise demostrarles a mis padres en donde quiera que estuviesen que podría resistirlo. Me coloqué como misión personal el vivir por ellos, porque era una niña tonta que no sabía muchísimas cosas, que había estado encerrada en un universo fantástico lleno de medias verdaderas e historias inventadas, pero que también era consciente de que lo mínimo que podía hacer en honor de sus recuerdos era ser feliz. No fue un camino fácil, pero paulatinamente conseguí darme cuenta de que no todo era catastrófico. Me obligué a concentrar la atención en los pequeños sucesos que me hacían querer sonreír, como que mi tía horneara cupcakes de chocolate una vez a la semana, que la nueva niña de mi grado quisiera ser mi mejor amiga o que Collin me enseñara a trepar un árbol, hasta que se volvió una actividad rutinaria y casi imperceptible. Descubrí que me agradaba mi casa, que mi habitación no era tan grande y aterradora como me había parecido al principio, que me gustaban los abrazos de Shelby, que mi hermano se había vuelto muchísimo más divertido de lo que recordaba y que conocer a otros niños podía resultar entretenido. Y ahora, mientras recorro las calles adyacentes a mi hogar con la mente perdida en el pasado, me doy cuenta de que tuve suerte. Todos nos vemos forzados a enfrentar situaciones difíciles de diversa naturaleza, pero pocos cuentan con el amor, la comprensión y la ayuda, entre otras cosas, con la que yo conté. De no ser porque no quería llevar a cabo ningún tipo de esfuerzo extra al que ya hacía, hubiera sonreído. Me dirigí hacia la figura de mi hermano ubicada en la distancia, con la garganta insoportablemente seca. —Diez minutos ¿eh? Nada mal. Collin detuvo el contador de su cronometro, brindándome una radiante sonrisa que no pude corresponder. Jadeando, acalorada y con la respiración errática me dejé caer sobre la banca donde depositamos nuestras cosas para poder trotar con libertad. Sujeté una de mis dos botellas de agua, acabándome la cuarta parte de su contenido en un solo sorbo. —Creo que ha sido suficiente entrenamiento por el día de hoy. —¿Crees?—tras secar mi rostro con una pequeña toalla de algodón rehíce la coleta de la cual varios mechones se escaparon mientras corría—. Estoy casi muerta. —Lamentable, porque tendrás que levantarte ahora mismo. Es hora de los estiramientos. Fruncí los labios en una mueca de disgusto, pero de todas formas me puse de pie al instante. Es la última parte de todo el proceso llamado «Ejercitarse», y no podría estar más ansiosa por tomar una ducha y conseguir ropa limpia. Seguí cada indicación dictada por Collin al pie de la letra, tratando como siempre de tomarme en serio su faceta de entrenador personal. Después de beber un poco más de agua ambos recogimos nuestras pertenencias y nos encaminamos a casa en medio de una mañana fresca. Disfruté de unos buenos quince minutos de caminata silenciosa, sintiéndome satisfecha conmigo misma y encantada por el tranquilo ambiente que me rodeaba, hasta que mi hermano decidió iniciar una conversación. —Travis quiere hacer un viaje este fin de semana. Lo llamó "Escapada a la playa", y se supone que es el mejor plan existente porque logró recaudar la cantidad de dinero suficiente como para alquilar un auto. —¿Irás con él? Miré de reojo cómo se encogía de hombros. —No lo sé. ¿Recuerdas a Martina?—luego de cinco segundos, aproximadamente, de reconocimiento asentí—. Bien, ella también está invitada. No la he visto desde el incidente en MacDonald’s y prefiero mantenerlo así. —Oh, espera, ¿Será una salida grupal? —Básicamente. Travis sugirió que te llevara conmigo, pero este chico... ¿Dan? ¿Donovan?... ¿Dereck?—Collin entrecerró ligeramente los ojos a la par que chasqueaba sus dedos, pronunciando nombres al azar que, conociéndolo, no guardan relación alguna con el que de verdad intenta recordar—. En fin, algo con «D», que es su primo suele mirarte de una forma extraña cada vez que estás en la misma habitación que él. Y no me gusta. También asistirá. —¿Gavin? Dios, no. Gavin es...—me interrumpí un instante porque no encontré la palabra adecuada para definir al chico y a la extraña relación que algún día mantuvimos—... Es bastante peculiar, pero no vive en el pasado. Además, tiene novia, ¿o no?  —Sí, Travis mencionó algo al respecto, pero no puedes negar que siempre te observa con una fijación alarmante.  A Gavin lo conocí hace alrededor de dos años, en las vacaciones de verano, específicamente un día en el cual a mí me parecía que nada podría salir mal. Incluso ahora, que recuerdo perfectamente cada detalle de los muchos problemas que Gavin trajo consigo en un corto período de tiempo, sigo pensando que esas veinticuatro horas se asemejan bastante a un videoclip musical con temática de fiesta veraniega al aire libre. Todo se me antojaba mágico, sensación que se incrementó una vez me presentaron al último y único chico problemático con el que me he involucrado. Se podría decir que entre nosotros surgió una chispa desde el primer instante; atracción, y ninguno se molestó demasiado en ocultar su interés por el otro. Esa misma noche acabamos desvelándonos en la terraza de una casa que no he vuelto a visitar, yo hablando acerca de cualquier tontería que se me pasara por la cabeza mientras él fumaba y fingía que le importaba mínimamente lo que escuchaba. Por algún extraño motivo, me agradó, aunque para ser justos es difícil que alguien no me caiga bien, y acepté su invitación de pasear con él por la ciudad al día siguiente. Tuvimos un romance, por llamarlo de alguna forma, bastante intenso y complicado, durante el cual me comporté de manera irracional porque, según yo, Gavin merecía muchas oportunidades. A finales del verano, cuando ya todos mis allegados estaban hartos del rubio, decidí cortar incluso nuestra comunicación; era claro que yo no significaba demasiado para él, a decir verdad pasábamos casi todo nuestro tiempo juntos discutiendo, no teníamos nada que pudiese ser remotamente formal, él regresaría a su hogar tras culminar las vacaciones y yo comenzaba a odiarle en serio. Nunca conseguí comprender cómo era posible que alguien no tuviera jamás ni un poco de consideración por los demás.  Un día antes de marcharse, por la noche, nos encontramos en la fiesta que Travis organizó para despedir a su primo, Collin se negó a separarse de mí "por seguridad", (es decir, para tener constancia de que no cometería la estupidez de correr a los brazos de aquel chico bajo la tonta ilusión de que con él era probable construir una bonita y sana relación), durante al menos cinco horas, pero luego encontró actividades más entretenidas, y Gavin hizo su movida maestra «Por favor, hablemos, te debo una disculpa». Reconozco que casi caigo en la trampa de mortal de sus labios, hasta que destruyó el ambiente con, exactamente, estas palabras: "—Volveré a casa, ese es más o menos el plan. Estaba pensando en recorrer el país, ya sabes, para tomarme un año sabático, y me gustaría que vinieras conmigo. Te aseguro que será divertido; tendrás las mejores experiencias de tu vida porque estarás conmigo, y ya nadie creerá que eres una chica virgen y aburrida". Cabe destacar que nadie nunca me había descrito como «Virgen y aburrida», y el hecho de que precisamente él lo mencionara en un discurso que dejó muchísimo que desear me hizo suponer que en algún momento, quizá justo en ese momento, había tenido esa percepción de mí. Fue, sinceramente, un alivio. Agradecida de que se hubiera mostrado y expresado tal cual era antes de que mis brazos rodearan su cuello, sólo fui capaz de sonreírle a la par que le prometía que ni por la fuerza volvía a compartir ninguna experiencia con él. A la semana me di cuenta, tras analizarlo mucho, de que en realidad ni lo quería ni lo necesitaba en mi vida. Desde entonces apenas hemos coincidido tres veces, dudo que continúe dándole relevancia alguna a mi existencia. —A mí me parece que evita mirarme.  Probablemente es un reflejo de su orgullo herido, pero nuestro contacto ha sido increíblemente limitado. Él se encarga de ello. —Heaven, ¿Cómo no has notado que...? —¡Mira! ¡Es Bunny! Salí trotando hacia el lado opuesto de la calle, específicamente hacia la casa enfrente de la nuestra, donde un pequeño Poodle corre apresurado de un lado a otro en el perímetro de su hogar, persiguiendo la pelota roja que su dueña lanzó. Me detuve en el camino de piedra que conduce a la entrada de los Waltom, captando la atención de la hija mayor de la familia, que observaba a su mascota dar vueltas con una sonrisa en el rostro. De inmediato Bunny se dirigió hacia mí con sus diminutas patas en movimiento, saltando con gran exaltación en cuanto me arrodillé para poder acariciarlo cómodamente. —¡Hola!—pasé mis dedos a través de los rizos suaves de su pelaje, contagiándome de la alegría y la emoción que en su corta existencia le ha profesado al mundo—. Eres un chico lindo, ¿lo sabías? Sí, eres un bebé precioso. Alcé la mirada al notar que una sombra se proyectó en la zona del césped donde me encontraba situada, topándome con Analise Waltom en pijama, la única vecina cien por ciento agradable con la que puedo asegurar que tengo una relación aceptable. —Hola Ana—al darse cuenta de que no tenía toda mi atención, Bunny perdió el interés en seguir a mi lado y se apartó para olfatear los alrededores. Me reincorporé, devolviendo la sonrisa a la castaña—Te aseguro que si no lo mantienes vigilado, te lo robaré. Ambas admiramos al cachorro perseguir su propia cola. —Aléjate de mi hijo. Antes de poder contestar sentí que una mano pesada caía sobre mi hombro izquierdo. Analise se tensó una fracción de segundo, pero al instante advirtió su obvio comportamiento y procuró relajarse, cruzando los brazos sobre el pecho y sacudiéndose el cabello del rostro. Su reacción, el aroma a sudor mezclado con la habitual colonia Hugo Boss que me llega cada mañana, cuando Collin toma su ducha diaria, y el respirar ya familiar de mi hermano fueron los indicativos que necesitaba para averiguar la identidad del recién llegado sin haberme vuelto para observarlo. —Hola, Analise—la chica murmuró algo que quizá fuese una respuesta y Collin decidió dejar de prestarle atención para encararme con el ceño profundamente fruncido—. ¿Cuál es tu problema, Heaven? Ni siquiera te cercioraste de que no estuviesen pasando autos cuando cruzaste la calle. Casi cumples dieciocho, ¿en algún momento piensas madurar lo suficiente como para no correr tras cada animal que te encuentres por ahí? —No. Míralo, Collin, es hermoso, ¿cómo podría resistirme a eso?  Mi hermano chasqueó la lengua, irritado. —Como sea, vámonos. Probablemente ya casi son las siete, llegarás tarde de nuevo. Retiró su mano de mi cuerpo e hizo un ademan de alejarse, en lo que Analise se apresuró a hablar. —¿Estuvieron haciendo ejercicio? Contuve una sonrisa. Aunque ella jamás lo ha admito en mi presencia, sé que Collin es su amor imposible desde que se conocieron. Es una chica encantadora, con un carácter perfectamente equilibrado, que podría aportar mucho en la vida de mi hermano... Pero él raras veces registra su presencia más de un minuto entero. —Sí. —Se nota—sus ojos se desviaron brevemente a los brazos semi flexionados de Collin, para luego dirigirse a su rostro—. Por, ya saben, el aspecto que tienes... Tienen, ambos, de personas cansadas. Vi venir las palabras de Collin, pude anticipar el «No estoy cansado» un instante después de que el balbuceo emitido por Analise colmara el aire, de manera que intenté evitar que tal cosa ocurriera.  —En realidad, yo no estoy... —¿Quieres acompañarnos a nuestra próxima sesión?  —Uh, no lo sé, la actividad física no es lo mío. —La actividad física es para cualquiera que quiera intentarlo. Vamos, Ana, en una semana ¿te parece?—sonreí, buscando animarla, pero la duda no desapareció de su rostro. —Es probable que después de cinco minutos no pueda continuar. —No importa, ¿Paso por ti? —Bien, suficiente. Collin sujetó mis hombros, dándome vuelta de un solo movimiento. Perdí la noción del tiempo-espacio durante un breve lapsus, cosa que mi hermano utilizó a su favor para comenzar a empujarme camino a casa. —No es obligatorio que nos acompañes, Analise. Ignora a Heaven. —¡Una semana, piénsalo! —No seas intensa. Collin no paró de arrastrarme consigo hasta que estuvimos frente a la entrada, y yo no puse resistencia porque, según las últimas reuniones a las que el director que nos ha convocado a Shelby y a mí, la cantidad de impuntualidades que he acumulado podrían poner en peligro la correcta obtención de mi título al final del año. Lo último que oí por parte de Analise fue una risita. De camino a la secundaria, con Collin secundando la voz de Dean Lewis que provenía de la radio, mi teléfono vibró en el bolsillo delantero de mi bolso. Inevitablemente le sonreí a la pantalla en cuanto leí "Estela", apresurándome a abrir la imagen recién descargada del vestido que ya debió haber terminado.  —¡Qué hermoso!—la confección, sencilla pero perfectamente ejecutada, de la parte inferior fusionada con los detalles repartidos cerca del escote hicieron que el acabado final luciera increíblemente grácil. Mi hermano se silenció para mirarme de reojo. —¿Qué? ¿Estás viendo una foto mía? —Ugh, Collin, no. Mira—le mostré la imagen, que detalló por encima antes de regresar la vista a la carretera. —Es bonito, sí, pero no más que yo. Rodé los ojos, dedicándome a contestar el mensaje de Estela antes de que notara que no había respondido y empezara a descargar su indignación en el chat a través de stickers y audios que, sinceramente, nunca guardan relación con lo que intenta comunicar. —Siete y media. No lo logramos. De todas formas, todavía puedes infiltrarte silenciosamente al salón. —Sí, pero no lo haré. —Heaven... Debes dejar de saltarte tantas clases, es por tu bien. —Lo sé, prometo que haré un esfuerzo por levantarme más temprano a partir de mañana. —Más te vale. Me abstuve de objetarle que él es precisamente la persona menos indicada para guiarme por el camino de la Estudiante Ejemplar y retiré de mi cuerpo el cinturón de seguridad para girarme y poder rodearlo con mis brazos fácilmente. Collin correspondió el gesto afectuoso como pudo, dado que su torso continúa sujeto, me hizo prometer que tendría cuidado en cualquier aspecto de mi vida en el que pudiera ser precavida y prácticamente me ordenó que usara el receso para copiar los apuntes que perdí. Fui directamente al comedor mientras enviaba un mensaje al grupo que tengo con mis amigos para avisarles de mi paradero. Ansel respondió con una foto donde tenía las cejas hundidas y un notorio mohín, pidiendo que por misericordia activara la alarma de incendios para que le fuese sencillo escapar de la tortura que según él estaba siendo la clase. Xanthia dijo que le costaba contenerse para no golpear a nuestro querido amigo en medio de un dictado y yo volví a sonreírle a la pantalla, feliz porque aunque suene ridículo o poco coherente, experimenté uno de esos fugaces e inesperados momentos en los que te sientes profundamente agradecido con el Universo por haber puesto a ciertas personas en tu vida. No sé qué hubiera sido de mí sino los tuviera a mi lado todo el tiempo, apoyándome en los momentos difíciles y entreteniéndome cuando las cosas marchan con aparente normalidad. La expresión que mantenía se esfumó de mi rostro en cuanto levanté la vista y di con la figura de Theo ligeramente encorvada sobre el libro que sostenía, aparentando concentración. Contuve el aliento al recordar lo que debía hacer y opté por guardar mi celular, temiendo que se me cayera si seguía desconectándome de la realidad justo como estaba pasando. En los alrededores no hay muchos estudiantes, se supone que todos deberíamos estar dentro de un aula, de modo que la presencia enigmática y usualmente hostil del castaño se ve curiosamente resaltada. Él no es una celebridad dentro de esta edificación precisamente por su belleza, que suele ser la característica principal de los más reconocidos, sino por su comportamiento; no hay un alumno que no sepa de su existencia. Podría jurar que todos aquí están al tanto de que se encuentra ahí sentado. Mientras caminaba hacia su mesa visualicé cómo cambiaba el libro por un cuaderno que apoyó frente a sí. También descubrí que había captado la atención de ciertas personas, pero a esto último no le di demasiada importancia. No podía centrarme en algo distinto a las pequeñas alteraciones que sufría mi estado conforme daba otro paso al frente; el incremento de mis latidos, la respiración volviéndose ligeramente más superficial, mis dedos crispándose en torno a la correa de mi bolso... De acuerdo, en menos de cinco minutos podrás olvidarte de Theo para siempre. Termina con esto. —Esto te pertenece—apoyé el suéter justo enfrente de su libreta, de tal forma que la prenda soltó un poco de la esencia con la cual la impregné, dejando una agradable estela. Me levanté dos horas antes de lo habitual para poder lavarlo y plancharlo sin que mi horario sufriera algún tipo de cambio, cosa que de todas formas no sirvió dado que salí a correr. Tanto Ansel como Xanthia sugirieron que me lo quedara, pretendiendo que se me había pasado por alto devolverlo cuando a Theo se le ocurriera preguntar por él, pero no pude hacerlo. No se trata sólo del hecho de que técnicamente eso sería un robo, sino que en una sola noche ese pedazo de tela con olor al castaño estuvo causando estragos en mí. Me sentí tontamente unida a Theo durante todo el rato que me mantuve despierta, aspirando su aroma e imaginando que un abrazo suyo podría infundir la misma sensación cálida de protección. Fue un lapsus de desvaríos desconcertante que prefiero no volver a experimentar jamás. De modo que me dispuse con bastante ímpetu a: 1- Deshacerme de la fragancia de Theo, sumergiendo el dichoso suéter en una cantidad anormal de desinfectante con aroma a Pino. 2- Asegurarme de que su endemoniada calidez desapareciera gracias a la humedad proporcionada por el agua. Y, 3- Cuando no hubo nada que lo volviera más atractivo o especial que un suéter normal, de manera que el impulso que demandaba seguirle el consejo a mis amigos desapareció, entregarlo a su dueño. Theo miró la prenda con desinterés durante un segundo antes de bajar la mirada hacia sus apuntes.  —Eso parece. —Muchas gracias por prestármelo, de verdad fue muy útil—profirió un sonido nasal que quizá fuera una vaga afirmación y prosiguió a ignorarme. Me quedé de pie en el mismo sitio sin saber qué hacer, viendo cómo él subrayaba con un marcador fluorescente líneas salteadas de un mismo párrafo. Achiqué los ojos para poder leer el título principal al inicio de la página, pero mi capacidad visual no alcanzó para tanto. Al final, después de traspasar el peso de mi cuerpo de un pie a otro dos veces seguidas, resolví que debía sentarme. Sé que ese no era el plan inicial, que debía huir a la primera oportunidad, pero sencillamente me niego a sentirme intimidada por un chico. Desde luego que ha ocurrido, Luan suele ser bastante imponente, no obstante, no a este nivel. Sé que soy capaz de sobrellevar al castaño, él no es superior a mí, de hecho, mantengo la secreta convicción de que es un chico solitario porque maneja sus emociones incluso peor que yo. Sé que puedo cambiar la rara situación de desventaja en la que me encuentro dentro de nuestra convivencia, y pienso hacerlo. Theo elevó la vista apenas escuchó el chillido emitido por la silla cuando la eché hacia atrás. —¿Qué haces? —Estoy sentándome. —¿Por qué? —Porque puedo. Soltó el marcador, frunció el ceño y luego sacudió una mano en el aire. —Creí que habíamos tenido una conversación esclarecedora acerca de...—me apuntó, buscando la palabra correcta para finalizar la oración—... Esto. —Sí, así fue, pero luego tú te apareciste en mi casa actuando como el perfecto caballero sólo para... ¿Llevarme una taza?  —Te recuerdo que me la pediste. —Sí, pero no te dije que la devolvieras al estilo delivery. —Cómo sea, ¿necesitas que recalque el "Puedes parar"? Respiré hondo, notando por el rabillo del ojo que las personas de la mesa más cercana nos observan. —¿Sabes qué pienso? Que puedes ser más agradable que esto, pero no te esfuerzas. —Qué analítica. —Lo digo en serio. —Escucha, chica social, no vine a hacer amigos, ese no es el objetivo principal de la secundaria. Y como encima estamos en el último año, estoy seguro de que podré sobrevivir tranquilamente sin tener que unirme a un patético grupo de chicos que pretenderán no ser hipócritas entre sí. Sólo quiero mi título. —Bien, tú ganas, chico asocial—me puse de pie, sorprendentemente relajada—. Sólo quería agradecerte, por el suéter y por la pintura.  Giré sobre mis talones y me alejé. Pronto encontré con quien hablar en lo que mis amigos salían de clase, y cuando me hice nuevamente consciente de la hora ya estábamos por iniciar el último período, en la cancha deportiva, recibiendo las instrucciones de lo que haríamos el viernes siguiente para agilizar el proceso decorativo de la semana aniversario. Aquí ser del último año significa muchas cosas aparte de que estás por graduarte. Básicamente ser personal de utilería, organizar eventos entretenidos para el resto de los años y participar en actividades "opcionales" que principalmente beneficiarán al colegio son parte de las evaluaciones. Una vez en la pastelería Charlie reunió al personal en la zona de horneado para comunicarnos que a partir de la semana siguiente empezarán las reformas que el Gran Chef pretende hacerle al local, de modo que tendremos cinco días libres a cambio de trabajar durante el fin de semana. Ninguno protestó en voz alta, si bien Sophia arrugó el entrecejo al enterarse de que debería cancelar sus planes, si es que había hecho uno. Al final del día me sentía tan agotada que la idea de regresar a casa por mis propios medios empezó a sonar como una tortura. Mientras me mentalizaba y aceptaba el proceso que indudablemente debería pasar hasta poder lanzarme sobre mi preciado colchón decidí sentarme en una incómoda silla de madera demasiado pequeña para ser usada por alguien mayor de cinco años. Cerré los ojos un instante, abriéndolos de vuelta cuando noté la cercanía de un cuerpo. Duncan había cruzado sus piernas al estilo indio directamente sobre el suelo, frente a mí, y me sonreía con el entusiasmo que sólo él siempre posee. —¿Amanecer o atardecer? —¿Uh? —Allá atrás los chicos y yo estábamos teniendo un debate sobre cuál es mejor... —Un debate tan ruidoso que no pude concentrarme en lo verdaderamente importante—se entrometió Charlie que, antes de que Duncan hiciera su aparición, era el único acompañante que tenía junto a la barra—. Si contabilizar no te parece muy entretenido, entonces trata de hacerlo con gritos de fondo. —Cómo sea—Duncan rodó los ojos, ante lo que Charlie negó en reprobación. Asumiendo que no tenía caso insistir, regresó la atención al libro contable—. Sophia y Amelia votaron por los amaneceres, Richard, el aburrido de Charlie, que no quiso opinar y por el cual decidiré, y yo votamos por los atardeceres... ¿Tú qué eliges? Lo pensé un instante, muy seriamente, a pesar de que Charlie se volvió de nuevo para decirme que no tengo por qué seguirle la corriente a cada tontería que se le ocurre a Duncan. —Amaneceres, definitivamente. —¿Por qué? —Son simbólicos. —Los atardeceres también. —No como los amaneceres, al menos para mí. —Objeción, su señoría, no hay forma de que algún momento del día supere en significado al final del éste. —Te prometo que veremos un amanecer juntos, algún día, y cambiarás de opinión. —Para que sea justo, también veremos un atardecer, ¿trato?—me extendió su mano, buscando sellar el pacto. Yo la tomé, inexplicablemente sonriente. —Trato. —Bien, voy de camino a casa, ¿Te llevo? —Dios, sí. Nada me gustaría más. Me levanté como pude. Tras despedirnos, ambos salimos del local oyendo la sucesión de advertencias e indicaciones que Charlie nos dio con el propósito de evitarnos un accidente. Él es, probablemente, el papá de este grupo. En el tiempo que llevo conociéndolo descubrí que sí puede imponer más autoridad de la que mostró en nuestro primer encuentro, así como es muchísimo más capaz de plantarse frente a las situaciones difíciles de lo que yo pensaba. —¿Qué simbolismo le encuentras a un amanecer?—Duncan extendió el brazo para reducir ligeramente el volumen de la radio, rompiendo el silencio varias calles después de partir— Tengo curiosidad. —Es el inicio de un nuevo día. Es una nueva oportunidad para hacer las cosas bien. Puedes levantarte temprano, observar la cantidad de colores que tiñen el cielo y decidir trasladar un poco de esa belleza a tu vida. Desde luego, no es tan fácil como eliminar cada uno de tus problemas sólo porque es otro día, pero hay algo mágico, algo realmente terapéutico, en el hecho de reconocer que aún es posible sonreír... No sé si lo entiendes, porque no sé cómo explicarlo, es sólo que... Es mejor pensar en los sueños que están por cumplirse, que aferrarse a los que murieron. —Sueños rotos ¿Eh?, ¿Eso son los atardeceres para ti? —Al final del día es muy fácil darse cuenta de todo lo que debía ser y no fue. Cuando era más pequeña solía sentarme frente a la ventana justo antes de cenar, y sentía que mi día no había tenido sentido, que todas aquellas actividades que me prometí al día anterior que haría jamás llegaron... En lo personal, esa perspectiva me parecía deprimente. Por supuesto, tuve que ponerle fuerza de voluntad y entusiasmo al asunto, pero el punto es que los amaneceres siempre han tenido el efecto contrario en mí. Me inspiran. —Mi argumento para defender los atardeceres: Son geniales. —¿Geniales? ¿Y ya está? Lo miré. Duncan ocultó una sonrisa. —Sí, ¿por qué tendría que decir más? Son hermosos, verlos es gratis, me hacen feliz; son geniales. —Mi vida sería más sencilla si tú fueras mi profesor de Biología. Por lo menos sabría cómo justificar mis respuestas.  El chico dio rienda suelta a su risa, provocando que mis labios se curvaran sutilmente en respuesta. Ambos nos concentramos de vuelta en las canciones y en el camino. Pronto Duncan sugirió que pasáramos por un establecimiento de comida rápida y pidiéramos la cena, invitación que acepté tras avisarle a mi tía porque ¿hay algo más tentador que una hamburguesa?  Cuando él se despidió de mí, justo en la entrada de mi casa, agitando una de sus manos con auténtico frenesí a través de la ventanilla del auto, comprendí que ya había ganado un buen amigo. Todo era paz y tranquilidad, en cada sentido, hasta que mi celular sonó diez minutos después de que estuviese en pijama. No entres en pánico, pero creo que estoy perdida... Alguien me dijo que Zane necesitaba ayuda, pero no supe llegar a la ubicación. Te lo cuento porque mi mamá descubrió que no estoy en casa. Te llamará. Estoy contigo ¿Vale? Dile eso. Y no le escribas a Ansel. No es tan grave esta vez, puedo resolverlo. Por favor no te preocupes. Cerré los ojos con fuerza. Por lo visto la noche apenas comienza.  
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