La vida es una sucesión continúa e inagotable de decisiones. La opción que escojamos, independientemente de la situación, definirá lo que ocurrirá luego, lo que experimentaremos, lo que pensaremos, lo que sentiremos, el siguiente paso a dar.
En ocasiones, y por lo general, no podemos reconocer qué tan trascendental será la decisión a tomar; hasta que el resultado nos estalla en la cara. Pero yo era plenamente consciente de que la alternativa que eligiera en breve cambiaría de forma significativa el futuro inmediato.
Tenía el teléfono en la mano y la mente hecha un caos. No sabía qué hacer, pero debía hacerlo ya. No contesté porque me pareció una pérdida de tiempo, no obstante, tampoco estaba adoptando una actitud demasiado provechosa al quedarme plantada en el centro de la habitación, advirtiendo que el pánico y la ansiedad comenzaban a hacerse presente.
Abrí mi lista de contactos porque en un momento de claridad me pareció apropiado llamar a alguien. Sospechaba que, aunque quisiera, no podía hacerme cargo yo sola en esta ocasión. Además, no se me olvida que debería haber aprendido la lección y ser racional.
Cuando te encuentras en medio de circunstancia difícil descubres con quién puedes contar.
Presioné una tecla y marqué su número al mismo tiempo que formulaba mentalmente lo que diría. Estaba pensando en ocultarle los hechos hasta que estuviésemos frente a frente. Pero no sabía cómo atraerlo hasta aquí a las diez de la noche.
—¿Sí?
—Necesito que vengas. Con urgencia. Trae tu auto. Y no preguntes por qué.
—Mmm ¿qué?... Dame un segundo.
Escuché el sonido de una silla al ser arrastrada y a Ansel excusarse diciendo que debía atender una llamada importante.
—¿Estás bien?
—Sí... No, es decir, sí... Pero en serio necesito que vengas.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Lo descubrirás al llegar.
—Heaven, mi padre me trajo a una cena formal con sus socios, acabamos de pedir el postre, no creo que pueda irme si no es importante.
—Pero ES importante, ¿cuándo te hecho venir sin razón alguna?
—Cuando se estrenó Anabelle, cuando te compraron maquillaje por primera vez y quisiste practicar sobre mi rostro, cuando tu vecina "perdió" a su conejo y armaste un grupo de búsqueda, cuando bloqueaste tu celular porque escribiste mal la contraseña... Aquella vez que se te ocurrió hornear un pastel de zanahoria sólo porque su sabor de causaba curiosidad. En general, cada vez que estás aburrida...
—Bien, basta, ¿me lo estás echando en cara?
—No, obviamente no, pero tú preguntaste. Por mucho que me encante pasar tiempo contigo, hoy no puedo.
—Para empezar, detrás de cada una de esas veces hubieron razones más que válidas para solicitar tu presencia. Y esto es mucho más serio. Por favor ven, te lo suplico.
—Al menos dime de qué trata.
—Estamos perdiendo tiempo. Escucha, si no piensas venir está bien. Llamaré a Theo y le preguntaré si puede ayudarme.
—¿Qué? ¿Theo? ¿Ese imbécil? No... ¿Por qué Theo?
Hubo un cambio en su voz, y supe que mi plan había surtido efecto. Ansel es bastante protector con Xanthia y conmigo, a diario lucha por mantenerse al margen de la relación de mi amiga y no golpear a Zane. No es un chico violento, pero suele alterarse cuando alguien que le importa demasiado se ve afectado por algo.
—Porque sí. Adiós.
—¡No! Heaven, ni se te ocurra pedirle a ese odioso de mierda que vaya a tu casa a esta hora, ¿estás loca? No sabemos qué clase de intenciones puede tener. No y no. Estaré allá en diez minutos.
Colgó. Yo negué con la cabeza, tratando de decidir si debería reírme por su comportamiento o sentirme indignada por la facilidad con la cual juzga al castaño.
Sustituí el pijama por un par de jeans y una blusa de tiras elaborada a base de terciopelo. Me coloqué un par de tenis blancos y me senté sobre el colchón, a la espera de Ansel. De pronto mi teléfono volvió a vibrar.
Teresa.
Respiré hondo antes de contestar.
—Hola, cariño, ¿cómo estás?
—¡Muy bien!, ¿y usted?
Demasiado jovial, Heaven, corrígelo.
—Un poco cansada.
—Vaya, qué pena.
¿Vaya, qué pena? ¿En serio?
—Xanthia mencionó que estaría contigo, ¿puede ser? En verdad odio molestarte de esta forma, pero a veces dudo de su honestidad. Ya sabes que le encanta meterse en problemas.
—No se preocupe.
—¿Está allí, entonces?
—Efectivamente dijo que vendría.
—¿Cómo? ¿Aún no ha llegado?
—No, ella sí está... Aquí con... Mi tía, abajo... En mi casa, definitivamente en mi casa.
—¿Con Shelby? Perfecto, ¿te importaría pasarme a tu tía para confirmar? Confío en ti, pero sigues siendo su mejor amiga, y yo también fui joven… Sólo intento asegurarme de que todo esté en orden.
—Lo siento, ambas están ocupadas... Preparan galletas. Es posible que no acaben hasta dentro de un rato, pero yo le diré que la llame.
—Ah, comprendo. Conmigo Xanthia ni siquiera habla, pero, cómo no, incluso hornea galletas en otras casas—tras soltar una risa floja que carecía de humor, Teresa suspiró con pesar—. De acuerdo, gracias. No olvides decirle a tu tía. Buenas noches, cariño.
—Buenas noches.
Justamente después de lanzar el teléfono a la cama me levanté a toda prisa para buscar el celular de Shelby. Comprobé que estuviese fuera de mi radar, dando las últimas puntadas a un bellísimo vestido de gala en la sala de estar, y corrí a su habitación, yendo directamente al sitio donde sé que siempre deja olvidado el aparato electrónico. Todo el que conoce a Shelby se queja de que nunca está pendiente de las llamadas o los mensajes que recibe, pero en esta ocasión su costumbre no podría ser más favorecedora. Le escribí un texto breve y conciso a Teresa. Cuando quedé satisfecha lo envié, treinta segundos después obtuve una respuesta igual de corta por parte de Teresa y en un minuto ya había borrado toda evidencia de haber toqueteado el teléfono.
Oí que el auto de Ansel se detenía frente a mi casa, por lo que inicié otra carrera para tomar mi teléfono y bajar a abrirle antes de que Shelby tuviera oportunidad de hacerlo por mí. Llegué jadeando a la planta baja, con varios mechones de cabello sobre el rostro.
—Saldré con Ansel. Fue un plan improvisado, por eso no te había avisado.
—¿A dónde van?
Apenas se inmutó, profundamente concentrada en su tarea.
—A una fiesta del colegio.
—¿Un miércoles? Mañana tienen clases.
—Lo sé, no nos quedaremos.
—Bueno, está bien—por fin alzó la vista—. Pero tengan mucho cuidado, ¿ok? No te separes de Ansel en ningún momento.
En ese instante sonó el timbre. Tragué saliva y me despedí, apresurada e inevitablemente nerviosa.
—¿Ahora sí me dirás qué diablos pasa?
Apoyé mis manos sobre el pecho del pelinegro y comencé a empujarlo fuera de mi entrada, confuso, no opuso resistencia. Me aparté una vez en la acera y rodeé el auto para subirme en el asiento del copiloto. Ansel resopló en medio de una evidente exasperación.
—¡Heaven!
Sólo se adentró al auto después de que ya yo me había puesto el cinturón de seguridad.
—¿Por qué estás vestida así?
—Xanthia nos necesita, está perdida.
—¿Qué?
—Se supone que no te involucraría, pero me niego a ocultarte algo como esto de nuevo. Empecé a trabajar en la pastelería como castigo por haberme escapado de casa para buscar a Xanthia en una fiesta de universitarios. Fue el domingo antes de comenzar las clases, y ella estaba drogada; alguien lo hizo, un tipo que pretendía abusar de ella. Por suerte no ocurrió. La encontré justo cuando un grupo de idiotas se divertían empujándola. Estaba semi desnuda y lloraba, Zane nunca se enteró, hasta mucho después. No creí que fuera a comportarse de la misma estúpida manera tan pronto.
Escupí todo sin pausa. Sólo al final me detuve a pensar que quizás podría no haberme entendido.
—¿Qué estás diciendo? ¿Qué es toda esa historia? ¿Una broma? Porque no es graciosa.
Su ceño se encontraba fruncido, como si realmente no me creyera. Sabía que le estaba costando procesar tanta información relevante en tan poco tiempo, por lo que agité una mano en el aire y me dispuse a colmar el chat de Xanthia con mensajes para preguntarle por una ubicación aproximada.
—Te lo explicaré con más calma luego, lo prometo, pero ahora debemos ponernos en marcha.
—j***r, Heaven, esto es...
—Lo sé. Lo siento, discúlpame por no habértelo dicho antes.
—¿Alguien iba a...?
No pudo concluir la frase y entonces, con la determinación renovada, encendió el auto. La pelinegra no respondió, por lo que la preocupación comenzó a aletear a mi alrededor.
—Dame una dirección.
—Aguarda.
Ansel dio tres vueltas en torno a mi vecindario antes de que se me ocurriera llamar. Xanthia atendió al tercer tono.
—Ya estoy en la fiesta, no te preocupes.
Y colgó.
No respondió de nuevo, por lo que me irrité casi al instante.
—¿Por qué eres así?—gruñí. Ansel me miró de reojo.
—¿Qué te dijo?
—Está en la fiesta a la que iba.
—¿En dónde? No la dejaremos sola, aunque quizá lo merezca.
—No lo merece, Ansel, ella sólo... Creo que cada día está más... Pérdida, en todos los significados de la palabra.
Ninguno pronunció nada después de aquello, sumergidos en el pesar que nos causa a ambos el estado de Xanthia. En realidad ninguno quiere abandonarla, o piensa que, dado que últimamente parece predispuesta a buscar situaciones peligrosas, merece quedarse sin compañía, ella es literalmente una parte de nosotros. Desde que nos conocimos, Ansel, Xanthia y yo somos una sola unidad. Por aquella época éramos tres niños con diferentes niveles de asociabilidad, con diferentes problemas, que decidieron formar un grupo indestructible para hacerle frente al mundo. Luego de aquello no hubo vuelta atrás.
—Necesito una dirección.
—¿Crees que Julius sepa en dónde es la fiesta?
—Obviamente, pero no le escribirás a él.
—¿Por qué no?
—Porque ese chico es problemático, Heaven.
—Sólo será un mensaje.
Julius es tres años mayor que yo, amigo de Zane y, en términos generales, una mala persona. Como no tengo su número telefónico mi única opción fue escribirle a través de una red social. Por suerte contestó casi de inmediato.
—Oh, Dios, estamos a media hora.
Ansel orilló el auto para poder revisar la ubicación con detenimiento. Nunca habíamos estado allí, pero el hecho de no saber cómo rayos Xanthia recorrió toda esa distancia por sus propios medios fue el incentivo suficiente para querer adentrarnos a una potencial horrible decisión. Cuando mi amigo pisó el acelerador de nuevo sentí que el estómago se me encogía.
Debimos estacionarnos a cinco cuadras de nuestro destino por lo atestada que estaba la calle. Ansel se plantó sobre la acerca alrededor de diez minutos, inspeccionando el entorno, revisando continuamente que las puertas estuviesen bien trabadas, poniendo la alarma y murmurando incontables frases acerca de lo mala idea que era dejar a su bebé en un sitio posiblemente peligroso. Fui paciente, lo ayudé a cerciorarse de la seguridad del auto al menos tres veces e intenté infundirle la confianza necesaria para separarse del vehículo, pero nada funcionó, y al cabo de un rato acabé arrastrándolo a la fuerza.
Se me dificultó la tarea de abrirme paso entre tantos cuerpos apiñados, por lo que pronto Ansel se puso en la delantera y, sin soltarme, comenzó a empujar personas con su mano libre, codo y caderas. Algunos se quejaban pero para ser honesta eran pocos los que notaban que estaban siendo chocados adrede. Mi amigo se detuvo abruptamente en cuanto nos encontramos de frente con un rostro conocido.
—¡Pero miren quiénes están aquí! Aún después de haberte dado la dirección, preciosa, no creí que vendrías.
Apenas le oímos por encima del ruido. No logré escuchar ciertas partes y dado que la escasa iluminación no me permite apreciar demasiados detalles del entorno, no lo reconocí a la primera. Me distraje un instante estudiando los alrededores, en busca de Xanthia, hasta que el chico misterioso pronunció una afirmación perfectamente entendible.
—Es cierto lo que se dice de ustedes ¿eh?
Volteé al frente al mismo tiempo que una de las luces que cuelgan del techo y giran sobre su propio eje iluminó parcialmente la sonrisa ladeada de Julius. Fruncí el ceño como toda respuesta, deduciendo que el recorrido de su mirada va a parar sobre mi mano unida a la de Ansel.
—¿Qué?
—Que tienen una relación poliamorosa. Ustedes y Xanthia; seguro vinieron por ella.
Ansel resopló.
—Ya que evidentemente te encanta meterte en la vida de los demás, ¿la has visto?
—¿Qué ganaría yo si les brindo la información que necesitan?
—Nada, pero con suerte te evitas una paliza.
—¿Tú? ¿Me estás amenazando a mí?—soltó un par de carcajadas que se perdieron levemente entre el volumen de la música. Su lenguaje corporal me dio a entender que ya no está lo que se dice sobrio—. Con los chicos creemos que eres el tipo más débil de toda la ciudad.
Ansel entró en tensión. «Débil» es el calificativo con el cual se ha referido a él su padre en reiteradas ocasiones. Tras esas tediosas discusiones siempre vienen las disculpas, pero mi mejor amigo nunca ha sido capaz de digerir el sentimiento arrollador que destruye toda su auto confianza cada vez que es etiquetado de tal manera. Es la única palabra que posee el poder de herirlo.
Sé que falta mucho para que Ansel quiera abalanzarse sobre Julius, pero de igual manera decidí intervenir.
—Por favor, si no la has visto, hazte a un lado.
—Oh, Heaven, dulce Heaven... ¿Cómo podría negarte algo a ti?—trató de dar un paso al frente pero Ansel lo frenó alzando un brazo. Julius lo miró con burla, torciendo sus labios en una sonrisa arrogante—. Qué pena que hayas venido con él, estoy seguro de que yo sería una compañía más grata.
—Hazte a un lado, Julius—repetí.
Tras suspirar volvió a sonreír.
—Xanthia está a salvo, con Zane.
—¿En dónde?
—Los vi subir las escaleras así que... Probablemente en una habitación. Si yo fuera ustedes no molestaría, a mi amigo no le gustan las interrupciones.
—Me importa una mierda lo que le gusta a ese imbécil. Apártate.
Aplané los labios, presionando nuevamente mis dedos en torno a los de Ansel.
—Él estaba teniendo problemas ¿cierto?
—Bueno, no se puede ser amigo de todos—se encogió de hombros, restándole cada gramo de relevancia al hecho de que Zane podría salir gravemente lastimado en cada ocasión que no es "amistoso" con alguien—. En fin, tengo que irme.
Pasó por nuestro lado, oí que le gritaba a alguien.
Ansel tiró de mí camino a las escaleras. No fue difícil hallarlas, pero sí tremendamente incómodo subirlas. En cada peldaño había grupos de personas reunidas en el sitio menos conveniente, ignorando el hecho de que obstaculizaban el paso. Por accidente derramé la bebida de alguien con mi pie, y casi golpeo con la rodilla el rostro de un chico que parecía encontrarse demasiado desorientado como para apartarse por su cuenta.
El pelinegro liberó mi mano para poder abrir cada puerta en las cercanías que no estuviese cerrada. Cerca del final del pasillo, llegando a un punto donde debíamos decidir si seguir hacia la derecha o hacia la izquierda, por fin abrió la correcta. Mis ojos pararon sobre la figura erguida de una chica al pie de la cama, con los brazos apoyados sobre sus caderas mientras hablaba en dirección al cuerpo tendido sobre el colchón.
Al oír el click de la cerradura tanto ella como Zane se giraron en nuestra dirección, confusos.
—Oh, perfecto—bufó él un instante antes de volver la mirada hacia el techo—. Sencillamente perfecto.
Ansel se adentró al cuarto, su rigidez fue lo que me impulsó a seguirlo, dispuesta a entrometerte si era necesario. No estaba segura de cómo reaccionaría él, sabiendo lo que sabe y estando ya irritado por la conversación con Julius.
—¿Qué hacen aquí?—Xanthia arqueó las cejas, mirándome directamente.
—Esa es exactamente la pregunta que iba a hacerte.
Pero el que contestó fue Ansel, quien, por su parte, no aparta la vista de Zane.
—¿Cómo llegaron?
—Julius.
—Ese imbécil...—Zane se incorporó en el colchón, pasándose una mano a través del cabello. Fue entonces cuando noté los golpes.
Tenía el rostro cubierto de ellos; pequeñas manchas que lentamente van cambiando de color, rasguños casi imperceptibles, un hilillo de sangre seca brotando desde su labio inferior y una cortada a la altura de la ceja izquierda, evidenciando el altercado que posiblemente se llevó a cabo poco antes de que apareciéramos. Zane siempre ha tenido el aspecto típico de un chico malo, pero no lo era, de hecho se comportaba de una forma tan dulce con Xanthia que incluso a mí me parecía excesivo. Solía ser bromista y positivo, nunca te aburrías a su lado, por lo general actuaba como el perfecto complemento de la pelinegra al ser el tolerante y el amable de la relación. En la actualidad su actitud combina bastante bien con los prejuicios que podrían formarse las personas al darle un solo vistazo.
—Xanthia, vámonos.
—¿Qué? No.
—Este no es un lugar muy seguro—dije, siendo la única que procuraba mantener un tono de voz neutro.
—Para ti, princesa Heaven, ningún lugar lo es—Opinó Zane a modo de burla—. Ni la playa.
Fruncí el ceño, ligeramente indignada.
—¿Has visto el tamaño de esas olas? Sólo a ti se te ocurre llevarnos a la playa más violenta del país—me defendí. Zane y yo teníamos una relación cercana, pero desde que sufrió su extraña metamorfosis apenas hemos mantenido breves e insignificantes conversaciones. Todo lo que yo hacía antes, que él ignoraba, ahora es motivo de burla o humillación—. En fin, ese no es el punto.
—No iré porque, si no se han dado cuenta, mi novio me necesita.
—Si tu novio es tan rudo como para involucrarse en peleas absurdas cada tres días podrá cuidarse solo durante una noche, así que vámonos, Xanthia, tú y yo debemos hablar.
—He dicho que no, Ansel. Deberías comprender que…
—¡Iban a abusar de ti! Ni siquiera fuiste capaz de contármelo. Y, como la cereza del pastel, hoy vienes de nuevo tras este idiota que nunca puede protegerte.
Cerré los ojos durante un segundo, imaginando a toda prisa los siguientes y posibles escenarios. Zane se levantó del colchón de un solo movimiento, con el rostro repentinamente contorsionado en lo que parecía ser furia.
—¡¿Iban a qué?
—No es lo que...
—¿Cuándo?, ¿Por qué mierda no me lo dijiste? ¿Quién fue el...?
—Espera... Xanthia, ¿no se lo habías contado? Cuando te pregunté me aseguraste que...
—Cállate Heaven, es obvio que nunca me habló de eso... ¡Y quiero saber por qué!
Los ojos de la pelinegra se cristalizaron, su labio inferior comenzó a temblar y supe que estaba haciendo un esfuerzo sobre humano para no echarse a llorar. Desde cualquier otra perspectiva parecería que los tres estamos atacándola, ninguno ha apartado la vista de su rostro, pero, sinceramente, sólo nos preocupa.
—Yo...
—¿Quién fue? Te juro que voy a buscarlo para asesinarlo con mis propias manos.
Zane empezó a dar vueltas por la habitación, claramente contrariado. Tenía los músculos visiblemente tensionados y el ceño fruncido. Su lenguaje corporal comunica ira mal canalizada; casi son palpables sus ganas de golpear a alguien. En cuanto se llevó las manos al cabello me preocupé, porque no lo había visto tan enfadado en mucho tiempo. La probabilidad de que el chico vaya tras alguien ahora mismo es alta. ¿Qué si se le lanza a Ansel? La aversión entre ambos es aprehensiva.
—¿Quién fue?—repitió, girándose hacia mi mejor amiga con brusquedad—. Dímelo, Xanthia, o te juro que lo nuestro se acaba aquí mismo.
—Yo... Yo no sé... No pude...
Sus balbuceos ininteligibles contrajeron mi corazón. La conozco lo suficiente como para saber que en este mismo instante está sufriendo más de lo que todos podríamos comprender. Ella se esfuerza demasiado por aparentar dureza, por ser autosuficiente, pero sencillamente no sabe cómo lidiar con el noventa y nueve por ciento de los problemas que tiene en su vida.
—Zane... Sé que quieres respuestas pero me parece que este no es el mejor momento. No si ella está así.
Di un paso al frente cuando una repentina oleada de valor me golpeó. En condiciones normales prefería evitar aludirlo de alguna forma cada vez que se comportaba como si estuviese a punto de perder el control, no obstante, lo más sensato sería cortar esta escena antes de que empeore.
Él no dio indicios de haberme prestado atención, excepto por el hecho de que guardó silencio.
—Vámonos—insistió Ansel una vez más.
—Yo no... Necesito...
—¿Sabes qué? A la mierda. No voy a rogarte que vengas conmigo, tienes diecisiete años y la capacidad de ver lo que es bueno y lo que no para ti.
Ansel giró vertiginosamente sobre sus talones en dirección a la salida, aumentando aún más mi agitación. Respiré hondo para obligarme a mostrar serenidad y abrí la boca con el propósito de pronunciarme justo cuando Zane volvió a hablar, su timbre sonando más áspero e imponente de lo normal.
—Xanthia, ve con ellos.
—No, dejarte sería...
—No puedo creer que me hayas ocultado algo así de importante. Lo discutiremos después, vete a casa.
—¡No! Lo siento tanto, por favor...
—Xanthia, adiós. Nadie te pidió que vinieras, no deberías estar aquí. Siempre estás en el lugar incorrecto, por una vez en tu maldita vida sé consciente y vete.
Sus sollozos se incrementaron, pero pareció haber captado el mensaje. Recogió lo que queda de su dignidad y, al igual que Ansel, salió de la habitación.
Para este punto mi ritmo cardíaco ya es un desastre.
Clavé mis ojos sobre el cuerpo de Zane y di otro paso al frente.
—No era necesario que fueras tan grosero con ella.
Volvió el rostro a una velocidad impresionante y aterradora, mirándome como si toda la rabia que fluye por sus venas se hubiera concentrado en sus pupilas.
—¿Ah, no? ¿Crees que se habría ido si le agrego un jodido "mi amor"? Es una masoquista, Heaven, se habría quedado sólo porque estoy aquí.
—Se preocupa por ti, estoy segura de que si hablaras de lo que realmente importa con ella estas cosas dejarían de pasar.
—No soy su psicólogo, hago lo que puedo. Ya le he dicho de distintas formas que no la necesito involucrada en mi mierda, pero sigue estando ahí todo el tiempo.
—¿De verdad? Por lo que sé, es la primera persona a la que acudes cuando te metes en problemas.
—¿Qué? ¿Estás insinuando que yo le pido que venga a estas fiestas? ¿Sola y sin protección?
Crucé los brazos, sintiendo cómo me invadía una extraña y feroz emoción.
—No lo sé, de lo que sí estoy segura es de que todo esto es un círculo vicioso muy enfermizo: Alguien quiere matarte, Xanthia corre en tu busca como si pudiera evitarlo, sucede que al final casi muere ella, se hunde en la tristeza y cantidades industriales de maquillaje, tú le sueltas un inútil «Lo siento» con el que mágicamente solucionan sus problemas y se repite. Una y otra vez, ¿acaso no puedes verlo?
Zane se acercó. En cuestión de segundos sólo nos dividía una escasa distancia de cinco o seis centímetros. Me vi en la obligación de alzar la cabeza para poder mantener el contacto visual, notando al instante que el chico había comenzado a medirme como a un rival.
—¿Por qué no te ocupas de tus asuntos, Heaven?
—Xanthia forma parte de mis asuntos. Y, sólo para que lo sepas, un novio "preocupado" habría dado otra respuesta.
—Ve a casa.
—Algún día ya no podrás huir más, Zane. Por el momento te ha servido bastante la absurda técnica de evitar a las situaciones y a las personas que te ponen incómodo, pero no será para siempre.
Salí de allí con la respiración agitada.
No lloré, pero tampoco mentiré diciendo que salí ilesa de esa discusión.
El viernes llegó en un parpadeo. Para entonces, Xanthia y Ansel todavía no hablaban ni conmigo ni entre sí. El viaje de regreso a casa, el miércoles por la noche, fue increíblemente tedioso. Yo estaba dándoles espacio porque a decir verdad no me emociona la idea de oír sus quejas y/o reproches.
Esperaba a que ambos fuesen capaces de darse cuenta por sí mismos de que había mejores maneras de afrontar lo que ocurrió, y mientras tanto me inmiscuía en cualquier pequeño grupo de personas que se mostrara ligeramente amable conmigo. Llevo la mitad del día inmersa en la tarea de adecentar las paredes del colegio para el inicio de la semana aniversario, que sería el próximo lunes, colgando afiches y esparciendo todo tipo de elementos decorativos.
Jordan Parson, un chico de mi sección, estaba contándome cómo casi conoce a Kendall Jenner en las vacaciones de hace dos veranos cuando John se acercó para decirme que el director necesitaba hablar conmigo. Cuando llegué al lugar indicado me encontré con que Theo aguardaba de pie junto al hombre, luciendo visiblemente incómodo mientras miraba el entorno.
—Blom, buenos días—sonreí en respuesta, sin poder evitar darle un vistazo al castaño—. Les conseguí a ambos dos entradas para la función de la obra, en primera fila. Será el próximo lunes.
Nos extendió los tickets de cartulina claramente elaborados a mano por los mismos chicos que actuarán, sin perder la sonrisa de orgullo que tanto lo caracteriza. Es probable que ciertas cosas no funcionen como deberían, pese a eso él está muy satisfecho con el desempeño de la institución.
—Gracias.
Esperé a que Theo me secundara, pero esto no ocurrió. Tenía la vista fija sobre sus entradas como si fueran los objetos más estúpidos e inútiles del planeta. Daba la impresión de que alguien le había insultado.
—Bien, no les quitaré más tiempo. Soy yo el que debe agradecerles por el trabajo maravilloso que están haciendo aquí—escaneó los alrededores un segundo y se volvió para mirarnos, con la sonrisa aún más ancha—. Los veré luego.
El castaño aguardó medio minuto antes de girarse en mi dirección.
—Ten.
Confundida, admiré cómo me extendía los rectángulos violetas.
—¿Me estás dando tus entradas?
—No, estoy enviándole un mensaje telepático a Madonna. "Ten" es la palabra clave que uso para activar mi sexto sentido.
—¿Por qué?
—Porque de esta forma los mortales promedio no notarán lo que estoy haciendo.
—No, Theo, ¿Por qué me las das?
—No perderé mi tiempo yendo a esa porquería que llaman obra. Vi un ensayo por casualidad y a las tres líneas del primer diálogo ya quería suicidarme.
—No puede ser tan malo.
—Para ti seguro que no. Tienes gustos... Extraños. Ahora tómalas.
Sujeté las entradas por inercia, tratando de no ofenderme.
—¿Gustos extraños?
—Sí. Por ejemplo, esas camisetas patéticamente alegres que usas todos los días no son para cualquiera.
—Oh, no sabía que eres experto en el ámbito teatral, en moda, en el buen gusto y en lo que es patético.
Por algún motivo curvó sus labios en una sonrisa que se me antojó cínica.
—Suficiente interacción por hoy. Disfruta la función, Cielo.
Sin más comenzó a alejarse.
Sacudí la cabeza con el propósito de dispersar la escena y regresé junto a Jordan y su grupo de amigos, animándome de nuevo en cuanto vi a la distancia lo bonita que nos estaba quedando la pared en la que hemos trabajado desde hace tres horas.
Treinta minutos después tuve que hacer una breve pausa para ir al baño. Salía del pequeño cuarto cuando divisé a la distancia la figura encorvada del castaño. Tenía la miraba baja, enfocada en la punta de sus zapatos, y los brazos cruzados sobre el pecho. Desde mi posición apenas pude ver una pequeña parte de su rostro, pero no parecía contento. Pese a los metros de separación y al hecho de que no estaba mirándome directamente, me transmitió la misma emoción oscura y deprimente que atisbé en su postura hace días, cuando decidí sentarme en su mesa sin ser bienvenida.
Otra vez sentí que algo dentro de mí se removía, quizá compasión, y el pensamiento de acercarme pasó fugaz por mi cabeza. Quise dar un paso al frente, sin embargo, era consciente de que él no querría tal cosa.
Así que, haciendo acopio de mi capacidad para ignorar ciertas situaciones, que es casi inexistente, decidí girar sobre mis talones y dejarlo solo.
No estaba segura de que fuera lo correcto, pero al menos era lo más sensato.