Chris Martin es un genio. En realidad, cada persona relacionada estrechamente con Coldplay debe serlo.
No puedo explicar la cantidad de sentimientos que se arremolinan en mi interior cuando escucho una de sus canciones. Es esta sensación de vitalidad, de inspiración, de esperanza, de melancolía y felicidad que me hace sentir momentáneamente agradecida de existir.
Estaba oyendo Yellow, mi canción favorita en todo el mundo además de Sweater Weather, mientras terminaba de arreglarme cuando alguien tocó mi puerta. De nuevo, estaba trabada. Rodé con los ojos con fastidio al tiempo que me disponía a abrir. Collin esperaba del otro lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y una clara mueca de irritación.
—Adivina a quién le cancelaron.
Me hizo a un lado para poder pasar y sentarse sobre mi cama. Me giré en su dirección, notando que había ladeado la cabeza al tiempo que hacía un puchero.
—¿Qué? ¿Por qué?
Dado que tengo cuatro entradas para ver la obra del colegio en primera fila decidí invitar a Shelby y a mi hermano, que a su vez aprovechó la oportunidad para conseguirse una cita con una chica que conoció en una cafetería ayer por la mañana. Antes se las había ofrecido a mis mejores amigos, que vinieron el sábado por la tarde para disculparse, tener una charla sincera y forzarme a involucrarme en una pijamada improvisada donde acabé durmiendo sobre el piso, pero ninguno accedió a tiempo.
—Porque Alissa es “demasiado madura” para perder su viernes por la noche viendo un obra de secundaria.
—¿Cuántos años dijiste que tiene?
—Treinta.
—¿Treinta? Creí que tendría veintidós o veintiséis..
—Hermanita, si es mayor de edad, ¿Cuál es el problema?
Elevé los brazos en señal de rendición, optando por retirarme de la conversación. Reduje el volumen de la música y me situé frente al espejo de cuerpo completo junto a mi tocador para revisar mi aspecto.
—Entonces... Yo tampoco iré. Sé que la insufrible de Madeleine acompañará a su hermano, que actuará de protagonista, y se acercará en algún punto de la noche para restregarme en la cara que su vida es mucho más productiva e interesante desde que terminamos.
No me volví porque francamente llevo esperando a que dijera tal cosa desde que entró a mi habitación.
—Eso fue hace tres años, Collin, yo creo que ella ya lo superó
—Qué graciosa. Sabes que me odia porque decidí dejarla, de vez en cuando responde mis estados para regodearse en el hecho de que, mientras yo sigo trabajando en el mismo sitio, ella ya es dueña de una marca de zapatos. Cómo si me importara. También me da bastante igual que haya tenido una relación poliamorosa con mis dos ex mejores amigos de la secundaria.
—Es difícil creer que te da igual si sigues hablando de ello.
—Bueno, es difícil dejar de hablar de ello cuando cada dos meses Madeleine me escribe en plan «¿No sabes cómo está Daniel? ¿Y Ben? Perdimos el contacto después de que cortamos la relación. En verdad eran adorables, hacían todo por mí, pero me complacían casi tan mal como tú».
Fruncí los labios.
—Demasiada información.
—Cómo sea, el punto es que no me presentaré en ese lugar sin compañía. No le daré el placer de burlarse de mí. Por Dios, incluso sentía celos de Shelby, era una psicópata. Mi decisión de terminarle fue muy acertada. Ahora mismo tendría tacones de sobra para arrojarme a la cabeza cada vez que le respondiera el «Buenas tardes» a las camareras.
Solté una carcajada al recordar aquella tarde en la cual mi hermano regresó a casa con una mancha roja en la frente. Mi tía supuso al instante que se había involucrado en una pelea, cosa que ocurría esporádicamente, pero comprobó que su conclusión era errada cuando a Collin se le cristalizaron los ojos a la par que pronunciaba "Creo que soy víctima de violencia doméstica". Fue la primera vez que mi hermano lloró más de seis minutos habiendo pasado la pubertad. Nos rompió tanto el corazón que le ayudamos a practicar la forma en la que dejaría a esa chica durante cinco horas continuas. Ahora mismo sólo es un recuerdo lejano.
—Supongo que igual saldrás, ¿No?
—Me invitaron a un bar, el primo de alguien se presentará esta noche, pero lo estoy pensando.
A través del reflejo del espejo pude ver cómo se levantó, dispuesto a marcharse.
—Por el momento estaré en mi habitación, avísenme cuando vayan a irse.
Asentí vagamente, indecisa sobre si mi atuendo es demasiado excesivo para la ocasión. Shelby insistió en confeccionarme un lindo vestido veraniego con estampado floral que, aunque es precioso, probablemente no encaja con el evento al que asistiremos. Para no darle demasiada importancia al tema decidí bajar a la cocina, donde encontré a mi tía inclinada sobre la barra del desayuno mientras tecleaba algo en su teléfono. Su cabello se encuentra recogido en un moño desprolijo del que escapan múltiples mechones, y lleva uno de esos conjuntos que colecciona en diferentes colores para andar por la casa. Me situé justo enfrente de ella, frunciendo el ceño.
—¿Por qué no estás lista?
Notando mi presencia recién, bajó el celular unos centímetros para poder mirarme a la cara.
—Porque son las seis y el evento empieza a las ocho.
—Tú tardas mucho tiempo arreglándote.
—Tenemos dos horas, cariño, relájate.
Volvió a enfocarse en el teléfono, entonces yo inflé las mejillas, exasperada, y opté por prepararme la cena. En realidad el hambre que sentía era casi nula, por lo que me conformé con una ensalada de frutas y un envase de yogurt. Cuando me había acabado la mitad del plato Shelby se levantó con el fin de ir a tomar una ducha, a eso de las seis treinta. Diez minutos luego, aproximadamente, sonó el timbre de la entrada. Para ese punto ya me hallaba tirada sobre el sofá viendo una película navideña, por lo que sólo me bastó con girar el cuello para distinguir a la persona tras la puerta.
Sentí que los trozos de fresa y durazno subieron a mi garganta de súbito, de modo que me obligué a tragar saliva y a respirar hondo mientras me ponía de pie, oyendo la impaciencia del visitante que pulsó el timbre por tercera vez consecutiva en menos de dos minutos.
Apenas me miró frunció el ceño, como cosa rara, y repasó de un rápido escaneo todo lo que yo llevaba puesto.
—¿Es un evento formal?
—¿Qué?
—La estúpida obra, ¿Es un evento formal?
—Semi-formal, ¿Por qué?
De nuevo tuve la sensación de haberme excedido un poco con la combinación de prendas que elegí.
—No, espera, mejor dime qué haces aquí.
—Vine por mis entradas.
—¿Es un chiste?
¿Quién en su sano juicio regala algo para luego arrepentirse y reclamarlo de vuelta?
—Créeme, desearía que lo fuera. No se las has dado a nadie ¿Cierto?
—Supongo que estás de suerte, porque lo había hecho y justo hoy las devolvieron.
—Bien.
Traspaso el peso de mi cuerpo de un pie a otro, incómoda. Theo estudia mi rostro con notable premeditación, sin que a mi parecer posea una razón válida para hacerlo, mientras yo trato de forzar un aire casual. No me gusta esta sensación de perder ligeramente el control cada vez que me observa con tanta fijeza, o sencillamente cada vez que está tan cerca, interactuando conmigo de la forma más impredecible posible. Es una pequeña desventaja; mis funciones básicas parecen estancarse y de pronto soy excesivamente consciente de todos mis movimientos, como si incluso la manera en la que inhalo aire cobrara relevancia. Y, en caso contrario, Theo sigue siendo Theo.
—¿Entonces...?
—¿Qué?
—Las entradas, Heaven.
—Oh, cierto—al instante sentí una punzada de vergüenza. No me quedó duda alguna de que tenía las mejillas sonrosadas, por lo que procuré desviar su atención haciéndome a un lado— Pasa.
La única forma de saber que él estaba mirándome era admirarlo de la misma manera.
—Puedes sentarte—apunté al sofá, evitando el contacto visual.
—No, no tardarás mucho ¿Verdad?
—No.
Tres pasos al frente su voz me detuvo.
—¿Esta eres tú?
Giré la cabeza, dándole un vistazo por encima de mi hombro al objeto que sostiene entre sus manos. Se había acercado a una pequeña mesa caoba sobre la cual Shelby mantiene cinco álbumes de fotos familiares: Uno dedicado exclusivamente a los Blom antes de la gran tragedia, uno de Collin, uno de ella, uno mío y, por último, uno que compartimos los tres desde que estamos viviendo juntos. Advertí que precisamente estaba sujetando mi álbum particular, hojeando la portada que consiste en el rostro de una Heaven de ocho años sonriente y letras escarchadas decorando mi nombre. Me entró pánico apenas lo abrió y clavó la vista sobre la primera página, sabiendo que el ochenta por ciento de esas fotos no deberían ser de dominio público, y rápidamente me ubiqué a su lado.
—No, es mi hermana gemela que casualmente también se llama Heaven.
Me vi a mí misma enfundada en un disfraz de princesa amarillo, torciendo los labios en una mueca de fastidio, con el cabello recogido en un moño perfectamente tirante, sin saber cuál sería el momento ideal para quitarle el álbum de las manos.
—Parece que has pasado toda tu vida en una eterna fiesta de disfraces—dijo, analizando detenidamente el estilo gótico que mostraba en la siguiente foto.
Concluí que ese era el momento ideal. En menos de un parpadeo ya se lo había arrebatado de un muy poco sutil tirón. Los ojos de Theo subieron hasta mi rostro en sorpresa, tenía la mano suspendida en el aire y una ceja alzada.
—Esto es personal.
—¿En serio? Entonces no deberías dejarlo en tu sala, donde todo el que quiera pueda agarrarlo.
—Sólo... Espera aquí, por favor... Y no toques nada.
Levantó los brazos en señal de rendición a la par que se dejaba caer, por fin, sobre el sofá. Subí las escaleras trotando, una vez en mi habitación tuve que detenerme un instante con el propósito de recuperar el aliento. Me estoy haciendo un lío de una situación que a grandes rasgos no es la gran cosa. Apenas sentí que el aire volvía a circular a través de mis pulmones con la regularidad habitual fui directo al sitio donde recordaba haber depositado los cuatro rectángulos de color violeta. Pero no estaban. Encontré dos: los míos, no obstante, los de Theo no se hallaban ni en la cercanía ni en la lejanía. Comencé a rebuscar en los rincones de mi habitación donde suelo guardar cosas importantes, más no di con las entradas ni dentro de la caja de madera en la cual almaceno fotografías, documentos, y cualquier pequeño trozo de papel relacionado con mis padres. De pie en junto a mi cama me puse a pensar en si Collin me las había devuelto hace un rato, porque tenía el recuerdo vago de habérselas dado, sin llegar a una conclusión cien por ciento certera. No era capaz de acordarme, por lo que seguí revolviendo prendas y objetos hasta que oí el «click» de la cerradura. Me enderecé de golpe, volteando hacia la figura de Theo apoyada contra la madera de mi puerta.
—¿Qué haces?
—Tu tía me dijo que subiera a verte.
—¿Por qué?
—Estabas tardando bastante.
—Aun así, ¿Ella simplemente te autorizó a venir? ¿A mi habitación?
Shelby sólo confía de esa forma en Ansel porque sabe que él jamás sería capaz de propasarse conmigo, o de incomodarme.
—Sí.
Guardé silencio, sin poder creer de un todo sus palabras.
—No estoy tratando de seducirte, si es lo que piensas.
—¡Por supuesto que no!—chillé, temiendo que pensara en mí como otra de las tantas chicas del instituto a las que su comportamiento, junto con su apariencia física, les resulta encantador—. Estoy sorprendida, eso es todo.
Me volví y continué con la búsqueda. Theo no hizo preguntas, supuse que entendió lo que hacía sin necesidad de oír una explicación, y se entretuvo con mi álbum fotográfico de nuevo, el cual había depositado sobre mi cama precisamente para que no pudiera hojearlo en mi ausencia. No me preocupé por quitárselo. En dos ocasiones, tras darle una breve mirada por encima de mi hombro, lo descubrí profundamente concentrado en las imágenes de mi infancia. Fue extraño, pero procuré ignorarlo.
—¿Dónde están?—emití en un murmullo lleno de mortificación. De pronto recaí en la cercanía de Theo, en la escasa distancia entre ambos.
Nunca habíamos estado solos en un espacio tan reducido, exceptuando aquella vez en mi sala hace un par de días, donde claramente me sentía más aliviada porque Shelby podía aparecerse en cualquier momento.
Entonces alguien golpeó mi puerta con sus nudillos, distrayéndome.
—Hey, Heaven, voy a salir. Aquí están las otras entradas.
Mis ojos se dirigieron de forma automática hasta el rostro de Theo, quien me observa con una ceja alzada, un instante antes de que se abrieran con pánico. En un segundo fui capaz de identificar todos los puntos que indudablemente no encajan en esta situación; los pequeños detalles que podrían desatar un panorama catastrófico.
—Tienes que esconderte.
Theo frunció el ceño, cerrando el álbum de golpe.
—¿Qué?
—¡Baja la voz!—exclamé, aproximándome a él en dos zancadas.
—No me voy a esconder.
—¿Heaven? ¿Estás ahí?—Collin tocó de nuevo.
—Sí, dame un segundo—di un paso más al frente, asegurándome de que sólo Theo pudiera oírme—. Por favor, necesito que...
—No, ¿Qué te sucede? No es como si yo estuviese haciendo algo malo.
—Heaven, ¿Hay alguien ahí?, ¿Quién está contigo?
En un impulso apoyé mi dedo índice sobre los labios del castaño; mi intento desesperado por mantenerlo callado.
—¿Pero qué...?
—Shhh...
Presioné sobre sus labios con mayor ahínco, sin apartar la vista de la puerta como si de pronto Collin fuera a atravesar la madera.
—Esa no es la voz Ansel... ¿Quién demonios está ahí, Heaven?
Me mordí el labio inferior, angustiada. Clavé mis ojos sobre los de Theo, mirándolo con toda la intensidad que pude reunir.
—Déjame hablar a mí, por favor.
Abrí la puerta, preparándome mentalmente para lo que vendría a continuación.
—¿Por qué no...?
La pregunta de Collin quedó suspendida en el aire, sus labios permanecieron entreabiertos alrededor de cinco segundos a la par que miraba por encima de mi hombro. Intuí que un grupo de pequeños engranajes daban vueltas dentro de su cabeza, tratando de comprender la situación y, en base a las conclusiones sacadas con rapidez, identificando cuál es la manera correcta de proceder.
—¿Tú?
Theo mantenía una expresión neutra, casi aburrida, mientras que el rostro de mi hermano comenzaba a cambiar de color. Una tonalidad rojiza cubrió sus mejillas, como acompañante del ceño profundamente fruncido que amenazaba con condenarme.
La presencia de cualquier otro chico, obviando a Gavin, le habría sorprendido, pero no enfadado. Por algún motivo decidió tenerle rabia a Theo desde el inicio. Para ser justos, sólo el castaño tiene derecho a estar resentido por lo ocurrido en la pastelería.
—¿Qué haces aquí? No, espera, ¿Qué haces en el cuarto de mi hermana?—sus ojos viajaron hacia mi rostro al mismo tiempo que sus labios volvían a entreabrirse—. No... Heaven, ¿Por qué la puerta estaba trabada?
—La puerta no...
—Estoy seguro de que eso no es tu problema.
—¿Quién pidió tu opinión?
Collin avanzó un paso, irguiéndose con la clara intención de lucir amenazador.
—Dios, Collin, no te pongas dramático. No es lo que crees.
Crucé mis brazos. Oí pasos acercarse y pronto mi tía se situó junto al cuerpo de mi hermano. Parecía agitada, por lo que es probable que haya escuchado la pequeña discusión.
—¿Qué ocurre?
La pregunta iba dirigida a Collin, pero él estaba demasiado ocupado fulminando a Theo como para molestarse en contestar. Yo resoplé, avergonzada por tener que verme envuelta en esta situación con un compañero de clase que ya posee una imagen muy mala de mí.
—Collin está siendo... Collin.
—Cariño, ¿Qué pasa?
—Pregúntale a Heaven. Este tipo está en su habitación—señaló a Theo con un corto movimiento de su cabeza—. Y, honestamente, ni siquiera sé cómo llegó a nuestra casa.
—¿Theo? Estudia con Heaven, en la otra sección, vino a buscar algo y yo le autoricé a subir.
—¿Que él qué? No, ¿Que tú qué?
Me apresuré a sujetar las entradas semi atrapadas entre los dedos de mi hermano a la par que Shelby se preparaba para responder. Se las extendí al castaño con premura y deseé que comprendiera lo mucho que deseaba que se marchara.
—Son compañeros, y le dije que podía subir.
Theo las sujetó mientras curvaba sus labios en una sonrisa casi imperceptible. Curiosamente no lucía incómodo. Tal vez se divertía pensando que incluso cuando no busco avergonzarme (como las ocasiones en las que me he acercado a él sabiendo que me echará de su lado) igual termino haciéndolo.
—¿Por qué...?
—Lamento interrumpir, pero debo irme—tres pares de ojos se fijaron sobre el rostro del castaño, quien pasó por mi lado para abandonar la habitación—. Gracias por su cortesía— comentó, en dirección a Shelby. Luego se giró para darme un breve vistazo—. Nos vemos luego, Heaven.
Y desapareció. Collin estaba tan desconcertado que no reaccionó a tiempo para detenerlo o plantearle alguna otra interrogante. Mi tía, por su parte, dijo que le abriría la puerta a Theo para después terminar de alistarse. Mi hermano clavó sus ojos sobre mi rostro en cuanto nos quedamos a solas, a la expectativa de una explicación que le resultara satisfactoria. No obstante, no encontré los ánimos necesarios para hablarle del castaño, todavía intentaba procesar todo lo ocurrido desde que llegó a mi puerta.
—Me pondré más brillo labial.
Retrocedí un paso y tomé el borde de mi puerta para lanzarla al frente, dejando a Collin y su sentido de indiscreción fuera, pero él se me adelantó y apoyó la palma de su mano contra la madera.
—Ya estás perfecta.
—Collin, exijo el beneficio de los tres metros.
Mi hermano frunció el ceño en una clara señal de disgusto. Iba a protestar, lo advertí en la tensión acumulada en su expresión, por lo que procuré impedirlo.
—Tres metros. Ahora.
Entrecerró los ojos antes de bufar. A los dos segundos ya se estaba alejando por el pasillo.
—¡Esto no se quedará así, Blom, tenlo por seguro!
Cuando éramos pequeños ambos afrontamos situaciones complicadas que nos llevaron a experimentar más emociones agobiantes de las que un niño debería sentir a tan corta edad. Ninguno de los dos sabía cómo sobrellevar una carga así de pesada, por lo que se volvió frecuente el hecho de que cada uno se encerrara en su propio mundo para digerir y aceptar lo que nos estaba pasando como mejor pudiera. Naturalmente, el otro siempre buscaba planear actividades distractoras o, sencillamente, hallaba la forma de romper la burbuja del espacio personal para acercarse con tanta intensidad que podía ser contraproducente. De modo que un día se nos ocurrió, no recuerdo a quién, la idea de pedir tres metros de distancia cada vez que nos sintiéramos sofocados o sin las energías necesarias para soportar a alguien dando vueltas alrededor. Aunque fue una idea un poco infantil, seguimos usando “El beneficio de los tres metros” cuando hace falta.
Si uno pide espacio, el otro debe respetarlo. Por lo general es un asunto que surge en medio de aflicciones emocionales o mentales, pero también sirve si quieres sacarte a tu molesto hermano de encima.
Me dejé caer sobre la cama con pesadez, extendiendo mis brazos a los costados. Rodé sobre mi espalda para alcanzar el teléfono, que reposaba sobre una de mis almohadas, y me dispuse a responder los mensajes acumulados en el chat grupal de mis amigos. Ansel estaba hablando de sus inconvenientes al vestirse, envió al menos diez imágenes de su torso con distintas camisas y suéteres en busca de la combinación perfecta. Xanthia sugirió que fuera sin nada. Ansel, por supuesto, se molestó al considerar que no lo estaban tomando en serio y, tras un mensaje airado lleno de muchos más insultos de los que acostumbra a emplear, se desconectó. Yo seleccioné una camisa blanca que, según yo, era perfecta para la ocasión y volví a tenderme sobre el colchón. Varios minutos más tarde Shelby reapareció para informarme que ya podíamos irnos.
Cuando llegamos a la secundaria la mayoría de los asientos estaban ocupados, sobraban unos cuantos en la primera fila de las personas que aún no venían. Curiosamente, mi lugar se hallaba ubicado justo al lado de Theo. John creyó necesario tomar medidas propias de las grandes premiaciones y adhirió etiquetas con el nombre de cada quien a la silla acolchada del teatro. Mientras tomaba asiento, fingiendo que sentarme junto al castaño me es completamente indiferente, oí que le explicaba a una pequeña niña a su otro costado el motivo de por qué Violet no recibió una invitación.
—... Traer a tu amiga significaba pagar una entrada, y yo no pienso gastar mi dinero en esto. Deberías estar agradecida de haber venido tú.
—Eres muy egoísta.
—¿En serio? ¿Tú vas a hablarme de egoísmo?
Con disimulo le eché un vistazo a la acompañante del chico. Tendrá unos diez años; con su cabello cayendo en ondas sueltas pero bien definidas a la altura de sus hombros, el rostro lleno de pecas y el ceño fruncido debido a la conversación poco grata en la que participa. Luce como la copia exacta de Theo, sólo que en versión aniñada. Posiblemente sus mejillas son más regordetas, al que igual que sus cejas más delgadas pero, de cualquier manera, es evidente el parentesco entre ambos.
Alcé una ceja sin preverlo por la sorpresa. Nunca me imaginé que el castaño tuviera una hermanita. A mi lado Shelby comenzó a comentar lo espectacular que se veía el escenario, si bien no han retirado el telón, y pronto la atención de Theo fue atraída gracias al sonido de su voz. Aparté la mirada con premura, avergonzada porque me atrapó viéndolo, sintiendo que el calor me inundaba el rostro.
—¿Te gusta lo que ves, Blom?—se burló, ganándose una mueca de mi parte como toda respuesta.
No se lo diría, pero si contestar a esa pregunta con honestidad fuera de vida o muerte tendría que decir que sí.
Mi tía lo escuchó, y entonces se inclinó hacia el frente para poder hablarle sin que mi cuerpo se interpusiera en su campo visual.
—Oh, hola de nuevo, cielo... ¿Esa es tu hermanita?
—Sí—Theo sonrió con cordialidad—. Ailyn, saluda.
La chiquilla torció los labios y negó con la cabeza, ensimismada en la tarea de seguir enfadada. Su hermano rodó los ojos, exasperado.
—¿Qué te pasa?
—Tú no me dejaste traer a Violet... Yo le prometí que vendría conmigo. Y ahora no quiero hablarte.
—Bien, no lo hagas. Pero adivina quién no tendrá su helado de fresa.
Ailyn frunció los labios. Era claro que deseaba protestar no obstante se contuvo, manteniendo su comportamiento obstinado muy al estilo Dervest.
—Oh, no seas tan duro con ella, sólo está disgustada porque no logró cumplir su promesa—Shelby sonrió con cierta ternura, mirando fascinada a la niña—. ¿Cierto, Ailyn?—mi tía se llevó una mano a los labios, como si pretendiera compartir un dato súper secreto—. Aunque tu hermano se oponga, yo sí te compraré un helado.
—¿De verdad? ¡Gracias!
Sus rizos se sacudieron debido a la velocidad con la cual giró la cabeza; su semblante transformándose drásticamente en una expresión rebosante de alegría. Shelby asintió, y yo no pude evitar sonreír, pensando en si Theo fue un poco más accesible durante su infancia.
—Parece que nuestras lecciones de «No interactúes con extraños» van de maravilla—dijo Theo, cruzándose de brazos. Estuvo por agregar algo más cuando la voz de John resonó a través de los altavoces.
Ataviado en una vestimenta colorida y repleta de pliegues, se situó justo en el centro de la tarima con un micrófono en la mano. Procedió a extenderse alrededor de cinco minutos dando la bienvenida a los presentes y alardeando sin ningún tipo de disimulo sobre lo que él considera “su obra maestra”. Al final, cuando la mitad del auditorio se había hartado de escuchar la sinfonía de cumplidos dirigidos a su propio ego, incluyéndome, presentó la obra. El telón se elevó y comenzó la función.
Al cabo de un rato me sorprendí a mí misma totalmente ensimismada en el transcurrir de las escenas cuando noté que no estaba parpadeando lo suficiente.
Creí que la obra sería un auténtico desastre, no obstante, los chicos estaban mostrando la pasión justa y necesaria. Los diálogos eran fluidos y se percibían cargados de los sentimientos adecuados según la situación. Sus expresiones me hacían experimentar en carne propia cada sensación, cada pensamiento. Mi corazón se contrajo cuando llegamos al punto más álgido de la trama; aquel donde esa pareja de amantes por fin abrieron sus ojos al hecho de que se hacían más daño juntos que separados. Los vi sufrir y llorar, abrazados como si precisaran del contacto mutuo para poder mantenerse de pie, mientras mis ojos comenzaban a cristalizarse. Ellos entendían y aceptaban lo que debían hacer; separarse, pero les dolía tanto que incluso yo viví la ruptura. Me llevé una mano a los labios por acto reflejo justo cuando Natanael le juró a Fresia que, por el bien ambos, nunca volvería a tocarla... Estaba tan distraía, conteniendo las lágrimas y mis ganas de cambiar el rumbo de una historia sobre la cual no tengo ningún poder que por poco no me doy cuenta de que alguien me observaba casi con la misma fijeza que Fresia a Natanael.
Theo.
Sentí su escrutinio sobre mi perfil y sólo me bastó un vistazo de reojo para comprobar que mi sospecha era cierta. Me veía, por algún motivo.
De pronto olvidé la obra y mi angustia, olvidé a Natanael y su adicción por soltar frases hirientes en el momento menos apropiado, olvidé dónde me encontraba y por qué, olvidé prestarle atención a algo que no fuese Theo.
Mi mente viajó de forma inconsciente al casi imperceptible cosquilleo en la base de mi estómago que apareció de súbito en cuanto advertí que tenía los ojos del castaño sobre mí.
Nervios, pensé, pero ¿Nervios por qué?
Supuse que lo más sensato era encararlo, pero no encontré la valentía requerida para hacer tal cosa. Mis mejillas se tiñeron de una tonalidad rojiza, acción que el calor sobre mi rostro me advirtió, y comprendí que no había forma de que pudiera hacerme la desentendida después de ello. Mordí mi labio mientras me armaba de valor y giré el rostro antes de que el arrepentimiento se manifestara, topándome con dos esferas grisáceas.
Sus ojos brillan de manera enigmática gracias al contraste entre la oscuridad de la sala y la combinación de luces que provienen del escenario.
El contacto visual aceleró mis latidos. Al instante deseé haber fingido ignorancia, porque él ni siquiera hizo el amago de voltearse. Su rostro inexpresivo a centímetros del mío. Intuí que no diría nada, como si taladrar a alguien con la vista fuese de lo más normal. De modo que, forzándome a ser la chica extrovertida de siempre, me dispuse a hablar.
—¿Ocurre algo?
Al oírme parpadeó con lentitud, como despertando de un trance. Sólo entonces comprendí que quizá no era del todo consciente de lo que hacía. Por un instante me pareció atisbar tintes de vergüenza en su semblante, sin embargo, volvió a ponerse serio con tanta rapidez que creí haberlo imaginado.
—Yo... Tú estás...
Se interrumpió, despertando mi curiosidad.
—¿Qué?—bajé la voz, dándome cuenta de que quizá hablábamos a un volumen demasiado elevado. No necesito que alguien se entrometa.
—Nada—sacudió la cabeza, como despejando sus propias ideas. Pronto volvió en sí—. Olvídalo.
—Estabas viéndome como si te debiera dinero. No creo que pueda simplemente olvidarlo.
—Olvídalo, Heaven.
Desvió la mirada hacia el telón y supe que aunque insistiera no obtendría nada relevante de su parte. Su mandíbula estaba tensa, al igual que el resto de su cuerpo. Quise cuestionarle el motivo de su extraño comportamiento una vez más, sólo que no tendría sentido.
Cuando decidí enfocarme en lo verdaderamente relevante descubrí que la obra llegaba a su fin. Apreté mis dedos en torno a la tela de mi falda, a sabiendas de que no podría sacarme esa mirada de la cabeza.
Por primera vez comencé a pensar en el hecho de que quizás, y para mi completa desgracia, «el instante» no fue cosa de mi imaginación. No para mí.