En ocasiones es difícil reconocer el origen de tu valor. Se supone que debe provenir de tu interior; tienes que ser consciente de cuán importante eres, independientemente de las circunstancias y el entorno, no obstante, cuando notas lo prescindible que resulta tu presencia ante los ojos del mundo... Es complicado seguir pensando que posees algún tipo de relevancia.
Durante meses sólo fue un espectro, ni siquiera una pequeña parte del niño que solía ser, acoplándose e intentando pasar desapercibido. Había mostrado desagrado y disconformidad antes pero esto sólo le conseguía charlas y reclamos, ninguna solución real. Por lo que, harto, optó por ser medianamente complaciente. Todos se mostraron satisfechos con el “progreso”, nadie advirtió que en verdad no era feliz, y si lo hicieron no les importó. Se sentían aliviados porque ya no era un problema más en la lista; comía sin chistar, respondía cada pregunta que le hacían, dejó de insultar a quienes no le agradaban, aceptó que no podía salir de casa cada vez que quisiera, dejó de aferrarse a la fotografía de él junto a su padre por las noches y permitía que, ocasionalmente, su madre lo abrazara.
En teoría, sí tuvo un avance. Pero quería llorar. Todo el tiempo. O gritar, quizá un poco de ambas.
No entendía cuál era el punto de la existencia, no comprendía a dónde iría a parar su vida; si algún día tendría sentido. Y se preguntaba si en serio extrañaba a su padre o a la sensación de protección que por mucho tiempo lo mantuvo al margen de las interrogantes con trasfondo y sin respuestas.
Hasta que se cansó también de esa actitud pasiva. Un día simplemente admitió que dolía más el dejarse llevar por la corriente, porque hablaba tan poco, hacía tan poco, se percibía tan poco que a menudo incluso sus familiares olvidaban que él seguía en la misma habitación que ellos. Pasó a un cuarto plano, donde las personas se fijaban en su presencia por pura casualidad.
Ahora se hallaba solo en toda la extensión de la palabra.
Así que volvió a comportarse como ese chico que es imposible ignorar, por mucho que lo intentes, aunque fuese por las razones incorrectas. No se molestó en ocultar su enfado contra el mundo, por el contrario, lo usó como impulso. Y permaneció arraigado a esa etapa de amargura porque, pese a tratar incontables veces, nunca encontró una razón para salir de allí.
No le gustaba su vida, pero lo único que sabía hacer era empeorarla.
¿Les ha pasado?, ¿Se han detenido un segundo a pensar en el culpable de sus desgracias, para descubrir que eres tú y sólo tú?
¿Cómo dejas de autodestruirte si no posees ningún motivo para querer unir los trozos que ya cayeron?
Una noche, en la que estaba sumamente cansado de escuchar cómo su madre se quejaba de todo lo que había hecho mal durante la semana, a los catorce, decidió subir al techo. Fue difícil, por poco se cae tres veces, y le costó la integridad de su pantalón favorito, pero lo logró. Se acostó sobre el concreto y extendió los brazos, con la mirada clavada en las estrellas. Respiró hondo, sintiéndose ligeramente adormecido, entrelazó los brazos sobre el pecho y pensó. Pensó mucho.
No estaba seguro de que pudiera definirse a sí mismo como alguien bueno, porque sabía que a veces hería a las personas adrede, y por lo tanto no sabía si lo merecería... Pero sólo anhelaba ser feliz.
Comer un helado, que alguien le dijera «Te quiero» y sonreír.
No era muy exigente pero, de vez en cuando, las cosas gratuitas de la vida son las más difíciles de conseguir.