Capítulo 11

4471 Palabras
En la vida pueden aparecer oportunidades que ni siquiera esperas. Se presenta situaciones que quizá no necesitas. Constantemente estás al límite, de cara a nuevos desafíos, asimilando circunstancia tras circunstancia que absolutamente nada es seguro. Llevo en mi bolsillo la posibilidad de acercarme nuevamente a Theo; un pequeño muñeco de nieve hecho a base de felpa que encontré en el asiento de su hermana una vez ambos se fueron del teatro, objeto que me ha traído bastantes debates mentales. Tengo la excusa perfecta para acercarme. Otra oportunidad para adentrarme un poco más a su mundo. La cuestión es, ¿Debería hacerlo? Hasta el momento no he obtenido ningún beneficio real de mis intentos por ser amigable con él, pero es sólo que tampoco me siento atraída a la idea de alejarme en definitiva. —¿Perdida? Salté en mi lugar, volteando tan rápido que sentí un tirón en el cuello. Harold se mordió el labio para contener la risa mientras yo intentaba recuperar la respiración. —Me asustaste. —Sí, lo noté. Pasé saliva. Por un instante dudé en si él podría haberse dado cuenta de que llevo al menos cinco minutos con la mirada extraviada sobre Theo, y los nervios no tardaron en aparecer. Sujeté un mechón de mi cabello entre dos dedos y procuré lucir casual, llevándome la otra mano a la cintura. —¿Y tus amigos?—curioseó. Miró un momento al espacio junto a mí. Por la decepción que se filtró en su expresión supe a quién buscaba. —Xanthia está desayunando. —No me refería sólo a ella. A diferencia de él yo dejé que mis labios se curvaran a su antojo. Harold carraspeó, incómodo. —Sí, claro. —Yo te diría qué está haciendo Theo, pero creo que ya lo sabes—contraatacó, borrándome la diversión del rostro. —No sé de qué hablas. —Tranquila, no te juzgo. No eres la única que babea por él. Aunque, si me lo preguntas, estoy seguro de que puedes encontrar a un tipo menos imbécil. —Me da pena que siempre esté solo, eso es todo. —Es así porque él quiere. —Lo sé. Pero de todas formas... Siento que quizá debería hacer algo. Ambos admiramos al castaño, que como es usual se encuentra entretenido en lo que asumo es la elaboración de un nuevo dibujo. —Pues adelante, si lo crees conveniente. Sinceramente no es buena idea quedarse mirándolo desde la distancia, por lo menos si no deseas que se entere—se irguió, adoptando un aire dubitativo—. En fin, me acerqué porque quería hacerte una invitación. Aparté la vista de Theo, sorprendida. —¿A mí?                                                                                          —A ti y a... Ya sabes... —Xanthia. Asintió, avergonzado en apariencia. —Haré una fiesta por mi cumpleaños. Aún faltan un par de días pero no estoy seguro de que ella quiera asistir, o de que esté disponible, y creo que si te digo con anticipación hay tiempo de que... No lo sé, la convenzas de ir. Sería maravilloso verla por allá... A ambas, verlas. Y a Ansel, porque sé que son inseparables. —No me cabe duda de que ella querrá ir. —¿En serio? Sus ojos se iluminaron. Traté de sonreírle. Pensé en la promesa que la pelinegra me forzó a hacerle sobre asistir juntas a la próxima fiesta que alguien del salón organizara. Estoy segura de que ella no tenía a Harold en mente cuando habló con tal determinación, pero cuenta. —Claro. —Bien—asintió para sí, conforme, y entonces se retiró. Me volteé en dirección a Theo, encontrándome con que él me observaba a través de la distancia. Alzó una ceja en cuanto nuestros ojos se conectaron. Yo sentí que desfallecería. Ya no puedo pasar desapercibida. Inhalé antes de caminar con decisión hasta su mesa, tomando asiento sin ser invitada. Él se echó hacia atrás en la silla, cerrando su libreta. Extraje el pequeño peluche de mi bolsillo y se lo expuse al arrastrarlo por encima de la mesa. Lo miró, frunciendo el ceño. En cuanto lo reconoció volvió a elevar la mirada, enarcando nuevamente la ceja. —¿De dónde lo sacaste? —Supongo que se le cayó a tu hermana. —Bueno, gracias por devolverlo. Ha estado insoportable desde que lo perdió. —Ella es muy adorable. —Lo es—consintió—. Pero también extremadamente insufrible. —Oh, vaya, ¿A quién se parecerá? Theo rodó los ojos. —No lo sé. Yo, por lo menos, soy un encanto. —Eso le ha quedado claro a todo el mundo. Resopló, cruzándose de brazos. Noté que por primera vez demostró algo más que hostilidad en mi presencia. Y no quise arruinarlo. Tuve la sensación de que cualquier otra cosa que saliera de mis labios podría alterar su humor y traer el mal genio que siempre carga de vuelta. Además, mi corazón había comenzado a acelerarse ante la diminuta sonrisa que me ofrecía. Por lo que me levanté, ganándome su confusión. —¿Te vas? —Suficiente interacción por hoy, Dervest. —Eres tan poco original que necesitas robarte, entre otras cosas, mis frases. Me encogí de hombros, aparentando seriedad. —Debo admitir que eres elocuente. Me forcé a no sonreír todo el camino de regreso a la mesa donde mis amigos charlaban sobre la próxima clase, pero no estoy segura de haber logrado mi objetivo. Estuve junto al castaño alrededor de cuatro minutos, casi nada, y me dio la sensación de que mis energías se renovaron. Llegué a la conclusión de que, cuando no es irritante adrede, su presencia puede tener tintes terapéuticos. Dos días después batallaba con el cierre de mi bolso, que se había atorado gracias a un trozo de papel cuya existencia no advertí hasta que fue demasiado tarde, cuando Theo me interceptó. Lo miré, un tanto atontada, sin apartar los dedos de la pieza metálica que amenazaba con quedarse trabada. En contraste con la última vez que habíamos tenido algún tipo de contacto, parecía estresado. De inmediato asumí que no quería estar ahí, de pie frente a mí, y no entendí por qué lo hacía. Advertí que sujetaba un rectángulo anaranjado de cartulina con excesiva fuerza, deformándolo, y que no pensaba ser el primero en hablar. —¿Hola? Al oírme su cuerpo pareció perder parte de la tensión contenida. —Le agradas a Ailyn, lo cual es estúpido, porque ni siquiera te conoce. —¿Cómo? —Me pidió que te invitara a su fiesta de cumpleaños. —¿Tu hermanita? Perdida, intenté darle sentido a lo que oía. No podía procesar el hecho de que esa pequeña niña, con quien prácticamente no he tenido contacto, me recuerde de una forma tan positiva como para incluirme en su lista de invitados. —Que le hayas devuelvo al Señor Blanco fue como ver la gloria para ella. —¿De verdad?—asumí que se refería al muñeco—. Pero se lo entregaste tú. —Tuve que contarle cómo reapareció, creía que yo se lo había ocultado a propósito y se negaba a hablarme. —Oh... —Ya le dije que no podrías ir, así que no tienes por qué hacerlo. De todas formas decidí traerte la estúpida invitación porque esa niña es increíblemente perspicaz; se habría dado cuenta si te la ocultaba. Es en diciembre, aún faltan semanas, pero ella es jodidamente quisquillosa. —Yo no... Yo... ¿Cuándo es? —Ahí dice la fecha. Solté la cremallera para recibir la invitación. Las puntas de mis dedos rozaron la piel de Theo y por poco me distraigo con ese sutil contacto. Me fijé en las letras plasmadas sobre el folio para darme un respiro de la atención que el castaño tenía sobre mí, centrándome en otras cuestiones. Repasé las palabras impresas una y otra vez sin dar crédito a lo que leía. Incluso se habían tomado la molestia de adjuntar mi nombre, rodeado por pequeñas nubecillas que seguramente Ailyn añadió por su cuenta. Fue imposible no sonreír. El gesto me enterneció, por un momento no supe si se sentía como algo importante sólo por la invitación en sí misma o porque Theo, a pesar de todo, la trajo hasta mí. —Muchas gracias. —¿Por qué? —Por tomarme en cuenta—titubeé. En realidad no sé qué agradezco con exactitud; el gesto me pareció tan lindo que dejé de pensar con racionalidad. —No tienes que ir—repitió, pasándose una mano por el cabello. —¿No quieres que vaya? Entonces recaí en lo evidente que ha sido su poca disposición a interactuar conmigo desde el inicio. Es obvio que sólo está entregándome la tarjeta por el compromiso que adquirió con su hermana, poco le importa a él mi asistencia, de hecho, creo que ha dejado implícito el mensaje de que preferiría no verme por allá. Vino esperando una negativa, deseándola. Esto no representó más que un simple acto llevado a cabo por formalidad. Me obligué a mantener el semblante neutral. Aun no entiendo por qué hay tantas cosas con respecto a Theo que me han venido afectando, si sólo es un desconocido cuya vida se enlazó a la vida por pura casualidad. —No... Es decir, no he dicho eso. Simplemente quiero recalcar que no es una obligación. Me balanceé en medio de una creciente incomodidad. Busqué mentalmente oraciones para romper el hielo, más no tropecé con nada coherente. Acabé soltando lo primero que se me pasó por la cabeza tras un silencio de treinta segundos. —Harold también dará una fiesta. —¿Quién? —Harold Vernier, estudia conmigo. Arrugó el entrecejo. No demostró indicio alguno de reconocer al chico en cuestión. Me pregunté qué podía decir para huir de tan tediosa situación. Insistir sobre la invitación no tiene caso cuando ya está claro que no debería tomarla, y despedirme directamente podría darle una pista sobre cómo me sentaron sus palabras. —Seguramente lo has visto—acoté, mirando más allá de su cuerpo. Mordí mi labio inferior, todavía indecisa sobre mi proceder—. Bien, creo que me voy. Gracias de nuevo por... La invitación. Estaba por marcharme cuando él decidió pronunciarse. —Heaven... —¿Qué? —Tu bolso está abierto. Le di un vistazo al pedazo de papel que sigue obstaculizando el camino del cierre. Sinceramente lo había olvidado, pero prefiero ocuparme de ese pequeño problema lejos del castaño. —Oh, sí. Tuve un inconveniente. Sacudí una mano en el aire, haciendo el amago de pasar por su lado. No obstante, Theo volvió a frenarme. En esta ocasión sujetó mi brazo, envolviendo su mano en torno a él. Lo miré sin comprender qué pretendía. —Si quieres, puedo pasar por ti. —¿Cómo? —Para ir a la fiesta—aclaró, visiblemente contrariado. —¿De Harold? —Dios, Heaven, ¿Lo haces a propósito?—chistó, liberándome—. No, de Ailyn. —Oh—entreabrí los labios, incluso más asombrada que al principio. —De esa manera no tendrás que llegar sola—prosiguió. —Yo... Claro. Asintió para sí y luego, sin más, giró sobre sus talones. Dejé de observarlo cuando se perdió de mi vista, intentando aceptar que esa escena en verdad ocurrió y no fue producto de mi imaginación, tal como se sentía. Todavía se me hace difícil seguirle el hilo a su comportamiento, pero mantengo la secreta esperanza de que es más del tipo de chico que se ofrece a llevarte que aquel que te dice de la forma más cortante posible “No tienes que ir”. El resto de esa semana, y la siguiente, estuvo compuesta por una larga cadena de pequeñas oportunidades para interactuar con Theo; se le caía un lápiz y yo estaba allí para recogerlo, se le derramaba por accidente el agua de su botella y yo estaba allí para ofrecerle un poco de la mía, una hoja suelta de su cuaderno salía volando gracias a una ráfaga repentina de aire y yo estaba allí para atraparla en el momento oportuno, no encontraba el camino más corto hacia una aula en particular y yo estaba allí para indicárselo... Sin ningún motivo que pudiese parecerme razonable, dado que no lo hacía de manera intencional, yo siempre estaba ahí. De pie, cerca, observando cómo necesitaba ayuda, decidiendo darle una mano en el último instante aunque la situación terminara siendo incómoda para ambos. Fue la sucesión de casualidades más extraña de mi vida. También la más prolongada. Que me llevó a realizar un ofrecimiento sumamente precipitado e inusual. Ocurrió un viernes a mediados de la última clase, cuando la profesora de química me pidió que le entregara unas fichas al profesor de matemáticas. Sin una alternativa distinta a la obediencia, busqué al hombre en cuestión hasta que di con él justamente en el salón de la otra sección, hablando sobre los resultados del examen que recién habían hecho. Titubeé antes de entrar porque no quería interrumpir; todo lo que él le decía a los estudiantes parecía serio, de manera que fui adentrándome con lentitud y cautela. Una vez en el marco de la puerta oí la frase que cambiaría, literalmente, el transcurrir tranquilo y acostumbrado de mi existencia. —Dervest, ya lo discutimos en privado, pero no me da la impresión de que le haya tomado importancia... Necesito ver más esfuerzo por su parte, no es posible que sus notas sean tan bajas. Hasta ahora no hemos evaluado casi nada, por lo que está a tiempo de reconsiderar su actitud, no obstante, si continúa como va... —El futuro no es prometedor, sí, lo capté—torció los labios en una sonrisa cínica que dejó entrever su minúsculo interés por el tema. El profesor, contrariado, arrugó la cara. El resto de los estudiantes comenzaron a mostrar curiosidad por la escena. —No debería tomárselo a la ligera, varios docentes y yo hemos discutido su situación y nos dimos cuenta de que presenta fallas en múltiples materias. Sospechamos que usted es un chico inteligente, no desperdicie su potencial. Theo no respondió, por el contrario, permaneció indiferente hasta que bajó la mirada hacia su cuaderno y bloqueó el exterior, concentrándose en lo que tenía allí escrito. Nadie insistió en el tema, yo terminé de abrirme paso hasta el profesor, un poco dudosa, y le entregué lo que debía. Antes de marcharme miré disimuladamente al castaño, cuyo estado parece imperturbable salvo por la tensión evidenciada en su postura. Lo que escuché no se relaciona conmigo en lo absoluto, sin embargo, me fue inevitable acercarme a Theo justo a la hora de salida con aparente desinterés, diciéndome a mí misma que sólo quería saludar porque es lo más normal considerando que nos conocemos y que me lo encontré por casualidad. Sin ánimos de conversar, apenas me respondió. Prometo que no deseaba entrometerme más de lo que lo había hecho, sabía que tal vez era demasiado insistente e inoportuna cuando de Theo se trata, no obstante, no logré contenerme. —Creo que podría ayudarte. —¿A qué? Ambos esperábamos al autobús, yo ya tenía puesto mi nuevo uniforme del trabajo, el que vino tras la reforma, y el chico no paraba de observarme cada tanto como si aún llevara encima el anterior. Este, muchísimo más agradable a la vista, se compone de una camiseta celeste con el logo de la pastelería estampado sobre el pecho y unos shorts de pana beige que casi llegan a la rodilla. —A estudiar. A veces me cuesta bastante memorizar o entender ciertos temas. Podríamos beneficiarnos mutuamente, si hacemos algo así como un intercambio de conocimientos. Ya sabes cuál es mi casa, aunque si es más cómodo para ti yo podría ir a la tuya... Sería una especie de club de estudio... O no... Ahora que lo he dicho es voz alta, «Club de estudio» suena como un nombre tonto. —Lo oíste todo, ¿No es así? Asentí, ligeramente avergonzada. Tal vez hubiera sido conveniente permanecer callada. Mi breve discurso fue realmente penoso. En algún punto simplemente comencé a hablar sin filtrar las palabras primero. —Supongo que tu intención es buena, pero olvídalo. Ya te lo he dicho, Heaven, no necesito tu amabilidad. Desvié la vista al frente, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo. Me sentí increíblemente estúpida, pero no conseguí culparlo por ello. Desde el principio Theo ha aclarado que no espera ni quiere nada de mí; soy yo la que se aferra a una amistad, si es que se le puede llamar así, que jamás tendrá futuro. Ni en este mundo ni en uno paralelo. —De acuerdo—me las arreglé para sonar neutral, y entonces se me ocurrió que sería prudente hallar la manera de huir sin hacerle ver que su rechazo me afectó. Oí que abría la boca, probablemente para añadir alguna otra cosa, quizá un «Ya déjame en paz», pero no le di oportunidad de pronunciar demasiado. Vislumbré a Harold en la distancia y decidí aprovecharme de ello. —Heav... —¡Hey, Harold!—el chico me enfocó, un tanto desorientado. En realidad no tengo nada para decirle, trataría de profundizar en su fiesta. No me volví para despedirme, en ese momento ver a Theo me pareció un acto de m********o, y salí trotando de allí antes de que pensara siquiera en hablar. Xanthia y Ansel me acompañaron de regreso a casa cuando mi turno en X's & O's acabó, por la noche, tras reunirnos en una pizzería para cenar. Les hablé sobre Theo y mi oferta. La pelinegra, que tenía cierto grado de fascinación por el castaño, frunció el ceño y aseguró que yo valía demasiado como para seguir yendo detrás de él continuamente. Dijo que no tenía sentido. Y le di la razón. Durante varios días hice mi parte, pese a que fue sin proponérmelo, para saldar las cuentas y quedar en buenos términos, quizá para formar algún tipo relación aceptable en la que él pudiera pensar antes de sentarse a almorzar solo. Sin recibir ningún tipo de retribución a cambio, como un agradecimiento o un trato menos hostil. Ansel, por otro lado, declaró que Theo fue imbécil desde el primer día, pero no se interesó por destruir cada pedazo del castaño con insultos, contrario a lo que yo suponía. Cuando le preguntamos al respecto sólo sé encogió de hombros, alegando que estaba cansado. Le bastó media hora de charla dentro de mi habitación para sincerarse. —De acuerdo, les contaré—dijo de pronto, interrumpiendo lo que le explicaba a la pelinegra de cierta trilogía que nunca comprendió del todo—. Pero sólo lo haré porque sé que no pueden con la curiosidad. —Ya nadie estaba prestándote atención, O'Sullivan. —¡Xanthia! La golpeé con una almohada. —¿Qué? Es la verdad. Dios santo. Dame un respiro, chica. Ansel, lo lamento, no lo dije en mal plan. Es sólo que te quedaste callado desde hace rato y pasaste a un segundo plano—resopló, cruzándose de brazos. —Está bien—se encogió de hombros, restándole importancia—. Para tu suerte, sigo pensando en contarles...—apretó los labios con el propósito de contener una sonrisa. Juntó sus manos frente a sí y pronto su rostro se llenó de auténtica emoción—. ¡Conocí a una chica! Alcé una ceja. —Por supuesto, de hecho, con Xanthia somos dos. Mi mejor amigo rodó los ojos, no obstante, no perdió el entusiasmo. —Tómame en serio, Heaven, hace tiempo que no me gusta alguien. —Un segundo, ¿Te gusta? ¿Tan rápido?, ¿Hace cuánto la conociste? Xanthia se inclinó al frente, interesándose por lo que oía. La curiosidad también tocó a mi puerta, por lo que pronto me descubrí a mí misma reacomodándome en el asiento para poder escuchar cada detalle en completa comodidad. —Es hija de uno de los socios de mi padre. Se llama Helena, y tiene los ojos más bonitos que he visto en mi vida. En realidad la conozco desde hace tiempo, todavía éramos niños, pero nunca tuvimos ningún tipo de contacto hasta la cena de la noche pasada. —¿La cena de la que te saqué a la fuerza—Ansel hizo una mueca en mi dirección. —Exactamente. Por fortuna conseguí su número antes de que me llamaras. Y, bueno, hemos estado hablando desde entonces. Hoy llegué a la conclusión de que me gusta en serio. —¿Y por qué llegaste a tal conclusión?—Xanthia arrugó la frente, escéptica. Ansel, como yo, no es lo que ponen muchas trabas antes de abrirle su corazón a alguien que en verdad le interesa. Si no ha tenido ningún lío amoroso hasta ahora es porque nadie logró captar su atención. —Me envió un mensaje de buenos días. Y adjuntó una foto de su sonrisa—mi amigo suspiró, como perdido en su propia ensoñación. No pude evitar sorprenderme, no me imaginé que Ansel hubiese estado hablando con alguien de esa forma—. La verdad es que es espectacular en cualquier sentido posible. —No puede ser... Es más grave de lo que pensé—Xanthia se llevó una mano a la frente en actitud de lamento—. No estaba preparada para esto. Ahora no hablarás de otra cosa. Me mantuve en mi puesto, estática, durante unos cinco segundos. Luego, siguiendo un repentino impulso de entusiasmo, me levanté de un salto para lanzarme sobre Ansel. Mis brazos se enredaron tras su cuello, puse mi cabeza junto a la suya y traté de transmitirle toda la felicidad que sentía por él. Le costó un poco reaccionar ante la repentina muestra de afecto, colocó sus manos en torno a mi cintura, atajándome, para después rodear por completo mi espalda. Su pecho comenzó a vibrar, fue cuestión de segundos el escuchar sus carcajadas, a las que me uní sin poder evitarlo. Parecía tonto que me emocionara tanto, pero lo cierto es que cualquier potencial alegría en la vida de Ansel es motivo de celebración. Sus padres siempre han sido muy duros con él, exigiéndole una cantidad de características irracional, tratando de que se amolde a la percepción que tienen del hijo perfecto. Han herido su autoestima, su confianza y su orgullo, en reiteradas ocasiones lo han resumido a un manojo de inseguridades. Para él ha sido complicado sobrellevar la presión, ordenar sus sentimientos y darse el lugar que le corresponde. Por lo general es un chico comunicativo, pero hay situaciones que prefiere callarse para sí. Pensar que puede llegar a encontrar otro motivo para sonreír me llena de alivio. Cuando el ambiente se pone tenso en su casa necesita de muchas pequeñas alegrías. Me aparté un poco, dándole espacio, sin soltarlo por completo. En sus ojos resplandece un brillo especial que antes no había notado. No sé en qué momento le agarró tanto aprecio a una chica que antes no había mencionado, pero confío y espero que sea capaz de brindarle bienestar. Xanthia resopló, captando nuestra atención. Cuando nos volteamos en su dirección notamos que sonreía como pocas veces. —¿Por qué son tan cursis y dramáticos? A la fuerza tienen que convertir la vida diaria en una patética escena de película empalagosa. Uf, son agotadores—se acercó, extendiendo los brazos al frente—. A ver, denme un poco de espacio, yo también quiero participar en el abrazo. Pronto los tres estuvimos sujetos entre nosotros como si temiéramos soltarnos. Xanthia desligó sus brazos de la rara figura que habíamos pasado a formar minutos después, de modo que yo también me aparté, aún con una pequeña sonrisa en el rostro. La pelinegra se dejó caer de nuevo sobre el colchón, frunciendo el ceño como si de pronto hubiera recordado un asunto importante. —¿Tú le gustas? Es decir, falta un gran trecho para que esto se vuelva algo por lo que celebrar. Ansel se encogió de hombros, desinteresado. —No estoy seguro, pero pronto lo averiguaré. He pensado en invitarla al próximo evento público del mes aniversario en el colegio. —Me parece perfecto—le animé. Él parecía tener intenciones de añadir algo más, no obstante, oímos un estruendo inesperado que probablemente provino de alguna parte de la casa. Sonó como si algún objeto grande de vidrio se hubiera caído. Me alarmé. No necesité de más para salir de allí a toda prisa, buscando el origen del desastre. Estando en el pasillo pude escuchar un lloriqueo débil que me resultó desconocido, pero en cuanto se repitió y descubrí que venía de la habitación de Shelby no dudé en correr hacia allá. Lo que observé tras la puerta me dejó petrificada. Mi corazón se aceleró al tiempo que paseaba la mirada por el desastre reinante en esa habitación. Shelby se hallaba tendida en suelo frente a diferentes fragmentos de vidrios de tamaños y formas irregulares que con anterioridad componían un marco fotográfico, sujetando la única imagen de ella junto a mi padre que recuerdo haber visto alguna vez; ambos jóvenes y sonrientes, sollozando desconsoladamente. En torno a ella se agrupan al menos unos cinco álbumes abiertos en páginas donde son apreciables las fotos familiares de los Blom, antes de que yo siquiera existiera. La cama está desordenada, hay ropa esparcida por doquier. Da la impresión de que un torbellino pasó por ahí, cuando yo pensaba que ella aún no había regresado del trabajo. Alzó sus ojos hasta mí al ser consciente de que no estaba sola, sin parar de llorar. Cuando me vio sus lamentos se intensificaron. Yo no supe qué hacer, nunca había apreciado a Shelby en un estado como ese. Caminé hasta ella, arrodillándome a su lado, procurando no apoyarme sobre algún vidrio suelto. Mi mano buscó la suya en silencio, queriendo brindarle algún tipo de apoyo emocional. Nuestros dedos se enlazaron, y entonces ella reunió la serenidad y la fuerza suficiente para hablar. —Lo... Lo siento... No fue intencional—miré al marco hecho añicos, a la foto y al arrepentimiento que ella estaba mostrando. Mi única respuesta fue asentir, tenía un nudo en la garganta que me impedía abrir la boca—. Creo que... No sé por qué este año ha sido tan difícil. Ambas permanecimos en silencio, ella tratando de calmarse y yo luchando por procesar lo que ocurría, abrazadas. Xanthia se asomó un instante, sólo le bastó una mirada de mi parte para entender que estaba bien, que podían irse, porque esto era algo que quizá debía vivir en familia. Cuando los sollozos de Shelby se redujeron pronunció la frase que terminó por romper mi corazón. —Lo extraño tanto... Respiré hondo. Yo también lo hacía, a ambos, pero a veces sólo tenemos una alternativa: Aprender a vivir con ello.   
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR