Le di un sorbo a mi té. Aún me es imposible procesar la nueva versión de lo que pasó ese día antes, durante y después del accidente cuando es tan diferente a la que yo conocía.
Estoy tratando de seguirle el ritmo a la realidad, de analizar y aceptar la información que recibí tras preguntarle a mi tía por el motivo exacto de su colapso emocional. No creí que la respuesta fuera a golpearme con tanta fuerza. Todo mi cuerpo tiembla, apenas consigo sujetar mi taza lo suficiente como para que no se me resbale. Tengo la respiración entrecortada pero me obligo a mantenerme en calma porque ¿Qué otra cosa podría hacer?
Enfoqué a mi tía, quien mantiene la mirada perdida sobre un punto indefinido sin haberle dado ni un trago a la bebida que preparé para calmar nuestros nervios. Al sentirse observada volvió la cabeza hacia mí, conjurando una pequeña sonrisa que, lejos de tranquilizarme, me angustió más.
—Ellos no eran malas personas. Sólo estaban desesperados.
Asentí. Comprendo que siempre buscaban basar sus decisiones en nuestro bienestar, pero de todas formas... No concibo la idea de una infancia sin mi hermano junto a mí.
—Collin debe saberlo.
—No creo que sea prudente—por fin sujetó su té, sólo para desviar mi atención.
—Tenemos una sola norma: Siempre ser honestos entre nosotros.
—Temo que se culpe a sí mismo.
—No lo hará—declaré, convencida. Pero lo cierto es que internamente dudé.
—Yo se lo contaré, dame tiempo. Ni siquiera pensaba en decírtelo a ti. Las emociones... He estado un poco reflexiva. A veces me pregunto si tu padre aprobaría la manera en la que he cuidado de ustedes, si cambiaría algo en particular, si creería que he hecho suficiente.
Alargué mi mano para buscar la suya, de nuevo, en un acto reflejo. No me imaginé que ella estuviese cuestionándose a sí misma los pasos que ha dado a lo largo de nuestra crianza, porque desde luego que no es perfecta, pero no tengo quejas significativas con respecto a su trato. Siempre se ha comportado de la forma indicada en el momento correcto, constantemente adopta el papel que sea necesario desempeñar para brindarnos a mi hermano y a mí la seguridad, el cariño y la estabilidad precisa.
—¿De qué hablas? Ambos deben estar agradecidos porque Collin y yo no podríamos haber quedado en las manos de una mejor persona.
Esta vez su sonrisa resultó muchísimo más genuina. Apretó mi mano, y justo cuando estaba por hablar, oímos una voz que nos sobresaltó.
—¡Hola!
Contuve un grito, girándome hacia la entrada de la cocina con rapidez. Shelby reaccionó casi de la misma forma que yo, ambas clavamos la mirada sobre el rostro animado de Collin. Traía dos bolsas de papel en sus manos, las cuales depositó en la barra de la cocina al tiempo que se acercaba para besar la mejilla de Shelby. Honestamente no estoy segura de cómo no escuchó lo que decíamos en su ausencia, si venía de camino, pero supe que estábamos a salvo al observar su buen estado anímico.
—¿Por qué tan feliz?—cuestioné, forzándome a hablar con firmeza.
¿Cómo cambiaría su expresión si le dijera, así de la nada, que nuestros padres no murieron de la manera en la que nosotros creíamos?
—Tengo tres clientes nuevos. Desde luego significa más trabajo, pero también más dinero. Saben que últimamente he estado yendo al gimnasio más de tres días por semana... Bien, es un cambio definitivo.
—Cariño, ¡Eso es asombroso!
Mientras lo abrazaba, descubrí que a Shelby también le costaba demostrar sólo las emociones que Collin espera ver en nosotras. Me pregunté cómo pudo sostener una mentira por tantos años sin que le cambiara el semblante al vernos.
—Lo es. Traje comida italiana para celebrar, ¿Están listas para una noche al estilo Collin Blom con su anfitrión el adorable, hermoso y siempre carismático Collin Blom?
Shelby rió, acoplándose al ambiente como yo no podría. Afortunadamente el teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo de mis shorts. Lo sujeté como si representara la salvación de la humanidad, viendo en el identificador de llamadas el nombre de Xanthia.
—Voy a atender.
Salté del taburete. Collin alzó una ceja, soltándose del abrazo con nuestra tía.
—¿No te nos unirás?
—En un rato. Esto podría ser importante.
—Uh, de acuerdo.
Antes de contestar me aseguré de que la puerta de mi habitación estuviera bien sellada, me ubiqué en el rincón más alejado del pasillo e inhalé una gran cantidad de aire. El primero en hablar fue Ansel, y entonces supe que era una de esas llamadas al estilo conferencia que tanto les gustan a ellos. Opinan que es un avance tecnológico infravalorado.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Segura?
Mordí mi labio. Quizá es demasiado pronto para ventilar información, pero la verdad está asfixiándome. Necesito compartir la carga con alguien.
—El día del accidente mis padres no iban a una fiesta, como nos explicó Shelby cuando tuvimos la lucidez suficiente para entenderla. Papá había perdido el trabajo, y ya saben que Darling se dedicaba a las tareas del hogar para poder cuidarnos a Collin y a mí, por lo que estábamos pasando por algo así como un problema económico—me interrumpí, indecisa sobre si tendría que soltar lo que ahora conozco sin ningún tipo de preámbulo o tendría que insertar alguna transición. Mis amigos aguardaron en silencio, a la expectativa—. Durante tres o cuatro meses sobrevivimos con los ahorros familiares que quizá hubiésemos usado para la universidad. Pero en algún punto dejó de alcanzar, y Cole aún no conseguía un empleo...
Me frené de nuevo. Sólo mientras pronunciaba cada palabra fui haciéndome consciente del significado que encerraban.
—Heaven...—dijo Xanthia, con cautela. Me di cuenta de que el silencio se había extendido.
—Ellos... pensaban dejar a Collin con nuestra abuela materna, ese día.
Oí que Ansel balbuceó varias líneas que no logré captar, con excepción de la última parte.
—...¿La que murió hace cinco años?
—Sí—asentí, distraída. Nunca tuvimos demasiado contacto con algún familiar más allá de Shelby, nadie se interesó por hacernos partícipe de su círculo. Fue como si hubiésemos quedado solos los tres en un mundo donde nuestra existencia carecía de valor—. Ella cuidaría de él porque contaba con los recursos, y a mí me tendrían con ellos por ser menor. Se supone que no sería algo definitivo, que cuando lograran recuperar los bienes perdidos y cierta estabilidad irían por él... Pero lo que en verdad me descoloca es pensar que... Collin viajaba con ellos, estuvo ahí, aunque por algún motivo no lo recuerda, pudo morir, de hecho, es un milagro que haya sobrevivido. Shelby dijo que perdió mucha sangre, los expertos no entienden cómo sólo consiguió pequeños cortes.
—Entonces así es como obtuvo la cicatriz de su pierna, esa que va desde la rodilla al tobillo—comentó Xanthia en medio de un susurró, sonando conmocionada.
—No fue jugando fútbol—la secundó Ansel, igual de anonadado.
Quise reír. Sentí que las carcajadas pugnaban en la base de mi garganta por salir, pero mordí mi lengua para distraerme con el dolor. Inesperadamente, mis ojos se llenaron de lágrimas. Habría comenzado a llorar si no supiera que Collin me espera afuera para festejar su nuevo logro; no podría arruinarle el plan encerrándome en mi habitación, y tampoco sería capaz de mirarlo a la cara con los ojos rojos e hinchados.
—Mi tía confesó que, un poco antes de tomar esa decisión, mi padre le pidió ayuda a ella. Vivía más cerca, en teoría podría brindarle una vida decente a Collin y tenía un empleo flexible. Sin embargo, Shelby se negó. Era joven, muy joven, y tenía planes; no quería quedarse en la tienda de Estela para siempre, era un trabajo transitorio mientras estudiaba diseño en algún instituto. Cuidar a un niño era una responsabilidad demasiado grande, especialmente porque él podría preguntar por sus padres. Y yo... No lo sé, discutieron. Básicamente Shelby utilizó palabras fuertes para referirse a lo incompetente que era si no podía hacerse cargo de su propia familia—en contra de mi voluntad, comencé a llorar—. Cuando mis padres murieron, ella se hundió en la tristeza. Sentía que era su culpa porque, de haber aceptado, ellos ni siquiera habrían estado en esa carretera. No es seguro, pero mi tía sospecha que perdieron el control del auto por una distracción; que quizá no querían separarse de su hijo, pero que no encontraban una alternativa inmediata que fuese mejor.
—Dios, Heaven...
—¿Quieren saber por qué Shelby enloquece cada año, al reintegrarse a su trabajo? Bien, es porque se cumple el aniversario de la discusión. Alguna zona de su cabeza sigue pensando que es responsable por lo que ocurrió.
Sorbí por la nariz, secándome los ojos con el dorso de mi mano disponible.
—Eso es injusto. Entiendo su participación, pero también el por qué se negó—dijo Ansel, que siempre encontraba la manera de expresarse incluso cuando ninguna otra persona sabría qué decir.
—Yo también, no la culpo—reconocí. No es fácil tomar ese tipo de decisiones, pero si no te consideras apto para dar el sí no deberías hacerlo—. Sencillamente estoy algo aturdida. Me tomará algo de tiempo aceptar este asunto.
—¿Quieres que volvamos a tu casa? Quizá necesitas distraerte.
—No, está bien. Collin quiere hacer algo así como una noche familiar.
—¿Podrás actuar como si nada hubiera cambiado?, ¿o Collin ya lo sabe?
—No, él aun no…—sacudí la cabeza, prefiriendo contestar lo primero—. Supongo que sólo me queda intentarlo.
Después otros cinco minutos llenos de promesas, palabras de consuelo y despedidas, me adentré al baño. Supe que no podía salir con ese aspecto de sufrimiento. Opté por sentarme sobre el retrete, con la tapa abajo, alrededor de media hora. Mi mente le dio mil vueltas a los recuerdos, a lo que creía saber y lo que me había contado Shelby. Lo cierto es que mientras más repasaba los acontecimientos recientes más irreal parecían. Tal vez estaba imaginando cosas. Tal vez mis padres seguían con vida, allá afuera, esperándome para cenar.
Hice una mueca. No, por supuesto que eso último sí forma parte de una simple fantasía.
Cuando sentí que mi apariencia volvía a ser la habitual lavé mi rostro y decidí bajar. No encontré ni a Shelby ni a Collin en la cocina, por lo que, un tanto confundida, caminé hasta la sala. Mi tía era la única allí presente, viendo la televisión con la luz apagada.
—¿Ya cenaron?
—Sí, quisimos esperarte pero como no regresaste—se encogió de hombros—. Guardamos tu plato dentro del microondas.
—¿Dónde está Collin?
—Dijo que se daría una ducha y luego se reuniría conmigo.
—¿Hace mucho tiempo?
Shelby comprobó la hora en el reloj atado a su muñeca.
—Vaya, parece que sí. Ya debería estar aquí.
—Lo buscaré—anuncié.
Subí las escaleras trotando. Tomé el pomo de su puerta e intenté girarlo, pero éste no cedió. Como tal vez estaba vistiéndose, golpeé la madera para avisarle de mi llegada. No hubo respuesta. Lo llamé por su nombre al menos cinco veces, aumentando el volumen de mi voz en cada una, sin conseguir más que silencio. Automáticamente mi ceño se frunció, porque si no había salido debía estar ahí dentro. Bajé de vuelta a la sala, Shelby pausó la imagen proyectada en la pantalla para dedicarme su atención.
—¿Y bien?
—No contestó.
Ella parpadeó antes de hablar.
—Quizá se durmió.
—Puede ser—acepté, analizando por primera vez esa opción.
—Es extraño, se veía con mucha energía.
Mi corazón se aceleró. Temí que Collin hubiera descubierto la verdad tras el fallecimiento de nuestros padres. Repasé la conversación con mis amigos, tratando de averiguar si en algún momento elevé el tono de voz más de lo que se catalogaría de discreto, o si quizá él entró en mi cuarto sin que lo advirtiera, pero no di con ningún instante en concreto que llamara mi atención. Según yo, todo estuvo en orden. No podría haberme oído.
Me pareció apreciar el mismo miedo en los ojos de Shelby, cuando alzó la mirada después de un minuto de reflexivo silencio. Ninguna de las dos se atrevió a pronunciar alguna palabra referente, demasiado ansiosas. Decidimos quedarnos con la teoría de que el cansancio lo venció en el último minuto y cada una se dedicó a la suyo.
La sensación de inquietud no desapareció de mi pecho ni siquiera cuando el sueño se llevó mis cavilaciones para dejar, en su lugar, una bruma de oscuridad absoluta.
~.~.~.~
Estela nos sonrió, juntando las manos a la altura de su pecho como una pequeña muestra de todo el júbilo que lucha por contener. Acaba de finalizar su explicación detallada sobre lo que pretende hacer con la fundación, y ahora observa con expectación al grupo de voluntarios frente a sí.
La primera en tomar la palabra fue Giana, una chica de veintidós años que por lo general siempre rompe el silencio. No es exactamente habladora, pero le gusta alardear de su carácter diplomático.
—Será un honor para todos participar en cada una de las actividades que nos has planteado. No hay nada más placentero que ayudar. El siguiente paso ahora es armarnos de compromiso y jovialidad para, de esta forma, poder dar la mejor versión de nosotros mismos a estas personas que tanto lo necesitan.
—Un aplauso para Giana, señores, que siempre suelta una sarta de oraciones innecesarias para comunicar un mensaje sencillo—intervino Tom, burlándose de quien por algún motivo aceptó ser su novia—. Estela, cariño, te aseguro que acabas de causarme un dolor de cabeza; no sé cómo podré trabajar y colaborar al mismo tiempo, pero como siempre cuentas conmigo.
Estela bufó, sacudiendo una mano en el aire como si su propósito fuera borrar los dos minutos que acaban de transcurrir.
—De acuerdo, bien. Enviaré por el grupo online el cronograma de actividades exacto. Ahora les doy autorización para que procedan a la mesa de refrigerios; Joshua trajo un pastel de zanahoria que, como no se apuren, pienso comerme entero.
Rosy, una de mis amigas dentro del círculo de voluntarios, enganchó su brazo al mío, arrastrándome hacia la cola de personas que comenzaba a formarse frente a la zona de la comida. Miré la hora en mi teléfono, entrecerrando los ojos para poder distinguir los números plasmados en la pantalla a pesar de la iluminación natural.
—¡Este año será fantástico!—chilló ella, atrayendo la atención de un par de personas cercanas. Rosy se acercó un poco más, de modo que acabó murmurando en mi oído—. Lo haré.
Aparté la vista del celular. La chica tenía los labios apretados en una fina línea que pretendía camuflar su alegría.
—¿Qué?
Con un corto movimiento de cabeza apuntó a la distancia, específicamente a la pareja más disfuncional que he conocido, aparte de la conformada por Xanthia y Zane. Tom presionaba el costado derecho de Giana con la punta de su dedo constantemente, mientras la chica tecleaba algo en su celular sin prestarle mayor atención; no obstante, al perder la paciencia, se giró hacia él en un amplio movimiento que denotó irritación para manotearlo. Tom sonrió y pronunció cierta frase que, para mi sorpresa, consiguió arrancarle una carcajada a Giana. Incluso con la distancia de por medio conseguimos oírla.
Me volteé hacia Rosy, cuya sonrisa no decayó ante la escena. A la chica le ha gustado Tom desde hace tres años, uno si sólo contamos el tiempo que ha pasado desde que lo admitió abiertamente, pero nunca se atrevió a confesarlo ante él. Hace seis meses nos llevamos la sorpresa de que Tom pasaba casi todo su tiempo junto a Giana, que daba la impresión de odiarlo. Pronto fue evidente y oficial que habían iniciado una relación amorosa. Si Rosy no se lo dijo en el pasado, cuando él se hallaba soltero, ¿Por qué habría de hacerlo ahora?
—No hablas en serio, ¿Cierto?
—Sí, ¿Por qué?
—¿Porque él tiene novia?
—Giana no lo quiere, es obvio. Probablemente sólo accedió a estar con él por lástima. Yo le daré más valor.
Hice una mueca. Esta es la parte de Rosy que nunca terminó de agradarme. Generalmente se preocupa poco por la forma en la que sus acciones afectarán al resto.
—Disculpa, debo irme al trabajo.
—¿No probarás el pastel de zanahoria?
Me liberé de su agarre con sutileza, brindándole una sonrisa.
—Ya me contarás luego qué tal estuvo.
Me despedí de ella y de quienes se hallaban próximos a mí. Tuve que saltarme la última hora de clase para asistir a la reunión que Estela convocó con, hay que decirlo, muy poco tiempo de anticipación, pero si no me marcho ya mismo jamás llegaré a tiempo para cubrir mi turno. De camino a la pastelería sólo podía pensar en la prueba de Historia que fue programada para mañana. El profesor no tuvo la decencia de avisarnos hasta hoy, porque, según él, deberíamos tener el tema fresco en la memoria. Su idea de educación es tan desatinada que incluso comentó su plan de unir a ambas secciones para “aprovechar la ocasión”. Atendí la barra sin concentrarme verdaderamente en lo que hacía. Intentaba recordar de qué iba el tema, pero aparte del título no venía a mi mente gran cosa. Nunca he sido buena en esa materia, he tenido que esforzarme arduamente con el tema de aprender fechas y nombres para poder sacar una nota decente cada año. Fue difícil reprimir las ganas de estrellar mi rostro contra la orden de cupcakes que le pasé a una señora, en mi ataque de estrés. Ni siquiera hablé demasiado de camino a casa, pese a los intentos de Duncan por instaurar una plática distendida.
Tomé una ducha, cené y charlé brevemente con Shelby. Collin no estaba. Me acosté sobre mi cama, con la vista fija en las estrellas del techo, y me dije que estaba bien, que si estudiaba desde ese momento hasta la una de la madrugada, por lo menos, seguro lograba memorizar absolutamente todos los datos que necesitaría para aprobar. Busqué mis apuntes, una taza de chocolate caliente y me dediqué a ello.
Paulatinamente mis ojos comenzaron a pesar, de modo que decidí confiar en lo que ya sabía. Apagué las luces y subí mi cobija hasta la barbilla, cerrando los ojos. En algún punto entre la consciencia y la inconsciencia, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Estoy afuera de tu casa.
Abre, por favor.
Me levanté de un salto, casi cayendo por culpa de la sabana semi extendida en el suelo que se había resbalado. Llegué a la ventana agitada, aún con los ojos pesándome, para descubrir que efectivamente Theo se encuentra de pie en la acera. El teléfono volvió a vibrar en mi mano, miré la pantalla sin terminar de asimilar la realidad.
Hace frío, Heaven. Abre.
No respondí, sino que bajé las escaleras con el mayor sigilo que podría tener alguien adormilado a las dos de la madrugada. Cuando giré el pomo de la puerta Theo se hallaba casi pegado a esta, con las mejillas sonrosadas y los labios pálidos. Lleva puesto un suéter n***o y unos jeans del mismo color, además de un gorro de lana azul que oculta la mayor parte de su cabello; de igual forma tiembla ligeramente.
—¿Qué haces aquí?
—Tú me invitaste, vine a estudiar.
—La invitación caducó hace horas. Básicamente cuando la rechazaste.
—Renuévala.
—Así no funciona.
—Me estoy congelando, ¿podríamos tener esta discusión cuando sienta mis dedos?
Resoplé, pero me hice a un lado para dejarle entrar.
Como si de su casa se tratara, Theo subió las escaleras. No tenía que indicarle el camino a mi cuarto porque ya lo conocía gracias a aquel embarazoso incidente en el que Collin sospechó que él y yo estábamos enrollándonos en mi habitación. Cuando lo alcancé estaba sentando sobre mi cama, con los brazos apoyados hacia atrás. Tuve que tragar saliva al observarlo en esa posición, lucía realmente sexy, se había quitado el gorro, el cabello se le había despeinado y me miraba tan intensamente que fue inevitable desviar la mirada hacia sus labios una décima de segundo.
Sacudí la cabeza, dispersando los desvaríos que se habían apropiado se mi mente.
Enfócate Heaven, sí, parece un dios griego, pero sólo es Theo.
—¿Por qué no estás en tu casa como las personas normales?
—No quería estar ahí.
—¿Por qué?
—Tampoco quiero hablar de eso.
—Me debes una explicación, Theo, literalmente casi me caigo de la cama por tu culpa.
Cruzó los brazos sobre el pecho y, si fuera posible, adoptó una pose diez veces más sensual.
—Si tanto te molesta mi presencia puedo irme, mi intención no es incomodarte.
Qué curioso, tenía la impresión de que esa siempre ha sido su intención.
—No, está bien.
Me acerqué un poco, arrastrando los pies. El sueño había menguado pero no desaparecido.
—¿En verdad quieres estudiar?
—Me vendría bien.
—No trajiste tus apuntes.
—Podemos usar los tuyos, ¿no?
Inhalé, no podía creer que estuviese por repasar el mismo tema a esta hora, y con Theo. Fui por el cuaderno y el libro que me pasé la noche subrayando. Di un respingo y me incorporé de un salto tras escuchar un estruendo inesperado, al voltearme descubrí que Theo se había levantado de su sitio sólo para arrojar mi despertador al piso.
—¿Pero qué...?
Me sonrió, apenado, mientras se llevaba una mano al cabello.
—Lo siento, estaba viendo la fotografía y por accidente lo tiré.
Sostenía el cuadro familiar de nosotros cuatro (Collin, nuestros padres y yo) que siempre mantengo en la mesita de noche junto al reloj.
—¿Eres consciente de que para empezar yo debería estar durmiendo? Si te encuentran aquí...
—¿Qué? ¿Imaginarán escenas no aptas para todo público?—recogió el despertador para luego mirarme con una ceja alzada.
—Imaginarán exactamente lo que jamás pasará.
Me incliné de nuevo, sujeté lo que necesitaba y caminé hacia la cama. Theo estaba atento a cada uno de mis movimientos.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque tú eres un idiota, y los idiotas no me van, por muy atractivos que sean.
Tomé asiento en el colchón, apoyándome contra la cabecera. El castaño se mantuvo un instante en el mismo sitio antes de situarse frente a mí. Abrí el cuaderno intentando ignorar el hecho de que él no paraba de mirarme como si planeara ver a través de mi alma.
—Para tener sexo sólo se necesita atracción física.
—Espero que esa no sea tu mejor línea de seducción.
—¿No funcionó?
Chasqueé la lengua, comenzando a hojear la libreta en busca del tema indicado.
—No—paré cuando lo hallé—. De acuerdo, voy a leerte el texto cinco veces consecutivas, y luego te haré preguntas al azar, a ver qué tan mal estás.
Como única respuesta asintió, y entonces empecé. No sabía si estaba prestándome la atención suficiente, pero tampoco me detuve a comprobarlo. Cuando iba por la tercera repetición sentí que algo cosquilleaba en mis piernas, entonces sí me vi obligada a parar. Era Theo, para mi total desconcierto, se había tomado el atrevimiento de reposar la cabeza sobre mis muslos, dejando el torso sobre la cama y las piernas colgando. Observaba el techo. En cuanto advirtió que no continuaba leyendo elevó la cabeza de manera que pudiese mirarme a la cara.
—¿Qué?
—¿Cómodo?
—Un poco, sí.
—Si te quedas dormido sobre mí te lanzaré al suelo.
—No pasará—y, como no reaccioné de inmediato: —. Prosigue.
Continué, un tanto incómoda al principio pero, con el transcurso del tiempo, extrañamente relajada. Mientras hablaba pensé que, excepto por el sueño y la garganta seca, podría permanecer en esa misma posición por años.
—Hora de las preguntas.
—Qué emoción.
—Tú quisiste estudiar, no vengas a quejarte.
—Realmente sólo fue una excusa para que me dejaras pasar. Sabía que te pondrías intensa si no conseguía un pretexto decente.
—Oh, vamos, ¿no te importa ni un poco aprobar el examen?—ladeó la cabeza y fue suficiente para entender que entre su lista de prioridades conseguir una buena nota no figura ni en los primeros veinte puestos—. Además, presentarte en la madrugada a estudiar no es exactamente aceptable.
—Pero igual me abriste ¿No?
Rodé los ojos. Francamente no me explico por qué lo hice.
—Ya, iniciemos con las preguntas.
Durante otra media hora estuve cuestionándole a Theo lo que me pareció más relevante y, aunque en ocasiones titubeaba o fruncía el ceño como si le costara recordar algo en específico, formuló respuestas acordes y acertadas en cada caso. Yo estaba estupefacta, ¿cómo había conseguido memorizarlo todo tan fácilmente?
—¿De verdad no habías repasado el tema antes de venir?
—¿Tengo apariencia haberlo hecho?
No.
—¡Es increíble! Si te esforzaras serías el mejor estudiante de todo el instituto.
—No exageres.
—Sólo piénsalo, eres bueno con el arte, retienes datos complicados escuchándolos, comprendes rápidamente... Eres un genio.
—Se supone que los estudiantes promedio cumplen con esas características.
—Sabes que tengo razón.
—Contesté unas simples preguntas cuyas respuestas he estado oyendo los últimos treinta minutos.
A mí, sinceramente, me parecía impresionante.
—Si no piensas como yo, ¿entonces por qué sonríes?
—Porque nadie en este mundo se emociona tanto por una tontería como esa.
Cerré la boca de golpe, sintiendo cómo las mejillas se me llenaban de calor.
—Lo lamento.
A Theo se le borró la sonrisa del rostro, y entonces se irguió, sentándose como es debido sobre el colchón.
—¿Qué? No, Heaven, no lo dije en mal plan.
—Es que yo nunca pretendo...
—Pero eres así, y no le debes explicaciones a nadie por ello.
—Vale.
En ese momento se me escapó un bostezo, que cortó el ambiente cargado.
—Vamos a dormir.
—Espera, ¿te quedas?
—Sí... ¿O no?
—Sí—me apresuré a responder, lo cual aumentó el color en mis mejillas—. De hecho te lo iba a sugerir, es demasiado tarde para que regreses a casa.
Hay una colchoneta rosa debajo de mi cama, destinada a Xanthia o Collin, que nunca utilizo, y una de mis tantas cobijas de princesas en el fondo de mi armario. Tendí la cama improvisada junto a la mía, cediéndole una de mis dos almohadas. Theo se quitó el suéter, debajo tenía una camisa negra, y los zapatos. Los jeans se mantuvieron, casi le digo que era preferible que se deshiciera de ellos por cuestiones de comodidad, pero me frené al intuir que me tomaría el pelo por algo como eso. Además, ¿de verdad podría lidiar con Theo semi desnudo?
Apagamos las luces, después de ponerle seguro a la puerta, y por fin nos acostamos.
Yo me giré hacia la pared, se me hacía muy extraño oír la respiración del chico y saber que estaba durmiendo en la misma habitación que yo, en MI habitación.
Cuando la realidad era remota; cuando me adentraba al mundo de los sueños, alguien susurró mi nombre. Desde luego no me inmuté, pero entonces lo escuché de nuevo y con mayor insistencia.
Rezongué, no obstante rodé sobre mi espalda para mirar a Theo a través de la oscuridad.
—¿Qué?
—¿Puedo dormir contigo?
La interrogante estuvo a punto de despertarme por completo. Sentí que el corazón se me aceleró súbitamente, y no encontré mi voz.
—Sólo dormir, lo prometo.
Aspiré bastante aire. Sin pensarlo demasiado di mi veredicto.
—Sí.
Hice espacio, apoyando la espalda contra la pared. Theo se trepó de inmediato. Su cercanía resultó intimidante, y debí flexionar las rodillas contra el pecho para poder mantener una separación aceptable entre nuestros cuerpos.
—Relájate. Pienso cumplir mi promesa. Manos quietas.
Sonreí entre la penumbra instintivamente, y decidí hacerle caso. No fue especialmente complicado.
Pasaron varios minutos así, sabía que él seguía despierto, podía advertir que me veía fijamente. Yo hacía lo mismo, recorriendo cada facción suya según me lo permitía la iluminación. Había algo reconfortante en el silencio que compartíamos.
—Heaven.
—¿Sí?
—¿Puedo...?
—¿Puedes...?
—¿Me dejarías, ya sabes,...?
Le costaba terminar la oración.
—¿Qué?
—¿Puedo abrazarte?
—Creí que habías dicho “manos quietas”.
—Será un abrazo inofensivo.
—...De acuerdo.
Extendí las piernas para que pudiese acercarse. Su brazo recayó sobre mi cintura, y de un tirón ligero me atrajo más hacia sí. Aún quedaban centímetros de separación, no muchos, pero sí los requeridos para que no todas las partes de nuestro cuerpo se tocaran. Mi cara quedó a la altura de su pecho y su barbilla sutilmente apoyada sobre mi cabeza. Desde aquí todo lo que puedo sentir es su calor, y el aire que respiro viene envuelto por su olor. No me permití analizar lo que ocurría porque no quería estropearlo con la clase de pensamientos que me traerían de vuelta a la realidad.
Sólo quería perderme en su contacto, simplemente sintiendo.