Me dolía el cuello, indicativo de que debía cambiar la posición, no obstante, no lo hice.
Me importaban otras cuestiones, o quizá era que necesitaba castigarme a mí misma por ser siempre tan estúpida.
—Veamos...—oí que decía Xanthia, tras cinco minutos de silencio, en lo que yo pensaba sobre lo realmente cegadoras e incómodas a la vista que resultaban las luces fluorescentes del techo—. Luan fue el primero...—hice una mueca. Terrible comienzo, la verdad. Tal vez nuestro pequeño roce se encargó de determinar que en adelante tendría una suerte pésima para los chicos en los que me fijaría—, luego tenemos a Brent, si me lo preguntas, el más decente hasta ahora, ignorando el hecho de que también salía con mi prima—fruncí los labios. Increíble que él haya aprovechado su oportunidad con dos chicas que conoció en la misma fiesta de manera simultánea—. Gavin, un auténtico idiota, Edward... No, espera, Edward es indudablemente el más decente... Y Theo.
Me enderecé, empezaba a sentir que perdía la visión. Clavé la mirada sobre los estantes de enfrente mientras esperaba a que los puntos negros que veía desaparecieran de mi campo visual. Cuando por fin mis ojos volvieron a la normalidad me volteé hacia Xanthia, probablemente más decaída que cuando la conversación inició.
—Lo de Luan sólo se dio por culpa de aquel estúpido reto, Brent posiblemente pensó que tu prima y yo seríamos las únicas tontas capaces de caer con sus mini discursos de «No me van las relaciones serias, pero por ti, y sólo por ti, haría lo que fuera», de manera que se acercó, a Gavin le atrajo el hecho de que yo lucía “inocente” ante sus ojos, Edward... Bueno, vale, no tengo nada malo que acotar sobre él, exceptuando que vive en otro continente, y a Theo ni siquiera vale la pena mencionarlo porque no, no cuenta.
Xanthia soltó un suspiro.
—Tu lista de romances fallidos apesta incluso más que la mía. Te atraen demasiado los imbéciles.
—Sí, bueno, creo que acabo de notarlo—ironicé.
Le di un sorbo al líquido contenido en mi vaso plástico, arrugando la nariz inmediatamente después por el sabor tan desagradable que poseía. Lo único que encontré en un radio de veinte metros para calmar la sed que no contuviera alcohol fue una jarra de agua saborizada. Harold tenía el refrigerador lleno de botellas de vidrio con las cuales sería sencillo perder la consciencia en media hora, y no era lo que buscaba, especialmente porque no estaba acostumbrada al hecho de ponerme ebria y temía que en un vergonzoso impulso fuera a lanzarme sobre Theo para suplicarle que me correspondiera.
—¿Qué harás con Theo?
Después de ver una de las escenas más horribles de mi semana fingí que todo marchaba de maravilla, sonriendo en complicidad como el resto (si bien estoy segura de que me salió más como una mueca terrorífica) hacia una sonrojada Jennifer, y aplaudiendo levemente a un suceso que no tenía por qué ser vitoreado. ¿Acaso nunca habían presenciado a dos personas besándose?. Miré a los alrededores como si de pronto hubiese recordado que debía hacer algo; los demás parecían todavía muy entusiasmados, y me excusé con que había quedado en verme con alguien. A los pocos segundos Xanthia me siguió, me conocía lo necesario para saber que yo sólo había mentido con el propósito de escapar.
Y simplemente se lo dije, de pie en el marco de la puerta que conecta una extensa sala de estar con la cocina. Le di la razón. Reconocí en un período de veinte minutos para mí y para alguien más lo que sentía.
No fue precisamente liberador.. Ahora mismo me siento peor que cuando pretendía vivir en negación.
Ahí tienen el efecto «Realidad»; un golpe en el estómago que te saca el aire pero que, por desgracia, no puedes evadir.
—No lo sé—admití, acabándome lo que sobraba de la bebida. Elevé el vaso para observarlo con una mueca—. ¿Quién inventó el agua saborizada? Hasta ahora no he probado una que sepa bien.
—No creo que debas decírselo—opinó Xanthia, ignorando mi último comentario. Sospechaba que el hecho de no sentirse sola en medio de las desdichas amorosas le subió un poco el ánimo—. Normalmente te aconsejaría que lucharas por lo que quieres, y lo sabes, pero él no termina de encajar para mí. No te merece. Vales mucho y él no da indicios de notarlo.
—No pensaba hacerlo.
—Aparte, parece muy contento junto a esa tal Jennifer.
Sentí una punzada. Inhalé y me forcé a ser racional. Odio los celos, de verdad que sí, y pondré todo de mí para no caer en ellos. Theo es literalmente libre de estar con quien él desee, lo cual no debe afectarme en ningún sentido.
—Sí, eso vi.
Xanthia apoyó una mano sobre mi hombro, intuí que me soltaría un discurso para levantarme el ánimo por la manera en la que me miró mientras avanzaba un paso al frente, creando una especie de burbuja confidencial que excluía al entorno, pero ella no es así.
—Mándalo a la mierda.
Es más de las chicas que te lanzan a la cara frases verídicas muy contundentes. Y la verdad me agrada su estilo, por eso es mi mejor amiga. Generalmente los sermones que yo daba no servían en lo absoluto.
—Lo intentaré.
Mi teléfono comenzó a vibrar, de modo que la atmósfera se alteró. Ambas volvimos a recaer en el ambiente fiestero y en el bullicio casi ensordecedor del cual era imposible extraer un solo sonido. Atendí la llamada tras revisar el nombre expuesto en la pantalla. Era Ansel.
—¡¿En dónde demonios están?!
Nos hallábamos dentro de la misma casa, sin embargo, desde su lado el escándalo parecía mayor.
—En la cocina.
—¡¿Dónde queda eso?! ¡Nosotros llegamos a una piscina, creo que es donde están todos los conocidos...! ¡j***r, cuidado! ¡Acabas de pisarme, imbécil, ¿No ves que tengo zapatos blancos?!
—¿Terminaste de insultar?
Bufó.
—¡Sí, lo siento! ¡Hay un montón de gente aquí!, ¡Tengo una combinación de cinco tipos de sudor en la espalda!
—Quédate allí, nosotras te encontraremos.
Corté, a sabiendas de que había tomado una mala decisión. La manera más efectiva para olvidar a Theo no consiste en dirigirme hacia el mismo sitio donde él está. Mientras le comunicaba el plan a Xanthia recé porque se hubiese ido de ahí.
El pelinegro nos daba la espalda, cubría parcialmente la figura de la chica frente a él con su cuerpo, pero de todas formas logramos atisbar ciertos detalles a medida que nos fuimos acercando. Lo más resaltante resultó ser que su pijama, de dos piezas, confeccionada en satén color lila, opacó incluso la de Xanthia. Tenía líneas delgadas de color blanco en las mangas y el cuello, no exponía demasiado, pero quedaba sobre su cuerpo a la perfección; hecha a la medida.
—Hey—dije, deteniéndome detrás de Ansel, quien se giró al instante.
—¡Heaven!—sonrió. Pese a que ya nos habíamos visto hoy parecía genuinamente feliz de tenerme allí—. ¡Xanthia!
Mi amiga ocupó un lugar junto a mí, menos dispuesta a socializar. En sus ojos percibí que su mayor preocupación estaba siendo el escanear a Helena.
Nuestro mejor amigo se volteó hacia su chica, sin dejar de sonreír, y la señaló con un ademan.
—Ella es Helena.
La miré. De cerca su pijama se ve incluso mejor. Su cabello, pelirrojo, cae en una densa cascada de mechones perfectamente lisos que concluye cerca de la mitad de sus muslos y enmarca la forma ovalada de su rostro. Tiene las cejas espesas perfectamente peinadas en un arco expresivo que la hace ver dominante, sin darle de ninguna manera la apariencia de estar eternamente molesta. Su nariz es pequeña y recta, bastante fina en comparación con el grosor de sus labios. Lleva el rostro cubierto por una capa de maquillaje al estilo natural, de manera que en realidad sí luce como una chica a punto de dormir pero con todos los detalles espectaculares que verías dentro de una película. Alrededor de su cuello hay atada una fina cadena de oro que, a pesar de su sencillez, resalta por sobre la textura cremosa de su piel. No parece estar usando accesorios aparte, pero tampoco le hace falta. Y, mientras nos sostenía la mirada, no sonreía.
Extendió su mano por medio de movimiento controlado que me hizo sentir torpe y sin gracia.
—Helena White.
Por supuesto. Un nombre de impacto.
—Heaven Blom—su mano se sintió tersa y suave contra la mía; mil veces más que la de Theo. Asintió con cordialidad y procedió a repetir el proceso con Xanthia.
—Entonces... Tú eres la chica—dijo la pelinegra, soltándose. Parecía un tanto contrariada, pero a mí parecer era porque, francamente, la belleza de Helena es apabullante.
—Soy... ¿La chica?—Ansel rodeó sus hombros con extrema confianza y sólo entonces, al sentirlo cerca, dio la impresión de bajar la guardia.
Seguía luciendo inalcanzable e inaccesible, pero un tanto más cómoda.
—Bien, quizá les he hablado un poco demasiado de ti—dijo, apretándola más contra su cuerpo.
Si Theo demostrara esa alegría por tenerme a su lado...
—Santo cielo, Ansel, más te vale que hayas dicho sólo lo positivo—bromeó, y noté que sería poco probable escucharla expresarse de una manera que no considerase correcta o educada.
—Tal vez también les comenté que te asustan los gatos.
—Qué vergüenza, ese no es un dato del que las personas deban enterarse.
—Creí que nunca te conoceríamos—dijo Xanthia de pronto, con cierto toque de malicia.
Ansel se tensó visiblemente, más Helena no lució afectada.
—Lo siento, por lo general lidio con un cronograma muy ajustado. Es difícil abrir espacios en mi agenda para momentos recreativos—hizo un ademán, como quien le explica a un par de niños que dos más dos suman cuatro—. Hoy fui un tanto indulgente.
—Me imagino—contestó Xanthia, recelosa.
Ansel dejó caer su brazo para tomar la mano de Helena.
—Chicas, si nos disculpan, daremos un recorrido por la casa, ¿Nos vemos al rato?
Antes de que pudiese contestarle empezó a avanzar lejos de nosotras, arrastrando a Helena consigo. Una vez los perdimos de vista Xanthia chasqueó la lengua.
—¿Eso fue todo?
—Creo que es una chica encantadora.
—No, sólo es demasiado distinguida; su fuerte es tener una conducta intachable. No se perdonaría el causar una mala impresión.
—Debes admitir que fue amable.
—Sus principios no le habrían permitido otra cosa.
Bien, quizá Xanthia tenía razón, pero aún era muy pronto para armar una imagen clara de Helena.
—Oye, ¿Ansel no traería los obsequios de Harold?
El pelinegro y yo le habíamos comprado dos videojuegos al chico porque sabíamos que los apreciaba, pero supongo que los olvidó dentro del auto.
—¿Tienes el número de Jonathan?
Xanthia frunció el ceño, mirándome como si hubiese perdido la cabeza.
—¿Por qué lo tendría?
—No lo sé.
Rodó los ojos, luego agarró mi brazo.
—Ven, busquemos a la linda parejita para preguntarle a Ansel por los regalos. Yo no traje nada, pero por lo menos ustedes sí.
Iba a objetar, comenzaba a cansarme de deambular sin rumbo por toda la fiesta, cuando mis ojos dieron de forma súbita con la anatomía de Theo. Estaba sentado sobre un banquillo de madera frente a la zona del bar, su cabello brillaba bajo la iluminación de la Luna, y parecía casi absurdo que precisamente él hubiera elegido una camiseta negra y un pantalón ancho rosa con el rostro de Hello Kitty a modo de estampado como pijama. Su personalidad oscura contrasta con las prendas coloridas que en ocasiones utiliza, como sus calcetines de arcoíris. Estaba encorvado, con la indiferencia adherida al rostro, y aun así se veía como el chico más hermoso de toda la fiesta. Jennifer platicaba sin cesar frente a él, agitando las manos en el aire.
Entonces me tragué la réplica que tenía en la punta de la lengua y dejé que Xanthia me condujera lejos de allí.
Me frustraba sentirme desilusionada porque yo no podía intercambiar mi lugar con ella.
~.~.~.~
No logré dormir. Debía hacerlo porque al día siguiente tenía clases. Fue mala idea pasarme la mitad del domingo recuperando las horas perdidas durante la madrugada del sábado. Lo intenté, cerrando los ojos con fuerza durante intervalos de varios segundos, contando mentalmente del uno al cien y cambiando la postura cada tres minutos, no obstante, jamás lo conseguí. En cierto punto decidí sentarme contra la cabecera de la cama al tiempo que contenía las ganas de llorar.
Me siento terrible, de una forma realmente inexplicable. Me he estado obligando a ser sensata, a centrarme en los aspectos más importantes de mi vida, como Collin y su bienestar, pero para ser sincera apenas consigo apartar mis pensamientos de Theo por más de cinco minutos.
Me pareció que podía perder la cabeza en cualquier momento, y justo cuando sopesaba la posibilidad de bajar por un vaso de agua la pantalla de mi teléfono se iluminó. Lo tomé deprisa, esperanzada de que fuera un mensaje por parte de mi hermano, quizá algún indicio de que no se ha metido en problemas, o una de las tantas imágenes sin sentido de su propio rostro que a Ansel le gusta enviarme antes de adjuntar cualquier otra cosa. El nombre que leí aceleró mi corazón. Sabía que la vista no me engañaba, pero de todas formas tallé mis ojos antes de releer el texto cinco veces seguidas.
Estoy afuera.
Las mismas dos palabras que durante tantas noches me causaron ilusión hoy sólo convirtieron el precario estado de mi mente en un caótico revoltijo de ideas inconclusas.
Permanecí estática. Los minutos avanzaron mientras yo intentaba ordenar mis pensamientos, hasta que el teléfono volvió a vibrar varias veces en mis manos.
Estas ahh
Ahí?*
Lo siento, está oscuro.
¿Es posible que tu vecino esté viéndome a través de su ventana? Me siento acosado.
Maldición, Heaven, por favor dime que estás ahí.
Respiré hondo antes de levantarme. Abrirle la puerta es una mala idea, ahora mismo no me encuentro preparada para enfrentarlo, pero tampoco sería capaz de fingir que no leí sus mensajes y dejarlo afuera, esperando durante al menos diez minutos antes de concluir que deberá volver a casa.
Justo como preví, verlo de pie en mi jardín descontroló aún más el torbellino de emociones que da vueltas dentro de mi estómago. Sentí que el corazón se me hundía cuando curvó sus labios en una pequeña y genuina sonrisa. Él no es del tipo de persona que sonríe porque sí; en su tiempo jamás hubiese sonreído al identificarme entre la oscuridad de mi sala, no habría sonreído por nada en lo que a mí se refiere, y precisamente escoge este día para mostrarse alegre de verme. No pude soportarlo, le di la espalda.
Prácticamente subí trotando las escaleras, deseando que esto no fuera real. Ni siquiera tuve el tiempo suficiente para asimilar mis sentimientos, aún no descubro cómo se supone que debo comportarme a su alrededor siendo plenamente consciente de que me gusta. Exteriorizar lo que pienso no es una opción, entonces ¿qué me queda?, ¿Pretender que no es así?
Theo me alcanzó casi enseguida, se deshizo de su abrigo, apoyándolo sobre mi cama, y depositó una caja similar a las que usan para vender donas en la mesa de noche. No habló, incluso evitó mirarme, repasando los detalles que estoy segura conoce de memoria de mi habitación, y mi incomodidad aumentó.
Entreabrí los labios, dispuesta a acabar con nuestra agonía, cuando él disparó la frase que probablemente tanto le costaba formular.
—Traje brownies.
—¿Cómo?
Sujetó la caja de vuelta para pasármela.
—¿Los compraste? ¿A esta hora?—la recibí con firmeza, procurando no rozarlo ni por error.
—No, los hice.
Enmudecí. Un denso y pesado silencio nos envolvió de una manera tan asfixiante que la escena seguro resultó penosa.
—Ya sabes, con ayuda de una receta de internet—prosiguió, por fin estableciendo el contacto visual—. Planeaba venir más temprano, pero no estaban listos.
—Tú... ¿Desde cuándo horneas cosas?
—Desde hoy. En realidad, es posible que se hayan quemado un poco, y no tienen casi azúcar porque recordé que mayormente comes vegetales... Luego llegué a la conclusión de que ser vegano o algo así no tiene por qué influir en la cantidad de azúcar que consumes, pero ya era muy tarde. Pensé en usar azúcar glass y entonces pasó que... Bueno, tomé la sal por accidente... Y me esforcé por sacudirlos para que no fuesen un fracaso total, pero dudo que haya servido. Cómo sea, no tienes que comértelos, sólo los traje porque gasté más de lo que esperaba con los ingredientes y se me ocurrió que si tú no los quieres puedo dárselos a alguien que encuentre de regreso.
Mientras lo oía balbucear palabras casi ininteligibles deseé que la situación fuese diferente. Cómo anhelé que él pudiera corresponderme y, sino, que se extinguiera el terrible impulso que me exigía besarlo para callar su tonto discurso. Supe en ese instante que ya no podría abrazarlo como antes, ni entrelazar nuestros dedos, ni apoyar mi cabeza sobre su hombro, ni enredar mis dedos entre su cabello, porque ahora todos esos pequeños e inofensivos gestos podrían alentarme a querer más, a sentir más. Pasar tiempo a su lado será un potencial peligro porque podría acabar en serio enamorada. Solamente su sonrisa es adictiva.
—Gracias.
—Si no te gustan no tienes por qué...
—No, está bien. Gracias.
Una de las esquinas de su boca se alzó levemente. Me balanceé en el sitio, decidiendo qué hacer.
—Escucha, Theo, hoy no me siento bien. No creo que pueda, ya sabes, atenderte... Creo que lo mejor será que vuelvas a casa—hice una pausa, plantándome en el suelo—. Si me hubieses avisado que venías te habría detenido antes, para que no caminaras innecesariamente, pero como no lo sabía...
—Oh, entiendo... Tienes razón, fue mi culpa.
—Lo siento.
—No, definitivamente fue mi culpa.
Permaneció tres segundos en la misma posición, se mordió el labio inferior y luego giró sobre sus talones. Apenas desapareció me dejé caer sobre el colchón, tapándome el rostro con una almohada para ahogar un grito. La caja de cartón rebotó contra el colchón y se abrió, de manera que un brownie golpeó mi mano. Retiré la almohada para poder clavar la vista sobre los dulces, encontrándome con que un trozo de hoja, claramente arrancado sin ningún cuidado, también había salido despedido por los aires. Lo tomé tras reincorporarme, ajena al hecho de que debí haberme preparado mentalmente para lo que vería a continuación.
Era un dibujo elaborado a lápiz; una caricatura de mí, sin color, a excepción de la parte azul de mi cabello, comiendo un brownie. Algo simple, hecho por Theo en unos dos minutos probablemente.
Junto a mi versión animada había un texto:
“A esta Heaven le gustan mis brownies, espero que a ti también.
PD: Si no es así, no me lo digas.”
Cometí un error. Un terrible error.
Mis piernas cobraron vida propia y en poco tiempo ya me encontraba en la entrada, ojeando los alrededores para descifrar en cuál dirección se fue el castaño. Como siempre, camina demasiado rápido. Cuatro cuadras a la izquierda va cabizbajo y dando grandes zancadas, con las manos hundidas en sus bolsillos. Comencé a trotar hacia él, tras cerrar la puerta por cuestiones de seguridad, sintiendo de inmediato el cambio entre el calor de mi habitación y el frío nocturno.
—Theo...
Rodeé su muñeca con mis dedos, por algún motivo no había advertido mi cercanía, de modo que dio un respingo. Todo su cuerpo entró en una notable tensión, y sólo se relajó cuando me miró por encima de su hombro.
—¿Qué...?
—No puedes andar solo por ahí a esta hora.
Escuché que suspiraba al tiempo que se volvía para encararme.
—Estaré bien.
—No me parece correcto. Ven, regresemos—halé su brazo, pero no cedió. De hecho, se sacudió para liberarse de mi agarre.
Fruncí el ceño.
—No, Heaven. Vuelve a casa, tu hermano me matará si descubre que estás aquí afuera conmigo.
—Sólo volveré si me acompañas, no hay forma de que te deje ir en estas condiciones.
—Vuelve a casa.
—No.
—Vuelve a casa, Heaven, realmente no estoy de humor para soportar tu comportamiento infantil.
—¿Perdón?
—Eres perfectamente consciente de que deberías estar dentro de tu habitación, así que evítanos el drama innecesario y regresa.
Crucé los brazos sobre mi pecho, obstinada y determinada a lograr mi objetivo. Quizá no había podido dormir, pero conseguiría esto. Sigo pensando que tenerlo a mi lado traerá, dadas las circunstancias, más problemas que beneficios no obstante ya no me importa. Él me preparó brownies, lo cual me hace sentir especial, y disfrutaré de ello durante una noche, al menos, aunque sólo forme parte de una ilusión.
—¿Necesitas que te suplique de rodillas?
—No, Dios, ¿por qué eres tan intensa?, ¿No querías estar sola?
—Sí, pero he decidido dejarlo para luego. Ahora mismo sólo quiero...—me frené involuntariamente, mordiendo el interior de mi mejilla mientras me forzaba a proseguir—... Uh, estar contigo... Quiero estar contigo.
¿Eso había sido demasiado revelador? ¿Podría deducir que me gusta a partir de esa confesión?
—¿Te sientes bien?
Acortó la distancia para poder apoyar la palma de su mano contra mi frente.
—Sí, ¿por qué?
—Tus cambios de opinión son confusos, quizás estás delirando.
Retiré su mano de mi rostro; en lugar de liberarla me atreví a enlazar nuestros dedos. Esta vez Theo no rechazó el contacto, por el contrario me brindó otra de sus tímidas y fugaces sonrisas. Le sonreí de vuelta, con mayor amplitud, advirtiendo que algo había comenzado a revolotear dentro de mi estómago.
Para ser honesta los acontecimientos no dejan de sorprenderme. No creí que estaríamos en esta situación precisamente hoy. La imagen de él con Jennifer sigue intacta en mi memoria.
—Quizás sí. Ven, si continúo otro minuto al aire libre me congelaré.
Mis brazos temblaban ligeramente incluso después de haberlos frotado para crear fricción varias veces, sentada sobre mi colchón, en lo que Theo se deshacía de su camiseta.
—¿No tienes frío?
—No, ¿tú sí?
Pasó la prenda por encima de su cabeza y la lanzó a una de las esquinas de la habitación, importándole poco el desorden que causaría. La camiseta golpeó la caja de una de las cinco Monster High que mantengo como parte de mi colección sobre una repisa, de modo que Cleo cayó al suelo en medio de un estrepitoso aterrizaje. Theo observó el desastre y dirigió sus ojos hacia mí, deprisa, como si esperara una reprimenda.
—Sí—arrugué el entrecejo a la par que me ponía de pie—. ¿Es muy difícil para ti ser cuidadoso? Cada vez que vienes golpeas algo. El otro día mi tía hizo un comentario al respecto; cree que podríamos tener fantasmas.
—Ten.
Tras recoger a mi preciada muñeca me giré para descubrir que el castaño está ofreciéndome su abrigo. Alcé una ceja, exigiendo una justificación.
—Si tienes frío puedes usarlo.
—Gracias, pero no cambies el tema. Si sigues levantando sospechas me veré en la obligación de echarte—lo ajusté a mi cuerpo como pude, alisando la tela con las palmas de mis manos. Una densa capa del perfume de Theo me nubló los sentidos durante un segundo.
—Te queda mejor que a mí.
Procuré disimular el hecho de que mis mejillas cambiaron de color desviando la mirada. Justo como la última vez que usé un suéter de su pertenencia, de inmediato me cobijó una fuerte sensación de seguridad.
—¡Deja de cambiar el tema!
—No has probado los brownies, ¿quieres uno? Toma uno.
Rodé los ojos, fastidiada, tratando de contener la sonrisa de idiota que amenazaba con escaparse apenas comprobé que Theo tenía una de esas bonitas expresiones risueñas con la capacidad de infundirme alegría sobre su rostro. Luce tan adorable, con las mejillas rosáceas a causa del frío y los ojos brillantes, que tengo la imperiosa necesidad de abrazarlo.
—Si a Heaven número dos les gustaron no pueden estar tan mal, ¿cierto?
—Define "Mal".
A pesar de la horrible publicidad, Theo hizo un trabajo más que aceptable. Los pequeños cuadrados de chocolate saben mejor de lo que cabría esperar; la capa de ganash que los cubre es lo suficientemente dulce como para contrarrestar el toque salado que ciertamente quedó debido al pequeño percance.
—Esto sabe increíble.
—Increíblemente asqueroso, sí.
—Hablo en serio, Theo Dervest, es uno de los mejores brownies que he probado.
—Ya, claro.
—¿Quieres uno?
—No, disfrútalos.
—¿Por qué eres así?—entrecierro los ojos a la par que muerdo el último trozo de la preparación—. Siempre estás intentando herir tus propios sentimientos.
—Por supuesto que no.
—Sí, eso es exactamente lo que haces, en cualquier aspecto de tu vida.
—Sólo soy realista.
—No es realista creer que no eres bueno para nada.
Theo evitó mirarme. Sus ojos fueron a parar sobre la pared de enfrente, noté que tenía la mandíbula tensa al observar su perfil. Sus dedos se crisparon con fuerza, al mismo tiempo que parecía instaurarse entre nosotros una barrera gigante y densa.
De pronto sentí que estaba visualizando una parte oculta de la personalidad del castaño; una que jamás creí ver, y que indudablemente influye en su carácter. Supe, de inmediato, que ahora podía entenderlo un poco más.
Sujeté su mentón con suavidad para girar su rostro hasta que nuestras miradas volvieron a encontrarse. Él intentó esquivarme de nuevo, pero no se lo permití. Afiancé el agarre, sin llegar a lastimarlo, y me moví un par de centímetros al frente.
—Hey, mírame... Puedes hablar de esto conmigo, ¿bien? Prometo que no te juzgaré.
—Heaven...
—Inseguridad, ¿cierto? Aunque sueles fingir lo contrario, no tienes fé en ti mismo... Crees que todo te sale mal, que no eres capaz o suficiente, y lo crees con tanta fuerza que ni siquiera pretendes demostrarte que no es así. No te esfuerzas porque no tiene caso, ¿verdad? Eso piensas.
—Por supuesto que no, qué ridiculez.
—Desprestigias todo lo que proviene de ti. Eres un gran artista pero no lo aceptas, eres un estudiante excelente y lo niegas, puedes incluso ser un buen amigo, y tampoco quieres verlo... ¿Por qué, Theo?
—Disculpa, ¿En qué momento agendé una cita con la psicóloga? Estoy confundido.
Lo solté más no me aparté. Por algún motivo descubrir la manera en la que este chico ha de sentirse a diario comprimió mi corazón.
—¿Te quieres? Ya sabes, como persona.
—No pienso tener esta conversación.
—Theo...
—No, detente. Agradecería que dejaras de insistir. A veces en serio eres muy molesta.
Rodó los ojos a la par que cruzaba los brazos, a la defensiva. Mi vista bajó a su torso aun descubierto durante un segundo, lo que me llevó a pensar que, debido a los extraños acontecimientos y al hecho de que el castaño podría no ser tan feliz como yo suponía, ni siquiera me he fijado demasiado en ello. Si las cosas fuesen distintas probablemente ahora mismo estaría conteniéndome para no quedarme embelesada con lo increíblemente atractivo que luce.
—La última parte no era necesaria, pero te conozco lo suficiente como para saber qué planeas, y te aviso que no funcionará.
Torció los labios en una mueca de disgusto, luego se cubrió parcialmente la cara con su mano izquierda.
—Lo siento. No quiero hablar de eso. ¿Podemos, por favor, sólo dormir?
Alcé mi brazo y, justo como hace un rato, tomé su mano para poder entrecruzar nuestros dedos.
—Está bien, nunca te forzaré a nada, pero quiero recalcar que puedes contarme lo que desees, incluso si te parece una tontería, cuando lo desees.
—Ya, gracias.
—Además, también eres libre de traerme brownies cuando te apetezca—continué, queriendo cambiar el tema por consideración—. Preferiría que no los rociaras con sal pero, para no ponerme exigente, los aceptaré de todas formas.
—¿Sabes qué creo con mucha seguridad, Cielo?
—¿Qué?
—Que tus padres no pudieron haberte puesto un mejor nombre.
—¿Eso qué significa?
—Significa que a veces, a tu lado, me da la impresión de que estoy literalmente tocando el cielo...—usó su mano libre, la que no estaba sosteniendo con fuerza, para apoyarla delicadamente a un costado de mi rostro—. Tú eres simplemente demasiado para ser real.
Confirmo mi estado: Estoy oficialmente delirando.