¿Qué sabemos, realmente, del mundo?
Si nos detenemos un segundo a meditar la repuesta llegaríamos a la conclusión de que no conocemos a ciencia cierta prácticamente nada.
Nacemos y de inmediato nos convertimos en una especie de proyecto para la sociedad; un nuevo individuo que moldear. Nuestros padres, o las personas encargadas de cuidarnos, se toman el trabajo de inculcarnos pensamientos y creencias ya preestablecidas que deberemos adoptar como personales. Nos indican de muchas maneras qué es lo que hay que hacer y qué no, de qué manera y cómo no. Señalan cientos de normas de importancia indiscutible que, en verdad, no podemos cuestionar. Al final acabamos con el cerebro saturado de ideas, hechos, experiencias, valores, convicciones, aspiraciones, entre otros, que en sí no nos pertenecen.
Nos transformamos en una especie de extensión; solemos pensar que hay originalidad en nosotros pero, a fin de cuentas, sólo somos el resultado de múltiples condicionamientos.
Más allá de las reglas básicas, lógicas, aceptables y sumamente necesarias, como no atentar contra la integridad física o mental de los demás, llega un punto en el que es difícil saber si lo que pensamos está en nuestra mente porque así lo sentimos apropiado o porque alguien más no enseñó que lo era.
Incluso hay códigos de vestimenta que pretenden imponerte qué ropa usar, de qué forma, con cuál actitud y cuándo.
Alguien siempre tiene una opinión, alguien siempre quiere indicarte cómo debes comportarte con respecto a algo.
Entonces te das cuenta, repentinamente, de que no se trata de lo que conozcas del entorno, sino de cómo te sientes con ello.
De nada sirve pensar que el océano es increíble sin en tu interior no lo percibes así, por ejemplo.
De modo que aquel chico existió la mayor parte de su vida a través del pensamiento. Poseía una larga lista de cosas que sí o sí eran de tal manera (que la familia lo es todo, que es agradable ver un nuevo amanecer, que los estudios son importantes), pero en secreto no logró sentir la relevancia de ninguna. En consecuencia, jamás se esforzó demasiado por darles valor. Hasta que alguien irrumpió de pronto en su monótono universo y, con su energía apabullante y sus ganas de admirar hasta el aleteo de una mariposa, lo orilló a cuestionarse en qué momento empezaría a vivir por lo que sentía.
Quizá él nunca habría sido capaz de comenzar a estimar lo que ya le fascinaba, al menos en menor medida, si ella no hubiese estado a su lado.
Era fácil disfrutar de la música porque resultaba placentero ver qué tan feliz podía hacerla a ella escuchar una simple canción. Fue agradable explicarle durante horas cómo se resolvía un ejercicio bastante sencillo de química porque al final, después de haber perdido y recuperado la paciencia, cuando pudo encargarse por sí misma sonrió con tanta amplitud que su alegría iluminó toda la habitación. Era reconfortante oírla hablar sin cesar, aunque no dijera nada que en otras condiciones a él pudiese parecerle remotamente interesante, porque se notaba que ella disfrutaba hacerlo. Era confortable compartir silencios con ella porque tenía el poder de volverlos cómodos. Era relajante salir a pasear, incluso a las doce del mediodía, porque percibir su calma y observar qué tan bonita podía verse entre un paisaje lleno de elementos naturales no tenía precio.
Con su presencia podía convertir lo que ya era especial en algo indescriptible.
Al chico lentamente se le hacía difícil imaginar un mundo donde ella no estuviese, le era complicado acostumbrarse a la idea de una vida donde no pudiese sujetar su mano en un paseo tranquilo, burlarse de cualquier tontería que ella hiciera sólo para ver cómo torcía el gesto o escucharla expresarse como si de repente estuviesen en un programa de superación personal.
Aunque luchó para evitarlo ella logró infiltrarse en todo lo que él era, o mejor dicho, lo ayudó a darse cuenta de lo que quería ser. Fue tan insistente, tan vivaz, que terminó siendo imposible eso de alejarla. ¿Cómo podía apartarla de su vida, si representaba exactamente lo que no sabía que deseaba tener en ella?
Él había escuchado mucho sobre el amor del tipo romántico; que es un sentimiento de intensa atracción emocional, incluso s****l, que logra consumirte, que derriba cada una de tus barreras sin que siquiera puedas advertirlo a tiempo, que te sirve de impulso para no recaer sólo en los aspectos negativos de tu vida, que no es tan fácil como uno querría, pero que vale la pena lanzarte al vacío por él, que te hace sentir vivo... Hasta recordaba haber hecho una exposición durante la primaria al respecto, pero jamás lo había experimentado como tal por nadie.
A su lado, mientras ella apoyaba la cabeza sobre su hombro y le comentaba el por qué prefería oír distintos estilos musicales a uno solo con tanta seriedad que parecía un asunto de Estado, empezaba a descubrir en qué consistía verdaderamente.
Con ella lentamente comenzaba a sentir lo que era el amor.