Capítulo 26

4218 Palabras
Nunca pretendía que mi imagen fuese impoluta porque sabía de sobra que en mi caso jamás conseguía controlar hasta el más mínimo detalle, como el resultado final de un buen peinado o la simetría del delineado, pero tampoco me gustaba la idea de salir a la calle sintiéndome incómoda con mi propia apariencia. Antes de comenzar a trabajar tenía la costumbre de escoger mis outfits una noche antes, pero luego comencé a encontrar bastantes excusas para no hacerlo. En ocasiones Shelby me obliga a organizar todo con antelación, sólo que últimamente ha estado tan cambiante y dispersa que no se fija mucho en ese tipo de detalles. Ahora mismo, con los nervios crispados y el corazón latiéndome deprisa, desearía haber seguido con esa rutina. El noventa y nueve por ciento de mi ropa está sucia porque no he lavado en días y Shelby tampoco. Encontré en el fondo del armario dos camisetas que ya no me quedan, una ligeramente descolorida que hace años dejó de gustarme, y dos faldas plisadas a las cuales no he recurrido en un buen tiempo porque quizá son demasiado cortas para ir a estudiar, que es en teoría todo lo que hacía. Arrugué la cara frente a las prendas. Amanecí de buen humor, un tanto sobresaltada pero animada, y ahora comenzaba a sentir que la frustración se hacía presente. Desvié la mirada hacia mi cama cuando el sonido de una inhalación profunda traspasó el silencio. Theo dormía plácidamente con un brazo colgando del borde colchón y el otro apoyado sobre su pecho; ese que había estado rodeándome con fuerza antes de que consiguiera librarme del agarre y escapar de su cercanía. También debía pensar en cómo lograría despertarlo sin hacer demasiado ruido y, más importante aún, en cómo sacarlo de casa sin que mi tía lo notara. Tuve la mala suerte de que mi alarma decidiera no sonar hoy, Shelby tocó la puerta hace aproximadamente veinte minutos y por poco sufro un infarto. Mi cerebro adormilado procesó toda la información deprisa y pronto llegó a la conclusión de que me habían pillado junto a Theo, pero por suerte la puerta estaba trabada y ella no sospechaba nada. Mientras observaba al castaño, cuya expresión refleja la más pura relajación, sentí que el rostro se me encendía. Por segunda vez amanecimos extremadamente cerca en una especie de maraña humana donde se me hizo difícil distinguir la ubicación de mi propio pie. No tengo ni idea de cómo acabamos así, vagamente recuerdo haber girado sobre mi espalda para enfrentarlo a mitad de la noche, y quizá también a él acortando la distancia en medio de una semi inconsciencia para pasarme un brazo por encima de la cintura. Bien, vale, puede que incluso me parezca haber pensado que de cerca sus pecas son como pequeñas estrellas que podría pasarme la vida contando, y tal vez sentí las oleadas cálidas de su aliento contra mi rostro que expulsaba a través de sus labios entreabiertos. Sin embargo, no recordaba el hecho de que al final no quedó casi ningún milímetro de separación. Estoy segura de que de haberlo advertido a tiempo me habría separado al menos un poco, más que nada por los nervios. Intercambié un vistazo entre el armario y sus lindas pestañas, admitiendo para mí misma que arrastrar una silla para sentarme frente a él a admirarlo probablemente sería más entretenido que buscar qué ponerme. Tras cepillarme los dientes me afané con la tarea de vestirme porque no quería que los recuerdos de la noche anterior llegasen. No obstante, soy el ejemplo viviente de que no sirve de nada retrasar lo inevitable. Todavía veía en mi mente con absoluta claridad el rostro de Theo cuando pronunció aquella confesión que ha estado desequilibrando mi estado mental. Antes ya había soltado ciertas frases que podrían ocultar más de lo que en sí mismas decían, pero yo siempre había conseguido la manera de ignorarlas. Es sólo que esto... No es algo igual de prescindible. A sus palabras le siguió un silencio denso mediante el cual varios sentimientos parecieron deslizarse con dificultad en el aire, tratando de hallar un espacio para transitar y asentarse. Yo no coordiné lo que pensaba con lo que en verdad quería decir, de manera que acabé informándole que tenía las manos demasiado frías. Naturalmente, las apartó, y en poco tiempo ya se había arrastrado al lado opuesto de la cama, casi sobre el borde. Comentó algo referente a la temperatura habitual de su piel y luego le sugerí que nos fuéramos a dormir. Me costó mucho indicarle que se acostara junto a mí porque no paraba de temblar sutilmente. Temía que notara el efecto que había causado en mi sistema, y aún más delatarme de forma inconsciente por medio de un impulso estúpido como besarlo. Me rehúso al hecho de ilusionarme. No pienso crearme una película a partir de nuestros encuentros porque es evidente que Theo no me ve de la misma forma que yo a él. Ahondar en lo que me ha dicho en los últimos tiempos sería estúpido por varias razones. Y lo cierto es que, a pesar de reconocer lo mucho que me gusta, no espero nada de su parte, además de cierto grado de amabilidad. Sé que no va a corresponderme, de manera que mi mayor preocupación debe ser mantener mis sentimientos a raya. Presioné los labios y caminé hasta él con cautela. Dudé, inclinada sobre su cuerpo, sobre cómo proceder. Por lo general él ya está despierto cuando yo abro mis ojos, son contadas las veces en las que he tenido que levantarlo por la fuerza. Seguidamente hundí la punta de mi dedo índice en la piel de su pecho al descubierto; cálida y suave, al tiempo que lo llamaba por su nombre. Pero no me prestó atención. Debí repetir la acción al menos unos dos minutos para lograr arrancarle un quejido de disgusto. Creí que me miraría, no obstante sólo se volteó para quedar apoyado sobre su costado derecho y buscó a tientas las mantas para cubrirse el rostro. Estaba por golpearlo con una de mis almohadas cuando alguien apareció de pronto tras mi puerta, pegándole con tanta fuerza que creí que le abrirían un hueco a la madera. —¡Heaven, cariño, ya es tarde! Recuerda que tu título peligra. —¡Voy! Transcurrió un breve lapsus de tiempo. Theo empezó a variar su postura, girándose hasta que quedó de frente hacia mí, con los ojos aún cerrados. Entonces, de pronto, Shelby volvió a golpear. —¿Me escuchaste? Debes levantarte. —Sí, tía, ya te oí. Suspiró, el castaño parpadeó con lentitud y yo me alegré de que por lo menos el escándalo sirviera de algo. —Bien, el desayuno está servido. Esperé a que sus pasos dejaran de percibirse cercanos antes de hablar. —Buenos días. No respondió. Parecía perdido en su mundo. Yo di la vuelta y empecé a repasar la pequeña lista de alternativas que tengo para vestirme. No sé por qué quería despertar a Theo tan pronto, se volvió tediosa la tarea que llevaba a cabo bajo su atenta mirada. Me sentía presionada por su atención, de modo que mis movimientos empezaron a ser torpes. Dejé caer por accidente lo que ya había seleccionado en dos ocasiones. —¿Es un nuevo juego?—dijo, su voz sonó rasposa e increíblemente sensual gracias a las horas de sueño perdidas—. ¿U otra de las siete maravillas que según tú uno debe disfrutar de la vida? —¿Qué cosa? —Eso de soltar algo, recogerlo y volver a soltarlo. Rodé los ojos. —En lugar de intentar molestarme deberías preocuparte por averiguar cómo saldrás de aquí. Se sentó, estirando los brazos por encima de su cabeza. Theo dormía sin camiseta la mayoría de las veces, de manera que me es fácil apreciar su torso a detalle ocasionalmente. En general es uno de esos chicos delgados que no dejan de verse atléticos pese a que por costumbre no le dedican mucho tiempo a la actividad física; quizá cumple con un par de rutinas esporádicas para no perder la forma. Su constitución es del tipo Intermedia, prácticamente no hay músculos desarrollados a la vista, pero de todas formas ofrece un excelente panorama. —Por la puerta ¿No? La falda volvió a caerse. Tal vez debía dejar de fijarme en lo llamativos que se veían sus brazos cruzados. Me aclaré la garganta, tomando la prenda para situarla posteriormente sobre el respaldo de una silla. Nunca podría encubrir mis sentimientos si me embelesaba cada dos segundos sólo porque él respiraba. —Shelby ya está despierta, por si no lo notaste. Theo rodó los ojos. Pronto estuvo dentro de mi baño, escuché su voz por encima del chorro de agua que caía al lavamanos. —¿De verdad crees que tu tía es tan estúpida como para no saber que estoy aquí?, ¿Que he estado viniendo semanalmente? —No he dicho que sea estúpida—defendí, acercándome al sitio donde Theo dejó su camiseta negra y un hoodie bastante lindo de color turquesa para comprobar que no hubiese algo mío que pudiera utilizar debajo—. Pero créeme que si estuviera consciente de tu presencia no la permitiría. A fin de cuentas eres un chico. Y por norma general no se debe confiar en un chico. Theo asomó la cabeza, con el cepillo de dientes que hace días optó por traer dentro de su boca. Tenía espuma en la mejilla derecha. —¿Por qué no? —Porque los chicos mienten. El castaño entornó los ojos. —¿Qué clase de ridiculez es esa? Es como si yo te dijera que las chicas manipulan. Así. En general. Pareció genuinamente indignado. Yo retuve una sonrisa. Para ser honesta no me he detenido a pensar en si Theo me ha dicho algo que no es así, es difícil saberlo porque no conozco demasiado sobre su vida. —Estoy bromeando—aclaré. El castaño resopló como si yo fuera el ser más molesto del mundo y volvió a adentrarse de lleno en mi baño—. Ella no lo permitiría—proseguí—, porque, a pesar de que tiene la mente más abierta que los adultos promedio, eres un chico... Uh, digamos atractivo, y todos sabemos lo que puede pasar si hay un chico atractivo de por medio. Nuevamente se asomó, mirándome con las cejas alzadas. Se había echado agua sobre el rostro; ahora luce considerablemente más fresco. —¿Estás insinuando que soy una tentación para ti? —No, pero Shelby podría creer que sí. Y supongo que sería incómodo para ella pensar en lo que quizás estuviésemos haciendo dentro de mi habitación. —Heaven, me cuesta mucho tragarme eso de que haces este tipo de comentarios de forma desinteresada. Bufé, dándome cuenta de que todavía sostenía el hoodie. La tela es esponjosa y huele a Theo. —No eres irresistible para todo el mundo ¿Vale? —No he dicho que lo sea. —Pero actúas en base a tal fantasía; mirando al resto por sobre tu hombro, caminando como si fueses el rey del mundo, fingiendo que eres un tipo inalcanzable... Incluso hablas con este tonito irritante de extrema confianza y superioridad. Fue una reacción espontánea; mordió su labio inferior con fuerza para contener una sonrisa, pasándose, además, una mano por el cabello como segundo elemento distractor. Se aclaró la garganta y procuró ponerse serio, lográndolo casi al instante. Siempre me ha parecido que es bueno dominando sus expresiones. Al principio creía que era porque es un sujeto incapaz de sentir, pero ahora mismo, después de conocer un poco sobre su inseguridad, llegué a la conclusión de que es porque siempre ha tenido la necesidad de enmascarar lo que en verdad está pensando o sintiendo. —No sé de qué hablas. La mayor parte de la población mundial me desagrada; eso es todo—argumentó, sacudiendo una mano en el aire con aparente indiferencia—. Claro está que no veré con fascinación a nadie, ni voy a andar por ahí intentando agradar. —Entonces... No es que te creas el centro del universo, sino que tu aversión hacia la r**a humana no te permite ser menos imbécil, ¿Me equivoco?—Theo frunció el ceño, yo asentí con la más absoluta comprensión—. Vaya, dicho así suena mucho mejor. Estás definitivamente absuelto de tus pecados. Tras blanquear los ojos, el castaño se internó en el baño y cerró la puerta, probablemente con más fuerza de la que habría sido conveniente. A los cinco minutos salió, frotándose el cabello, que ahora traía húmedo, con una toalla que claramente tomó sin permiso. Yo estaba sentada sobre la cama, llegando a la conclusión de que tendría que ponerme la camisa de mi uniforme en la pastelería, y aunque en realidad su atrevimiento no me molestó ni me tomó por sorpresa, sí me hizo pensar en que el nivel de confianza que existe entre nosotros ya es elevado. Quizá por eso se me hace tan difícil aceptar la idea de que lo más sano para mí sería alejarme de él al menos durante un tiempo, con el propósito de aclarar mis sentimientos. Evidentemente ya hay un vínculo, que no es perfecto pero sí significativo. —¿Vas a admirarme todo el día? —¿De dónde sacaste eso?—señalé el trozo de algodón rosa con un unicornio bordado justo en medio que Shelby me compró cuando tenía alrededor de diez años. —Tomando en cuenta que estaba en tu baño, me parece que la respuesta es obvia... —Si no me haces sentir como estúpida diez veces al día no estás contento ¿Verdad? Arrojó la toalla a mi costado izquierdo, sonriendo con cinismo. —Me leíste la mente. Sujetó su camiseta, poniéndosela ágilmente. Con su abdomen cincelado por los dioses fuera de la vista resultó más sencillo enfocarme en sus ojos, que refulgían con una cantidad de energía poco usual en ellos. —No sé qué usar—dije, contestando a su pregunta. Theo escaneó los alrededores y se detuvo sobre, desde cualquier ángulo, la peor opción. —¿Qué tal esa? De un naranja chillón, la blusa de tela elástica reposaba junto a mi cama, parcialmente cubierta por una falda porque había decidido ignorarla totalmente. La compré en la época donde me atraían las combinaciones vibrantes y llamativas. —No. Es horrible, ¿Acaso no la ves? —Sí, pero no pensaba comentarlo. Ya me acostumbré al hecho de que lo tuyo son las cosas espantosas. —Hoy te despertaste más irritante de lo que puedo soportar. Me levanté, tomé una de las dos faldas plisadas, posiblemente la más larga entre las dos, y me encaminé hacia el baño. ¿Cuántas personas notarán el hecho de que me quedé con la camisa del pijama puesta? Podría usar uno de mis suéteres encima, pero aún no los he sacado de la habitación de Collin, que ahora sí mantiene bajo llave. Justo cuando estaba por adentrarme a la ducha sentí que algo acolchado impactaba contra mi espalda. Me volteé por impulso, confundida, encontrándome con que Theo tenía una expresión mil veces más fría e inescrutable de lo normal. Intercambié una mirada entre él y su hoodie, que descansaba a mis pies. ¡Me lo había lanzado! —¿Cuál es tu problema, Dervest?, ¿Acaso quieres iniciar una guerra aquí mismo? —Úsalo. Comprendí lo que estaba dando a entender, una parte de mí se enterneció por el gesto, y aun así arrugué el entrecejo. —¿No podías dármelo de una forma más amable? No lo sé, ¿Como si no fuera una orden? —No, porque es una orden. Me guardé cualquier réplica. No tan en el fondo me entusiasmaba la idea de usar su suéter. Shelby me miró asustada cuando ambas oímos un estrépito inesperado provenir de mi habitación. Estaba hablándome sobre el próximo vestido que confeccionaría, agitando las manos en el aire mientras intentaba esquematizar la manera en la cual lo haría, cuando sus facciones se paralizaron repentinamente. Los labios le quedaron entreabiertos y buscó sujetarme el brazo como diciendo «Eh, ¿Escuchaste eso o me volví loca?». Maldije a Theo en mi mente. En verdad no se preocupa ni un poco por la posibilidad de ser descubierto. Me costó convencer a mi tía de que no teníamos ningún motivo válido para subir a averiguar qué había sido eso, intenté distraerla alabando la ensalada de frutas con yogurt de miel que me había servido y luego comentándole el nuevo cambio que pensaba hacerme en el cabello. Tuve que pedirle que me hiciera una especie de sesión fotográfica improvisada frente a los arbustos en el jardín de Analise porque experimenté un súbito ataque de “quiero guardar cada mínimo recuerdo de mi último año” para que Theo pudiese salir sin ser visto. A estas alturas me sorprende que alguien no le haya comentado a mi tía el hecho de que cada tanto un chico castaño de apariencia sospechosa atraviesa su puerta delantera a eso de las cinco treinta, cuando aún está oscuro y es posible pensar lo peor de un sujeto que sale sorpresivamente de un sitio al que nadie sabe cómo entró. Una vez en la institución me abordó un Ansel ansioso que deseaba decirle a alguien con lujo de detalles qué tan maravilloso fue su fin de semana. Aparte de la presentación, y del instante en el que fuimos hasta el auto de Jonathan estacionado en la entrada para buscar los obsequios de Harold, no tuvimos muchas ocasiones para interactuar con Helena, pero el pelinegro, por el contrario, sí que tenía material (que exageraba) para hablar de ella durante años. Básicamente vivió un sábado de ensueño sólo porque ella estaba allí, y el domingo no descansó ni un poco por pasarse las horas en un picnic improvisado donde tanto la pelirroja como él estuvieron “atrapados en una nube de ilusiones”, para citarlo textualmente. Por un instante me sentí como probablemente Xanthia se hubiese sentido al escucharlo hablar así. De no ser porque pensé que podría lastimar sus emociones habría estallado en carcajadas. ¿Nube de ilusiones? Luego, mientras rebuscaba dentro de mi casillero por el libro que utilizaría en la primera clase, llegué a la conclusión de que quizá Ansel no se expresó de una forma tan estúpida como al principio me pareció. Es decir, mentiría si dijera que consumir parte de mi madrugada con Theo no estuvo a punto de hacerme perder el norte. Por un momento casi nos imagino podando nuestro césped en una casa veraniega en las costas de Italia, o corriendo bajo la lluvia con una de esas lindas canciones que siempre incluyen en las películas románticas durante escenas iguales sonando de fondo. —Blom. Di un respingo, girando en modo automático hacia el origen de aquella voz. Luan estaba recostado contra los casilleros contiguos, con la vista fija en la pared de enfrente. Llevaba su típica ropa negra, que parece no variar desde que lo conozco, el cabello despeinado y la mandíbula apretada. Si no hubiese pronunciado mi nombre jamás hubiera podido captar que me hablaba a mí. —¿Luan? Me miró por fin, impertérrito. Repasó con una lentitud descarada cada centímetro de mi anatomía y después volvió a observarme a los ojos con bastante intensidad. —Qué lindo hoodie. —Gracias. —Esta mañana has dado mucho de qué hablar ¿Eh? Tomé mi libro con fuerza y terminé de voltear el cuerpo. No sabía qué buscaba pero conociéndolo debía mantenerme alerta. —No sé a qué te refieres. Se encogió de hombros, desinteresado. Su actitud me inquietó. —Todos te han visto con Theo, ustedes son muy cercanos ¿No? —Depende de quién lo pregunta. Si debo responderte a ti, pues sólo te diría que no es tu asunto. Alzó las cejas con fingido asombro, se llevó una mano al pecho y formó un pequeño puchero. —Auch, ¿Por qué me contestas como si fuera el villano de tu historia, Heaven querida? Aparte, creí que eras la chica más dulce de todo el país. Últimamente no estás tan... ¿Azucarada? —De acuerdo, vale, ¿Quieres algo en particular o sólo estás de paso? —Bien, al grano. He escuchado cientos de rumores durante esta mañana sobre de dónde salió eso—me apuntó al pecho—, y quería confirmar... Es de Theo ¿No? —Tal vez. —Lo es—asintió para sí mismo, muy convencido. Luego curvó sus labios en una sonrisa amarga—. Por supuesto, esto debe ser parte de una estúpida venganza. —¿Qué?, ¿De qué hablas? —Muchos creen que tú y Theo tienen algo serio, por todo el asunto de que siempre estás corriendo detrás de él—prosiguió, sin cerrar la idea anterior. Fruncí el ceño. No me gustó ni un poco la manera en la que pronunció aquello, como si yo fuese la chica más idiota que conoce. —¿Por qué estás diciéndome todo esto?, ¿Quieres tener un avance de exclusivo de cada cosa que ocurra entre ambos para ser el primero en enterarse? —Te lo digo porque, a diferencia de los demás, no creo que hayan llegado tan lejos; Theo siempre ha sido un tipo bastante lento. Por no mencionar que también un imbécil. De manera que aún tienes tiempo de huir. Aprisioné el libro contra mi pecho en una especie de abrazo y apoyé la mitad de mi cuerpo contra los casilleros, todavía perdida en una burbuja de confusión. Dejé de entender el panorama cuando Luan alzó la voz. —¿Huir? —Theo no es el tipo de chico que tú necesitas. No debí, pero me puse a la defensiva. —¿Y tú sí? Rodó los ojos, visiblemente fastidiado. —No estoy tratando de conquistarte, Heaven, de hecho sólo intento ahorrarte sufrimiento. —Pues no tienes de qué preocuparte porque a mí no me interesa Theo, ni yo a él. Al menos el cincuenta por ciento de esa oración era cierta, pero Luan hizo una mueca. No se creyó ni la mitad. —No estoy diciendo que sea un mal tipo ¿Vale? No pretendo ensuciar su nombre; no necesito que me odie más, es sencillamente que su... Condición, por así decirle, no le permitirá ser todo lo agradable que tú mereces—dejó caer una mano sobre mi hombro. Yo me quedé estancada en la manera con la que se expresaba sobre el castaño. Parecía conocerlo desde hace tiempo, se refería a él con suma familiaridad, y no únicamente como a un compañero de clase que recién ingresó a su salón—. Mira, no te llenaré la cabeza con la idea de que eres una chica de cristal con una personalidad perfecta que terminará casándose con, uh, no lo sé, ¿Harry Styles?—elevó la mirada al cielo, como pensando en si había pronunciado el nombre de forma correcta—. En fin, el punto es que tú tampoco eres intachable, pero definitivamente sí alguien muy sentimental, amable y, en general, todo lo opuesto a Theo. Algo entre ustedes jamás funcionaría. Ese chico se pasa los días perdido en el resentimiento, quizá también en un poco de culpa, y la soledad. No miento cuando digo que así lo escogió él, porque claramente podría salir de ese pozo si lo quisiera. Será literalmente imposible que te note a ti por encima de sus propias heridas. —Luan... Sigo sin comprender por qué estás contándome todo esto. ¿Es por el suéter? Bien, sí, le pertenece a Theo pero ¿Qué con eso? No es un anillo de compromiso y, si lo fuera, ¿Qué te importa a ti y a los demás? Acercó el rostro un par de milímetros, ampliando la sensación de acoso que comenzaba a sentir. —No lo conoces como yo, con él debes andar con cuidado. No serías la primera chica que cae rendida a sus pies sin recibir a cambio ni una sonrisa. No soy experto en su vida, pero he oído cosas; frecuentamos el mismo círculo ocasionalmente. —¿Ahora es cuando me dirás que Theo pertenece a la mafia rusa? Presionó más su mano, ajustándola en torno a mi hombro con palpable insistencia. Se esforzaba por introducir cada palabra que salía de sus labios dentro de mi cerebro. Quería que quedaran impresas al pie de la letra en mi memoria. —Tómalo en serio, Heaven. ¿Y si esa era una señal divina de que debía dar un paso al costado? No quería enredarme en un sitio del que no lograra salir después, y con su aroma siguiéndome a todas partes tuve la sensación de que eventualmente pasaría. —A ver, ¿Por qué estás tan convencido de que Theo es exactamente como tú dices? Por lo que sé acabas de conocerlo este año. Suspiró en agotamiento. Presentí que lo que soltaría a continuación lo tenía extenuado. Como una de esas frases que solemos dar por respuesta varias veces al día, a una misma persona. —Porque Theo es, bueno... —¿Qué? Mi corazón se aceleró. Temí lo que escucharía. —Algo así como mi hermanastro.
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