Capítulo 2

4945 Palabras
Tiempo. ¿Qué es el tiempo, en sí mismo? Se trata de una magnitud física con que se mide la duración o separación de ciertos acontecimientos, según una definición resumida fácilmente obtenible de internet. Pero yo creo que, si nos ponemos filosóficos, puede significar más que eso. Y es que es una de esas cuestiones intangibles del diario vivir que probablemente nunca lleguemos a entender por completo.Ahora bien, ¿por qué estoy reflexionando al respecto cuando en su lugar debería terminar de vestirme? Sencillo; por mucho que lo he intentado desde que ocurrió, sigo rememorando una y otra vez los eventos de ayer. Zanjé el asunto al determinar que el tiempo pondría todo en orden, ¿Pero acaso es posible cederle el mando a una “magnitud” cada vez que yo no sea capaz de ocuparme de una situación en particular? ¿Es eso sensato, o sencillamente una forma de conseguir consuelo? Definitivamente el tener que ir a firmar una especie de planilla en mi nuevo trabajo no me ayuda a olvidar. En cuanto llegamos a casa, ayer, corrí a contarle absolutamente todo a mi tía, quien aún no se había enterado de que por cosas de la vida había tenido que escaparme de casa. Debí explicarle cada suceso desde el principio, tratando de que entendiera el por qué actué como lo hice de manera que mis intenciones fueran netamente buenas a sus ojos, y no importara el hecho de que estuve paseándome entre cuerpos ebrios y sudorosos sin su permiso. En realidad, no se sorprendió demasiado, quizá porque no fue la primera vez que yo hacía tal cosa. Lo que la tomó desprevenida fue la drástica medida que mi hermano me aplicó como castigo. Para ese momento ninguna de las dos recordaba el trato que habíamos sellado con él la última vez que se produjo una situación similar; hipotéticamente hablando, si se me presentaba la urgencia de buscar a Xanthia por ahí a las doce de la madrugada en el futuro, al menos tendría que comunicárselo a algún adulto, de lo contrario Collin podría elegir cuál sería mi penitencia, y ninguna podría chistar siquiera, a menos que, naturalmente, me impusiera algo imposible. En primera instancia sólo conseguí sentirme irritada, pero, después de meditarlo bastante, concluí que era una oportunidad interesante. Un ingreso extra nunca cae mal, y dado que Collin prometió establecer condiciones que fuesen «flexibles» para mí y «convenientes» para Charlie, decidí intentarlo. Al salir a la calle el resplandor del Sol fue tan fuerte que tanto Collin como yo tuvimos que detenernos un instante en la acera para entrecerrar los ojos y soltar un breve quejido. El calor era insoportable, aunque yo llevara una camiseta ligera y una falda que ni siquiera llega hasta mis rodillas. No comprendo por qué es necesario salir al mediodía, ni mucho menos por qué no usamos el auto. Quería estar enfadada, pero pronto se me hizo complicado tomarme en serio los pequeños detalles de la circunstancia, como que, mientras yo alcancé el último puesto libre del autobús, Collin debió quedarse de pie en medio del pasillo durante los veinte minutos que duró el recorrido. Evidentemente había deseado darme una lección, pero a estas alturas es como si las desgracias se empecinaran en ocurrirle a él. En lo que volvía a mi estado habitual; resuelto y optimista, Collin parecía hundirse más en la impotencia. Fue bastante diplomático al debatir los términos y condiciones del contrato con Charlie, nunca se desvió ni un poco de su papel, así como también procuró plantear lo que asumió yo acotaría antes de que tuviera ocasión de hacerlo. Se negaba a hablarme, pero de todas formas me representó sorpresivamente bien. Culminada la reunión acordamos que: 1- Trabajaría desde las 2:00 p.m hasta las 8:00 p.m. 2-Sería amable y servicial, porque no era broma eso de que “Este es un ambiente libre de hostilidad”. 3-Ayudaría a mantener el almacén en orden. 4-Realizaría pequeñas tareas hasta haberme familiarizado con el funcionamiento del local. 5-Tendría libres los sábados y los domingos, pero tomaría clases de repostería y pastelería los sábados (cada quince días, con el propósito de, si era buena en ello, pasar al área de la cocina eventualmente). 6-Pasaría por un período de prueba, podría ser despedida si no cumplía con los requerimientos necesarios y renunciar en caso de que mis superiores fueran genuinamente injustos. Si esto último pasara, se quedarían con dos meses de mi sueldo, y si fuera lo primero me los quedaría yo. 7-Usaría uniforme.  Y, finalmente,                                                 8-Empezaría al día siguiente.  Cada pauta me pareció apropiada, por lo que no hubo nada para discutir. Durante un segundo dudé en preguntarle a Charlie por el chico del día anterior, suponiendo que mantienen una relación medianamente íntima fuera de la pastelería, pero no me atreví. Como Collin se empeñaba en ignorarme, yo hice lo propio. Apenas cruzamos el umbral de nuestra puerta principal nos separamos; él subió trotando las escaleras y yo me encaminé hacia la cocina, guiada por el increíble aroma que se percibía desde media cuadra antes. —Hola, cariño. Mi tía se giró un instante al oír mis pasos, dedicándome una de sus radiantes sonrisas que prometen nuevos y maravillosos amaneceres. Ella tiene ese extraño poder de infundirle confianza y esperanza a quien sea. Yo me situé a su costado izquierdo y le permití depositar un beso sobre mi mejilla, para después observar cómo le daba vueltas a un salteado de vegetales que crepitaba sobre la sartén. El hambre que había estado pasando por alto se incrementó. —¿Cómo les fue? —Bien. Comienzo mañana. —¿De verdad quieres hacerlo? Si te sientes incómoda… —Sí, estoy segura de que podré sacar algo positivo de esto. —Así se habla. —Como por ejemplo…—proseguí, alejándome de su lado para tomar asiento sobre un taburete—. Dinero. Y brownies. Charlie me dijo que cada empleado puede elegir algún dulce y llevarse cinco de ellos los viernes. —¿En serio? Volvió levemente la cabeza, sin quitarle de un todo la mirada a una de sus preparaciones favoritas, que con el tiempo también fue ganándose mi cariño. Al principio, en nuestras primeras semanas de convivencia, yo detestaba todo lo que ella cocinaba, porque al basarse en estándares saludables no incluía en el menú los platillos grasosamente deliciosos que yo le pedía. —Sí. En realidad no me interesa mucho la paga, siempre y cuando me den gratis sus gloriosos brownies rellenos. —Cinco ¿eh? Uf, ¡cuánta azúcar! —No te preocupes, mis niveles de azúcar no podrían estar en mejores condiciones. Además, tía, ¿Quién en su sano juicio rechazaría una oferta así? —Bueno, vale, lo importante es no excederse—apagó la cocina y dio media vuelta—. Ahora ve y lávate las manos. La comida está lista. Me puse de pie de un salto, ansiosa por poder probar algo sustancioso al fin. Mi tía se reincorpora a su horario de trabajo la semana entrante, por lo que aún se levanta a las once de la mañana. Collin y yo, sin ánimos de entablar una conversación o cocinar juntos, desayunamos cereal por segundo día consecutivo, pero esta vez no había leche que lo complementara. Xanthia se la acabó ayer. —Y avísale a tu hermano. Desde luego, Collin apenas me hizo caso. Si no se tratara de la cena, una de las partes favoritas de su día porque incluye comer, probablemente no hubiese abandonado su habitación en pro de llevarme la contraria. Por un instante pensé en disculparme, pero después de haber recibido un castigo y continuar siento tratada con indiferencia resolví que debía dejar que el enojo se le pasara solo. A mi tía le incomoda el silencio que se extiende por demasiado tiempo, es una de esas personas habladoras que siempre encuentran algo que decir, aunque a el resto de los presente más que una forma de amenizar el ambiente les parezca irritante (en esto puede que seamos parecidas). Por lo que no tardó mucho en proponer un tema que tendría que engancharnos a mi hermano y a mí. —Estaba pensando en preparar brownies mañana, pero no sé si en cambio querrán Pie de manzana.  Mi postre favorito son los brownies, por si no se ha notado, y el de Collin el Pie de manzana. Naturalmente ambos nos enfrascaríamos en una ardua discusión al respecto, alegando motivos de por qué es mejor esto que aquello. Pero por supuesto, él no pareció interesado en participar en la conversación más allá de un simple encogimiento de hombros. —Lo que sea seguro estará excelente—sonreí cortésmente—. De hecho, nos vendría bien un poco de Pie. Collin no me miró, como lo supuse. En su lugar se terminó de un tirón lo que quedaba en su plato y dio zancadas largas hasta el lavavajillas, donde se ensimismó en borrar cualquier rastro de grasa de la superficie vidriosa con excesiva vehemencia. Salió de la cocina antes de que mi tía lo detuviera, erguido y con prisa. Yo, por mi parte, no conseguí retener un bufido. —Ya se le pasará. —Es infantil. Pinché un trozo de zanahoria y me lo llevé a la boca, procurando ignorar el hecho de que realmente no me gusta su sabor.  —Sí, pero porque te quiere—su semblante se endureció, me miró con gran intensidad al depositar el tenedor sobre su propio plato vacío—. Heaven, a ambos nos importas muchísimo, y nos preocupa que continuamente te expongas al peligro casi por impulso. Siempre he sido bastante comprensiva contigo, pero si acepté ese castigo de conseguirte un trabajo fue porque ya no sé cómo hacerte entender que estás actuando mal. Contuve un quejido. Es fácil pronosticar que se avecina una de esas tediosas conversaciones que no sé cómo enfrentar. —Entiendo. —No estamos en tu contra, cariño. Debes aprender a cuidar de ti misma cuando nadie más pueda ayudarte a hacerlo; ser analítica.  Según mi respuesta, la charla fluiría. —Entiendo. Shelby, mi tía, me observó durante un rato, impasible, pero al final no volvimos a discutir el tema. Esa noche Shelby subió a mi habitación pasadas las diez, cuando me disponía a dormir, y me obligó a ordenar todo lo que necesitaría al día siguiente. Juntas escogimos la ropa que me pondría y al fin, después de echarla de la forma más amable posible, caí rendida sobre mi cama.  Había sido un día ligeramente pesado, pero algo dentro de mí intuía que las próximas veinticuatro horas resultarían aún más agobiantes. Y no me equivoqué. Empezó, evidentemente, al despertar. Para el noventa por ciento de los integrantes de mi clase seguramente levantarse temprano es una experiencia desagradable, pero para mí nunca ha supuesto un martirio. No es que sea una fanática del estudio, sin embargo, me entretengo mucho más en la secundaria que en casa. Mi tía renunció a sus cuatro o cinco horas de sueño que le faltaban y elaboró el que nombró “El desayuno perfecto para un primer día”, aunque legalmente vendría siendo el tercero, que consistía en un sandwich de queso derretido increíblemente bueno. Logré cumplir con mi rutina de aseo antes de que Collin se apropiara del baño, lo cual fue conveniente debido a los treinta minutos que estuvo adentro. Como ya tenía todo listo y en posición, arreglarme tampoco fue estresante, exceptuando la pequeña batalla que tuve contra mi cabello, que eligió el peor día para revelarse. A las seis y cuarenta salí de casa, después de quitarme a Shelby de encima, quien me tenía presa en uno de esos abrazos asfixiantes, y de oír la escueta lista de consejos y buenos deseos que Collin me soltó casi como si estuviese recitando un discurso ensayado.  Mi hermano es apenas dos años mayor que yo, y sé, debido a la montaña rusa que fue su último año de secundaria, que querría haberme explicado con lujo de detalles lo que podría hacer y lo que no para ahorrarme serios inconvenientes, pero todavía no consigue mirarme a la cara sin sentirse traicionado de alguna manera. El autobús escolar me recogió a dos cuadras de la casa con bastantes minutos de retraso, y como encima la mía era la penúltima parada, no había ni un solo asiento disponible. Una vez en la entrada de la institución, fui interceptada por un abrazo que me desequilibró al punto de dejar caer el bolso. —¡Heaven!— Ansel, mi mejor amigo, chilló en mi oído. Mis brazos lo rodearon por inercia, y entonces recordé lo mucho que lo había extrañado. A diferencia de Xanthia y de mí, él y su familia pasaron las vacaciones de verano fuera del estado en una especie de escapada a la naturaleza. Regresaron el domingo pasado, y aunque desde entonces se ha dedicado a explotar nuestro chat grupal con diversos mensajes, no era lo mismo a tenerlo cerca. —¿Te pintaste el cabello? ¿Otra vez?—se alejó unos centímetros y comenzó a inspeccionar mi aspecto, deteniéndose en los rizos azules que apenas rozan mis hombros—. Y lo cortaste. Shelby tomó un curso de peluquería hace años. Esa es la licencia a la que ambas nos apegamos cuando le pido cambiar de color. Esta vez degradó mi pelo; del n***o al azul, y modificó el largo. —Quería un cambio. —¿A menos de tres meses del último? —Era necesario. Negó con la cabeza, como si me reprochara. Sus manos terminaron de abandonar mi cuerpo y cayeron a los costados del suyo. Aproveché la distancia para inclinarme a recoger lo que accidentalmente había tirado. —¿Cómo es que tu tía sigue apoyándote? Mi mamá ya te hubiese desheredado, sabes que siempre está repitiendo lo hermoso que es tu cabello y lo terrible que es tu empeño por dañarlo. —No me empeño en dañarlo. Hace un tiempo, al cumplir los diez años, descubrí que soy incompatible con la idea de lucir exactamente igual durante mucho tiempo. Siempre estoy queriendo reinventarme, probar nuevos estilos y jugar con los que ya he adoptado. Seis meses atrás opté por usar camisetas con frases, imágenes, diseños o dibujos estampados, en compañía de faldas a cuadros y zapatillas deportivas. Y me he teñido el cabello tres veces. —Por lo menos te ves bien. —¿No podías admitir eso último y obviar el resto? —Por supuesto que no. Ambos no encaminamos hacia el interior de la edificación. Ansel me pasó un brazo por encima de los hombros, acercándome al calor que emana de su cuerpo. —¿Ahora sí me vas a explicar por qué de pronto quieres trabajar? El domingo, cuando Xanthia me llamó a mitad de la noche, habría podido acudir a Ansel por ayuda, pero no lo hice porque mi mejor amiga me obligó a prometer que no lo involucraría. Él no sabe la versión completa de la historia, de hecho sólo le dije que había faltado a clases porque estaba consiguiendo un empleo en X’s & O’s, la pastelería del centro comercial. Dos veces me acompañó en busca de una Xanthia semi inconsciente, y en ambas ocasiones acabó peleándose con chicos problemáticos que van tras la menor oportunidad para golpear a alguien, de manera que la situación se tornó mucho más dramática de lo que hubiese preferido. No me gusta mentir, menos acerca de un tema tan serio, pero aunque con frecuencia el pánico me lleva a creer que pedirle auxilio a Ansel es la mejor opción, termino aceptando que sería aún peor. Al igual que si mi hermano me acompañara. —Ni yo misma lo entiendo del todo. Es decir, es un buen lugar, y el dinero seguro será útil. —¿Necesitan dinero en tu casa? Porque podría hablar con… —No, oye, ¿Xanthia no ha llegado? En ese mismo instante sonó la campana del inicio de clases, señalando que el período matutino para ponerse al corriente llegó a su fin. Yo me alegré de tener la doble distracción perfecta para desviar la atención de Ansel hacia temas que sí pudiéramos discutir con total libertad. —No, pero ya sabes cómo es. De todos los mensajes que le he enviado desde el lunes por la tarde ella sólo me ha contestado uno, lo cual no es nuevo pero sí preocupante. En estos casos nunca estoy del todo segura de cómo se encuentra, y por temor a que sospeche que algo malo le ocurrió me abstengo de cuestionarle a Ansel por su estado, a quien sí le responde. Fuimos de los primeros en adentrarnos al salón.Tanto Ansel como yo nos acercamos a un círculo formado por tres chicas y dos chicos para integrarnos en la conversación y, en mi caso, saludar a cada uno. Un dato interesante de nuestra sección es que aunque no somos un gran grupo compenetrado no hay grandes conflictos que nos dividan. En general nos llevamos bien, hasta ahora lo único que nos mantiene en bandos distintos es la decisión de qué haremos para celebrar el cierre de esta etapa; si una fiesta «épica» o un viaje a algún destino no tan costoso. Cuando la mitad de los alumnos obedecieron al tercer llamado del timbre, Xanthia hizo su aparición. Harold interrumpió abruptamente su descripción de las fantásticas tres semanas que vivió en Francia y se quedó mirando la entrada, entonces todos los que oíamos sus historias sobre dulces de sabores inexplicables y monumentos de ensueño seguimos la trayectoria de sus ojos, topándonos con la responsable de su trance. Desde el primer año Xanthia logró ganarse la admiración del chico sin siquiera intentarlo. Hasta el momento ella no le ha prestado mayor atención de la que le da a los reality shows, y con lo estúpidamente enamorada que está, es posible que nunca lo haga. Troye, el mejor amigo de Harold, comenzó a mofarse de él por la reacción tan evidente que tuvo, importándole muy poco que los demás lo escucharan. Para cuando me alejé de ellos, Harold se estaba recuperando. —¿Por qué no me has respondido? Xanthia elevó la vista de sus manos. —Porque no quise. —¿Por qué?—presioné las palmas de las manos contra la mesa, inclinándome al frente. Xanthia echó la cabeza hacia atrás para poder verme a la cara. —Porque te ibas a poner pesada, justo como ahora. Repasé cada centímetro de su rostro en busca de moretones, pero la tonalidad de su piel había vuelto a ser uniforme. Supuse que se debía al maquillaje, porque dudaba que en tan poco tiempo hubiesen desaparecido completamente. Bajé la voz. —¿Hablaste con Zane sobre lo que pasó? —Sí. —¿Y? —¿Qué? —¿Qué te dijo? —Que lo sentía. Xanthia salió de la comodidad de su habitación a mitad de la noche porque de pronto a su novio se le activó el teléfono y terminó llamándola, de manera que pudo escuchar fragmentos de lo que parecía una acalorada discusión. Preocupada, se comunicó con uno de sus amigos para preguntarle por la ubicación de Zane, quien es bastante impulsivo y temperamental. Se dirigió al lugar en pijama y sin compañía, donde fue drogada gracias a la bebida de procedencia dudable que un tipo de mal aspecto prácticamente la forzó a tomar. Fue trasladada sin cuidado de un sitio a otro por el mismo sujeto que probablemente quería abusar de ella antes de que se formara otra pelea en el patio que lo incluía, y luego objeto de juego para un montón de universitarios imbéciles que la empujaban hasta que alguno la dejaba caer. Si no se hubiera comunicado conmigo antes de que el tormento iniciara porque tenía miedo y sospechaba que se encontraría con el cuerpo desplomado de Zane, todo habría acabado peor. Y lo único que su novio pudo decir al respecto es que lo sentía. ¿En dónde tiene la cabeza ese tipo?, ¿Acaso no se da cuenta de lo que padece la chica que se supone ama por su culpa?, ¿De los peligros a los que se expone ciegamente cada vez que él “está en riesgo”?, ¿De lo que le hicieron y lo que pudieron haberle hecho?, ¿No tenía algo que añadir aparte de que lo lamentaba?, ¿No temía él también por Xanthia, por su vida? Me sentía frustrada, pero por encima de eso increíblemente furiosa. Podía sentir cómo la rabia bullía en mis venas.  ¿Acaso nadie más le da la importancia necesaria al asunto? Ni siquiera a Xanthia, la víctima, parece quitarle el sueño.  —¿Lo siente? —Él no sabía que yo estaba allí. —No te atrevas a justificarlo. —¡No lo justifico! Es la verdad, Heaven, yo no le avisé. ¿Crees que habría dejado que me lastimaran en su presencia? Me mordí la lengua. Zane es un imbécil, si sólo fue capaz de presentar sus condolencias ante lo que Xanthia vivió por su culpa no tengo ninguna opinión positiva que acotar sobre él. —El punto es que… No pude exponer cuál era el punto porque el profesor de biología entró de repente al salón, como una exhalación. —Buenos días chicos, disculpen la tardanza— caminó deprisa hacia su escritorio, haciendo raros aspavientos con la mano que no sujetaba el maletín—. Mi auto se averió, pero todavía tenemos tiempo para iniciar el primer tema, así que saquen sus apuntes. —Esta conversación no ha terminado. Xanthia se encogió de hombros a la par que Ansel la saludaba. Como todos, no me quedó más alternativa que sentarme y atender a la clase, o fingir que lo hacía. Entre dictados y explicaciones, la primera hora del día culminó, iniciando entonces el lapso dedicado al desayuno. Para cuando esto ocurrió, mi humor había mejorado nuevamente. Ansel prácticamente nos arrastró hasta la cafetería, haciendo caso omiso de nuestras protestas porque para él era prioridad encontrar una mesa vacía. Al final sí alcanzó su cometido, cuando restaban apenas tres asientos disponibles en una mesa ligeramente apartada. —La mejor ubicación, ¿eh? Jadeó. Apenas pusimos un pie dentro de la habitación salió corriendo con el objetivo de ganarle el lugar a una pelirroja que también lo tenía en la mira. Xanthia rodó los ojos antes de dejarse caer sobre la silla de plástico. Yo ocupé el sitio restante. —No creas que pienso soportar esto todos los días. —Es nuestro último año, tenemos que establecer nuestro reino en alguna parte. —¿Nuestro reino?—enarqué una ceja. —Sí, ya sabes, determinar dónde comeremos y ese tipo de cosas. —¿Para qué, idiota? No estamos en una película barata de adolescentes ¿ok? Así que no cuentes conmigo para cumplir con los estúpidos clichés del «último año». Ansel se echó hacia atrás, ofendido. —¿No piensan que hay ciertas cosas que debemos hacer? Yo quiero vivir la experiencia completa. —Madura. —Sabes, Xanthia, a veces en serio te odio. —Vaya, este es un nuevo récord incluso para ustedes. Apoyé el codo sobre la mesa y el costado izquierdo de mi cara sobre el puño cerrado. Mi mejor amiga sonrió levemente, pasándose luego una mano por el cabello.  —Ansel es consciente de que lo amo, aunque sea bastante estúpido la mayor parte del tiempo. —Y Xanthia…—habló Ansel, mirándome fijamente—... Es consciente de que, cuando no estoy odiándola, puede incluso caerme un poco bien. —¿Sólo un poco? La chica alargó el brazo por encima de la mesa para golpearle el hombro. Ansel frunció el ceño en su dirección mientras se frotaba la zona afectada. Yo nunca me aburría estando en presencia de ellos. Siempre conseguían distraerme. —Oigan, ¿es cierto que hay un estudiante nuevo? Temprano, cuando conversaba con Ansel en la entrada, oí vagamente que dos chicas mencionaban algo al respecto, pero nadie me lo ha informado, y por lo menos en nuestra sección no hay nadie que recién haya ingresado. —Tres chicos y una chica; el delirio de casi todo el mundo. Excepto por uno, que ha sido intratable con quien se le acerque. Es como si se creyera muy importante. Yo traté de presentarme ayer, pero no me prestó atención. No me agrada. —Yo entiendo que no quiera relacionarse con nadie. La gente de aquí es molesta. Cómo les encanta esparcir rumores falsos. Xanthia puede dar fe de esto último sin titubear, puesto que desde el inicio ha sido la protagonista de incontables chismes y medias verdades. —Pero él no sabe eso, lo que significa que por lo menos durante una semana tendría que ser amable. —No todos son como tú, hay quienes preferimos establecer desde el principio que no nos interesa la popularidad. —No es por la popularidad, sino que… Espera, allá va. —¿Quién? En algún punto del nuevo debate yo comencé a escanear los alrededores en busca de rostros desconocidos, y permanecía ligeramente atenta a lo que mis amigos decían hasta la auto interrupción de Ansel. —El idiota. Seguí el recorrido de su mirada, dando con un cuerpo en movimiento que enseguida se me hizo familiar. Entrecerré los ojos, luchando por recordar de dónde lo conocía mientras él se sentaba en una mesa recién desocupada. Mi corazón se saltó un latido cuando finalmente lo asocié con los eventos del lunes. Es el mismo chico del «instante». De la impresión me quedé petrificada, cosa que no pasó inadvertida. —¿Lo viste? Incluso camina como si… ¿Estás bien?  Ansel ladeó la cabeza, estudiándome con suma atención. Xanthia, por su parte, se mostró curiosa —Sí. —Ya lo conocías, ¿no? La pelinegra puede llegar a ser muy intuitiva. —Algo así. —¿A él? Aproximadamente a seis metros, Theo extrae un lápiz de su bolso, con el que procedió a trazar algo en el cuaderno que ya había colocado frente a sí. —¿A dónde vas? Cuando procesé tal interrogante advertí que sin haberlo previsto me estaba poniendo de pie. Yo ya no atendía verdaderamente a lo que pasaba en nuestra mesa, sino que veía más allá, hacia aquel castaño enigmático. —Denme un minuto. No me detuvieron porque para empezar no entendían mi extraño comportamiento. Con cada paso que daba al frente intentaba convencerme de que lo que hacía y lo que planeaba hacer era sensato, cuando a decir verdad se sentía como algo extremadamente precipitado y poco coherente. Detuve mi caminar muy cerca de su cuerpo, desde una posición donde fue fácil darle un vistazo al dibujo que llenaba de sombras. No pasó mucho tiempo antes de que él percibiera que tenía compañía, entonces cerró de golpe la libreta, privándome de apreciar un poco más lo que asumí era un niño atrapado entre un montón de enredaderas, e irguió la espalda. —¿Puedo ayudarte en algo? Al expresarse no me miró. Yo no supe qué contestar, de manera que el silencio se alargó unos incómodos segundos. Al final, Theo se pronunció otra vez. —No me interesa unirme a ningún club, ni ser tu amigo. —No pretendía pedirte nada de eso. En cuanto hablésus ojos subieron hasta mi cara. Debió inclinar hacia atrás el cuello para poder ver más que mi torso. Yo aguanté la respiración porque creí que me reconocería, pero nada en su semblante indicó tal cosa —¿Entonces…? —¿No te acuerdas de mí? —¿Debería? Pensé que una persona tendría que ser muy poco observadora para olvidar a alguien en menos de una semana. —La verdad, sí. —Pues qué lástima… —¿Es en serio?  Definitivamente no lucía como una broma. Me vi en la obligación de apoyar una mano sobre la mesa porque sentí que la intensidad tras su mirada estaba provocando que me tambaleara. —Soy yo, la chica de X’s and O’s—nada, ni siquiera un parpadeo—. La chica a la que le dieron tu empleo—probé de nuevo. No es que de pronto hubiese dado un respingo por el impacto del recuerdo, pero supuse que me había identificado porque pareció perder el único gramo de interés que tenía en mí. —Ah, tú. Desvió la vista hacia el cuaderno. —Sí, yo. —¿Vienes a robarte también mi desayuno? —En realidad quería decirte que ese día estaba tan confundida como tú, y supongo que debí intervenir en algún momento de la discusión, pero mi mente era un caos total y… En fin, sólo necesito que sepas que… —Ahórrate el «lo siendo». Sujetó el cuaderno y el lápiz que había rodado hasta el borde de la mesa, aún sin encararme. —¿Cómo? Se puso de pie, y debí retroceder dos pasos para conceder una distancia prudencial entre ambos. Sinceramente me molestaba que la mayor parte de la conversación se la pasara esquivando mis ojos, pero cuando estableció contacto visual deseé que no lo hubiera hecho. Por algún motivo recibir su atención me puso nerviosa. —No creo en las disculpas que no traen un cambio consigo. Giró sobre sus talones, resuelto a marcharse. —¿Eso qué significa? —Confío en que eres lo bastante lista como para averiguarlo sola. Y tras eso se alejó, dejándome de pie en medio de la cafetería como si no mereciera ni siquiera ser escuchada.
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