Capítulo 3

4837 Palabras
—Es conveniente que traigas el uniforme puesto, porque cambiarte en nuestro baño es una pérdida de tiempo. Me pregunté si todos notarían el hecho de que ni la camisa ni el pantalón son de mi talla. A decir verdad yo me esperaba un conjunto más estético, no me había fijado en lo que Charlie traía bajo su delantal aquel día. Creo que nunca me había visto tan ridícula, o bueno, por supuesto que sí, pero en ese «presente» no era consciente de ello. —De acuerdo.  Él probablemente advirtió la duda en mi expresión, porque entonces me miró como si comprendiera el sacrilegio por el que sugería que pasara. —Tranquila, el dueño abrirá pronto dos tiendas más en otros estados, y como parte del proyecto le hará serias reformas a este local. Incluso cambiará el uniforme. Charlie se acercó y me extendió el sujetapapeles que enseguida fue a recoger cuando llegué, del cual una solitaria hoja amenaza con soltarse. Como desde el inicio me produjo una profunda curiosidad ver qué decía no vacilé al tomarlo. —Anoté las tareas que llevarás a cabo por el resto de la semana. A partir del lunes atenderás a los clientes con Richard y conmigo, pero por ahora lo principal es que conozcas el funcionamiento básico de todo. Escribió con una caligrafía increíblemente fluida, al punto de que casi eran oraciones ininteligibles, una lista con sólo tres viñetas. ·Realizar sencillas labores de asistencia en la cocina. ·Ordenar el cargamento recién llegado de harina que fue ubicado en el almacén. ·Sonreír. Ante lo último miré a Charlie como si esperara una explicación de su parte. Sin necesidad de decirle nada entendió que para mí «sonreír» no es exactamente un requisito que todo el mundo se toma la molestia de apuntar para quienes se incorporan al ámbito laboral. —Quizá pienses que estamos locos, pero lo cierto es que a nosotros nos importa muchísimo la imagen que el cliente tiene del lugar. Al fin y al cabo, en parte eso es lo que vende. Y no tienes ni idea de lo importante que resulta la atención adecuada. Me condujo a través de la puerta doble al fondo que da hacia el área restringida del lugar, guiándome hasta los mesones. Es una zona bastante ordenada. Hay tres largos rectángulos de metal ubicados desde la mitad de la habitación hasta casi el final, donde luego se pueden observar dos grandes hornos empotrados contra la pared, además de un refrigerador. Varios estantes se encuentran apoyados cerca de la pared derecha, sosteniendo diversos productos similares a la canela y las chispas de chocolate, además de bandejas y utensilios propios de la repostería. Mientras que en la pared opuesta sólo hay una puerta cerrada, que creo oculta el famoso almacén. El aire huele a una armónica mezcla de manzana, vainilla, café y menta, y definitivamente hace mucho más calor que afuera. —Amelia, Heaven ya está a tu disposición. Antes de entregarme el desastroso uniforme e indicarme que debía ponérmelo, Charlie me presentó a todo el equipo. En realidad, es un grupo pequeño, yo pensaba que al ser un sitio concurrido e importante habrían bastantes empleados, pero sólo son siete, contándome. Amelia, Duncan y Sofía son los responsables de cada postre puesto en exhibición, que continuamente están formándose y aprendiendo las nuevas combinaciones que al Gran Chef (como le llaman al dueño que yo creía trabajaba aquí también) se le ocurre. Richard y Charlie atienden la barra, cumplen con la función de gerente y supervisor y abren o cierran el local, dependiendo de qué les toque. Belinda, una señora que se ocupa de la limpieza tres veces por semana. Y yo, que también estaré al frente, pero únicamente para sonreír durante un par de horas mientras reparto donas. Por el momento todos me han parecido simpáticos, excepto Richard, que da la sensación de tener siempre el disgusto adherido al rostro. Charlie me dejó después de desearme suerte, y Amelia me indicó con un ademan que me acercara a ella. —Normalmente nadie me ayuda, así que tampoco te pediré que hagas mucho. Estoy acostumbrada a trabajar sola.  —Vale. —Voy a preparar galletas, creo que lo único que necesito es que pongas a precalentar el horno. Noté que tenía la masa lista y dispuesta sobre la mesa metálica. Habían varios moldes de figuras florales al alcance, y tarros llenos de chispas de colores. De cerca era casi hipnotizante la dulce fragancia. Amelia me dictó los pasos a seguir, lo cual probablemente resultó más fastidioso que si ella misma se hubiera hecho cargo, y finalmente logré que se encendiera. Tardé más de la cuenta, al principio no entendí absolutamente nada de lo que la rubia me decía, y sabía que mi presencia no estaba siendo nada útil. Al girarme descubrí que Duncan me miraba con una sonrisa divertida pintada en los labios. Yo preferí ignorarlo porque ya me sentía bastante tonta sin que su expresión me lo recalcara. Después me quedé un rato de pie, observando cómo Amelia presionaba una rosa contra la masa para posteriormente pasar lo que salió a una bandeja aceitada. Estaba sobrando, y lo único que me apetecía era irme a casa. Tal vez porque advirtió esto último la chica comenzó a hablarme de ciertas pautas básicas a la hora de preparar galletas. Yo trataba de seguir la conversación, pero tampoco había mucho que pudiese aportar. —Esto no viene al caso, pero me encanta tu cabello—se detuvo un segundo para sonreírme—. Yo siempre he querido teñir el mío de rojo. —Deberías, seguramente se te verá bellísimo. Honestamente, con las facciones de esa chica, es sencillo deducir que absolutamente cualquier cosa le lucirá. —¿Tú crees? En ocasiones pienso que es un color demasiado intenso. —Estoy convencida, independientemente de si lo es o no. Se limitó a asentir, puso la última galleta en la bandeja y dijo que ya podía pasar a la siguiente tarea. Richard fue el compañero que Charlie me designó para ordenar los paquetes de harina. Ambos estuvimos al menos media hora dentro del almacén, respirando el aire que tras la puerta se volvió viciado, sin intercambiar más palabras de las estrictamente necesarias. Ocasionalmente advertí que me veía, pero cuando pretendía encararlo giraba la cabeza y se ensimismaba en la tarea con tanta ímpetu que parecía absurdo pensar que en dado momento pararía para prestarme atención. Él acabó primero con la parte que le correspondía, pero no se marchó, por el contrario se situó a mi lado y me ayudó a terminar. Luego de que cada bolsa plástica descansó en su lugar, abrió la puerta para mí y aguardó a que saliera, apagando la luz a sus espaldas. Lo seguí hasta Charlie porque supuse que debía enterarse de que cumplí con cada una de sus exigencias. —De acuerdo, por hoy has culminado. Si quieres puedes marcharte. Y vaya que quería. No es que hubiera sido una tortura cada minuto, pero no lograba hacerme la idea de que verdaderamente tendría que trabajar allí prácticamente todos los días. Asomé la cabeza a través de la puerta y proferí un «Adiós» que no iba dirigido a nadie en particular, pero al que todos atendieron. Me despedí también de Charlie y Richard, que no contestó, y me fui de allí. Shelby estaba en el sofá, viendo una película antigua de romance, y apenas identificó mi figura entre la penumbra de la habitación se puso de pie para saltar sobre mí. Sus brazos me apretaron con fuerza, robándome estabilidad y la posibilidad de respirar correctamente. Cuando se alejó lo primero que vi de su rostro fue una amplia sonrisa. —¿Esto a qué se debe? No pude evitar sonreír por la efusividad. Caminé hasta el interruptor para encender la luz. Mi tía tiene la manía de mirar películas, series y documentales en la oscuridad. Suele esperar a que sean las seis de la tarde para poner alguna de estas cosas, de manera que los rayos del Sol no le arruinen el plan. Ahora mismo probablemente son las cinco y treinta, pero como en nuestra casa no accede fácilmente la iluminación natural, también funciona. —Es que estoy sorprendida, no creí que en verdad fueras a trabajar. Me giré, alzando las cejas en su dirección. —¿Puedo saber por qué no? De pronto pareció un tanto apenada, sacudió una mano en el aire como disipando mi pregunta y se echó de vuelta sobre el sofá. —¿Me ayudas con la cena? —Claro, pero sólo si me dices por qué para ti soy incapaz de trabajar. Un defecto mío, y lo considero defecto porque me ha traído bastantes disgustos a lo largo de estos diecisiete años, es que una vez algo capta mi atención no puedo continuar con mi vida hasta tener todos los detalles referentes. En primer grado no era muy sociable, por esa época apenas hablaba, así que pasaba la mayor parte de los recesos dando vueltas por toda la institución, siempre tratando de no ser descubierta para que ningún profesor me interrogara o llamara a mi tía nuevamente para comunicarle que mis niveles de asociabilidad no eran normales. Un día noté que mi profesora se escabullía dentro de una pequeña habitación a la que yo tenía el paso restringido, dando furtivos vistazos a los costados antes. Naturalmente, la seguí e intenté girar la manilla, pero le habían puesto seguro. Podría haber olvidado el asunto que en nada me incumbía, pero no lo hice porque resultaba emocionante espiarla cada dos o tres días con la esperanza de que en esa ocasión la puerta cediera. El caso es que un día a la mujer se le pasó por alto tomar precauciones, y yo lo advertí de inmediato porque el típico «click» de la cerradura jamás llegó. Aguardé alrededor de dos minutos y me abalancé al objetivo. Del otro lado no me topé con el objeto maravilloso que esperaba, no, sino con mi profesora comiéndose al director de ese entonces. Entré en pánico y grité, lo que alertó a los mayores y me consiguió una charla en la que pretendieron censurar lo ocurrido. Dos años después me enteré de que no se lo estaba comiendo, después de mi primera clase de educación s****l, y me horroricé aún más. Esa experiencia debería haberme servido de lección para no involucrarme en asuntos ajenos, pero no fue así. De manera que aún siento una profunda curiosidad por todo, y si mi tía insinúa que honestamente no se esperaba que me presentara a la pastelería no puede dejarme sin la explicación del por qué. —Olvídalo, la prepararé sola. Me ofreció una sonrisa conciliadora. —Shelby… —De acuerdo... Es que no has hecho muchas cosas estrictamente por tu cuenta, ¿entiendes? Trabajar es un paso más hacia tu independencia personal, y hasta ahora no… Bueno,…—se pasó una mano por el pelo, ligeramente nerviosa—. No has sido muy independiente. Parpadeé, con el brazo aferrado a la correa de mi bolso. Entendí perfectamente el mensaje, pero de todas formas pregunté impulsivamente si lo que decía era lo que yo pensaba. —¿Crees que soy muy dependiente? —No exactamente. No es que nos necesites siempre, pero, ya sabes, tampoco puedes valerte por ti misma todo el tiempo. De acuerdo, esta conversación no figuraba en mis planes. Me encontré sin saber qué responder, hasta que el mutismo se volvió insoportable para mi tía, a pesar de que la película seguía corriendo, y se puso de pie nuevamente. —No me hagas caso, mejor vayamos a la cocina y me cuentas qué tal tu primer día. Por cierto, llegaste temprano ¿no? Apagó el televisor con el mando a distancia y dio media vuelta, asumiendo que el tema se había dado por concluido y que en consecuencia la seguiría sin titubear. En mi mente algo acababa de sacudirse y despertar. Aunque quisiera no podría dejar correr lo mencionado tan fácilmente, sin haberle buscado distintos ángulos antes, pero me esforcé por olvidarlo mientras hallaba un momento de soledad. —Sí, no hice mucho. Deposité mi bolso sobre la encimera, soltando un suspiro involuntario. Mi tía, que ya estaba registrando los productos dentro del refrigerador, me observó fugazmente antes de incorporarse con un vaso de agua entre las manos. Me lo tendió, y me alegré secretamente de que conociera exactamente aquello que yo podría necesitar en un determinado momento aunque ni yo misma fuera capaz de notarlo, porque sí, mientras le daba un largo sorbo al agua comprendí que tenía sed. —Lo que me preocupa es cómo vas a equilibrar esto con tus deberes del colegio y el voluntariado. —Creo que lo averiguaremos pronto. Al acabarme lo que sobraba del agua decidí darme un baño, sudé más de la cuenta dentro del sorprendentemente asfixiante almacén. Me pareció apropiado acostarme temprano, de manera que opté por colocarme de una vez la pijama. Intentaba sacar el brazo izquierdo por el hueco correspondiente cuando mi teléfono empezó a sonar sobre el colchón. Xanthia. De inmediato me puse alerta, lo que suele pasar inconscientemente hasta que su exposición al peligro deja de ser reciente. —¿Sí? —Heaven, si mi mamá te llama para confirmar que estoy contigo, ¿podrías decirle que sí?, ¿Por favor? —¿Se puede saber en dónde estarás? —Con Zane. Por supuesto. —Bien, ¿pero en dónde? —En su casa. Te prometo que no voy a meterme en problemas, es sólo que ya conoces lo que opina Teresa de él… Se va a poner imposible. Me mordí el labio inferior, indecisa. Me inquieta la idea de que lo del lunes pueda repetirse, y en un lapsus tan corto de tiempo. —Si no accedo, ¿igual irás? —Sí, hemos planificado esta noche durante semanas. Miré al techo, deseando no tener que verme envuelta en estas situaciones. —De acuerdo, lo haré. Pero por favor llámame si algo se sale de control. —Vale. —Y a Ansel—añadí. La escuché quejarse, pero ambas sabíamos que tendría que aceptar; esa sería mi única condición. —Bien… Gracias, por entender. En verdad no lo entiendo. Xanthia no es impulsiva, pero desde que su relación con Zane cambió es como si lo único que le importara fuera complacerlo constantemente, tener su entera atención y pasarse horas enganchada a su brazo. Cortó la llamada sin aguardar por mi respuesta. Acomodé el dobladillo de mi camiseta, rogándole al cielo que bajo ninguna circunstancia se le ocurriera comunicarse conmigo a Teresa. No soy buena sosteniendo mentiras. Durante la cena Shelby estuvo inusualmente callada, lo que no le pasó desapercibido a Collin. —Eh, tía, ¿todo bien? —Sí. Le sonrió, pero ambos pudimos ver que se esforzaba bastante para hacerlo. Es extraño, porque antes, cuando llegué, no percibí que algo la afligiera, aunque ¿qué sé yo? Si las emociones humanas generalmente son impredecibles. —Vamos, sinceridad. ¿No es eso lo único que siempre nos pides? Resopló, resignada. —Es sólo que he estado pensando un poco en el primer día que pasamos verdaderamente juntos. Por aquel tiempo eran dos chiquillos que odiaban los vegetales, y ahora… Han crecido tanto. Son casi totalmente adultos, que más pronto que tarde se irán de casa—se interrumpió, incluso bajo las luces artificiales de la cocina fue fácil notar que se le habían cristalizado los ojos—. Supongo que me siento nostálgica. Ustedes son mi vida entera, y me cuesta un poco aceptar lo que se nos viene. Deposité el tenedor a un costado del plato; un nudo comenzaba a formarse en mi garganta. Múltiples emociones se arremolinaron en mi interior, llevándose el hambre y cualquier predisposición a tener una velada tranquila. Tocar estos temas siempre me pone sensible, la unión inevitable que se afianzó entre los tres ya no es reciente, pero ocasionalmente me sigue afectando el origen de la misma. Es difícil hablar abiertamente de lo que ocurrió hace tantos años, las líneas no vienen solas, sino que traen consigo múltiples recuerdos que a su vez arrastran una infinidad de preguntas sin respuesta. ¿Cómo sería nuestra vida si…?, ¿Seríamos cercanos a Shelby?, ¿Qué hubiese cambiado? ¿Tendría ella esposo, hijos, una familia propia? ¿O se conformaría con ser tía?, ¿Acaso hemos sido un estorbo para su desarrollo personal, o el potenciador del mismo? Entre tantas otras, ¿seríamos felices, o necesariamente tendríamos que vivir como ahora para sentirnos plenos? Lo que ella ha dicho no incluye estrictamente lo que he mencionado, pero para mí todo lo que a nosotros se refiere guarda una estrecha relación con los sucesos que marcaron mi vida, principalmente porque nada de esto nos preocuparía si mis padres no hubieran muerto. —Pero estamos aquí, todavía juntos, ahora mismo. Y eso es lo único que importa, porque el presente es lo más estable que tenemos—Collin alargó una mano y sujetó la suya, dándole un leve apretón—. ¿Ya estás queriendo deshacerte de nosotros, tía? Heaven apenas inició el último año, yo sé que es bastante fastidiosa pero… Hey, aún tenemos que tolerarla un poco más. Fuerza, no es imposible. Shelby soltó una pequeña carcajada mientras que yo fulminé a Collin con la mirada. Entre los dos definitivamente soy la menos fastidiosa. Pese a eso, fue positivo que le hubiera cambiado el semblante a Shelby. —Tienes razón, a veces me sigue sorprendiendo tu sabiduría—nos observó a ambos, como reflexiva, y luego extendió los brazos al frente—. Vengan aquí, abrazo grupal. La rodeamos sin chistar. Así solucionamos muchos problemas por aquí. Nuestra tía siempre ha sido partidaria del afecto, y supongo que eso termina por contagiarse. Como ya no tenía apetito, guardé prácticamente la mitad del platillo en el microondas. Los demás sí se terminaron lo suyo, mucho más animados que al principio. Cuando subí a mi habitación noté que el plan de dormir temprano no iba a poder ser, la breve charla sobre el pasado/futuro me espantó el sueño, y pronto se volvió difícil concentrarse en otra cosa. ¿Es posible definir en meses qué es lo que quiero para el resto de mi vida?, a decir verdad, yo nunca he sabido a qué dedicarme después de la graduación, creo que de pequeña quería ser veterinaria, pero ya no me parece que sea lo mío. Con respecto a esto, y a muchas cosas, me siento perdida, pero trato de ser optimista. Una parte de mí espera tener algún día, ojalá no muy lejano, una especie de visión acerca de lo que debería hacer. Alguien llamó a la puerta, y tuve que abandonar mi cómoda posición, completamente extendida sobre la cama, para levantarme a destrabarla. El cerrojo tiene un defecto y ocasionalmente se acciona solo el seguro. Enarqué una ceja, topándome con un Collin de brazos cruzados. Al observar el gesto rodó los ojos y me apartó de un poco sutil empujón. Evidentemente, chisté. ¿Quién se cree? —¿Qué haces en mi habitación? Se sentó sobre el colchón y me miró, impasible. —¿Tengo la entrada prohibida? —Pensé que ya no te interesaba estar a mi alrededor, por todo el asunto de que soy una chica rebelde—me encogí de hombros. Collin bufó, porque claramente no me tomé ni tomaré lo que hice tan en serio como él. —Vine aquí con la intención de disculparme y sales con tus ridiculeces. —¿Cómo que ridiculeces? —Escucha, planeaba odiarte por más tiempo, pero después de oír a Shelby se me ocurrió que quizá no tiene sentido. De todas formas ya te escapaste ¿no? —Y estoy cumpliendo con mi castigo—recalqué, pero él le restó importancia con un ademan. —Te quedarás con el dinero, y encima te van a regalar dulces. No es realmente un castigo, ni siquiera implica madrugar. —Pero yo no quería hacerlo. Ahora fue su turno de encogerse de hombros. —Pues renuncia. —¿Qué? ¿No te importaría? Otro encogimiento. —Ya es tu asunto. —Qué fácil para ti desentenderte así. Me senté a su lado. Collin se giró para enfrentarme. Por lo menos ahora sí estamos bien, cosa que me tranquiliza. Cuando nos enfadamos resulta agotador, tenemos que pasarnos los días conteniéndonos de siquiera hablarnos. —¿Cómo te fue hoy? —Bien, supongo. —¿Supones? Recordé la extraña conversación con Theo, o mejor dicho, sus frases cortantes que mandaron mis ganas de ser cordial al demonio, los momentos de incomodidad en la pastelería y los sentimientos contradictorios experimentados hace un rato. Nada de ello tuvo un impacto demasiado fuerte o duradero, excepto por lo primero, pero tampoco podría asegurar que fue el mejor día de mi vida. —Sí, y no hagas más preguntas. Mejor cuéntame qué tal te fue a ti. No sé por qué, pero no quise mencionarle a Theo. —Como siempre. Creo que un chico va a apuntarse para que sea su entrenador personal, pero en verdad no me parece que tenga muchas ganas de hacer ejercicio. —Normal, es difícil ser aficionado a sudar como cerdo. Collin se puso serio, dándome una de esas miradas envenenadas que pretenden intimidar. Me mantuve imperturbable, aunque en verdad quería reírme de su reacción tan predecible. A mí no me molesta excesivamente la actividad física, de hecho una vez a la semana le permito a mi hermano que pruebe sus cualidades de personal trainer conmigo, pero amo la cara que pone cuando me refiero a su trabajo como si fuera una tortura, o una tontería. Para él es más que una forma de conseguir ingresos, y según su humor actúa de dos maneras: me suelta un sermón sobre la importancia de mantener el cuerpo en condiciones óptimas (no por la apariencia, claro está) para llevar una vida libre de tantas aflicciones médicas, o alega que soy demasiado ignorante como para sostener una discusión sensata conmigo. —No voy a decir nada. No tiene caso—suspiró. Yo aún lucho por contener la carcajada—. En fin, Shelby quiere que veamos una película los tres, ¿te apetece? —Sólo si preparas palomitas. —No. —Vamos—supliqué, alargando la «a», pero no cedió—. Para sellar la reconciliación, ¿sí? —Uf, eres bien pesada. —¿Entonces sí? —No. Se levantó de la cama. —Pues tú eres bien imbécil. Me extendió la mano y la tomé, poniéndome de pie de un salto. No quería resignarme, pero era preferible a rodar a través del colchón durante horas esperando a que el sueño llegara. Por no mencionar que el plan sonaba como el cierre perfecto para la noche. ······ El jueves, después del segundo receso, el profesor de artes nos condujo a todos los estudiantes del último año, sin entender nada, a la cancha donde hacemos deporte. Nos ordenó formar dos grupos, dependiendo de nuestra sección, y nos enfrentó. La mitad de los presentes comenzó a susurrar cosas entre sí. —Silencio. Una sola palabra bastó para que reinara el mutismo. Normalmente nadie se toma demasiado en serio a John porque suele comportarse de una manera tan extraña que a veces es imposible asimilar que no está actuando, pero, al mismo tiempo, se evita hacerlo enojar. Es un hombre volátil, y tiende a empeñarse en convertir los días de aquel que no le agrade en un auténtico infierno escolar. —Como sabrán, cada año el grupo de teatro organiza una obra para dar inicio al mes aniversario de la institución; fecha que está a la vuelta de la esquina. En esta ocasión estamos preparando un espectáculo sin precedentes, un proyecto ambicioso jamás antes visto dentro de este lugar, y le hemos dedicado e invertido bastante. Dado que será algo inigualable, queremos que la publicidad que se distribuye por todo el recinto también sea impactante, ¿van comprendiendo? Xanthia se inclinó hacia mi oído. —Qué ridiculez—murmuró­—. No hay un año en el que no se humillen. —Apuesto a que será un asco—se entrometió Ansel, quien obtuvo como respuesta un asentimiento de parte de la pelinegra. —Ustedes formarán dúos, conformados por un m*****o de la sección “A” y uno del “B”, y elaborarán un afiche digno de mi obra. Expondré los tres mejores después de evaluarlos en… —¿Y qué ganamos con eso? Todas las miradas se dirigieron veloces al origen de tal pregunta: Theo. Incluso los otros chicos y la chica que recién ingresaron, que no conocen realmente el carácter del profesor, se mostraron sorprendidos por la intervención. —¿Qué espera ganar? Es un trabajo obligatorio, así que aunque no se le vaya a pagar un millón de dólares, tiene que hacerlo. Theo bufó. BUFÓ. Como si se estuviera mofando del hombre. —Usted ni siquiera nos da clases. Ubíquese. Contuve el aliento en cuanto John se encaminó hacia Theo con las manos hechas puños y los hombros tensionados. Observamos cada rígido movimiento hasta que se detuvo a un paso de su objetivo. Theo retrocedió, inalterable en apariencia. —¿Acaso no conoce la definición de espacio personal? —Este chico me agrada—volvió a murmurar Xanthia, complacida. Ansel, que también se entrometió nuevamente, negó con la cabeza. —A mí me cae peor, me estresa su actitud de «soy el dueño del lugar y tú puedes joderte». Yo no sabía qué pensar. Me limité a observar la escena. —¿Pero quién se cree usted? Soy un profesor, y soy mayor. Me debe respeto por múltiples motivos. Theo sonrió socarronamente, y pude imaginarme lo que venía. —Lo de mayor salta a la vista ¿eh?, ¿No ha considerado el retiro? —Mi héroe. Xanthia lucía extasiada como pocas veces. —¡Muchacho insolente! Cuando la reunión termine irá directo a la oficina del director, ¿entendido? Y no hará un afiche, ¡sino tres! Se alejó de él enfurecido, sacudiendo las manos de arriba abajo. —¡¿Alguien más quiere desafiarme?! Para ponerlo, además, a limpiar todo el instituto. No sé qué les pasa, ¿piensan que tienen el mundo en sus manos? ¡Pues yo no lo creo!, ¡La mayoría de ustedes son una bola de mediocres! ¡Incultos! ¡Ignorantes! No saben nada, ¡Chiquillos impertinentes que no llegarán lejos jamás! Se creen que el universo les pertenece porque tienen “sueños”, pero ¿adivinen qué? ¡No serán millonarios ni famosos ni felices! Ahora bien, engreídos, ¡escojan a su pareja de la sección opuesta antes de que yo lo haga por ustedes! Xanthia se esforzó en contener la risa a la par que Ansel y yo mirábamos al hombre pasearse de un extremo a otro como si hubiera perdido la cabeza. Entiendo su enfado hacia Theo, ¿pero por qué con el resto? Los demás no hemos abierto la boca, o por lo menos no ha podido oírnos. Observé al castaño, que está tan tranquilo estudiándose las uñas, probablemente encontrado allí un punto más interesante que en los alaridos de John. —¡Blom! Di un respingo en mi puesto, notando que ahora yo soy el centro de atención. —Supongo que usted querrá ser la compañera de míster simpatía—prosiguió él, bajo la confusión de mis ojos—. Ya que lo estaba admirando. He de asumir que lo apoya en todo cuanto dijo, ¿no? ¡Pues bien por usted! Ahora también hará tres afiches con el amor de su vida. —¿Qué? Casi me atraganté con mi propia saliva, descolocada. —¡Yo no estaba admirando a nadie! Pero el odioso profesor ya había dejado de escucharme. —¡Que escojan a sus parejas he dicho!—dio tres fuertes palmadas, exaltado. Todos se dispersaron.Mis amigos me miraron, encogiéndose de hombros. —Ya hablaremos del amor de tu vida—se burló Xanthia antes de moverse. Ansel no pronunció nada, pero sí me dirigió una mirada indescifrable. Me quedé plantada en el mismo sitio, avergonzada y furiosa. ¿Encima debo hacer tres afiches? Desvié la mirada hacia Theo, sin analizarlo primero, y me encontré con que él ya me veía. Cuando nuestros ojos se conectaron alzó una ceja, cruzando los brazos sobre el pecho en una pose demasiado confiada para mi gusto. Preferí fijarme en otra persona, si bien a la fuerza tendríamos que unirnos. Lo peor del caso es que soy plenamente consciente de que me sonrojé en sus narices y justo después de que John insinuara que le tengo una fascinación inexistente.  No conozco a Theo, pero definitivamente es una persona difícil. No puede salir nada bueno de trabajar con él, especialmente con nuestro pequeño percance de por medio.
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