Capítulo 4

5000 Palabras
.—Entonces, ¿The avengers? —No. —¿Por qué no? —Porque no.     —Si vas a descartar una opción por lo menos ten una buena justificación—Ansel me miró—. ¿Sugerencias, Heaven? —¿Harry Potter? —No—sentenció Xanthia, estudiando las estrellas adheridas a mi techo desde la infancia. —Tú cállate. La pelinegra elevó el torso para observarnos y volver a dejarse caer sobre el colchón. —De acuerdo, ignoren mi opinión—suspiro teatral y una mano apoyada sobre la frente—. ¿Pero qué clase de amigos me he conseguido? —Los mejores, ahora muévete. Empujé sus piernas, abriéndome un pequeño espacio. Ansel imitó la acción pero en el lado contrario. . —Veamos nuestra película favorita—dijo Xanthia al cabo de un rato. —Por fin aportas algo más que amargura a la conversación. Xanthia se incorporó. —¿Disculpa? —Lo que escuchaste. Mi mejor amiga entreabrió los labios para replicar, pero entonces la puerta de mi habitación se abrió, desviando su atención. Los tres nos volteamos a ver cómo mi hermano terminaba de ponerse una camiseta. —¿Están ocupados? —Veremos una película—apunté a la pantalla—. ¿Te unes? —No, tengo una cita más tarde—Collin reposó su cuerpo contra el marco de la puerta, clavando la mirada sobre Xanthia—. ¿Podemos hablar un momento? Súbitamente se hizo el silencio. En contra de mi voluntad todos mis músculos parecieron crisparse. Ansel frunció el ceño, porque hasta donde él sabe mi hermano y la pelinegra no tienen nada que conversar a solas. Su único punto en común soy yo. —No. —Tu respuesta, en realidad, no es tan opcional. —No puedes forzarme. —No debería—corrigió Collin, con un semblante despreocupado que me espantó. Tenía que haberle dicho con mayor ímpetu que su sentido de la responsabilidad me abarca a mí, no a ella—. Pero, de poder, puedo. —Ok, no entiendo qué está pasando, pero si Xanthia no quiere hablar contigo entonces tendrás que respetar su decisión. Mi hermano lo miró, como buscando algo en su expresión. Supuse que lo encontró, porque el rostro se le llenó de auténtica decepción. —Tú no lo sabes, ¿cierto? Ansel dudó, Xanthia esquivó sus ojos y yo me preparé mentalmente para intervenir. No necesitamos otra escena, sinceramente no sé qué necesitamos, pero Ansel perderá los estribos si se entera de lo ocurrido y de que pudo haber ayudado o evitado que fuese tan dramático. —¿Saber qué? —¿Desde cuándo le ocultan cosas? Ahora… —Salgamos. Mi amiga se levantó de golpe, interrumpiéndolo. Collin sacudió la cabeza sin terminar de lucir satisfecho pese a haber logrado su cometido, dio media vuelta y se retiró, seguido por Xanthia. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas sentí que me desinflaba. No obstante, Collin había avivado la curiosidad de Ansel, la cual es casi tan insaciable como la mía siempre que se lo propone. —¿Qué fue eso? Agité la mano para restarle importancia. No se me ocurría una mentira aceptable y el hecho de que tardara tanto en contestar no me favorecía. Ansel se ubicó enfrente de mí, con las manos apoyadas a cada lado de sus caderas, inclinándose ligeramente hacia adelante. Al instante capté su intento de parecer intimidante. —¿Me ocultan cosas? —No le hagas caso a Collin, anda histérico porque uno de sus clientes no se toma en serio los valores nutricionales. —¿Y eso cómo incluye a Xanthia? —¿A Xanthia? —Sí, Heaven, te recuerdo que acaban de salir a hablar. —Es que ellos… Tuvieron una discusión insignificante y mi hermano quiere solucionar cualquier malentendido que haya quedado. —¿Sobre qué? —Valores nutricionales. Ansel me observó sin parpadear, esperando a que soltara una carcajada o mostrara algún signo delator, pero como no pasó se echó hacia atrás, incrédulo. —¿Valores nutricionales? —Sí. Collin llegó a casa estresado por el cliente, se quejó, Xanthia le soltó que es imbécil si piensa que alguien en su sano juicio rechazará una hamburguesa sólo por cuidar los dichosos valores nutricionales, Collin se enfureció aún más, le dijo a Xanthia que imbécil es su novio y… Una cosa llevó a la otra. Pero al rato, cuando Xanthia se fue, mi hermano me confesó que se arrepentía. Ha querido disculparse, y parece que halló la oportunidad perfecta. —Yo sé que no te gusta mentir, pero no por eso se te tiene que dar tan mal. Heaven, no soy estúpido. Ellos jamás habían peleado antes, en años de convivencia, ¿y lo hicieron por esa ridiculez? —¡Ya te dije que una cosa llevó a la otra!—mi voz subió unas octavas— . Los conoces; son capaces de luchar contra quien sea si de esa forma les dan la razón. —¿Te estás escuchando? Encima mantienes el engaño. ¿Tan grave es la verdad, que no me quieren contar?, ¿En dónde quedó la confianza? Sólo soy yo. Respiré hondo, comenzando a agitarme. —Somos mejores amigos, Heaven, los tres. En verdad no me esperé desconocer algo que parece relevante y que, como plus, tu hermano sí esté al tanto. —Los mejores amigos también tienen secretos—expresé, tranquilamente, si bien no recuerdo haberles negado información de algún tipo. Suelo contarles hasta las veces en las que me he caído en la ducha. —Yo no les pido que me avisen cuándo van al baño, ni cada vez que comen. Quiero saber lo importante, lo que les afecta en serio, y si no pueden decirme qué ocurre entonces es relevante. —¿No te parece importante que vayamos al baño?, ¿Sabes los problemas que trae no hacerlo regularmente?—le sonreí, buscando apaciguar su indignación. Pero no funcionó. Ansel incluso se mostró más irritado. Estaba por alcanzar el pomo de la puerta cuando decidí hablar. —Se besaron. El chico se congeló el sitio, con el brazo extendido y la espalda ligeramente encorvada. No sé cuál es su expresión, pero seguramente tiene los ojos exageradamente abiertos. Debo reconocer que a mí misma me sorprende lo que he dicho por puro impulso.  —¿Qué? —En las vacaciones, no hace mucho tiempo. Ansel me encaró, tan impactado como me lo imaginé. —Xanthia ama a Zane —Lo sé. Yo no estaba en casa, ella se quedó a esperarme y de alguna forma ambos acabaron ebrios. —Es imposible… Fue su estupefacción la que me impulsó a seguir, dándole fuerza a una historia probable que sin duda borrará de la mente de Ansel cualquier duda sobre lo que en realidad le ocultamos. —No conozco cada detalle, pero sé que se besaron. Xanthia no había venido desde entonces. Evidentemente fue un error, ninguno siente nada por el otro, y Collin ha querido dejar cada punto claro para evitar inconvenientes. —Siempre supe que algo así pasaría. ¿Xanthia y Collin? En lo absoluto. —¿Qué? ¿Por qué? —No lo sé, es decir, no es tan descabellado. Creo que podría funcionar, si bien sus personalidades son muy diferentes. Fue un simple desliz. Ese tipo de cosas que se hacen sin ser del todo conscientes, más que nada por las emociones del momento, ¿entiendes? Ellos no planean pasar de allí. —¿Por qué Xanthia no me lo contó y a ti sí? —Porque Collin es mi hermano. —Igual. Vi en su mirada la determinación de ir a reprocharle el secretismo a la pelinegra, cosa que bajo ninguna circunstancia debe ocurrir antes de haberle advertido sobre mi más o menos elaborada segunda mentira. Ansel sería capaz de descubrir al instante que nada de eso es verdad, y después de ahí ya no sería fácil disuadirlo de indagar al respecto. —No quería que pensaras precisamente lo que concluiste, que “podría funcionar”. Se echó hacia atrás, contra la puerta, como si todo el peso del mundo hubiera caído sobre sus hombros. Me sentí fatal por mentirle, pero no me corresponde a mí contarle sobre la madrugada del lunes. —¿Crees que va a decírmelo algún día? —No lo sé, pero no deberías darle tanta importancia. —Me sorprende que estés tan tranquila. —Ya lo he aceptado. Es decir, supongo que podría pasarle a cualquiera. —¿Enrollarse con el hermano de tu mejor amiga por accidente? Seguro que sí—Ansel resopló, despegándose de la puerta. Ambos oímos pasos, entonces él se apresuró a sentarse a mi lado como si de lo contrario pudieran encontrarnos haciendo algo indebido. Su trasero rozaba el colchón en cuanto Xanthia apareció de vuelta en la escena—. ¿Qué hay? Cuánto tiempo, nosotros bien. Ella me miró, frunciendo el ceño. Yo tragué saliva y traté de comunicarle telepáticamente que le siguiera la corriente sin realizar ninguna pregunta, y aunque probablemente no recibió el mensaje, tampoco interrogó a nuestro amigo. —Unos eternos diez minutos. Caminó despreocupadamente y se dejó caer detrás de nosotros, extendiendo los brazos a sus costados. Noté que ya no parecía de buen humor, a diferencia de cómo llegó por la mañana; sorprendentemente conversadora y bromista. —¿Todo en orden? Es preferible no indagar con Ansel presente porque cada palabra pronunciada por Xanthia podría levantar sospechas, pero fue mi primer instinto. El bienestar de ella es tan importante para mí como el de Shelby o Collin, somos familia. —Todo lo en orden que se puede estar con tu hermano detrás extinguiendo mi paciencia. Ansel se mordió el labio inferior, quería decir algo pero estaba conteniéndose. Temí por la seguridad de la verdad. —De acuerdo… ¿Vemos la película o qué?—me levanté como un resorte, brindándoles a ambos una sonrisa entusiasta. Si yo no fuese normalmente efusiva habrían percibido mis nervios. —¿Cómo decirle que no a esa carita?—Ansel entornó los ojos a la par que arrugaba la nariz. —Te enseño—Xanthia clavó sus ojos sobre mí—. No. —Voy a fingir que no te oí y la pondré. El resto de la tarde lo pasamos inmersos en un maratón de series y películas escogidas al azar. Tomamos de la cocina cada producto que pudiera usarse como snack y ocupamos un sector de mi cama. Fue una buena tarde hasta que mi tía comenzó a pasearse por toda la casa ligeramente alterada; preparando lo necesario para la vuelta a su trabajo y desordenando objetos que no tenía por qué tocar.  Hubo que ayudarla. Ella no suele estresarse a menudo, pero siempre pierde los nervios cada vez que culminan sus vacaciones anuales, por alguna razón que todavía no comprendo. Finalmente los cuatro nos agrupamos frente a la TV de la sala de estar y continuamos con el único plan que nos apetecía un domingo a las siete de la noche. Pedimos pizza, charlamos un poco sobre el último año y luego, antes de las nueve, Ansel y Xanthia se marcharon. Era el turno de Collin para ocuparse de lavar los platos y adecentar la cocina, pero como aún no regresaba de su cita y era probable que no lo viéramos hasta el día siguiente, me encargué yo. El lunes llegó deprisa. Aunque no me desagrada monumentalmente su existencia y todo lo que conlleva me encontraba demasiado cómoda entre las sábanas como para querer abandonarlas. Durante un rato sólo me limité a mirar el techo; las estrellas fluorescentes seguían brillando. Podría haberme pasado allí todo el día, pero eventualmente Shelby subió a despertarme, notando que había hecho caso omiso de la alarma que debería haber sonado veinte minutos antes. Fue imposible ignorarla porque en su agitación no paraba de hablar, por no mencionar que accionó el interruptor. Tardar resultó ser mala idea, porque Collin ya se había apoderado del único baño en toda la casa. Entretanto, recorrí mi habitación en busca de algo para ponerme y ordené la cama. A las seis y cincuenta por fin me había alistado, de manera que tomaba el desayuno intentando no soltarle a mi tía que, por lo que más quería, se callara. Juro que la amo, pero no es especialmente agradable oírla repetir las mismas oraciones cada tres segundos mientras camina de un sitio a otro, te acomoda el pelo o le agrega medio centímetro más de café al termo que se llevará al trabajo. A diferencia de mí, Collin parece divertido por la situación. —Vas a tener una sobredosis como sigas agregándole café a eso—mi hermano se llevó su vaso con jugo de manzana a los labios. Luce más fresco que yo, aunque anunció su llegada a las 3:00 A.M chocando con todo lo que se le atravesaba. —Necesito mucha energía hoy. —No, necesitas relajarte. Has trabajado en el mismo sitio por doce años, ¿cómo es que aún te da este pequeño ataque de nervios? Pinché mi hotcake y lo mordí, dirigiendo la mirada hacia Shelby. Tanto Collin como yo sospechamos que el origen de este raro comportamiento es profundo, debe haber una historia oculta que lo explique, pero hasta el momento ella no ha querido revelarla. —Me inquieta reincorporarme a la rutina. La misma excusa que jamás termina de cuadrar.  —A mí me inquieta verte así. Vamos tía, para con el café. Depositó el recipiente metálico sobre la encimera con una pequeña sonrisa avergonzada en los labios, y de todas formas selló el envase rebosante de cafeína sin retirarle ni una gota. —Algún día descubriré su secreto—murmuré en cuanto Shelby salió de la cocina. —Suerte con eso. Collin se puso de pie. Lavó su plato en silencio mientras la curiosidad me carcomía. Siempre he querido saber por qué esta fecha es tan difícil de sobrellevar para nuestra tía. Como habíamos vuelto a contentarnos, mi hermano se ofreció a llevarme al instituto, cosa que venía siendo así desde que se graduó y se convirtió ante los ojos de mi tía en algo así como un joven responsable. Shelby trabaja cerca de la casa, de modo que no le molesta caminar para cedernos su auto. Ella reapareció para despedirse casi del todo arreglada, tenía puesta una camisa ancha de estampado floral que sólo usa en ocasiones especiales y unos zapatos altos. —Cuidado con mi bebé. Collin tomó las llaves que en caso de emergencia dejamos junto a la entrada y se giró para observarla. —¿Cuándo no lo he tenido? —Cuando lo estrellaste contra el árbol de la vecina, por ejemplo. Reacomodé la correa de mi bolso bajo la mirada acerada que me lanzó. Siempre es un honor sacar a colación sus errores del pasado, lo considero parte de mi trabajo como su hermana.  —Estaba ebrio. —¿Se supone que eso es una justificación?—alcé la ceja, incrédula. Ahora mismo es una anécdota lejana, pero en su momento fue una noticia terrible. Collin se golpeó la cabeza y perdió la conciencia, durante medio día no supimos qué tan severo era el daño y todo lo que hicimos fue sentarnos en dos sillas a las afueras del hospital, llorosas y esperanzadas de que no fuera grave ni tuviera secuelas. Por suerte no trascendió a algo peor, y aparte de los cortes que se hizo con el vidrio del parabrisas no le quedaron marcas importantes. —No me acordaba de eso—Shelby torció los labios—. Heaven, tú conduces hoy. —¿Qué? Aprovechando su desconcierto le arrebaté las llaves de las manos rápidamente. —Ya escuchaste a tu superior. —Tía, por favor, he manejado desde entonces sin problemas. —Lo sé, pero mientras tenga el recuerdo en la mente no me voy a quedar tranquila. —Esto es ridículo—protestó. Yo, por mi parte, casi saltaba del entusiasmo. Amo conducir, aunque Collin se opone casi siempre porque duda de mis habilidades, o de mi capacidad para concentrarme por mucho tiempo. —Ridículo es que hayas querido manejar sabiendo que te habías bebido media botella tú solo, y sabrá Dios qué más. —Ridículo e irresponsable—agregó Shelby—. Collin, que no se repita. —¿Están de broma? Hemos discutido lo mismo cientos de veces. Son insoportables. Mi hermano se cruzó de brazos y frunció el ceño, enfurruñado. Parecía un niño pequeño teniendo una rabieta, lo que a mi tía se le antojó adorable, pues suavizó el semblante y fue a abrazarlo. —También te amo. Muy a su pesar, Collin no pudo mantener el enojo demasiado tiempo. Acabó correspondiendo el gesto afectuoso. Le di un beso a Shelby en la mejilla para luego alejarme antes de que al chico se le pasara por la cabeza tomar revancha. —Te irá bien hoy tía, deja de preocuparte tanto. Te quiero. —Te quiero más, cariño. Suerte con tu nuevo puesto en la pastelería. Collin no tardó en salir de casa, pisándome los talones. Seguía irritado porque yo conduciría, de manera que se pasó todo el trayecto hasta el colegio abriendo innecesariamente la boca para corregirme algún error o señalar que tuviera cuidado con la señora que cruzaba la calle a diez metros de distancia. Desde luego su actitud sólo me causó gracia, por lo que pisaba un poco más el acelerador cuando me ordenaba bajar la velocidad.  —Nos vamos a matar… ¡¿Acabas de saltarte un semáforo en rojo?! —No venían autos. —¿Y eso qué? De igual forma tienes que cumplir con las reglas de seguridad… ¡Maldita sea, reduce la velocidad! —Ni siquiera vamos a cien, por Dios Collin, cállate. —Si salgo volando a través del parabrisas voy a matarte. —Si no te mueres primero… Sentí su mirada sobre mi perfil. Volteé a verlo un instante, y en efecto, me observaba atónito. —¿Debo asumir que eso es un chiste? —No. Vamos, respira profundo. Estás poniéndote pesado. Y mira, ya estamos por llegar. Sólo guardó silencio al acercarnos a nuestro destino, gracias al cielo. Detuve el auto en el primer espacio disponible que encontré. —¿Ya ves? Nadie salió herido. Antes de bajar le entrego las llaves, que él recibe de mala gana. —Pórtate bien, nada de saltarse clases—me interceptó afuera del auto, apoyando una mano sobre mi hombro izquierdo—. No te he dado la charla, pero espero que sepas lo que no debes hacer. —Por supuesto, memorizar tu lista de prohibiciones se convirtió en mi mayor prioridad. ¡Qué emocionada estoy de mantenerme a un metro de cualquier chico! Collin apretó los labios. —Va en serio Heaven, no conoces sus intenciones ocultas y es mejor… —Prevenir que lamentar. Entendido. —Sé que es molesto, pero sólo trato de protegerte. —Lo sé, prometo que me comportaré. Ahora déjame ir, son las siete y cuarenta. —De acuerdo. Nos vemos. Pasé por su lado. Llevo cuatro años aquí, definitivamente podré tolerarlo uno más. Aún podía alcanzar la primera hora de clase, sin embargo preferí esperar a la segunda. Tomé asiento sobre los bancos ubicados en el patio central y aproveché ese momento para consultar el horario cuya foto me envió Ansel. Cuando me fijé en el entorno ya todos habían salido al receso. En la distancia vi cómo se acercaban mis amigos. —Qué irresponsable, Blom—Xanthia se dejó caer a un costado y Ansel al otro—. ¿A qué hora llegaste? —No hace mucho. —¿Viniste en autobús? Ansel abrió la taza plástica que traía en sus manos, dejando al descubierto tres apetecibles sándwiches que definitivamente tendría que compartir con nosotras. —No, me trajo Collin. Mi amigo asintió, como ausente. Le continúa incomodando el supuesto beso entre Xanthia y mi hermano, estoy segura de que cada vez que oye el nombre de alguno de los dos lo recuerda. Sólo espero que no mencione nada al respecto. En silencio, Ansel partió un sándwich por la mitad, distribuyéndolo entre Xanthia y yo. Por lo general los tres nos rotamos la comida que traemos en un pequeño compartir que llevamos a cabo casi inconscientemente. —¿Qué hicieron? Xanthia chasqueó la lengua. —Escribir. Es la segunda semana y ya dieron fechas para futuras evaluaciones. —¿Por qué te quejas, si igual vas a copiarte? —Alto ahí, Ansel, dame crédito. Últimamente estoy estudiando un poco más. —Sí, cómo no. —Bueno, no, pero lo haré. Este será un año de cambios. Ansel masticó un poco antes de hablar. —Cambios... ¿De gustos?, ¿Aspiraciones? O, tal vez, ¿de novio? Ambas lo observamos con fijeza, yo alerta y Xanthia con recelo. —De amigos, quizá. —Entendí la indirecta, pero no podrías vivir sin mí. —No lo conviertas en un reto. —Vale, basta. Mejor díganme qué otra cosa hicieron. —Nada, pero adivina quién apareció. —¿Quién? —Adivina, Heaven. —¿Josh Morrinson? Xanthia negó con la cabeza. —No, ojalá. Josh Morrinson es ese tipo de chico que va robando suspiros a su paso sin siquiera intentarlo. Estudió en nuestra sección dos años, era amigable, con una vida social movida, notablemente atractivo y muy inteligente; todos tenían algo positivo que decir sobre él, todos lo conocían, y sin embargo, cuando desapareció repentinamente a principios del tercer año, descubrimos que no mantenía una relación verdadera o cercana con alguien. No había una dirección a la cual ir, ni un número telefónico al que llamar, tampoco una explicación a tan extraño suceso. Fue una noticia impactante para la mayor parte de los estudiantes, y desde entonces hemos aguardado a que regrese, o por lo menos a que podamos aclarar el misterio. Ansel resopló. Pertenece al 1% de la población estudiantil que jamás sintió devoción alguna por Josh porque según él no era clase de persona que aparentaba, aunque nunca hubo prueba alguna para confirmar su teoría. A diferencia de Theo nunca se tomó el trabajo de construir una barrera entre él y los demás. —John. Dijo que debemos entregar el afiche sobre la obra el próximo lunes. Automáticamente se formó una mueca en mi rostro. Lo había olvidado. —Tú estás de suerte, Carl es bueno con los colores. Mi compañera es Tammy, la chica rara con la que nadie quiso trabajar, y sospecho que su único talento es espantar a los chicos. —¡Xanthia! —Ay, Heaven, por Dios, ¿acaso no es verdad? Se la pasa caminando de un lado a otro en los ratos libres mientras habla sola. —Acordamos que este año serías una versión mejorada de ti misma, lo que implica no juzgar a las personas. —¡Habla sola! No la estoy juzgando; señalo los hechos. Su pasatiempo favorito es murmurar incoherencias sobre la luna y la muerte inminente de quienes la rodean. Ansel soltó una carcajada. Yo fruncí el ceño. —¿En serio? Una vez la escuché recitar la lista de las compras, así que supuse que era una manía suya para recordar cosas. —Si no consigues entenderte con ella tendrás que hacer el afiche tú—comentó Ansel, que probablemente estaba impaciente por reafirmar su punto de que Xanthia no se esfuerza como debería. —Imposible. —¿Y tú, Heaven, has hablado con el imbécil de tu compañero? —Se llama Theo, y no. No sé cómo hacerlo. —Pues piensa rápido, porque allá va. Los tres miramos al frente; él caminaba despreocupadamente hacia una columna de concreto donde apoyó la espalda y una pierna semi flexionada. Que estuviese ahí, al alcance de mis ojos, me sorprendió. Pareciera que hacemos un ritual de invocación cada vez que aludimos su existencia. —No tengo que acercarme ahora mismo, podría ser mañana, o el jueves, quizá nunca. Sé que soy capaz de encargarme yo sola. —¿Y regalarle la nota? No, no permitiré que hagas eso. No se lo merece. Medio instituto vio cómo te dejó tirada en la cafetería. —Precisamente por eso prefiero no repetir la escena. —Nadie te mandó a estarlo acosando con la mirada, si no lo hubieras hecho podrías haberte buscado un compañero decente. —No lo estaba acosando, Xanthia, ya te lo he repetido cien veces. —Ya, sí, lo observabas por pura culpabilidad. Les conté a los dos cómo fue que Theo y yo nos conocimos dos días antes de nuestro raro encuentro aquí, exceptuando la vergonzosa parte en la que creí haber descubierto lo que es realmente el amor a primera vista. Por el momento el castaño es un tema recurrente en nuestras conversaciones, lo cual resulta estresante casi todo el tiempo. Mi mejor amiga en serio cree que él me llama la atención. Milagrosamente la charla se desvió del chico casi de inmediato, cuando Xanthia advirtió que no tenía el ánimo necesario para debatir acerca de lo mismo. Yo no podía despegar la mirada de Theo, preguntándome cómo es que siempre está solo. Esta vez sí lo acosaba, tratando de ver algo en él que me infundiera la valentía requerida para acercarme de nuevo. Era ridículo, honestamente, temer el momento en el que no me quedara una opción diferente a enfrentarlo, no es una actitud que considere propia. Pasé saliva y me puse de pie, caminando hacia él con una determinación que lentamente fue apoderándose de mi cuerpo. Estaba entretenido con el celular. —Tenemos que hablar. Al oírme, y procesar que se estaban comunicando con él, levantó la mirada. Alzó una ceja, confundido. —¿Cómo? Me planté ahí, erguida y con los brazos cruzados de tal manera que, según yo, parecía una persona a la que es imposible ignorar. —Sí, sobre el afiche. Supongo que ya sabes cuál es la fecha de entrega—asintió vagamente—. Bien, debemos reunirnos. Podría ser el sábado. Tras reincorporarse completamente deslizó el teléfono dentro del bolsillo frontal de sus jeans, prestándome toda su atención. —Esta es la cosa, chica; no voy a hacer ningún afiche. Parpadeé un momento. ¿Había oído bien? —¿Qué? —Las obras teatrales me parecen aburridas, no veo esa asignatura y perder mi tiempo elaborando un afiche que no me traerá ni siquiera puntos extra es la peor forma de pasar un fin de semana. ¿Por qué lo haría? ¿Por diversión? —Porque es una actividad obligatoria. —Si tanto te importa, hazlo tú. —¿Sola? No, eso no es justo. —Entonces no hagas nada—se encogió de hombros. —Esa no es la solución. —Lo es para mí—cepilló con los dedos varios mechones de cabello que, luego de haber sido llevados hacia atrás, retomaron su posición inicial—. Debo irme. —¿Siempre eres tan insufrible? —Sí. Nos vemos por ahí, chica. —Mi nombre es Heaven. Ya me había dado la espalda, pretendiendo alejarse, pero yo no permitiría que me dejara con las palabras en la boca una segunda vez, menos aun cuando el tema a discutir era relevante. Sujeté su muñeca, y no le quedó más remedio que girarse parcialmente para mirarme irritado. —Dame tu número. Su expresión, crispada, adquirió un matiz de diversión. Lo solté entonces, porque volvía a mirarme a la cara. —Así que esa es tu verdadera intención ¿eh? Conseguir mi número… Pues lo lamento, Heaven, no tienes tanta suerte. Pero, hey, tampoco lo tomes personal, muchas ya lo han intentado sin éxito. —Hablo en serio. —Yo también. Miré al techo, frustrada. Tenía muchas ganas de borrarle la sonrisa del rostro de un golpe, pero nunca sería capaz de atreverme a tanto. Respiré profundo, sabiendo que necesitaba serenarme para poder continuar tranquilamente con mi vida sin esa molesta opresión en el pecho. Odio enfadarme porque el único método que puede quitarme la rabia es escuchar música durante un rato, lo cual no siempre es una alternativa. —De acuerdo. Ahora fue mi turno de marcharme. La diferencia radicó en que él no me detuvo, ni me siguió. El resto del día me lo pasé reflexionando al respecto incluso cuando estaba ocupada en el colegio o tomando la orden de un cliente en la pastelería, sin poder comprender la actitud de Theo. Ya no me enfurecía pensar en ello, pero sí me desconcertaba. No entiendo cómo puede desentenderse fácilmente de algo que le corresponde. Por la noche, después de incontables horas en las que sus palabras y su comportamiento rondaban mi cabeza, ya me había formado una idea clara de su persona. Era un idiota, sin más, porque no se esforzaba ni un poco en ser amable con quienes merecían al menos un intento de su parte. No obstante, para mi sorpresa, al día siguiente me interceptó a las afueras del salón. Sin emitir ningún sonido me extendió un trozo de papel rasgado sin ningún cuidado que no parecía contener ni una letra. No lo tomé al instante, porque para empezar fue impactante descubrir que había esperado a que saliera para acercarse, pero después de medio minuto estática alargué mi propio brazo. A fin de cuentas, sí me dio su número. Estaba escrito al reverso, garabateado de forma que el cuatro y el nueve eran fáciles de confundir, con un «Lo siento» también poco entendible adjunto. Se fue antes de que siquiera le hallara el contenido al papel, y no me dirigió ni una mirada durante tres días, pero de igual manera la imagen que tenía de él se transformó ligeramente. Tal vez sólo era un chico incomprendido con problemas de adaptación, tal vez no es mala persona, tal vez sólo estaba teniendo una racha terrible. Como la chica curiosamente tonta que soy, me propuse descubrirlo.
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