CAPÍTULO 1: SANGRE Y SEDA EN EL FRÍO
En las entrañas heladas de un almacén abandonado en los suburbios de San Petersburgo, el tiempo se medía en gotas de sangre y jadeos de dolor.
Nick Walton, agente de la D.I.G.E (División de Intervención Estrategia y Global) colgaba literalmente de la conciencia, su cuerpo atado a una silla de metal que chirriaba con cada temblor involuntario. Las cuerdas mordían sus muñecas ensangrentadas, sus piernas, extendidas y amarradas a las patas delanteras de la silla, eran un mapa de moretones y cortes superficiales. El aire olía a óxido, sudor agrio y el cobre metálico de su propia sangre seca en los labios partidos.
¡SHHHPLASH!
Un balde de agua helada, sucia de grasa industrial, lo impactó de lleno en el pecho y la cara. Nick se sacudió violentamente, un grito ahogado escapando de su garganta mientras el frío punzante le robaba el aliento y le devolvía, a golpes, a la pesadilla. La única luz, una bombilla desnuda que colgaba de un cable pelado, se balanceaba sobre él, proyectando sombras danzantes y monstruosas en las paredes de hormigón desconchado.
Tres figuras se recortaban frente a él, bloqueando la tenue luz. Los hermanos Volkov: Viktor, el mayor, cuello de toro y ojos de vodka; Ygor, más delgado, pero con las manos de un estrangulador; y Vladimir, el silencioso, siempre con una navaja jugueteando entre sus dedos. Viktor se adelantó, sus botas militares resonando en el suelo húmedo. Agarró a Nick por el cabello, húmedo y enmarañado, y le obligó a levantar la cabeza con brutalidad. El dolor en el cuello fue un relámpago blanco.
— Espero que ya hayas reflexionado, americano — escupió Viktor, su acento ruso espeso como el alquitrán. Acercó una fotografía arrugada al rostro hinchado de Nick. Era Diana, tomada con teleobjetivo, probablemente en Italia. Sonreía, ajena al infierno que su imagen estaba provocando — Tráela. Hale nos prometió... entretenimiento con las leyendas de la D.I.G.E. Queremos jugar con la famosa Teniente Coleman.
Nick enfocó la vista con esfuerzo en la foto de su hija adoptiva. Un fuego primitivo, más caliente que la sangre que le corría por la barbilla, le quemó las entrañas. Con un esfuerzo sobrehumano, reunió saliva mezclada con sangre y la escupió directamente a la cara de Viktor.
— ¡Vete a la mierda! — rugió, su voz ronca pero cargada de un desprecio infinito.
El impacto del esputo sanguinolento fue como detonar una bomba. El rugido de Viktor llenó el sótano. Su puño, una maza de carne y hueso, se hundió con fuerza brutal en el estómago de Nick. El aire salió de sus pulmones en un gemido desgarrador, seco, como el sonido de un saco de arena roto. Nick se dobló hacia adelante, tanto como las cuerdas se lo permitían, las lágrimas de agonía física mezclándose con el agua sucia de su rostro.
Pero cuando levantó la cabeza de nuevo, no había sumisión. Había una sonrisa. Una sonrisa amplia, desafiante, teñida de rojo carmesí en los dientes y los labios rajados. Una sonrisa de pura rabia y orgullo indomable.
— ¿Eso es todo lo que tienes? — Nick tosió, escupiendo un coágulo — ¡Qué patético! Pensé que los rusos eran más duros. Hale siempre dijo que los cachorros rusos mordían fuerte... parece que solo saben ladrar.
La provocación fue demasiado. El rostro de Viktor se congestionó de rabia. Con un movimiento rápido, animal, sacó una Makarov del cinturón y la enfrió contra la sien sudorosa de Nick. El metal frío mordió la piel. Los dedos de Viktor apretaron el gatillo, blanqueando los nudillos. El odio en sus ojos era absoluto.
— ¡Adiós, perro ameri...!
— ¡YA BASTA, VIKTOR!
La voz, clara, firme y con un acento ruso impecable pero más educado, cortó el aire como un látigo. No gritaba. Ordenaba. Desde las sombras más profundas del sótano, cerca de una escalera oxidada, apareció una figura.
Ivanka Volkova. No podía tener más de veintiun años. Menuda, pero irradiando una presencia que helaba la sangre. Su cabello n***o, corto a la altura de los hombros con un flequillo recto que le cubría parcialmente la frente, enmarcaba un rostro de porcelana pálida. Sus ojos, sin embargo, eran lo opuesto a la fragilidad: un azul glaciar, penetrante, calculador, como los de un depredador ártico. Vestía pantalones negros ajustados, botas de cuero fino y una chaqueta militar corta, negra también, que no ocultaba la curva peligrosa de una cadera donde asomaba la culata de una pistola compacta. Caminó hacia ellos con una elegancia felina, cada paso medido, silencioso.
— No lo vas a matar — declaró, deteniéndose al lado de Viktor. Su voz era suave, pero la autoridad en ella era absoluta.
Viktor bajó el arma un milímetro, girando la cabeza hacia ella con una mezcla de furia y sorpresa.
— ¡Tú no te metas, Ivanka! ¡No tienes ningún derecho a tomar decisiones sobre la organi...!
El sonido fue seco, violento. ¡PAFF! La mano de Ivanka, enguantada en cuero n***o, voló con una velocidad asombrosa. La bofetada no solo hizo girar la cabeza de Viktor; el anillo de plata con una punta afilada que llevaba en el dedo medio le abrió un corte profundo en el labio inferior. La sangre brotó al instante, oscura y espesa.
— ¡CIERRA LA PUTA BOCA, VIKTOR! — la voz de Ivanka no subió de volumen, pero el hielo en sus palabras podría haber congelado el infierno — He dicho que no vas a matar al americano. ¿O necesitas que te lo repita?
Viktor se llevó una mano al labio roto, mirando la sangre en sus dedos con incredulidad y rabia impotente. Los ojos de Ivanka, fijos en los suyos, no titubeaban. Contenían una amenaza mucho más profunda que una pistola. Viktor tragó saliva, la mandíbula apretada hasta rechinar los dientes. Bajó la Makarov por completo, guardándola con un movimiento brusco.
Ivanka no le prestó más atención. Dirigió su mirada glacial hacia Ygor y Vladimir, que observaban la escena con una mezcla de temor y resentimiento.
— Ygor. Vladimir. Saquen a este idiota de aquí. Ahora — ordenó, señalando a Viktor con un gesto despectivo de la barbilla.
Sin una palabra, los dos hermanos mayores agarraron a Viktor por los brazos, a pesar de sus débiles protestas, y lo arrastraron hacia la escalera, desapareciendo en la penumbra superior. El sótano quedó en un silencio tenso, roto solo por la respiración trabajosa de Nick y el goteo constante de agua en algún rincón.
Ivanka se acercó lentamente a la silla. Nick la observó, sus ojos hinchados pero alertas, evaluando a esta nueva y peligrosa variable. Ella se detuvo frente a él, tan cerca que él podía oler su perfume: algo exótico, especiado, como incienso y nieve. Agarró su cabello nuevamente, pero esta vez con una fuerza diferente, no para torturar, sino para controlar, para forzarlo a mirarla a los ojos. Sus dedos enguantados eran fríos incluso a través del sudor y la sangre de Nick.
— Que desperdicio... — murmuró, sus ojos azules recorriendo su rostro magullado, su cuerpo maltrecho. Hablaba como si examinara una obra de arte dañada — Tanta resistencia... tanta fuerza... para terminar así.
De un bolsillo interno de su chaqueta, sacó un pañuelo de seda blanca, inmaculado, un contraste absurdo con la suciedad y la violencia del lugar. Con una sorprendente delicadeza, comenzó a limpiar la sangre de la cara de Nick, empezando por la frente, pasando por el pómulo hinchado, bajando hacia la barbilla. El roce de la seda sobre las heridas abiertas era un dolor agudo y extrañamente íntimo. Estaban tan cerca que Nick podía ver las minúsculas motas de plata en sus ojos azules, las imperfecciones casi perfectas de su piel pálida. Podía sentir su aliento cálido en su mejilla.
Nick, a pesar del dolor, a pesar del peligro, esbozó una sonrisa torcida, la picardía del viejo zorro asomando incluso en el fondo del pozo.
— ¿Por qué me ayudas, bonita? — susurró, su voz un ronquido sanguinolento — ¿Te gusta lo que ves?
Ivanka no interrumpió su tarea. Una sonrisa lenta, peligrosamente sensual, curvó sus labios finos. No era una sonrisa de amabilidad, sino de posesión, como la de un gato que juega con un ratón herido.
— Porque eres sexy — respondió, su voz un susurro sedoso que erizó la piel de Nick — Tienes... fuego. Aún roto y sangrando — su pulgar, enguantado, acarició la línea de su mandíbula, justo debajo de un corte profundo — Sé identificar un buen espécimen... Nikolai.
Nick sostuvo su mirada glacial, desafiante.
— Es Nicholas.
Ivanka inclinó la cabeza ligeramente, su flequillo cayendo sobre un ojo. La sonrisa se amplió, mostrando dientes perfectos y blancos.
— Como digas... Nikolai — insistió, el nombre ruso rodando de su lengua como una caricia perversa. Dio un par de palmaditas suaves, casi burlonas, en la mejilla menos magullada de Nick — Relájate, soldado cansado. Te mantendré vivo... por ahora.
Sus ojos azules, profundos y fríos como un lago helado en enero, mantuvieron la mirada de Nick un segundo más. Promesa y amenaza en una sola mirada. Luego, se enderezó, guardando el pañuelo de seda manchado de rojo en su bolsillo como un trofeo macabro. Sin una palabra más, giró sobre sus tacones y se dirigió a la escalera, desapareciendo en la oscuridad superior tan silenciosamente como había llegado.
Nick se quedó solo, atado a la silla, el frío del sótano calándole los huesos, el dolor de sus heridas un latido constante. Pero más que el dolor físico, era la incertidumbre lo que más le quemaba. Ivanka Volkova. La hermana menor. La Araña en la telaraña. ¿Por qué? ¿Por qué detener a Viktor? ¿Por qué mantenerlo vivo? ¿Y qué demonios significaba "por ahora"?
Un escalofrío que no tenía que ver con el frío lo recorrió. Hale, los hermanos Volkov, y ahora esta chica... todos querían a Diana. Como un premio. Como un juguete para romper. La imagen de su hija, sonriente en la foto que Viktor le había mostrado, se superpuso en su mente con el rostro de porcelana y los ojos de hielo de Ivanka. Cerró los ojos, apoyando la cabeza contra el respaldo frío de metal de la silla. La seda de Ivanka aún le rozaba la piel como un fantasma. Rezó, no por su vida, sino por la de Diana. Porque si Ivanka Volkova estaba interesada en el juego, las reglas acababan de volverse mucho más mortales. Y él, atado y sangrando, no podía hacer nada para proteger a su niña.